Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

Ethan conducía con más prisa de la que permitían las tranquilas carreteras del pueblo. Llevaba el pelo húmedo y revuelto de la ducha, y olía al desodorante favorito de Victoria, que lo observaba sin disimular desde el asiento del copiloto.

—¿Ya no vas a volver a surfear hoy?

—Igual sí, ¿por?

—Como te has duchado…

—Qué tendrá que ver…

—Tenemos varios recados esta mañana.

—Tengo lío, abuela.

—¿Y qué tienes pendiente?

—Cosas mías. No puedes controlarlo todo.

—¿Y qué puede ser más importante que ayudar a tu abuela? ¿Acaso no tienes ya la vida solucionada?

Ethan la miró con desgana mientras reducía para tomar una rotonda.

—Pasar tiempo sin mi abuela controladora es una de esas cosas.

Victoria rebuscó en el bolso hasta encontrar un pintalabios rosado. Bajó el parasol, se inclinó hacia el espejo y se corrigió el contorno. Después se acomodó un mechón rebelde y el peinado regresó a su sitio. Cuando Ethan aparcó delante del supermercado, ella ya estaba lista .

Caminaron sin hablar hacia la entrada, pero la puerta de un viejo Subaru se abrió antes de que llegaran y se bajó un hombre menudo, que se colocó una gorra de paño y saludó desde lejos.

—Vaya, qué casualidad, tu novio también está de compras.

—Sí, qué casualidad —Ethan sonrió—. Ya tenemos quién nos ayude con las bolsas.

Peter se acercó fingiendo una agilidad que ya no tenía y, cuando llegó a su altura, respiraba un poco más deprisa de lo que habría querido.

—¿Cómo estáis, chicos?

—Muy bien, Peter. ¿Puedes ayudar a mi abuela? Yo tengo que irme.

—Solo venía a por un par de compras, pero lo haré encantado.

Victoria los miró, sorprendida por la rapidez con que Ethan acababa de deshacerse de ella.

—Después llévala a casa y ayúdale a colocar la compra. Ella no puede cargar peso.

—Puedo cargar perfectamente. No soy una anciana. ¿Adónde te vas?

—¡A surfear, abuela! —dijo, y se alejó hacia el coche con ligereza.

Victoria sonreía de medio lado. Aquel chico siempre sabía cómo cruzar el límite con ella y, aun así, salir reforzado.

—Es un gran chico, Victoria. ¿Te apetece que comamos juntos en el Coast Garden?

Victoria avanzó unos pasos hacia su nieto antes de que se metiera en el coche, y gritó:

—¿Vienes a comer?

—¡Claro, abuela!

Ethan arrancó hacia la carretera que lo llevaría a la escuela de surf. Victoria se dio la vuelta y tomó a Peter del brazo.

—¿En el Coast Garden? Ni siquiera es un restaurante.

—Bueno, picamos algo ligerito .

—Comeré en casa, con mi nieto. Coge uno de aquellos carros grandes.

Peter bajó la cabeza y caminaron juntos. Las puertas automáticas se abrieron ante ellos y ambos desaparecieron entre los pasillos y estanterías.

2

Wade Surfing Academy estaba al norte de Surfers Point, en una playa más tranquila, ideal para enseñar a los principiantes.

Casandra completaba la ficha de una nueva alumna mientras Wade guiaba a los chicos de la clase de media mañana hacia la arena mojada.

—Mira, este es mi hijo, Ethan. Cariño, te presento a Mila Foster. Acaba de llegar a Prevelly.

Mila tenía la piel dorada por el sol. Ethan le estrechó la mano y apenas le dedicó un gesto amable.

—¿Hijo? Qué suerte tener una madre tan joven.

Casandra siguió tecleando los datos en la ficha.

—Es una larga historia. No creas.

—Bueno, digamos que sobre eso yo también tengo una historia curiosa con eso de las madres.

—¿También has sido madre?

