Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 15
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Capítulo 15

Ethan abrió los ojos antes de que sonara el despertador. No sabía por qué. Una sensación imperceptible lo había sacado del sueño.

Todo estaba en silencio. Se incorporó en la cama y permaneció quieto unos segundos. Se levantó y caminó descalzo hacia el baño. La primera luz del amanecer entraba por la ventana de la salita y dibujaba una franja pálida en el suelo.

Entonces la vio.

Una hoja doblada asomaba bajo la puerta de entrada. Reconoció aquel papel. Al abrirla, la misma tinta desgastada que la nota anterior. Esta vez, sin fotografía.

“Hay hombres que matan… y familias que se arrepienten de haber vivido en su inocencia.

Peter necesita atención.”

Ethan se quedó mirándola, sin saber qué habían hecho mal ni si ahora su familia estaba en peligro. Aturdido, miraba a su alrededor, como si aún le costara despertar de un mal sueño. Pero no, aunque todavía amanecía, ya estaba despierto.

Se puso la misma sudadera y los pantalones cortos del día anterior y salió descalzo. No había nada sospechoso, ni rastro de huellas. Bajó las escaleras y abrió la puerta de casa.

Al oír el sonido de la llave, Victoria se levantó enseguida. Algo no iba bien. Se encontraron en el pasillo .

—Han dejado otra nota, abuela.

La cara de desesperación de Ethan alarmó a Victoria, que le arrancó el papel de las manos y le hizo un gesto para que guardara silencio si no querían despertar a su madre. Después de leerlo, levantó la vista y vio el hambre en la mirada de su nieto.

—¿Quién crees que está detrás de estas notas, abuela?

—El mismo que pide cuidados —dijo, cerrando la puerta de la cocina.

—¿Peter?

—Ahora tendré que prestarle más atención.

—¿Más atención?

—Ese hombre no está bien. Es peligroso.

Ethan recordó algunas escenas de los últimos tiempos.

Aquel señor vestido todo el año con ropa veraniega, regalándole la ballesta para ser aceptado en la familia a toda costa.

Lo vio cargando con las bolsas de la compra de los Hudson mientras su abuela pagaba con la tarjeta anónima.

También pagando todas las cuentas de las consumiciones cuando estaban en el Coast Garden.

Y algún momento de entusiasmo provocado por el alcohol al que nadie había prestado atención.

Su abuela ya calentaba el café.

—Tendría que haberlo dejado hace tiempo.

—Tendrías que haberlo hecho, sí.

—¿Qué se habrá creído? Capaz de matar a un hombre y ahora con jueguecitos amenazadores contra mi familia.

—¿Qué vamos a hacer, abuela?

—Es asunto mío. Tendré que subir un poco mi nivel de cariño.

—¿Cómo lo harás?

—Se conformará con muy poco.

—¿Estás segura de que no necesitarás mi ayuda ?

Victoria levantó la mirada. Su nieto mantenía esa ilusión, ese pestañeo irregular que no le había desaparecido del todo desde que disparó al secuestrador de su madre en España.

Pero ahora Peter ya no se mostraba ante ella como un hombre manipulable y conformista, sino como alguien con la mente retorcida de un psicópata, y cualquier desenlace podía volverse impredecible.

—No la necesitaré. Solo quiere sentirse un poco más atendido.

—¿Por qué no vas a su casa y, cuando se despiste, compruebas si tiene alguna impresora vieja con la que imprime estas notas?

—No he entrado nunca en su casa. No voy a hacerlo ahora que sé que está loco.

—¿Loco?

—¡Ethan! Se ha colado aquí a escondidas para dejarnos notas y ha matado a un hombre por una venganza personal que ni siquiera era suya.

La luz del pasillo se encendió y vieron el resplandor a través del cristal translúcido de la puerta. Ethan se sentó con rapidez y Victoria abrió la alacena para sacar el pan. Casandra entró en la cocina.

—Me habéis despertado con vuestros murmullos. ¿Qué hacéis aquí tan temprano?

—Tu hijo, que ya se iba otra vez a surfear y lo he pillado a tiempo para que se tome un café conmigo.

—Incluso estoy pensando en no ir —dijo Ethan, sonriendo.

Casandra se acercó con los ojos entrecerrados y lo besó en el cabello.

—Pues yo me subo, que todavía estoy muerta de sueño.

2

El calor del sol se derramaba sobre Surfers Point.

Ethan se apoyó contra el capó del coche y cruzó los brazos, dejando que el viento fresco terminara de despejarle la cabeza antes de ir a ver a su madre a la escuela de surf.

El aparcamiento estaba casi vacío. Una vieja furgoneta camperizada junto a los arbustos y dos surfistas preparándose en silencio.

