Capítulo 4
Las noches de los sábados siempre eran animadas en Coast Garden Café.
A Ethan aquel local le recordaba al de Hilltop Sound de Blue Valley, del que también conservaba buenos recuerdos.
A excepción de la buena música que sonaba en el negocio de Charlie, el anterior novio de su abuela, el ambiente en Australia resultaba más sano y familiar.
Los vecinos se reunían y parecían alegrarse de verdad al verse. Si entre semana la cordialidad era discreta y cada uno despachaba su vida como creía conveniente sin relacionarse demasiado, las noches de los sábados traían una especie de hermandad sencilla.
Ver a su madre sonriendo junto a Wade calmaba su mente.
A veces llevaba consigo a Victoria, aunque ella decía detestar aquel ambiente donde jóvenes y jubilados compartían sonrisas.
En el fondo, Ethan sabía que su abuela se sentía fuera de lugar y que tampoco le apetecía aguantar a Peter si se pasaba de copas.
Aquella noche, Mila se había acercado por recomendación de Casandra y se encontró de frente con Ethan cuando él llegó.
Entre sonrisas por la inesperada sorpresa y sin decir apenas nada, los dos compartieron una mesa alta, lejos de los altavoces del karaoke y también de los billares, donde algunos alumnos de la escuela de surf voceaban con cada carambola.
Mila fue la primera en dar un sorbo al botellín de cerveza.
—Y además del surf, ¿a qué te dedicas ?
—Hago trabajos online para algunas empresas. Finanzas y cosas así —dijo, con la respuesta ya muy trillada desde hacía un par de años—. Cosas muy aburridas, pero así me gano la vida. ¿Y tú?
Mila miró hacia el fondo del local, donde unas parejas mayores bailaban una canción folk que otros destrozaban a voces.
—Me estoy tomando una temporada sabática. Lo necesito para alejarme de algunos problemas.
—¿Algo de familia?
La chica sonrió con una tímida contención y luego dejó que el gesto se abriera del todo. El maquillaje discreto le daba una luminosidad tranquila, sin apenas esfuerzo.
—¿Cómo lo has sabido?
—Por lo que mencionaste esta mañana. Y porque la experiencia es un grado.
—¿Experiencia? Pero si eres un chiquillo.
—Pues como tú.
—Apuesto a que soy mayor.
—Apuesto a que ahí andamos.
Un par de hombres salieron de la piña de gente apelotonada alrededor de una partida de billar. Iban abrazados el uno al otro, decididos a pedir otra ronda. Al pasar, la chaqueta de uno de ellos se enganchó en la esquina de la mesa de Ethan y las cervezas estuvieron a punto de volcar.
—¡Cuidado!
—Tranquilo, hombre. ¿Están bien tus cervezas? Te hubiera pagado otras, pero veo que están bien, ¿tú estás bien? —dijo uno de ellos, con los ojos desenfocados—. ¿Estáis bien los dos?
Ethan prefirió no darle conversación, pero el otro se dio la vuelta y respaldó a su amigo.
—¡Eh! Pero si son los del grupo avanzado de la mañana. ¿Cómo están sus ilustrísimas? —Le echó el brazo por encima a Mila .
—¡No te pases! —dijo ella, quitándoselo de encima.
—No molestes a su ilustrísima —dijo el otro—. ¿No ves cómo nos mira su novio? Tiene pinta de tener malas pulgas.
Ethan bajó del taburete y se enderezó hasta quedar a su altura, a pocos centímetros de ellos.
—No pasa nada, chicos. Dejadnos hablar tranquilos —dijo Mila, enseguida.
—Faltaría más, su ilustrísima. Los dejamos en paz. Pero seguro que estáis bien, ¿no?
Mila asintió con paciencia y se fueron. Ethan recuperó su posición, sin dejar de mirarlos.
—No te preocupes, si vuelven por aquí nos cambiamos de mesa. Aunque casi seguro que cuando lleguen a la barra ni se acuerdan de nosotros.
—Veo que sabes del asunto.
—La experiencia es un grado —dijo, con una sonrisa intencionada.
Ethan notó aquella atención en el estómago, como un golpe pequeño y antiguo. Se quedó dentro de ese instante, sin saber si quería apartarse de él o dejar que creciera.
Al otro lado de la barra, Casandra los observaba de vez en cuando, mientras Wade chocaba los cinco con su compañero de billar y le guiñaba un ojo, avisándole de que pronto la sacaría a bailar.
Ella sacó el móvil, enfocó la mesa de su hijo y tomó una foto.
Unos instantes después, se la envió a Victoria.
“¿Ves a tu nieto? No hay nada de lo que preocuparse”.
Al poco tiempo, el teléfono vibró en su bolsillo.
“No me gusta. Es mayor para él”.
Casandra sonrió para sí misma. Su madre jamás estaría satisfecha. Ni siquiera ahora, cuando todo parecía hecho a su manera: la familia cerca, la calma aparente y Casandra por fin en su sitio. Ni así lograba bajar la guardia. Siempre a la defensiva, siempre alerta.
