Capítulo 19
Ethan dejó la tabla apoyada contra el coche y empezó a quitarse el traje de neopreno. El tejido húmedo se le pegaba a la piel mientras tiraba de él con calma. El viento soplaba más fuerte y era fresco, y le enfriaba aún más su piel erizada.
Pero había dejado el bate atrás. Atado, hundido y desparecido.
Después había seguido en el agua el tiempo suficiente para que su presencia en el mar fuera creíble, para que cualquier testigo pudiera recordarlo allí. Había cogido dos olas limpias, sin pensar demasiado, solo movimientos básicos.
Ahora era de día. Se secó el pelo con la toalla y, al levantar la vista, vio pasar el coche de policía con las sirenas puestas. Siguió frotándose para entrar en calor y no se detuvo a mirarlo, pero ya lo sabía.
Habían encontrado el cuerpo.
Ethan cerró el maletero con suavidad, como si aquella escena no tuviera nada que ver con él.
Subió al coche y arrancó. El trayecto hasta la escuela de surf era corto.
El tráfico empezaba a moverse con normalidad, ajeno a lo que acababa de ocurrir a pocos kilómetros.
Cuando llegó, Wade estaba ya en la arena, dando indicaciones a dos alumnos que intentaban mantener el equilibrio sobre las tablas.
—¿Otra vez madrugando? —dijo Wade al verlo, con una media sonrisa.
Ethan se encogió de hombros .
—El mar está algo flojo hoy.
Uno de los chicos levantó la mano a modo de saludo. Ethan respondió con un gesto leve.
Un coche de policía apareció por el camino de acceso levantando polvo. Esta vez sin sirenas. Se detuvo cerca de la arena y del vehículo bajó un hombre con gesto serio, uniforme impecable y mirada directa.
Se acercó a Wade primero.
—¿Todo tranquilo por aquí?
—Sí, como siempre. ¿Pasa algo?
El agente no respondió. Miró a su alrededor y después observó el pelo húmedo de Ethan.
—¿Estabas en el agua esta mañana?
El chico lo miró a los ojos.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Sobre las seis.
El agente asintió levemente y miró hacia el pobre oleaje.
—¿En esta playa?
—No. En Surfers Point.
El viento arrastró una ráfaga de arena entre ellos.
—Han encontrado otro cadáver —dijo el agente, sin rodeos—. En una propiedad cercana.
Wade frunció el ceño.
—¿Otro?
El agente no respondió, pero siguió mirando al chico.
—¿Viste algo fuera de lo normal por aquí?
Ethan negó despacio.
El agente lo observó unos instantes más, y entonces asintió.
—Si recuerdas algo, avisa.
—Claro.
El hombre dio un paso atrás.
—Y procurad no hacer de esto un espectáculo —añadió, mirando a Wade—. Bastante tenemos ya .
Wade levantó las manos, conciliador.
—Aquí venimos a surfear, no a montar historias.
El policía se dio la vuelta, subió al coche y arrancó el motor. Ethan se quedó mirando el mar. Las olas seguían llegando con la misma cadencia.
Su plan había funcionado. Peter, vigilado en su casa durante la noche de un nuevo crimen, quedaría fuera del foco. Y, al mismo tiempo, aquello asustaría al viejo. Ahora nadie sabría mirar en la dirección correcta, ni siquiera su abuela.
2
Cuando Ethan llegó a casa a media mañana, Victoria lo esperaba con la noticia todavía fresca. Estaba dispuesto a hablarlo. Entró por la puerta del garaje, directo a la cocina. Su abuela lo esperaba con un café.
—Siéntate.
Ethan irguió la espalda y tomó asiento delante de la taza. Humeaba como si estuviera recién hecho, como si su abuela supiera la hora exacta a la que llegaría. Victoria se sentó a su lado, cogió la suya por el asa con los dos dedos de su mano mutilada y lo miró a los ojos.
—¿Podría culparse a Peter de ese segundo asesinato?
Ethan se echó hacia atrás, sorprendido. Le sostuvo la mirada. Su abuela ya presuponía la verdad y había empezado la conversación en un punto más adelantado de lo que esperaba.
—No, su casa estaba vigilada. Supongo que la policía habrá encontrado alguna pista en el primer cadáver o, simplemente, Peter habló de más en algún momento.
