Capítulo 11
Ethan siguió al pie de la letra las instrucciones de su abuela. Por la tarde se dejó caer por la escuela de surf, intercambió sonrisas con algunos alumnos mientras su madre le seguía el juego desde detrás del monitor de recepción y, a la vuelta, paró en el Coast Garden para tomarse un refresco.
De noche, en la quietud del apartamento, sus pensamientos tomaron otro rumbo.
Entraba una y otra vez en la aplicación para ver las fotos de Tania, en busca de alguna pista. Pero era un bucle. Ya lo había hecho muchas veces y no sabía por qué seguía perdiendo el tiempo en revisar lo mismo.
Antes, la tentación de escribirle se le había antojado casi un juego: aparecer como un personaje misterioso, enviarle una pista sutil para que ella sospechara que tal vez era él, un asesino vencedor lejos de su tierra.
Tal vez lo echara de menos. Pero ahora la urgencia era distinta; estaba casi desesperado por contactar con ella y descubrir si Silvia andaba cerca.
Además, ya no soportaba verla feliz en las fotos, y mucho menos cerca de otros hombres.
Entró de nuevo en aquel mensaje que había escrito hacía un par de meses.
“Me alegra comprobar que sigues tan guapa como siempre” .
Y sin que se diera cuenta, había transcurrido casi una hora y media, atrapado en la misma rutina. Observando sus fotos y sus textos. A saber cuántas horas, tal vez días enteros de su vida, había perdido revisando el perfil de Tania.
Se quedó quieto, con la vista fija en el bate apoyado en la misma esquina de las últimas semanas, aunque en realidad no lo estaba viendo.
Después se asomó a la ventana. La noche oscura, las tenues luces de la calle y los árboles agitando sus copas por el viento.
Y esos pensamientos sobre Tania que no se iban de su cabeza.
Cerró el portátil y bajó la persiana.
Pensó otra vez en aquel mensaje extraño.
“Sé quién eres”.
Se dejó caer sobre la cama, miró al techo y escuchó el siseo del viento con la intención de quedarse dormido, como tantas otras veces. Pero esa noche el sueño no aparecía.
«No quiero irme de aquí. No nos iremos a ninguna parte».
Se incorporó ligeramente y apoyó los codos en el colchón.
«Puedo controlarlo».
Afuera, un resplandor azul se coló por los agujeros de la persiana.
Recordó la promesa del inspector de que estarían patrullando la zona el tiempo que fuera necesario.
Lo primero era la seguridad de sus vecinos.
Pero no podrían tener ojos en todas partes al mismo tiempo.
La bicicleta eléctrica no hacía ruido, y con ella podía moverse rápido entre las carreteras y los caminos de Prevelly.
Saltó de la cama y se puso una sudadera. Después cogió una mochila en el armario y se la echó a la espalda.
«Si alguien viene a por nosotros… me encargaré».
Bajó las escaleras de puntillas, atento a cualquier luz que pudiera encenderse en la planta inferior.
A oscuras, entró en el garaje y agarró la bicicleta por el manillar.
Se montó y salió disparado rozando el Toyota.
Cuando llegó a la carretera, las luces de la patrulla se movían lentamente a unos trescientos metros de allí.
Pedaleó deprisa en la misma dirección, sin oír que, en su garaje, el motor del Toyota se encendía y alguien metía la marcha atrás para salir a la carretera.
2
Ethan circulaba por un camino que se adentraba en el monte y discurría paralelo a la carretera. Victoria tuvo que dejar el coche en el arcén y caminar a oscuras en busca de su nieto.
El chico dejó caer la bicicleta encima de unos arbustos y sacó la ballesta de la mochila. El monte sostenía un zumbido constante de insectos y el viento sacudía las copas de los eucaliptos.
Cogió el arma de Peter, medio desmontado, y terminó de encajar las piezas. Mientras tanto, Victoria avanzaba insegura por el sendero arenoso, atenta a cualquier movimiento que pudiera delatar la posición de su nieto.
Un conejo se cruzó en su camino y la sobresaltó. A punto estuvo de trastabillar y caer. Después continuó la marcha, solo tenía que seguir el sendero que la llevaría directamente hasta la bicicleta del chico.
Ethan se adentró entre los árboles, aprovechando el débil resplandor de la luna creciente.
No albergaba esperanza alguna de caza, pero el simple hecho de adentrarse en el monte con un arma mortal entre las manos lo hacía sentirse poderoso.
Notó cómo el arma se adaptaba a él, el pulso se estabilizaba, la respiración encontraba su ritmo y todo lo demás dejaba de importar.
Adoraba aquella sensación de control sobre sí mismo .
Victoria vio la bicicleta entre los matorrales y se internó bajo los primeros árboles en busca de su nieto.
Un poco más adentro, Ethan había hincado una rodilla en el suelo y apuntaba hacia un conejo que, contra todo pronóstico, lo observaba a menos de diez metros con una cautela tranquila, sin conocer el verdadero peligro.
Victoria llegó sigilosa por detrás y, cuando identificó entre las sombras el cuerpo de Ethan, se detuvo. El conejo movió apenas el hocico y olfateó el aire. Durante un instante sus ojos ingenuos se clavaron en Ethan.
El chico no lo pensó. La ballesta estaba tensada y sintió cómo el cuerpo entero se alineaba en un gesto único. La flecha salió con un silbido corto atravesando el silencio. El conejo apenas tuvo tiempo de reaccionar. Dio un salto y cayó entre la hierba.