Frente a él, el océano avanzaba y retrocedía levantando espuma blanca alrededor de las rocas donde días atrás había aparecido el cadáver.

Desde aquella distancia el lugar parecía incluso tranquilo.

No era más que otra esquina salvaje de la costa australiana donde las olas rompían con fuerza y el viento arrastraba la arena sobre el asfalto.

Ethan no apartaba la vista de ese punto, pensando en Peter.

En su forma de hablar demasiado alto cuando quería agradar.

En cómo se reía antes de tiempo buscando la aprobación de cualquiera.

En aquella necesidad enfermiza de caer bien que lo convertía en alguien débil incluso antes de abrir la boca.

Lo recordó intentando pescar delante de los policías con aquella torpeza casi ridícula, fingiendo ser un hombre cansado e inofensivo mientras el sedal se le enredaba entre los dedos y el río parecía burlarse de él.

Y, aun así, había matado a un hombre.

Ethan se llevó las manos a los bolsillos de la bermuda mientras observaba las olas llegar torcidas, sin cadencia, golpeando las rocas negras.

Pero algo no terminaba de encajar. Peter no tenía aspecto de asesino. Ni siquiera parecía tener valor suficiente para sostener una discusión seria sin venirse abajo. Y sin embargo, algo había despertado dentro de él aquella noche. Algo que ni Victoria ni él habían querido ver hasta demasiado tarde.

Y las notas. Aquellas frases impresas con tinta pobre y papel barato. Amenazas mediocres, medio indescifrables .

Pero detrás de ellas había otra cosa. Necesidad. Peter quería ser tomado en serio. Quería dejar de sentirse pequeño delante de Victoria. Y eso lo convertía en peligroso.

Ethan bajó lentamente la mirada hacia la arena húmeda acumulada junto al aparcamiento. Recordó la conversación de esa mañana con su abuela, los dos sentados en la cocina mientras Casandra dormía sin sospechar nada.

«Se conformará con muy poco».

Eso había dicho Victoria. No por afecto ni por miedo a perderlo, sino porque Peter podía descontrolarse y arrastrarlos a todos detrás. Ethan entendía perfectamente lo que eso significaba. Lo curioso era que, desde aquella conversación, no lograba quitarse una idea de la cabeza.

Peter lo estaba desafiando. Tal vez sin querer.

Tal vez sin darse cuenta siquiera. Pero lo hacía.

Y eso le producía una sensación incómoda, eléctrica, difícil de reconocer incluso para sí mismo.

Mientras observaba aquellas rocas donde el primer cadáver había aparecido con la cara enterrada en la arena, Ethan imaginó por primera vez cómo sería enfrentarse de verdad a Peter.

Sin discutir, sin apartarlo ni soportarlo. Enfrentarse.

Sintió algo parecido a una corriente recorrerle el cuerpo al pensarlo. Curiosidad.

Como si una parte de él quisiera comprobar cuál de los dos sobreviviría llegado el momento.

El viento sopló más fuerte desde el mar y Ethan cerró los ojos apenas un instante. Escuchó las olas romper abajo, el golpeteo metálico de una tabla contra la furgoneta y el chillido lejano de unas gaviotas que giraban sobre la costa.

Pensó en Peter otra vez. En la cara de desprecio de Victoria cuando él no miraba. En cómo él mismo había sentido vergüenza ajena al agarrarlo del brazo para ayudarlo a incorporarse.

Y aun así… Peter había matado .

Eso era real.

Ethan abrió los ojos y volvió a mirar las rocas a lo lejos.

Por primera vez comprendió algo sobre sí mismo que no terminó de gustarle.

La posibilidad de que Peter se convirtiera en un problema no lo inquietaba tanto como debería.

En el fondo, una parte de él deseaba que aquello terminara ocurriendo, aunque los obligara a irse de aquel lugar para siempre.

3

La pareja de surfistas corría por la arena mojada hacia el mar.

Ethan se fijó en que, por el aspecto de la furgoneta, seguramente tenían el surf como principal estilo de vida y estaban de paso después de recorrer distintos puntos de la costa.

Permaneció apoyado contra el coche, con la mirada fija en el agua, y pensó en su madre.

Casandra parecía otra desde que habían llegado allí.

Su madre nunca sería una de esas mujeres capaces de ordenar la vida con la misma facilidad con la que su abuela ordenaba la cocina o él su cuarto.

Pero había algo distinto en ella. Una ligereza que antes no tenía.

Se levantaba con otra cara, hablaba de planes pequeños, miraba a Wade como si por fin el mundo le hubiera dejado una puerta entreabierta.

Incluso cuando discutía con Victoria o se quejaba de cualquier cosa, había debajo una estabilidad nueva.

Ethan había pasado demasiados años viéndola improvisar, llegar tarde, fingir que todo estaba bien cuando nada lo estaba.

