Capítulo 18
Ethan se impulsaba con tranquilidad por el asfalto de Prevelly.
Miraba a un lado y a otro, comprobando que aquel pequeño pueblo conservaba su aire turístico, su calma limpia y ese lujo discreto de los lugares donde la gente cree estar a salvo.
Nadie había encendido las luces ni subido las persianas de los dormitorios.
A cien metros del cruce que lo llevaría hasta su casa, se detuvo y escondió el bate entre los matorrales de una de las pocas parcelas que aún estaban sin construir.
Lo cubrió con hierbas y hojas secas y se aseguró de dejarlo bien escondido.
Sospechaba que su abuela lo estaría espiando tras las cortinas, así que no era buena idea subir el bate al dormitorio.
Se quitó los guantes que había utilizado para no dejar huellas en la madera y los guardó en los bolsillos. Debía tener especial cuidado en llegar a casa con el mismo aspecto con el que había salido.
En la calle no había ningún vehículo sospechoso y se adentró en el jardín con velocidad. Apoyó la bicicleta en la posición habitual y subió apresurado las escaleras. Poco después, Ethan bajó con la ropa limpia, dispuesto a recuperar su rutina.
Aseguró la tabla al Toyota y encendió el motor. Después salió marcha atrás y se incorporó a la carretera mientras las luces del amanecer ya teñían de amarillo el cielo .
La cortina de la cocina se movió y volvió a su posición. Detrás, Victoria regresó a cama en silencio para no despertar a su hija.
2
Ethan se sentó en la arena, cerca de las rocas donde había encontrado el cadáver de Aaron Pike.
El amanecer resplandecía con una claridad potente y el viento se había calmado.
El mar, todavía oscuro, se agitaba con olas suaves.
En otras circunstancias, Ethan se habría planteado no surfearlas y dedicar el tiempo a otra cosa.
Pero tenía algo importante que hacer.
Abrió la mochila y cogió la cuerda. Después la anudó con fuerza al bate de béisbol, asegurándose de que no se deshiciera. Al otro extremo ató una piedra pesada que levantó de entre las rocas. Luego, con ella en una mano y la tabla en la otra, se adentró en el mar.
Avanzó sorteando las olas con paciencia, con la piedra atada al bate encima de la tabla y braceó durante minutos mar adentro.
Más allá de los límites de un surfista, más adentro de donde las olas se levantaban con verdadera amenaza, soltó la piedra y el bate, dejando que se hundieran hacia el fondo del mar.
Después se dio la vuelta y nadó despacio hacia la orilla. El sol asomaba entre los árboles y las primeras ondas empezaban a dibujar la rutina de aquel paisaje. Cuando llegó a la altura donde se formaban las olas, cogió una de las primeras y se dejó caer sobre su empuje suave.
Un coche de algún vecino circulaba por la carretera que pasaba por detrás del aparcamiento. Ethan se subió de nuevo a la tabla .
Surfearía durante una hora como si para él también fuera un día más.