Capítulo 13
Victoria había tranquilizado a su nieto. Se encontraba bien, solo había cogido frío. Nada de lo que preocuparse. Pero a la una de la madrugada subió a su apartamento. Casi nunca lo hacía cuando él estaba allí, siempre había respetado su intimidad.
Golpeó la puerta con los nudillos y esperó su permiso antes de entrar y asustarlo. No se oía nada dentro. Seguro que estaba dormido. Tendría que llamar más fuerte.
La puerta se abrió.
—Abuela… —El chico, extrañado, se apartó a un lado para que pudiera pasar.
—¿Qué haces despierto a estas horas?
—Ver noticias en internet.
—Los jóvenes os pasáis la vida viendo esas cosas. No conduce a nada.
Victoria se sentó en la butaca aterciopelada que estaba entre la ventana y el escritorio del chico. La luz tenue de la única lámpara, junto al portátil, le daba a la estancia una calma engañosa. La pantalla mostraba un portal de noticias locales.
—Estaba rastreando las noticias que se publicaron sobre el cadáver de la playa.
—¿Y qué has averiguado?
—Hay un detalle que no me cuadra —Victoria se acomodó—. En ninguna parte se explica la posición del cadáver ni que haya podido morir por un golpe en la cabeza.
—Y sin embargo …
—Peter lo sabía.
Victoria sonrió satisfecha.
—Veo que por fin lo has visto. ¿Crees que alguien se ha podido ir de la lengua?
—Por nuestra parte no. Y que alguien de la policía haya hablado, lo dudo.
—Pues Peter sabe datos que…
—Conociéndolo como lo conozco, no creo que nadie se los confiara. Así que, si lo sabe… —Se detuvo delante de su abuela—. ¿Habrá sido él?
Victoria asintió y cerró los ojos con lentitud.
—De momento no haremos nada, hijo. No sabemos hasta dónde puede llevarnos esto.
—¿Crees que ha sido él quien dejó la nota enganchada en la tabla?
—Es posible, dada la chapuza de foto e impresión. No me extrañaría.
—Bien. Entonces ya podemos estar más tranquilos. ¿Quieres que lleve esta fotografía a la policía?
—No, algo me dice que hay más detrás de todo esto.
—Entonces, ¿no delatamos a Peter?
—De momento, no. Tampoco lo sabemos al cien por cien.
Ethan se dejó caer sobre la cama.
—Abuela, ese hombre…
—Es un hombre bueno, pero no ha encontrado su sitio en el mundo. Se ha hartado y ahora…
—¿Crees que quiere sacarme del medio para que seas solo para él?
Victoria se levantó y lo miró de soslayo.
—Creo que ha matado por haberse cansado del mundo. Tal vez lo hiciera sin querer. Pero, con esa nota, no creo que pretendiera inculparte.
—Más le vale, abuela .
—Escucha, hijo —dijo, y avanzó hacia él—. No harás nada sin hablar antes conmigo, ¿me oyes?
—Claro, abuela. No me lo digas más veces.
Victoria se acercó a su nieto, atrajo su cabeza contra ella y le acarició el cabello.
—Descansa, hijo. Tal vez nos esperen unos días en los que tengamos que estar bien atentos.
2
A la mañana siguiente, Ethan cumplió puntualmente con el plan de Victoria.
Después de ayudar a los surfistas novatos a prepararse para su clase en la playa, se quedó a solas con su madre, que realizaba las tareas administrativas sin levantar la vista del monitor.
El chico se acercó al aparcamiento y caminó despacio, dejando que la brisa le golpeara la cara y las piernas desnudas.
En la carretera que discurría por la parte superior de la ladera vio pasar el coche de Peter.
Aquella dirección llevaba hacia la siguiente playa, más turística y poco frecuentada por los surfistas por culpa de la desembocadura del río Margaret, que, según ellos, le restaba rebeldía al entorno.
O también podía dirigirse hacia el interior, río arriba, en busca de algún pequeño remanso donde tirar la caña, como hacían algunos pescadores jubilados del lugar.
—¡Mamá! ¡Voy a dar una vuelta en coche!