—Entonces, ¿qué sentido tiene este asesinato ?
—Si Peter estaba en casa a la hora del segundo asesinato, los despistamos a todos. Protegemos a esta familia. Eso lo incluye a él. Y a ti te viene bien.
—Sé cuidarme sin tu ayuda, muchachito.
Se quedaron en silencio, mirándose. Después, Ethan habló.
—Esos dos tipos están muertos y Peter ya no es sospechoso de nada.
—Ahora podrían dar con nosotros.
—¿Nosotros? ¿Abuela? He sido…
—Nosotros, hijo… Asume las consecuencias como yo lo hago. Pase lo que pase habrá que salir en defensa de la familia una vez más. Es nuestro destino. —Dio un sorbo largo al café—. No podemos escapar de él. Nos persigue una y otra vez.
Ethan hizo lo mismo con su taza. Mojó los labios y después notó el líquido caliente bajar por la garganta hasta calentarle el estómago.
—Supongo que sospecharían de nosotros, pero solo somos una variable de muchas. Además, Peter no se merece pasar el resto de sus días entre rejas.
—¿Ahora sientes compasión por él?
—Abuela, solo es un pobre desesperado buscando compañía y cariño al final de su vida.
—No me tomes el pelo. Sé que no piensas así. ¿Qué hay de cuando lo viste fingiendo un papel con los policías mientras pescaba?
—Pobre… He recapacitado. Ahora me da pena.
Victoria negó mientras lo miraba.
—No me has consultado, como habíamos quedado.
—Anoche ya sabías el paso que iba a dar.
—Lo intuía, y te hubiera protegido si me lo hubieras hablado.
—No lo habrías permitido…
Victoria dejó la taza sobre el platillo, resignada.
—No nos descubrirán, abuela. He tenido mucho cuidado .
Victoria se levantó, cogió las llaves del coche y se las lanzó a su nieto.
—Vamos al supermercado. Tienen que vernos en medio del pueblo. Por la tarde iremos a ese bar donde tu madre parece vivir todo el día.
—Entonces, ¿no me vas a echar la bronca?
Victoria se dio la vuelta para coger el bolso. Para evitar mirarlo, en realidad. No quería que su nieto percibiera las lágrimas en sus ojos.
3
El ambiente en el Coast Garden era relajado.
Los habitantes de Prevelly charlaban distraídamente, como si el segundo asesinato zanjara la venganza por el intento de violación y todos se dieran por saciados.
Hasta Roger, el agente amigo de Wade, se había fijado de soslayo en Ethan y su abuela, con un leve parpadeo que indicaba que no daba importancia a su presencia en el local.
Peter, sin embargo, no estaba por allí. Era un cliente habitual a esas horas, y Victoria pensó que estaría en su casa asimilando la nueva muerte e intentando cuadrar sus conjeturas sobre el segundo asesinato.
La luz baja del sol se reflejaba en los cristales y la silueta de Casandra se dibujó inconfundible a trasluz cuando entró en el local acompañada de su inseparable novio. Wade se dirigió a la barra y saludó con un choque de manos a su amigo policía, que incluso sonrió al devolverle el gesto.
Casandra se quedó en la mesa junto a su madre.
—¿Alguna novedad, mamá? ¿O no tengo derecho a preguntar?
—Sin novedad. Y este tampoco sería el lugar si la hubiera .
—Tú sabrás. Ya me contarás cuando quieras…
—¿Sabes algo de ese asesinato?
—Ya me contará algo Wade —dijo, levantando la cabeza hacia él—. Ahora mismo creo que la policía baraja la hipótesis de un ajuste de cuentas. Puede que el asesino se desplazara desde otra parte del país, de donde antes vivían esos dos.
Ethan se levantó de la silla con intención de pedir algo. Casandra le guiñó un ojo.
—Lo de siempre, cariño.
El chico se acercó a la barra y, al pasar por el lado de Wade, este le dio un pequeño puñetazo en el bíceps. Ambos se sonrieron y el policía continuó con una conversación intrascendente sobre el partido de fútbol australiano que estaba mostrando la televisión sin sonido.
Ethan aprovechó que se quedó a solas y sacó el móvil. Buscó en la agenda y llamó.