—¿Me concede este baile, señorita? —dijo Wade, a su espalda.
—¡Oh! ¡Vamos! No sé bailar este folk vuestro.
En la pista improvisada algunas parejas ya daban vueltas sobre sí mismas.
—Eso no será problema para un surfero como yo.
La bajó del taburete llevándola por la cintura hacia la zona de baile.
Casandra dejó que la arrastrara sin oponer resistencia.
La música era sencilla, casi ingenua, y Wade la sujetó con naturalidad.
Ella se dejó llevar entre risas, más por intuición que por técnica.
Por unos segundos solo existieron el ritmo, la cercanía y esa sensación rara para ella, de estar exactamente donde quería estar.
Entonces Peter entró en el local. La noche había avanzado lo suficiente como para que muchos de los más viejos del lugar ya descansaran en sus casas; aun así, Peter pasó desapercibido. Se acercó a la barra y pasó rozando la mesa de Ethan sin darse cuenta.
—Peter, ¿qué haces aquí?
El hombre se giró y tardó unos segundos en reconocerlo. Aun así, no sonrió como solía.
—Tu abuela dijo que me fuera. No me dejó pasar la noche allí.
—Bueno, Peter… igual ya no está para esos trotes —dijo, con un intento torpe de parecer divertido.
—No es broma, Ethan. Estoy cansado de que me trate así.
Ethan se quedó callado y el hombre se fijó en la presencia de la chica. Tal vez sería mejor seguir su camino y pasar desapercibido un rato más. Pero no, Peter continuó:
—Soy una buena persona. No merezco ese trato .
—No te preocupes, ya sabes cómo es mi abuela —dijo, dirigiéndose a los dos—. Estaría cansada. Tiene una edad, pero te aprecia mucho.
Peter apretó los labios y alzó un poco la barbilla, como si estuviera a punto de estallar de rabia. Después miró de nuevo a la chica y se contuvo.
—Voy a tomarme una cerveza y me voy. ¿Os pido algo?
—No, gracias. Estamos bien.
Peter se fue con el mismo gesto de disgusto con el que había entrado y pronto repitió una escena parecida con Casandra.
Casi podía oír a su madre consolándolo del mismo modo.
En el fondo, aquel hombre les convenía. Era una vía de escape.
Victoria se ocupaba de él a ratos, y eso bastaba para desviar, aunque solo fuera un poco, el marcaje constante al que los sometía cada día.
—A mi abuela le gusta torturar a los demás.
Y eso bastó para que la sonrisa se les escapara a los dos.
Siguieron hablando sin darse cuenta del tiempo, enlazando anécdotas pequeñas y comentarios intrascendentes.
Nada importante, nada profundo, pero todo fácil y con sintonía.
Cuando Casandra se acercó a la mesa, los encontró inclinados el uno hacia el otro, instalados en esa confianza ligera en la que todo fluía sin esfuerzo.
—¿Cómo va la noche, chicos?
—Pues a lo tonto ya queda menos gente en el local —dijo ella, apartándose un fleco de los ojos.
—¿No bailáis?
Ethan se quedó mirándola sin pestañear.
—Bueno, Ethan no es un buen bailarín.
—Ni bueno ni malo. Simplemente no me gusta bailar.
—Venga, hijo. Anímate —dijo, cogiendo del brazo a Mila que se puso en pie animada.
—No, no… me voy a ir.
—¿Tan pronto?
—Sí, estoy cansado .
Casandra cogió de ganchete a Mila, dispuesta a caminar hacia la pista, pero Ethan ya había decidido irse.
—¿Pagas tú, mamá?
Casandra sonrió.
—Hijos…
Las dos se echaron a reír y Mila se detuvo un momento.
—¿Surfeamos juntos mañana?
—Claro. Iré temprano a Surfers Point, ¿lo conoces?
—Sí, ¿a las ocho?
—Perfecto.
Mila asintió y, antes de darse la vuelta, le dedicó una sonrisa breve, casi privada, acompañada de un gesto mínimo con la mano. Ethan respondió del mismo modo, apenas una inclinación de cabeza, y se levantó de la mesa sin mirar atrás.
Casandra tiró suavemente de Mila y las dos se perdieron entre la música y la gente. En la pista improvisada el ambiente se había vuelto más cercano.
Entonces los dos chicos que los habían molestado se aproximaron desde un lateral. Se colocaron alrededor de ella con una familiaridad que no se habían ganado e invadieron su espacio poco a poco, como quien prueba hasta dónde puede avanzar.
Desde la puerta de salida, Ethan los vio acercarse, pero comprobó que Wade estaba atento a lo que ocurría y decidió marcharse.
2
Cuando Ethan llegó a casa, subió directamente a su apartamento y se dejó caer sobre la cama.
