Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

Victoria observaba desde la penumbra de la cocina, sin encender la luz.

Las escaleras que subían al apartamento de Ethan quedaban justo enfrente, al otro lado del garaje, visibles a través de los cristales del coche.

A esa hora, y aunque ya era fin de semana, Prevelly se había desvanecido.

Pocas ventanas iluminadas en sus calles residenciales, el murmullo lejano del mar y el silencio denso de la noche.

La puerta de arriba se abrió.

Victoria apoyó la mano en el respaldo de la silla y esperó. Después oyó los pasos en los peldaños y vio la silueta de su nieto dibujarse unos segundos tras la cortina, desplazándose despacio. No parecía nervioso.

Sintió un peso en el pecho, una presión lenta que no tenía nada que ver con aquello a lo que estaba acostumbrada. No se trataba del riesgo, ni de la amenaza externa, ni de la necesidad de actuar antes que los demás. Era la sensación de estar llegando tarde.

Había vivido situaciones límite antes. Había tomado decisiones de las que otros no se recuperan. Había cruzado líneas sin dudar cuando se trataba de proteger a los suyos. Pero aquello…

Aquello no lo controlaba.

Cerró los ojos un instante y respiró.

«Ethan» .

Por primera vez desde que todo había empezado, sintió una debilidad que le resultaba ajena.

«Ya estoy mayor para esto».

Primero rozó el pomo de la puerta y después la abrió. Ethan se detuvo, no tanto por sorpresa como por fastidio.

—¿Adónde vas?

—A dar una vuelta.

El chico agarró la bicicleta eléctrica y se subió.

—La policía puede estar rondando, hijo. No es buena idea salir a estas horas y levantar sospechas.

—Tendré cuidado. Las luces se ven a kilómetros a estas horas.

—Podrían esconderse en algún cruce, al acecho de algo sospechoso. No veo necesidad de asumir ese riesgo por un simple paseo.

Ethan, con las manos en el manillar y apoyado en una sola pierna, pareció valorar los argumentos de su abuela.

—No es un simple paseo. Tengo que ir a vigilar.

—¿A quién?

—He quedado, abuela.

Victoria se interpuso en su camino y le bloqueó la salida antes de que se impulsara con el pedal.

—No voy a darte explicaciones, abuela. No voy a cometer ninguna estupidez, tranquila.

—Dime adónde vas.

—Apártate, abuela. No es asunto tuyo.

El chico la esquivó con el primer impulso.

—Escúchame, Ethan. Si vas a hacer algo…

—No voy a hacer nada. Déjame.

Ethan se impulsó con todas sus fuerzas y salió disparado por la rampa hacia la carretera. Después pedaleó y la bicicleta eléctrica ganó la velocidad de un automóvil.

Victoria observó cómo el parpadeo de la luz trasera de la bicicleta se apagaba, desactivado por él mismo .

Durante unos segundos no se movió. Tenía la sensación de que, si daba un paso o intentaba hacer cualquier cosa, confirmaría que ya era demasiado tarde.

Ethan se había ido, decidido y con cierto aire de desprecio. Eso no fue lo que le dolió. Ni siquiera su desobediencia. Lo que le dolió fue la ausencia de ese gesto mínimo que antes siempre estaba ahí, esa complicidad silenciosa con la que buscaba su aprobación.

No estaba preparada para ver ese cambio en su nieto. No temía solo por lo que pudiera pasar allí adonde se dirigía. Temía la pérdida de un vínculo que tal vez ya no podría recuperar.

Durante años, Ethan la había mirado como se mira a alguien que marca el camino. Incluso cuando dudaba, o cuando se equivocaba, había en él una referencia constante hacia ella.

Pero ahora eso ya no estaba. Lo vio en su mirada.

«Le he empujado. Ha visto demasiadas cosas de mí».

Había querido endurecerlo, y tal vez lo había hecho bien. Hasta ahora.

Victoria dio un paso atrás, se apoyó en la pared y sintió que todo el control que había ejercido durante años se desvanecía sin resistencia.

Cerró los ojos un instante. Siempre había sabido qué hacer, pero esta vez no tenía plan ni estrategia. Porque ahora no se trataba de anticiparse a un enemigo. Se trataba de que su nieto ya no la admiraba.

Victoria abrió los ojos y volvió a mirar la calle vacía. Su nieto se alejaba y no tenía forma de traerlo de vuelta.

2

Ethan avanzaba sin las luces puestas, dejando que la inercia de la bicicleta eléctrica hiciera el trabajo en los tramos de bajada. El bate de béisbol que Wade le había regalado iba sujeto al cuadro, envuelto en una funda oscura que lo confundía con parte del equipaje.

El motor apenas emitía un zumbido bajo, casi imperceptible, que se mezclaba con el viento nocturno. Las calles de Prevelly estaban vacías a esa hora, con algunas ventanas iluminadas y el murmullo constante del mar al fondo.

Giró por una calle secundaria y redujo la velocidad antes de llegar a la casa de Peter. Se detuvo unos metros antes, en una zona de sombra, y apoyó un pie en el suelo. Desde allí tenía una vista clara.

