Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 5
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Capítulo 5

Ethan llevaba más de una hora en el agua y Mila no aparecía.

El sol ya estaba alto, pero el frío había dejado de ser soportable; no era el golpe inicial al entrar, sino una presencia insistente que se le metía en los hombros y le entumecía las manos, como si el cuerpo le avisara de que había prolongado demasiado la espera.

Remaba más despacio y dejaba pasar olas que antes habría tomado sin pensarlo, con la sensación de que algo dentro de él se había desajustado.

Cuando por fin salió del agua, con el cuerpo rígido y la piel tirante, pensó que Mila había pasado de él.

Fue un pensamiento automático, casi reflejo, y duró poco.

Después llegó otro, más sordo, apretándole el estómago sin motivo.

Miró hacia la orilla, hacia el aparcamiento, como si pudiera encontrar allí una respuesta.

No vio nada. Le restó importancia mientras se quitaba el neopreno.

Seguramente se había quedado dormida. Eso era todo. Nada más.

Caminó descalzo hasta el coche y colocó la tabla.

Luego se secó, se puso ropa limpia y se quedó un momento mirando el mar.

Aún le impresionaba esa extensión oscura y poderosa, igual que el primer día que Wade había entrado con él en el agua.

Entonces no se le habría pasado por la cabeza que acabaría viniendo solo, al amanecer, como parte de un ritual.

Bajó a la arena para ganar algo más de tiempo, por si Mila aparecía.

Desde allí oyó pasar varios coches por la carretera; alumnos camino de la escuela de surf, seguramente.

Wade y Casandra ya estarían allí, con la rutina en marcha.

Él siguió caminando unos minutos más, hasta que la paciencia se terminó.

Decidió acercarse. Tal vez Casandra pudiera decirle algo de Mila, que se había quedado un rato más la noche anterior.

Subió al coche y arrancó con la sensación de que una respuesta, fuera cual fuera, le vendría bien.

Pensó que más le valía a Mila tener una explicación sencilla.

Ethan no perseguía a nadie. Nunca lo había hecho.

Tenía claro dónde estaba el límite, en el momento en que alguien jugaba con su tiempo, él cerraba la puerta.

No por orgullo, sino por respeto propio.

Y si veía el menor indicio de desinterés, haría lo de siempre.

Retirarse. Sin berrinches ni segundas oportunidades.

Cuando aparcó en la escuela, vio a Wade dando instrucciones a los alumnos para que bajaran a la playa. Le pareció extraño porque él siempre era el primero en ponerse al frente del grupo. Casandra estaba dentro de la pequeña oficina, impaciente, con los brazos cruzados.

—¿Pasa algo?

—¡Hijo, estás aquí!

Wade miró a Casandra. Parecía a punto de explotar, y ella asintió en silencio.

—Han intentado violar a una alumna.

Ethan dio un paso atrás.

—Se trata de Mila, hijo. No sabemos gran cosa, pero Roger nos ha dicho que están interrogando a los dos alumnos nuevos.

—¿Qué Roger?

—Mi colega, el policía —dijo Wade, frotándose el pelo mientras caminaba de un lado a otro.

—¿Pero ella está bien?

—Nos dijeron que sí, pero le están haciendo pruebas en el hospital.

—¿Y qué alumnos nuevos dices? ¿No serán esos mayores que estaban ayer en el bar ?

—Sí, estaban, sí. Esos que te dije que podrían darme problemas en clase. Aguantaron hasta el final, cuando nos fuimos todos.

—¿Os fuisteis con Mila?

—No. Ella quiso ir andando. Vive cerca de allí y se ve que en ese trayecto…

A Ethan le llegó de golpe una imagen que no había querido retener, los dos chicos avanzando hacia ella en la pista de baile, torpes, pasados de alcohol, mirándola más de la cuenta.

En su momento no le dio importancia. No quiso estropear la noche ni contaminar el encuentro que ya estaba imaginando para la mañana siguiente.

Ahora, esa ligereza le resultaba obscena. Recordó lo fácil que le resultó marcharse, cómo había elegido no quedarse, no observar un poco más, no incomodarse. No estaba seguro de no tener parte de culpa. Había decidido por cansancio o por orgullo, y el mundo había seguido girando sin él.

Wade seguía dando vueltas, furioso. Se quitó la sudadera y se quedó con la camiseta pegada al cuerpo, sobre un físico trabajado durante años en agua salada y entrenamientos de resistencia.

—Los voy a matar. Os juro que cuando vengan por aquí se van a tragar toda la arena.

—Cariño, no te metas en líos tú también.

—¿Líos? ¿Piensas que voy a quedarme así, sin hacer nada? Sabía que esos tipos darían problemas.

—Cariño, los expulsas como te dijo Roger, sin explicaciones. No hay nada que hablar con esos delincuentes.

Ethan se dejó caer en una de las sillas sin llegar a sentarse del todo.

Primero sintió una amargura paralizante, la certeza de haber llegado tarde a algo que ya no podía deshacerse.

Después llegó la rabia contra sí mismo, y creció con lucidez, aquella furia no iba a disiparse sola.

Tarde o temprano encontraría un lugar donde materializarse.