La había visto hundirse en sofás viejos, en trabajos mediocres, en hombres equivocados, en excusas que siempre sonaban a derrota.

Allí, en cambio, tenía algo parecido a una vida.

Un hombre que la quería. Una casa decente.

El mar. La posibilidad de levantarse sin sentirse perseguida por su propio pasado .

Tal vez eso era lo que Victoria también había visto. Tal vez por eso se había aferrado tanto a aquel lugar.

Prevelly, Margaret River, Surfers Point. Aquella costa lejana, con sus carreteras limpias, sus jardines cuidados, sus cafés llenos de gente aparentemente tranquila y ese océano inmenso que parecía borrar cualquier error si uno lo miraba durante el tiempo suficiente.

Ethan volvió a mirar las rocas. Allí había aparecido un cadáver. Y, aun así, el sitio seguía siendo hermoso. Las cosas horribles no destruían los lugares. Solo los cambiaban para quien sabía mirar.

Pensó otra vez en Peter. Había matado, sí. Había cruzado la línea. Pero no sabía caminar después de cruzarla. Iba dejando señales y torpezas. Se sentaba a pescar delante de la policía como si una caña y una gorra de viejo pudieran convertirlo en inocente.

Era flojo. Esa es la palabra. Flojo.

No débil, porque los débiles a veces sobreviven precisamente por saber que lo son.

Peter era otra cosa. Un hombre que había probado la violencia y ahora no sabía si esconderla, justificarla o pedir reconocimiento por ella.

Alguien así acabaría desmoronándose. Lo descubrirían, lo apretarían y cuando eso ocurriera, tal vez hablaría.

De Victoria. De ellos. De la familia Hudson con tal de respirar un día más.

Ethan sintió que la idea se ordenaba poco a poco en su cabeza. Si Peter era un problema, no hacía falta tocarlo todavía. Había otra forma de moverlo.

El segundo chico. El amigo del muerto. El otro que había agredido a Mila aquella noche.

No el líder. No el que parecía empujar primero.

Pero sí el que reía las gracias y lo acompañaba.

Ethan recordaba esa clase de personas desde el instituto.

No necesitaban iniciar nada para ser culpables.

Bastaba con estar allí, sosteniendo el ambiente, celebrando el abuso ajeno y convirtiendo la violencia de otro en una broma compartida.

Si ese chico aparecía muerto… Peter se rompería. No del todo quizá, pero lo suficiente para dejarlo mudo durante una buena temporada.

Se quedaría acojonado de verdad. Pensaría que alguien lo estaba cazando también a él.

Que su primer asesinato abrió una puerta por la que ya no controlaba quién entraba.

La policía se desviaría. Buscaría conexiones entre las dos agresiones, hablaría de ajustes de cuentas, de venganzas, de alguien relacionado con Mila.

Peter dejaría de sentirse autor y empezaría a sentirse presa.

Y eso podía salvarlos.

Salvar a su abuela de quedar atada a un perdedor. Salvar a Casandra de volver a huir antes de haber empezado a vivir. Y salvar aquella calma que tanto les había costado encontrar.

Durante unos segundos trató de decirse que solo estaba pensando. Que una cosa era imaginar posibilidades y otra muy distinta convertirlas en hechos. Pero el deseo de matar hizo que esa enrevesada posibilidad cobrara fuerza.

Allí, frente al mar, con las rocas del primer cadáver a lo lejos y la espuma rompiendo sobre ellas, se convenció de que debía matar.

No era solo estrategia, también estaba aquello otro.

Lo que se había despertado con las notas.

Lo que Peter, sin saberlo, había removido dentro de él.

Esa ansiedad seca, profunda, que no se parecía a la rabia ni al miedo y que era muy peligrosa.

Una corriente que le subía desde el estómago hasta el pecho y le hacía respirar mejor, como si el mundo, por fin, le ofreciera una forma de encajar todas sus piezas.

Tal vez podía hacerlo. Tal vez debía hacerlo. Y no solo por placer. Sino para proteger a su familia, como siempre. Por aquella vida nueva que no merecía derrumbarse por culpa de un viejo borracho, un cobarde disfrazado de asesino y dos tipos que habían creído que una chica sola era una oportunidad.

Ethan levantó la mirada hacia el horizonte. El sol empezaba a ganar altura y las primeras tablas entraban ya al agua, pequeñas figuras negras sobre un océano inmenso.

No había decidido nada todavía, se dijo. Solo estaba sopesando una posibilidad. Pero esa posibilidad ya tenía forma.

Y respiraba dentro de él.

Entonces decidió que se subiría al coche, iría a ver a su madre, aparentaría normalidad. Pero dedicaría parte del día a dar con el otro agresor de Mila.