Casandra levantó ligeramente la vista y alzó el pulgar.
Ethan alcanzó a Peter en poco tiempo. Levantó el pie del acelerador y dejó que el coche avanzara a suficiente distancia como para perderlo de vista de vez en cuando, sin llamar la atención en el retrovisor del viejo .
Pero Peter no se dirigía a ninguna playa. Cogió el primer desvío hacia el interior y siguió por carreteras mal asfaltadas que lo llevaron hasta una zona donde el río ganaba caudal antes de la desembocadura.
Ethan aparcó lejos y caminó por una senda entre la vegetación baja hasta un pequeño embarcadero. A lo lejos vio a Peter sacar los aparejos de pesca del maletero, estacionado junto a otros dos coches.
Se acercó sin ser visto, a espaldas de los hombres que ocupaban una pequeña caseta de madera construida para proteger a los pescadores del viento y la lluvia en los días menos propicios.
Esperó con paciencia, escondido entre unos matojos, a que se instalara y empezara la conversación con los otros dos.
—Buenos días, agentes. ¿Cómo va la pesca?
—Ahora mismo no somos policías. No nos trate como tales o no conseguiremos desconectar del trabajo, que para eso hemos venido aquí.
Ethan estiró el cuello para cerciorarse de lo que acababa de oír.
—Oh, discúlpenme. No quiero importunarlos, menos ahora que estarán trabajando en el asunto de ese desagradable asesinato.
Entre murmullos y alguna pequeña risa pasaron los siguientes minutos, hasta que Ethan no pudo más y salió de su escondite. Se deslizó hasta la parte trasera de la caseta y pegó los ojos a las estrechas rendijas.
Peter había encajado la caña entre los tablones y permanecía sentado en el mismo banco alargado que compartían los otros dos.
El flotador rojo se balanceaba sobre el agua con una calma absoluta.
Después se levantó de repente, tiró de la caña con un gesto torpe y empezó a recoger hilo con una prisa esperanzadora.
La línea salió del agua, vacía. El anzuelo regresó sin cebo .
El viejo miró alrededor con disimulo, como avergonzado por aquel fracaso. Después volvió a sentarse y empezó a manipular el sedal con dedos inseguros, intentando colocar otro trozo de cebo que se le resbalaba una y otra vez entre las manos.
Ethan se puso de rodillas, aprovechó una rendija más amplia y dejó escapar una pequeña sonrisa.
Aquel hombre quería impresionar a su abuela.
Se le notaba en todo, en la camisa que llevaba incluso para pescar, en la manera exagerada con la que lanzaba la caña, en esa especie de entusiasmo infantil con el que trataba de convertir cualquier gesto cotidiano en algo digno de admiración. Pero lo único que conseguía era parecer fuera de lugar.
Peter volvió a lanzar la línea con un movimiento demasiado amplio. El plomo cayó en el agua con un chapoteo brusco que hizo huir a los peces de la zona. El flotador tardó unos segundos en estabilizarse.
Uno de los agentes negó sin que Peter lo viera.
No era solo torpeza. Era algo más profundo, algo que a él siempre le había resultado difícil de soportar, esa obstinación de quienes quieren aparentar una vida que en realidad no saben sostener.
Se quedó mirándolo un momento más.
Peter seguía atento al flotador, inclinado hacia delante con una paciencia fingida, como si en cualquier momento fuera a producirse la captura que justificara su presencia allí.
Pero el río permanecía inmóvil.
Ethan lo observó en silencio y entendió que aquel hombre no estaba pescando peces.
Estaba intentando, con su torpeza, trasladar su inocencia a la policía.
Ethan permaneció un momento más detrás de las tablas, sin hacer ruido. El río avanzaba despacio hacia el mar y el flotador rojo de Peter seguía balanceándose en el agua con una paciencia que el viejo trataba de imitar .
Peter volvió a tirar de la caña.
Nada.
Recogió el sedal con torpeza, frunciendo el ceño al ver el anzuelo vacío otra vez.
El cebo había desaparecido hacía rato, pero Peter insistía en manipular el hilo como si el problema fuera simplemente cuestión de técnica.