Ethan permaneció inmóvil un momento más, con la vista fija en la presa y esa sensación de deleite recorriéndole de nuevo el pecho. Victoria reconoció aquella manera de caminar hacia la presa. La ballesta bajada, la espalda tranquila y el orgullo contenido en cada paso.
No tenía nada más que hacer allí. La patrulla no tardaría en pasar por aquella carretera y el coche de Victoria en el arcén llamaría la atención. Salió al camino, estuvo a punto de caerse y avanzó hacia el Toyota hundiendo los zapatos en la arena.
Cuando arrancó el motor, vio las luces de la patrulla alejándose por otra carretera secundaria. Tendría tiempo de sobra para regresar por donde había llegado sin ser vista.
Victoria condujo sumida en aquella imagen de Ethan después de disparar. En su calma satisfecha y serena, en los hombros relajados mientras recogía su presa.
Lo conocía demasiado bien para confundirse.
Era el placer que ella también había saboreado en otros tiempos.
3
Victoria esperaba a Ethan en la cocina. Sabía que cuando no iba a surfear al amanecer, el chico no madrugaba, pero esa mañana eran casi las diez cuando por fin apareció despeinado y soñoliento.
—Se te han pegado las sábanas. ¿Has dormido bien?
—Muy bien.
—¿Y eso? ¿No te corroe la preocupación por ese mensaje misterioso?
Ethan necesitó unos segundos para conectar con la realidad que su abuela acababa de recordarle. Victoria le entregó la taza de café con un gesto de decepción.
—Parece que este lugar te tiene despistado. ¿Qué hay de tu instinto para anticiparte a los problemas?
—Tal vez me he relajado. Es lo que querías, ¿no? Parece que este lugar nos ha cambiado a todos… menos a ti.
—Resulta que siempre soy yo la que está alerta por todos.
Victoria se sirvió otro café y puso las tostadas de su nieto sobre la mesa.
—¿Qué piensas hacer si no aparecen más mensajes?
Ethan se encogió de hombros, como si la respuesta no le importara demasiado.
—Me gustaría responderle a quién me lo envió.
—Ni se te ocurra. Ignóralo, y si sospechas de alguien de por aquí, habla conmigo antes de hacer nada.
—Como siempre. ¿Qué crees que iba a hacer si no?
—No sé, Ethan. Creo que es la primera vez que confío más en tu madre que en ti.
El chico se acercó a la mesa y dio un mordisco a una tostada. Después dejó la mirada perdida en algún punto de la cocina.
—¿Me has oído? ¿No vas a decir nada ?
—Algo te ha pasado para que me digas eso. Por mi parte, estoy haciendo lo que me has indicado. Ayer estuve en la escuela de surf y después pasé por el Coast Garden. Hoy haré lo mismo, ¿o quieres darme unas órdenes diferentes?
—¿Me vas a tomar el pelo, jovencito?
Ethan dio otro mordisco, sin cambiar de expresión, con la mirada en otro lugar.
—Hijo, no me gusta esa cara feliz que tienes.
—¿Qué cara? Estoy como siempre.
—No lo estás. Parece que disfrutas con ese mensaje. ¿Sabes realmente qué significa? ¿No ves que nos vuelven a seguir de cerca?
—¿No lo habíamos hablado ayer? No te entiendo, abuela. Lo más seguro es que nadie nos siga de cerca y todo tenga una explicación.
—Con todo lo que pasamos, no entiendo esa calma tuya y de tu madre…
—Relájate, abuela. Estamos preparados para todo.
Victoria acercó su rostro al de su nieto y levantó la barbilla para intentar estar a su altura.
—Escúchame. Yo maté para protegeros. Pero tú… tú estás matando para demostrarte algo. Y saciarte. Y eso no es protección, eso es hambre.
—¿A qué te refieres?
—Sales por las noches y sacias tu hambre matando animales.
El chico dio otro mordisco sin inmutarse y masticó con calma. Victoria le sostuvo la mirada, esperando una explicación.
—Lo hago precisamente para prepararme por si algún día alguien se acerca para hacernos daño.
—No haces las cosas bien. Esa ansiedad por matar merma tus capacidades. Antes no eras así.
—¿Qué dices ?
—Te he seguido esta noche y ni cuenta te has dado. Es un error imperdonable por tu parte.
Ethan dio el último mordisco, bebió un sorbo de café y mantuvo aquella mirada despreocupada sin decir nada.
—Hijo, si tenemos que irnos, necesitaremos ayuda para escapar de este lugar remoto y empezar una nueva vida en otra parte. Tal vez con identidades falsas.
—No necesitamos a nadie, abuela. Y no nos iremos a ninguna parte. Aquí estamos apartados de todos los males y de quien debimos asesinar de verdad.
—Estamos apartados y por eso sería más difícil escapar sin que la policía se percate. Tal vez ahora sea un buen momento antes de que…
—No sé quién mató a ese hombre, abuela. No tienen por qué inculparnos de nada. Y ese mensaje… puede tener la explicación más inocente que ahora mismo no se nos ocurre.
El chico acabó su café, cogió la otra tostada y salió de la cocina. Después arrancó el Toyota y salió marcha atrás. Al otro lado del cristal, Victoria lo miraba. Había perdido el control sobre él.
Ya no era un chiquillo sino un hombre.
Y a los hombres hay que hablarles de otra manera.