Capítulo 8
Para Ethan, los lunes nunca eran días de pereza, pero aquella mañana se acercó a la playa con la única intención de estar a solas y pensar. Aunque se había llevado la tabla en el Toyota, no iba a surfear.
La brisa le enfriaba la espalda mientras el sol asomaba tras los árboles, y en Surfers Point las olas rompían torcidas y sin cadencia, como si el mar hubiera perdido el compás.
La espuma golpeaba la orilla sin descanso, y Ethan avanzó casi por costumbre hacia las rocas donde solía esconder las llaves antes de meterse en el agua.
Saltó entre las rocas puntiagudas, evitando las zonas donde la espuma del oleaje se estrellaba contra la piedra. Cuando se acercó al recodo en el que la arena se acumulaba en su escondite, lo vio.
Un cuerpo encallado entre las rocas. Estaba ladeado, con la cabeza hundida en la arena mojada.
Llevaba una sudadera azul con capucha que casi se confundía con los tonos fríos de la mañana.
El viento sacudía mechones de su pelo y las piernas, estiradas y rígidas, sobresalían sobre la roca, cubiertas por unos vaqueros oscuros empapados hasta la rodilla.
Ethan se quedó quieto, incapaz de decidir si aquello era un cuerpo arrastrado por el mar o algo peor.
Después se agachó a su lado. Por un instante pensó en apartarle el pelo y levantarle la cabeza para verle el rostro, aunque el golpe lo hubiera deformado.
No lo hizo. Sabía que tocarlo sería dejar algo de sí mismo.
Sintió el móvil en el bolsillo trasero. Debería llamar a la policía.
Lo sabía. Pero antes quiso verlo mejor. Rodeó el cuerpo con cuidado, saltó la roca y cayó al otro lado.
Desde allí distinguió la sangre oscura, ya seca, pegada al pelo en la parte posterior del cráneo.
El viento movía los mechones y apenas dejaba ver la herida.
Se inclinó un poco más. Dentro de él se activó con una calma inquietante, una atención aguda que no recordaba haber sentido desde hacía tiempo.
No era miedo ni repulsión, sino una expectación silenciosa que le recorría el pecho mientras observaba el cuerpo inmóvil, como si aquel hallazgo le perteneciera de alguna manera.
Estiró la mano, casi por instinto, pero se detuvo antes de tocarlo.
Entonces regresó el eco de los disparos.
Primero el del ex guardia civil español, aquel estallido seco a bocajarro que había borrado de golpe su desprecio hacia su abuela.
Después los otros, repetidos una y otra vez contra el secuestrador de su madre, incluso cuando el hombre ya no era más que un cuerpo inerte en el suelo.
No sintió remordimiento al recordarlo. Solo reconoció la sensación y esa claridad fría que aparecía cuando algo en su interior despertaba.
Rodeó el cuerpo una vez más y no necesitó otra inspección para descubrir de quién se trataba. Sacó el teléfono del bolsillo y llamó.
—Policía de Australia Occidental, comisaría de Margaret River. ¿Cuál es su emergencia?
Ethan tardó un segundo en responder. Miraba el cuerpo tendido entre las rocas y cómo el viento seguía moviendo el pelo pegado a la sangre.
—He encontrado a un hombre muerto en la playa. En las rocas, al norte de Surfers Point.
Hubo un breve silencio al otro lado antes de que la voz regresara, ahora más firme.
—¿Está usted a salvo, señor? ¿Hay alguien más con usted?
2
La policía de Margaret River había acordonado la zona desde el aparcamiento.
Ni siquiera podía accederse al camino que llevaba hasta la playa.
El inspector Patrick Keegan se acercó a Ethan, que esperaba dentro de la zona delimitada a que algún agente le diera instrucciones.
Su familia lo observaba desde detrás de la cinta amarilla que se sacudía con el viento y que mantendría alejados a los primeros curiosos.
Victoria lo miró con atención durante unos segundos y se entendió con su nieto sin necesidad de palabras.
Bastaron unos instantes para que ella entendiera que Ethan no tenía nada que ver con el asesinato.
No hubo desconfianza ni dudas. En los últimos meses había temido aquella inclinación de Ethan hacia un territorio oscuro, un lugar mental donde la idea de matar podría agradarle.
Pero también sabía que él conocía ese peligro y que aquel lugar, tan lejos de la vida anterior, era lo más parecido a una terapia que habían encontrado.