Había dos coches estacionados en línea frente a la casa y otro algo más alejado, con la silueta de alguien dentro. No hacía falta acercarse más.

Ethan observaba inmóvil. Tal vez aquella silueta fuera la de un policía que ya le seguía la pista al pretendiente de su abuela. La luz del salón estaba encendida y a través de la cortina se intuía movimiento.

Peter estaba dentro.

Apartó el pie del suelo, se ajustó los guantes y dejó que la bicicleta rodara hacia atrás con suavidad, hasta alejarse en la oscuridad sin hacer ruido.

Giró en la siguiente esquina sin mirar atrás y el viento le golpeó la cara cuando volvió a acelerar. Esta vez sí activó el motor unos segundos, lo justo para ganar distancia. Se movía con precisión, evitando las calles principales y eligiendo trayectos más oscuros y estrechos.

Ya no pensaba en Peter.

Atravesó un tramo de casas bajas hasta llegar a una zona más apartada. Allí apenas iluminaban las farolas y la oscuridad cubría grandes espacios entre las viviendas. Ethan redujo la velocidad.

Reconoció la casa antes de verla del todo. La fachada permanecía en penumbra, sin luces encendidas en el interior y el coche estaba allí, aparcado frente a la entrada, el mismo modelo que había visto aquella tarde en el autolavado.

Se detuvo a cierta distancia, oculto tras un árbol. Observó la casa sin moverse, dejando que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. No había señales de movimiento ni ninguna sombra tras las ventanas.

Esperó apoyado en la bicicleta, oculta entre los arbustos, y dejó que la noche avanzara. Allí no había ningún coche cercano que sugiriera que la policía estuviera al acecho. Era posible que lo hubieran vigilado los primeros días, pero por algún motivo ya seguían la pista de Peter.

El viento movía las copas de los árboles con un susurro constante y, de vez en cuando, alguna rama crujía en la oscuridad. El tiempo pasaba lento y Ethan prefería no mirar el reloj.

Casi al amanecer, la puerta se abrió con un leve chasquido.

Ben Rourke salió al porche trasero y se quedó unos segundos quieto, como si necesitara acostumbrarse al aire frío. Llevaba una sudadera y el pelo desaliñado. Sacó un cigarrillo, con los ojos hundidos, lo encendió con manos algo torpes y dio una larga calada.

Ben bajó los escalones y caminó unos metros hacia el borde del jardín, alejándose de la casa en dirección a la arboleda del monte. Miró a un lado y a otro, sin ver nada. Luego se quedó allí, fumando, dejando que el humo se mezclara con el viento.

Ethan salió de la sombra, sin hacer ruido.

Caminó despacio hasta quedar a unos metros de él.

—Mala noche.

Ben se giró bruscamente. El susto le recorrió el cuerpo antes de reconocerlo.

—Joder… ¿Qué coño haces tú aquí? —exhaló—. No te había visto.

Ethan se acercó un poco más, sin tensión.

—Se nota .

Ben dio otra calada, intentando recomponerse.

—Sí… No duermo bien estos días.

El viento volvió a soplar entre los árboles. Ethan miró el cigarro.

—Deberías dejarlo.

Ben soltó una risa corta, sin humor.

—Sí, claro. Eso y un par de cosas más.

—A veces cuesta dejar lo que sabes que está mal.

Ben levantó la vista.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Solo digo que hay gente que repite.

—No sé de qué hablas.

Ethan lo miró unos segundos.

—De la otra noche.

Ben apartó la mirada al instante. Se llevó el cigarro a la boca, pero esta vez la calada fue más corta.

—Ya te lo dije, tío —murmuró expulsando el humo despacio—. Se ha exagerado todo. No pasó nada y la chica se fue. Ya está.

El viento levantó una ráfaga más fuerte que le movió la sudadera.

—Además… —añadió, encogiéndose de hombros—. Solo le dimos un susto. Tampoco fue para tanto.

Ethan inclinó ligeramente la cabeza.

—¿No?

Ben negó, ahora más rápido, como si quisiera convencerse a sí mismo.

—No. Cosas de una noche. Ya sabes cómo va esto —Ethan lo observaba en silencio—. Si no hubiera pasado lo de mi amigo… ya nadie estaría hablando de esto.

Ahí estaba. Ethan sintió cómo todo encajaba. El agresor no sentía duda, ni culpa. Solo una pequeña incomodidad.

Ben dio la última calada y tiró el cigarro al suelo, aplastándolo con el pie .

—En serio —dijo—. Olvídate de esto.

Ethan asintió y Ben apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El movimiento fue limpio y rápido. El sonido quedó ahogado por el viento.

Ben intentó decir algo, pero no llegó a articular palabra. Sus manos buscaron apoyo en el aire antes de perder fuerza.

Luego cayó y el cuerpo quedó inmóvil sobre la tierra húmeda.

Ethan permaneció de pie, observándolo. No había nada más que hacer. Levantó la vista hacia la línea de árboles. El amanecer empezaba a abrir una franja gris en el horizonte.

Luego giró y caminó de vuelta hacia la bicicleta.

Sin mirar atrás.

Aseguró de nuevo el bate de béisbol al cuadro de la bicicleta y pedaleó hacia su casa.