Capítulo 10
Victoria iba de un lado a otro de la cocina, en silencio, mientras Ethan observaba la nota con detenimiento.
—¿Y dices que perdiste de vista el coche esta mañana?
—Sí, en varias ocasiones. Lo dejé en el aparcamiento y fui a pasear sin preocuparme de nada. Poco después fue cuando encontré el cadáver.
—O sea, que quien enganchó ese sobre ahí lo hizo en los diez minutos anteriores a tu llamada a la policía.
—Sí, porque después de esa llamada volví al coche y los esperé allí.
—Y la tabla la ataste esta mañana aquí. Es decir, no pudieron ponerlo de noche.
—Exacto. Tuvo que ser allí.
Victoria levantó el mentón, arrugó los labios y dejó la mirada perdida a través de los cristales de la cocina.
—Esto no es una broma de mal gusto. Hay una intención detrás.
—El asesino quiere intimidarme o hacerme cargar con la culpa de esa muerte. No sé quién puede ser.
—Me preocupa más por qué mataron a ese hombre. ¿Podría ser su propio amigo quien lo hizo?
—Quién sabe, abuela. O un ajuste de cuentas con alguna banda, ni idea.
—¿Y qué pintas tú en medio de un ajuste de cuentas?
—No sé. Un asesino observador, quizá. Alguien que me vio con Mila en alguna de las dos ocasiones en que estuve a solas con ella y quiere cargarme ese muerto.
—¿Y si es la propia policía?
—No le veo sentido.
—Tal vez sea un señuelo, por si el culpable pica.
—Pero yo no soy culpable de esa muerte.
Victoria se volvió y se quedó mirándolo.
—Recuerdas lo que os dije cuando llegamos aquí, ¿verdad?
—¿El qué, abuela?
Se quedaron en silencio.
—Os recordé que, por desgracia, desaparecer forma parte de nuestro protocolo.
—No nos vamos a ir por una simple nota.
—No digo que nos vayamos, pero es una posibilidad que debemos contemplar si la situación se tuerce y quieren hacernos pagar por algo que no cometimos.
Ethan caminó hacia la ventana. Afuera, los árboles se mecían con el viento.
—No quiero dejar este lugar, abuela. ¿Vamos a estar huyendo toda la vida?
—Mira, hijo. Precisamente por eso, porque el tiempo pasa y no voy a vivir para siempre, quizá vuestra mejor opción sea moveros el resto de vuestras vidas.
—No digas eso, abuela.
—Es ley de vida, hijo.
Se quedaron en silencio. Ethan abrió de nuevo la nota y la extendió sobre la mesa.
—No sé quién la dejó, pero si lo averiguamos, podemos hacérselo pagar.
—Ethan, no creo que sea buena idea que en tu vida aparezca una oportunidad para …
—¿Para matar? —Su abuela no respondió—. Piensas que llegará un día en que querré matar a quien sea, que solo tendrán que darme un motivo y que disfrutaré con eso…
Victoria puso su mano mutilada sobre el hombro de Ethan.
—Prométeme que no volverás a matar sin hablar conmigo.
—¿No ha sido así siempre?
—Prométeme que así seguirá siendo.
Ethan asintió apenas.
—Y de esto, ni una palabra a tu madre. Es demasiado débil.
—Demasiado débil para saber toda la verdad. Lo sé, abuela.
No necesitaban nada más. Se quedaron mirando la nota.
Alguien había dejado una foto de Ethan surfeando al amanecer.
Era una imagen de mala resolución, tomada desde lejos pero ampliada y recortada para verse mejor.
La impresión era descolorida, con esos tonos rosados característicos de un cartucho de tinta a punto de agotarse. Debajo, un pequeño texto:
“Sé quién eres”.