—Mila, ¿cómo estás?
El chico se hizo el despistado y caminó hacia la pista de baile trasera donde apenas había clientes a esas horas.
—Apareció muerto en su jardín esta mañana —dijo, con una euforia que no logró disimular.
—Pues no me alegra, la verdad.
—¡Vamos, anímate! ¿No te apetece venir hasta aquí? Podemos surfear juntos esas olas que tenemos pendientes.
—He encontrado un trabajo y tengo turno por la mañana —respondió Mila, sin dureza—. Y prefiero quedarme aquí tranquila.
Ethan se apoyó en una pequeña barra de madera, mirando hacia la pista vacía.
—Pero, ¿dónde estás?
—La policía me recomendó no desvelar mi localización hasta que no se resolviera el caso del asesinato.
—A mí podrías decírmelo, no se lo contaré a nadie y puedo hacerte una visita .
Pero al otro lado, silencio.
—Mila… Podrías venir solo un rato. No hay nadie. Está todo más calmado.
—Ethan, ya no quiero estar donde pasaron esas cosas.
Una frase muy sencilla y de fácil entendimiento.
—Pero ya ha pasado —insistió él—. Todo está… en su sitio.
—Para ti, quizá.
—Mila…
—Estoy bien. De verdad. Solo necesito distancia.
Ahora fue Ethan el que se mantuvo en silencio.
—Gracias por llamar —añadió—. Cuídate.
La línea se quedó en un zumbido breve antes de cortarse.
Ethan no apartó el teléfono de la oreja durante unos segundos más. Luego lo bajó despacio y miró la pantalla apagada.
Durante un instante, pensó en volver a llamarla, pero ya no tenía sentido. Mila no necesitaba que la rescataran.
Desde la barra, alguien le hacía una señal para que recogiera la consumición que había pedido.
4
El bar seguía envuelto en aquel ambiente distendido. La luz del final de la tarde entraba inclinada por los ventanales. Algunas mesas ocupadas, risas suaves y el policía, que ahora escuchaba más que hablaba, atento a las distintas versiones de los vecinos acerca del doble asesinato.
Victoria estaba sentada frente a Casandra, con la espalda recta y la copa de vino entre los dedos. No hablaban mucho, de vez en cuando intercambiaban alguna frase breve. Ninguna tenía ganas de estar allí, pero lo hacían .
Ethan estaba con ellas, ausente. Jugaba con la cucharilla en el café, dándole vueltas una y otra vez, sin mirar a nadie en concreto. La conversación con Mila seguía ahí, flotando en su mente, como una interferencia que no terminaba de apagarse.
La puerta del bar se abrió y Peter entró.
Se detuvo un segundo en el umbral, como si necesitara acostumbrarse al interior antes de avanzar. Miró alrededor con cautela, como si buscara a alguien. Pero la gente seguía hablando y nadie pareció observarlo ni bajó la voz al verlo.
Peter avanzó despacio hacia la barra. Pidió algo rápido, casi sin mirar al camarero, y mientras esperaba, volvió a observar el local con disimulo. Cogió el vaso y entonces sí, vio la mesa ocupada por la familia Hudson.
Después se acercó despacio.
—Victoria.
Ella levantó la vista, sin sonreír al verlo.
Peter se detuvo junto a la mesa, sin terminar de sentarse.
—¿Puedo?
Victoria hizo un leve gesto con la mano y Peter se sentó, sin una de sus bromas habituales ni sus intentos de agradar. Ethan lo observó y enseguida volvió a su mundo de la cucharilla y el café. Casandra miró a uno y a otro, sin saber qué decir.
Peter dio un sorbo a su bebida, intentando disimular el temblor de sus manos y nadie le dijo nada.
A su alrededor, ni siquiera el policía le dedicó más de un segundo.
El camarero limpiaba la barra con la bayeta a su ritmo habitual.
Apoyó el vaso y miró a Victoria, que no lo miraba.
Después miró a Ethan, que tampoco. Casandra parecía más centrada en sus propios pensamientos que en él.
Al observarlos, sintió algo diferente, como si la presión que había estado soportando durante días empezara a disiparse.
«Tal vez…»
Bajó la mirada.
«Tal vez ya se acabó todo».