Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

El Coast Garden Café se desbordaba de risas y conversaciones, como cada domingo por la tarde, casi siempre entre los más mayores del lugar.

Si los sábados por la noche pertenecían a los jóvenes, aquellas tardes eran territorio de la madurez.

Victoria solía reunirse con su hija y su nieto para pasar las últimas horas de la semana allí.

No era una costumbre impuesta, pero nadie la cuestionaba.

Peter conocía aquel hábito familiar y se presentó puntual, a pesar de no tener noticias de Victoria. Se sentó en una mesa apartada, a jugar a las cartas con otros hombres de su edad, en una posición desde la que podían verse de frente si cruzaban la mirada.

Wade no estaba tan a gusto. Era el momento incómodo en que debía corresponder a Casandra, que no se despegaba de la falda de su madre.

Por mucho que Wade intentara esquivar la situación, buscara conversaciones aquí y allá o se entretuviera saludando a medio local, siempre terminaba sentado en aquella mesa donde Victoria, implacable, juzgaba desde el silencio.

—¿Necesitáis que os pida algo? ¿Una ronda más?

—Necesitamos que te sientes un rato con nosotros, cariño —dijo Casandra, apartando el bolso de la silla que había reservado para él.

Wade se dejó caer y disimuló su incomodidad. Le habría gustado tener a Ethan a su lado, con quien se entendía bien, y no a Victoria enfrente; aun así, buscó conversación .

—¿Sabes algo de Mila?

—Hablé esta mañana con ella. Dice que está bien, pero no quiere que la molesten.

—Normal. Mañana la llamaré por si le apetece volver a la escuela. Creo que la distraerá y, desde luego, esos cerdos no volverán por allí.

—Tal vez no sea conveniente agobiarla —dijo Casandra, extendiendo la mano para que él se la cogiera—. Mejor déjala a su aire unos días.

Ethan dio un sorbo a su refresco.

—¿Sabes algo de si esos dos están detenidos?

—No sé nada.

—Ese amigo tuyo, el policía…

—No puede decirme mucho más. Son asuntos delicados y supongo que tendrán sus protocolos. Si me cuenta algo, bien, pero no quiero presionarlo.

—¿Presionarlo? —dijo Victoria, estirando el cuello—. Solo es una pregunta normal y corriente que cualquier persona de confianza le haría, dada la situación.

Wade se quedó callado, sin saber qué decir. Casandra notó una ligera tensión de su mano sobre la suya. Nadie dijo nada más durante unos instantes, hasta que el surfista sacó pecho y rompió el silencio como creía que le correspondía.

—Hay menos gente hoy —dijo, con la cabeza alta—. Todo el mundo habla de lo mismo y se respira cierta tristeza en el pueblo. No me extrañaría que algunos tuvieran miedo a salir de sus casas solos estos días.

—Esas cosas han pasado siempre —dijo Victoria, enfrentándose a él de nuevo—. No se lo deseo a nadie y espero que quien haya sido lo pague, pero, al fin y al cabo, parece que no ha ido a mayores.

—Mamá…

—Hay que reponerse y seguir adelante .

En el aparcamiento, un furgón blanco entró chirriando las ruedas con la música alta.

Los clientes del bar, pegados a los cristales, no daban crédito.

Bajaron los dos hombres sospechosos del intento de violación a Mila.

Sin bajar la música, encendieron un cigarro cada uno y se pusieron a charlar entre ellos.

A los pocos segundos, medio local se había acercado a las cristaleras para verlos.

El primero en reaccionar fue Wade, que se levantó, soltó la mano de Casandra y se dirigió a la salida.

Las miradas se centraron en él. Se hizo un silencio expectante.

Ethan amagó, pero Victoria lo sujetó con su zarpa.

Nadie se levantó y la mayoría de los presentes asumieron que si alguien podía poner orden allí fuera, era Wade.

Peter lo vio desde su mesa. Pendiente de la familia Hudson, sintió un impulso tardío y torpe.

Otra vez llegaba un paso tarde, aunque intentara disimularlo.

Se levantó con gesto decidido, estiró la espalda y tiró las cartas sobre la mesa.

Sin mirar a nadie en concreto, siguió a Wade hacia la puerta, convencido de que aquella era su oportunidad de mostrarse útil.

Todavía era un hombre al que se debía tener en cuenta.

Afuera, en el aparcamiento, se levantaba un viento que empujaba el pelo de los sospechosos sobre sus ojos.

Los dos esperaban apoyados en el coche, desafiantes.

Wade fue directo hacia ellos, sin levantar la voz, y ocupó el espacio con el cuerpo bien erguido.

Peter se colocó a su lado después, rígido, fuera de sitio, sin saber bien qué hacer.

Wade lo miró de reojo. No quería a nadie más allí, pero ya era tarde.

—Aquí no sois bienvenidos —dijo.

Uno de ellos sonrió. El otro dio un paso al frente y empujó a Peter sin mirarlo siquiera.

El jubilado perdió el equilibrio y cayó de espaldas, con la sorpresa clavada en la cara.