La mirada tímida de Mila volvía una y otra vez, junto a aquella sonrisa breve que le había dedicado antes de que Casandra la arrastrara hacia la pista de baile.
Reconoció la sensación y la comparó con las del pasado.
Sabía que no debía hacerlo. Aun así, recordó a Silvia en Blue Valley, cuando creyó por un instante que aquello podía durar para siempre.
Desechó la idea enseguida y saltó hasta Tania, la abogada que se había enamorado de él entre rocas y hórreos de piedra y madera, en aquella localidad de Galicia cuyo nombre ya no recordaba.
Se detuvo en aquella noche de motel, en la penumbra de unas sábanas ajenas, y la mezcló sin querer con la mirada de Mila.
Necesitaba saber si se enfrentaba a lo mismo y sacudirse, antes de surfear con ella al día siguiente, aquella amenaza de enamoramiento que le subía desde el estómago y le cambiaba hasta la respiración.
Cuando los recuerdos empezaron a perder nitidez, cogió el móvil y abrió Instagram. Tenía herramientas más eficaces que la memoria para torturarse con lo ocurrido dos años antes.
A Ethan nunca le habían interesado demasiado las redes sociales, pero desde que se instalaron en Prevelly se había creado un perfil falso para seguir a Tania.
Allí buscaba cualquier conexión que pudiera llevarlo hasta Silvia: una foto, una sombra al fondo, una presencia que analizar al milímetro aunque apareciera de lejos.
Leía sus textos una y otra vez por si descubría algún mensaje escondido, alguna frase con segundas intenciones, algo escrito para él.
Eso era lo que le habría gustado. O tal vez una pista para averiguar qué había sido de Silvia después de derrotarla en aquel astillero abandonado.
Pero vigilar a su enemiga era, en buena medida, la excusa que necesitaba para no reconocer la atracción que Tania empezaba a despertarle demasiado tarde.
Le resultaba curioso cómo aquella abogada gallega, que se había enamorado de él, aunque ya no estaba seguro de que aquello hubiera sido verdadero, despertaba ahora, al otro lado del mundo, una atracción que entonces no había sabido ver .
Tal vez no fuera solo por el rostro o el cuerpo, sino por algo más difícil de señalar. En sus fotos transmitía una seguridad nueva, una presencia de mujer adulta que antes apenas asomaba y que ahora ocupaba toda la imagen.
O tal vez aquel lugar tan apartado le había bajado la guardia. A medida que pasaba el tiempo, ella se mostraba más hermosa, y eso no ayudaba. Desde su vida sin él, Tania mostraba una ostentación nueva.
El caso en el que Casandra había sido sospechosa de asesinato le dejó la cuenta bancaria llena y una reputación lista para despegar. Bastaba un pequeño empujón para que sus honorarios como abogada siguieran engrosando su patrimonio.
En aquella cuenta cultivaba su imagen de letrada de prestigio y la alternaba con fotografías de descansos merecidos en hoteles a orillas de la playa, siempre después de una temporada de duro trabajo.
En alguna ocasión había subido fotos con hombres notablemente mayores que ella, imágenes que acababan eliminadas al cabo de pocas semanas.
Eso le despertaba unos celos incómodos. Por eso, en dos ocasiones, había dejado algún like en sus fotografías y, en una de ellas, donde Tania sonreía en una playa con una puesta de sol a la espalda, se había atrevido a escribirle desde su perfil secreto:
“Me alegra comprobar que sigues tan guapa como siempre”.
Pero el mensaje se había perdido entre los cientos de babosos que la idolatraban cada vez que subía algo.
Al fin y al cabo, el perfil de Ethan estaba diseñado para pasar desapercibido: un nombre falso, ninguna foto personal y un feed relleno con primeros planos artísticos de la arena de las playas australianas y una tabla apoyada sobre el cartel de madera que indicaba la dirección hacia Surfers Point.
En el fondo, él también quería enviarle un mensaje escondido, necesitaba que alguien validara su nueva vida, aquella imagen de vencedor lejos de todo lo que pudo convertirse en fracaso.
Entró de nuevo en aquel mensaje. Seguía sin respuesta después de dos meses, y el cabreo inicial de entonces había dado paso a una decepción que intentaba confundir con indiferencia.
Después se incorporó, colocó el portátil sobre las piernas y borró del historial las páginas que podían resultarle sospechosas a la policía, aunque la tarea le llevó solo unos minutos.
Era un protocolo obligatorio según su abuela, pero innecesario para él.
Al fin y al cabo, todas sus conexiones a la plataforma de criptomonedas, donde el dinero robado seguía multiplicándose con el paso de los meses, las realizaba desde sesiones ocultas que no dejaban rastro.
Poco después, medio dormido, recorría una vez más el perfil de Tania en Instagram. Dejó el portátil a un lado y el móvil se deslizó desde el pecho hasta el borde de la cama.
Ethan ya dormía cuando Mila empezó a sonreírle dentro del sueño, invitándolo a bailar.