Casandra, pegada a su novio, lo observaba con pena, como suplicando clemencia por su hijo, como si este fuera un chiquillo que veía por primera vez un cadáver.
—Soy el inspector Patrick Keegan. ¿Cómo estás hijo?
Ethan asintió con un leve movimiento de cabeza.
—¿Has visto a alguien cuando encontraste el cadáver? —El chico negó— ¿Qué hacías aquí a esa hora?
—Suelo venir a surfear temprano.
El chico dirigió la mirada hacia su coche, con la tabla sujeta en la parte superior.
—Esta playa es peligrosa, ¿Tan experto te consideras ?
—Lo sé, pero he aprendido todas las lecciones en la escuela de surf. Puede hablar con el profesor —dijo, mirando hacia Wade, que no le quitaba ojo—. No soy ningún novato.
—Escúchame, hijo. No estoy aquí para buscar culpables, sino para esclarecer las circunstancias de esta muerte. ¿Sabes quién es?
—Creo que sí.
En ese momento, un pequeño equipo de forenses cruzaba el control policial y atravesaba el arenal con maletines en dirección al cadáver.
—Ese hombre, y un amigo suyo, eran sospechosos del intento de agresión a una alumna recién llegada de la escuela de surf. ¿Qué sabes de eso?
—Conozco a Mila. Nos hicimos amigos el primer día que nos vimos. Surfeamos juntos un rato y nos vimos por la noche en el Coast Garden Café. También estaban ese y su amigo, algo borrachos. Después me fui a mi casa y ella se quedó un rato más. Al día siguiente me enteré de lo sucedido.
—¿Te estás viendo con esa chica?
—No he vuelto a quedar con ella. Solo hemos tenido una conversación telefónica, y me dejó claro que prefiere mantenerse alejada una temporada.
El inspector apoyó una mano en el hombro de Ethan y lo invitó a caminar hacia la orilla, de espaldas a su familia.
—¿Habías visto a ese hombre antes por la playa?
—En esta no. Él y su amigo son nuevos por aquí.
—¿En alguna otra?
—En la de la escuela.
—¿Saben surfear?
—Sí, pero necesitaban perfeccionarse.
Se detuvieron a dos pasos de la arena mojada.
—¿Crees que vinieron aquí para acosarla o es una simple casualidad ?
—No lo había pensado —dijo, mirando al horizonte—. Creía que…
—Solo es una hipótesis, Ethan.
—Suponía que estarían pasando una temporada sabática. —Miró al inspector—. Creo que el encuentro con Mila es pura coincidencia. Como le digo, la noche en que la atacaron habían bebido de más. Si fuera premeditado, no estarían en esas condiciones.
Keegan sonrió.
—Presupones cosas que… ni que fueras un detective de homicidios.
—Son solo suposiciones. Usted me pregunta y yo solo trato de ayudar.
—Está bien. Mantente localizado, es posible que tengamos que hacerte más preguntas en unas horas.
Ethan asintió y después se separaron.
Wade vio acercarse a Roger, el amigo policía con el que solía verse en el bar. Se separó de Casandra para dirigirse a él. No hicieron falta preguntas, solo un leve gesto del surfista.
—Es Aaron Pike. Uno de los sospechosos del suceso con tu alumna recién llegada.
—¿En serio?
—Es todo lo que puedo decirte. Ahora iros. Pronto llegará la prensa y vendrán más vecinos. No vamos a tener contemplaciones a la hora de echarlos, así que no dejéis que os usen para sacar información privilegiada. Ya iremos informando.
—De acuerdo. Ya sabes que, cualquier cosa que necesitéis estamos a vuestra disposición.
Roger miró a Casandra y a su madre que murmuraban entre ellas, viendo como su hijo se acercaba.
—Sé que contigo no hay fallo, gracias.
Wade se dirigió a la familia Hudson.
—Vayámonos todos a casa y dejémoslos trabajar .
—Antes hablaré con mi nieto.
—En casa, señora. Allí hablarán tranquilos, son órdenes de la policía.
Victoria lo miró de soslayo y agarró el brazo de Ethan. Lo condujo en dirección a su vehículo, hablaría con él durante el trayecto. Casandra hizo lo propio con Wade.
—Llévame a casa, cariño. Tenemos que hablar todos.
—Conmigo no cuentes. ¿Has visto la mirada de tu madre?
Pero Casandra ni siquiera lo escuchó. Sus pensamientos y recuerdos ya la habían alejado de la conversación con su pareja.