Wade reaccionó sin pensarlo y agarró al más cercano por la camiseta y lo estampó contra el lateral del coche con un golpe seco.

El segundo intentó intervenir y recibió un empujón que lo mandó varios pasos atrás.

—Fuera —repitió Wade, con la voz cargada de ira.

Algunos clientes salieron con pasos inseguros para ayudar a Peter.

Los otros dos sonreían al ver al viejo en el suelo, torpe y descolocado, intentando levantarse por sí solo.

No hubo palabras finales. Los dos hombres retrocedieron, murmuraron algo ininteligible y acabaron subiendo al furgón.

El motor arrancó a trompicones y se largaron.

Wade se quedó un momento mirando cómo desaparecían.

Luego se giró, Ethan ya estaba allí ayudando a Peter, consciente de que la calma había vuelto.

—Peter, ¿cómo se te ocurre?

El viejo murmuraba frases incompletas mientras se ponía en pie y, una vez recuperó el equilibrio, se sacudió la ropa a manotazos, como si así pudiera borrar lo ocurrido.

—¿Estás bien? —preguntó Ethan.

—Claro, muchacho. Venga, aquí no ha pasado nada. Tomemos algo.

Cuando levantó la vista hacia el interior del local y vio a los clientes agolpados contra los cristales, distinguió a Victoria. Tenía una expresión fría, hecha de decepción y distancia, y Peter entendió que, para ella, nunca estaría a la altura.

2

Peter se quedó unos segundos apoyado en la puerta del baño, con un vaso de whisky en la mano y la respiración agitada, como si el trayecto desde el sillón del salón hasta allí hubiera sido de varios cientos de metros.

Olía a cerveza, a sudor y a algo más agrio que salía de su propia piel.

Se arremangó la camisa y vio el codo raspado por la caída contra el asfalto.

—Joder… —murmuró.

Se apartó de la puerta y caminó hacia el lavabo con pasos inseguros. Encendió la luz del mueble espejo y el resplandor le cegó los ojos unos instantes. Abrió el grifo y dejó que el agua corriera un momento antes de meter el brazo bajo el chorro. El escozor llegó de inmediato.

—Eso es… —dijo en voz baja, con los dientes apretados—. Eso es todo lo que sabes hacer.

El agua arrastró una pequeña línea de sangre que se perdió por el desagüe. Peter se quedó mirando cómo desaparecía. Cogió una botella de alcohol del botiquín y la volcó sin cuidado sobre la herida. Esta vez el dolor le hizo encorvarse ligeramente.

—Que pague —dijo entre dientes—. Ese cabrón tiene que pagar.

Se apoyó en la porcelana blanca, respiró hondo y volvió a ver la escena del aparcamiento. El empujón, el suelo acercándose demasiado rápido y el silencio tras el golpe.

Y luego… la mirada de Victoria.

Aquello sí que le dolió de verdad. Esa forma de mirarlo. Como si no estuviera a la altura. Como si nunca lo hubiera estado.

Peter cerró el botiquín con un gesto torpe y cogió una gasa para secarse el brazo. La piel seguía ardiendo.

—No te merecías eso —dijo en voz alta, como si alguien pudiera escucharlo—. Yo iba a ayudar.

Apuró de un trago lo que le quedaba en el vaso. El alcohol le bajó como una quemadura, pero lo calmó lo suficiente para enderezarse y apoyarse contra el lavabo.

—Yo iba a ayudar —repitió, esta vez más despacio.

Levantó el vaso e intentó sorber las últimas gotas de alcohol. El hielo le golpeó en la cara .

—¿Y tú qué? —añadió, mirando hacia ninguna parte—. ¿De dónde has salido tú?

Pensó en Victoria otra vez. En su forma de moverse. En su barbilla levantada, en los labios apretados y en su mano de dos dedos.

—¿Qué te crees? —murmuró—. ¿Que eres mejor que los demás?

Se rio solo, sin ganas.

—Con dos dedos y esa cara de no necesitar a nadie. Todos necesitamos a alguien —dijo, y se tomó un momento para tragar saliva—. Maldita orgullosa… Yo te demostraré lo que valgo… Te vas a cagar.

La casa permanecía en silencio, salvo por la conversación que salía del televisor y el sonido del viento al colarse por alguna rendija. Se sirvió otro trago.

Peter apoyó las manos sobre el lavabo y se vio reflejado en el espejo.

—No merezco que me miren así… —dijo, más bajo—. No después de todo.

Se quedó quieto unos segundos más y dejó que el alcohol hiciera su trabajo. Luego salió del baño y atravesó el pasillo hasta el salón. La televisión seguía encendida con algún debate que no le interesaba.

Se dejó caer en el sillón.

El cuerpo le pesaba más de lo normal, como si cada músculo hubiera decidido dejar de responder a la vez.

Apoyó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos un instante y regresó al empujón y la caída.

Después, la mirada de Victoria y algo más, como una sensación incómoda que se colaba entre esos recuerdos.

Algo que necesitaba corregir o demostrar.

Dejó que la cabeza se le inclinara hacia un lado, vencido por el cansancio y el alcohol, hasta quedarse dormido.

No despertó hasta la madrugada.