Sus dedos se enredaban con el nylon, tiraba demasiado fuerte, volvía a intentarlo y cada gesto revelaba la misma mezcla de nerviosismo y obstinación.
Ethan no sentía compasión.
Ni siquiera incomodidad.
Solo desprecio.
Aquel hombre había matado a alguien y ahora estaba allí abajo, junto al río, intentando comportarse como si la vida siguiera igual. Como si la vida fuera frágil y bastara con sentarse frente al agua, lanzar una caña y esperar a que el tiempo arreglara las cosas.
Peter no estaba pescando.
Estaba esperando.
Esperando a que el miedo se calmara, a que las sospechas pasaran de largo, a que el mundo olvidara lo que había hecho.
Ethan apoyó el hombro contra la pared de tablas.
«Mató… y no sabe qué hacer después».
Ese era el problema.
Había hombres capaces de matar cuando la vida los empujaba contra una esquina. El azar, el pánico, la rabia, a veces bastaban para cruzar esa línea.
Pero lo difícil no era matar, sino saber vivir después.
Saber sostener el peso de lo que uno había hecho sin que se notara en la forma de caminar, en la mirada, en cada gesto torpe que delataba la culpa.
Peter seguía mirando el flotador como si en cualquier momento fuera a moverse.
Y en la cabeza de Ethan la jerarquía estaba clara .
Si hubiera sido él quien hubiera matado a ese hombre en la playa, no estaría sentado allí intentando convencer al mundo ni a sí mismo de que nada había ocurrido.
Peter no era peligroso.
Era débil.
Y tal vez eso fuera lo peor.
3
Ethan volvió a casa para hablar con su abuela. Victoria, muy serena, escuchó atenta lo que su nieto le contó.
—Nunca me habló de pescar. Tal vez lo hiciera hace muchos años, pero no ahora.
—Su torpeza era exasperante, abuela. Era una mezcla de inexperiencia y exageración. Me resultó patético intentando hacerse el torpe ante la policía.
—Y ese plan de acercarse a ellos, muy enrevesado.
—Ya, pero un torpe que no es capaz de poner un cebo en un anzuelo queda descartado como sospechoso de asesinato.
Victoria caminó despacio por la cocina.
—Conociéndolo, esa torpeza fingida podría hasta delatarlo.
—¿Y qué vas a hacer, abuela? ¿Cortarás la relación?
—No tengo nada que cortar. No estoy saliendo con él. Solo somos amigos que nos vemos de vez en cuando. Y así seguirá siendo.
—Entonces, ¿vamos a seguir encubriéndolo?
—De momento, sí. Un asesino descontrolado es un peligro para esta familia, y quiero saber si hay algo más antes de entregarlo a la policía.
Ethan abrió el armario en busca de algo para comer.
—¿Estás más tranquila ahora que sabemos quién es el asesino ?
—Sí, pero recuerda que todavía no diremos nada a tu madre sobre esto, ¿de acuerdo?
—¿No te fías de ella?
—No me fío de su estado de felicidad permanente. Eso puede darnos problemas. Por eso, el plan de irnos siempre estará sobre la mesa, ¿me oyes?
Se miraron fijamente, como lo hacían desde hacía años, con una complicidad que los había sacado de apuros y les había salvado la vida.
—Me gusta este lugar, abuela. Y a mamá también. Por fin hemos encontrado un sitio del agrado de todos.
—Este no es lugar para ti, hijo. —Su nieto cruzó los brazos—. Tienes que vivir tu vida. La tranquilidad de este lugar no te hace bien, no es tu momento para eso.
—Aquí puedo ser feliz. Tengo olas, playa y estoy junto a mi familia. Mira a Wade. Nunca ha salido de estas playas y siempre parece a punto de sonreír.
Victoria se acercó y le acarició el cabello.
—Ese hombre lleva el salitre de este lugar por las venas. Pero tú no eres así. Ese no es tu cometido en la vida.
—¿Ah, no? Entonces, ¿cuál es mi cometido?
—Eso es algo que tendrás que averiguar por ti mismo, hijo.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Mírate. Ya eres un hombre. Deberías estar volando solo.