Capítulo 12 #2
Peter esperaba a Victoria con una mezcla de ilusión y nerviosismo que disimulaba mirando hacia el interior del local, aprovechando el reflejo del cristal para comprobar que todo estaba en su sitio.
Había ocupado una mesa cerca del ventanal, en la zona más abrigada, con la esperanza de pasar una noche agradable en su compañía.
Con una camisa blanca elegante, parecía fresco, casi recién salido de la ducha, aunque llevaba allí más de una hora.
Se había peinado con esmero, alisándose hacia atrás el cabello gris que empezaba a clarear en las sienes, y había elegido unos pantalones claros que parecían demasiado formales para un bar de surfistas, aunque a él le hacían sentirse preparado para la ocasión.
Había pedido una copa de vino blanco para ir empezando, pero apenas la había tocado.
Aquella noche quería que todo saliera bien.
No era solo una cena ni una conversación agradable.
Peter tenía la sensación, quizá exagerada, quizá no, de que aquella velada podía acercarlo un poco más al mundo de Victoria, un lugar que siempre le había parecido fascinante y ligeramente inaccesible.
La vio a contraluz con la puesta de sol, al bajar del coche.
Reconoció su forma de caminar antes incluso de distinguir bien su rostro entre la gente.
Por un instante sintió ese pequeño impulso de satisfacción que siempre lo recorría cuando Victoria aparecía: la espalda recta, el gesto seguro, el mentón levantado y esa manera de comportarse como si todo estuviera bajo control.
Pero entonces vio a Ethan.
El muchacho caminaba a su lado, como si formar parte de aquel encuentro fuera lo más normal del mundo. Cuando los dos se acercaron a la mesa, Peter notó cómo aquella expectativa tranquila que había construido en su cabeza se desinflaba poco a poco.
Aun así, se levantó con una sonrisa correcta.
—Victoria.
La saludó primero a ella y luego al chico, con un gesto breve de cabeza. Aquello ya no parecía una cita ni una conversación relajada. Más bien una pequeña reunión improvisada en la que él ya no sabía muy bien qué papel le correspondía.
Cuando Ethan se sentó frente a él y apoyó los antebrazos sobre la mesa con esa calma silenciosa que tenía, Peter comprendió que aquella noche sería distinta a lo que había imaginado.
Victoria centró su primera atención en localizar a su hija, que estaba entre un grupo de surfistas de la escuela, junto a Wade.
Casandra asintió cuando sus miradas se cruzaron y señaló con los ojos hacia donde estaban los policías, cerca de ellos, vestidos de paisano.
Tal vez hubiera más entre la gente, pasando inadvertidos y atentos a cualquier movimiento sospechoso.
Después Victoria hizo un gesto a Ethan para que fuera a pedir y trajera él mismo las consumiciones, tal y como habían planeado.
A su vuelta, durante los primeros momentos la conversación avanzó con esa cortesía prudente donde nadie quería ser el primero en marcar el tono.
Peter intentó mantener el control del encuentro preguntando por el día, por la escuela de surf, por cualquier asunto que le permitiera dirigirse a Victoria sin que pareciera que Ethan estaba sentado apenas a un metro de distancia.
Pero el muchacho no tardó en entrar en la conversación con una naturalidad que, lejos de aliviar la situación, terminó por descolocar aún más a Peter.
—¿Vives aquí desde hace mucho?
Peter parpadeó un segundo, sorprendido por el trato.
—Bueno… unos cuantos años ya. Desde antes de que todo esto empezara a llenarse de surfistas y turistas.
—Debe de haber cambiado bastante, entonces —respondió Ethan con interés—. Mi abuela dice que los sitios así pierden su encanto cuando se hacen demasiado populares.
Victoria levantó la mirada hacia él, sin intervenir. Ethan hablaba con calma, con tono educado. Peter asintió, agradecido de tener algo que contar.
—Exactamente. Antes esto era un lugar mucho más tranquilo. Ahora todo el mundo viene buscando el mismo atardecer perfecto.
Ethan sonrió.
—Supongo que eso es lo que pasa con los lugares bonitos. La gente quiere quedarse.
Mientras hablaban, Ethan dejaba que la mirada recorriera el bar con una curiosidad distraída. Cerca de la barra, uno de los hombres que bebía cerveza llevaba demasiado tiempo mirando hacia su mesa. Ethan lo había notado al entrar. También a otro, sentado junto a la ventana.
Policías.
No hacía falta que nadie se lo dijera.
Volvió a centrarse en Peter con una sonrisa cordial.
—¿Y qué hacías antes de retirarte?
Peter se acomodó en la silla, agradecido por el interés.
—¿No te lo contó tu abuela? Negocios pequeños. Inversiones aquí y allá .
—Eso tiene mérito —dijo Ethan—. Mi abuela siempre dice que lo difícil no es ganar dinero, sino saber conservarlo.
Victoria tomó un sorbo de vino sin decir nada.
Ethan estaba siendo educado y correcto, y aun así Peter no conseguía relajarse del todo.
Cada vez que intentaba dirigir la conversación hacia Victoria, Ethan encontraba la forma de volver a entrar con otra pregunta, otro comentario amable, otra observación que obligaba a continuar el diálogo.
Victoria apenas hablaba. Escuchaba y de vez en cuando asentía. Levantaba la copa o dejaba escapar una media sonrisa que no terminaba de revelar qué estaba pensando.
Así pasó el tiempo que a Peter le pareció extrañamente largo.
Empezó a removerse en la silla y carraspeó suavemente, buscando una forma de recuperar la atención de Victoria.
—Bueno… y lo de ese cadáver se acabará aclarando —dijo, apoyando el vaso sobre la mesa con un pequeño golpe—. Esas cosas siempre terminan sabiéndose.
Ethan levantó ligeramente las cejas.
—¿Ah, sí?
—Sí, sí… ya sabes cómo funcionan estos pueblos. Al final todo se comenta. Ese hombre con la cabeza enterrada en la arena, ¿no? No debió ver venir el golpe en la cabeza.
Ethan se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia.
—No lo sé. Supongo que esas cosas las sabrá la policía.
Peter se recostó en la silla, satisfecho de haber redirigido la conversación.
Victoria dejó la copa sobre la mesa con cuidado y observó el reflejo del vino en el cristal. No dijo nada ni cambió su expresión. Sin embargo, algo la había incomodado.
Ethan seguía hablando con Peter, ajeno a todo .
Pero Victoria ya no escuchaba la conversación. Algo no encajaba en su cabeza.
—Ethan, cariño. Llévame a casa. Creo que me ha cogido algo el frío en esta terraza. —Peter hizo el amago de levantarse—. Tú no, mi nieto me llevará.
Victoria se levantó, se acomodó la chaquetilla y buscó a su hija entre la gente para despedirse.
—Pero… deja al chico que se divierta. Yo te llevaré…
Casandra la saludó desde el mismo lugar y Ethan esperó instrucciones.
—Ethan, saludamos a tu madre y nos vamos. —Después dirigió una breve mirada a Peter—. Te llamaré. Ya nos veremos.