—No, no… todavía. Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí cuando yo era pequeña. Curiosamente aquello nos unió mucho a las dos.

Casandra y Ethan se miraron, sin saber qué decirle. Pero Mila necesitó hablar algo más.

—Y justo cuando nos enteramos de que mi padre había fallecido y me había dejado una buena herencia, mi madre se enfadó conmigo y dejó de hablarme .

La historia despertó el interés de Casandra, pero Ethan se había alejado unos metros y observaba al grupo al que Wade daba las primeras instrucciones.

—Vaya, cuánto lo siento. Los padres, a veces, son cruelmente egoístas.

—Ya… bueno. Supongo que por eso estoy aquí, surfeando al otro lado del país.

—¿Dónde surfeabas entonces?

—En Byron Bay.

—¿Has oído, hijo? Esta chica viene de una zona donde el surf no es una afición, sino una forma de vivir la vida.

Ethan se acercó de nuevo.

—¿Y qué haces en esta escuela?

—Nunca es suficiente. Quiero perfeccionarme.

—¿Y vas a entrar en ese grupo? —dijo, señalando a los alumnos de la arena.

—No sé. Wade me dijo que me acercara cuando terminara la inscripción.

Casandra se levantó de la silla.

—Aquí tienes tu carnet. Hijo, acompáñala. Igual puedes echarles una mano. Bienvenida a la escuela, Mila —dijo con una sonrisa franca—. Ethan llegó aquí hace dos años y ahora es todo un experto. Igual puede inspirarte.

—Experto no. Solo me defiendo.

—Entonces puede que estemos al mismo nivel —dijo ella, y al sonreír arrugó apenas la nariz—. ¿Nos vamos al agua?

Mila guardó sus pertenencias en el coche y caminó hacia el mar.

Se apartó el pelo claro, que le caía sin orden sobre el rostro, y lo invitó con un gesto.

Ethan la observó mientras ella se adentraba en la arena con la tabla bajo el brazo, sin prisa.

No parecía buscar la atención de nadie, pero la forma segura y natural en que caminaba hacía que resultara difícil no mirarla.

A Ethan le llamó la atención esa mezcla de fuerza y calma, sin hacerse notar.

Era un atractivo silencioso, de los que al principio pasan desapercibidos y después perduran.

Algo duro empujó al chico desde atrás.

—Tu tabla —dijo Casandra y volvió a empujarlo.

—Esta no es mi tabla.

—En estos momentos, sí. Venga, échale una mano a Wade.

Cuando alcanzó a Mila, ella estaba a punto de llegar al grupo. Wade levantó las cejas al verlo incorporarse con ellos.

—Al final has venido —dijo, casi en voz baja, con una leve sonrisa.

—Mi abuela se puso demasiado insistente. Solo vengo a airearme.

—Esa es mi suegra.

Wade terminó de dar las instrucciones básicas al grupo y, después de las advertencias obligatorias por el estado del mar, volvió hacia Ethan.

—Por favor, entra con la nueva. Me dijo que ya sabe surfear. Llévate también al grupo más avanzado. Yo quiero vigilar de cerca a los novatos. No me fío de aquellos dos. No se toman esto en serio y tengo miedo de que se confíen y pase algo.

Ethan se fijó en dos hombres que ya rondaban la mediana edad. Se daban codazos mientras observaban con disimulo a alguna de las chicas.

—De acuerdo, ya te contaré.

Wade dividió el grupo y dejó a los más experimentados bajo la supervisión de Ethan. Ellos fueron los primeros en entrar al agua.

La fuerza del oleaje había disminuido con respecto a primera hora de la mañana, por lo que a Ethan, acostumbrado a playas más peligrosas, aquello le pareció casi una concesión, un mar más dócil de lo habitual, aunque no lo bastante como para bajar la guardia.

Mila se acercó con su tabla y se sentó a horcajadas, en la misma posición que Ethan. Desde allí observaron cómo los novatos pasaban apuros para entrar y cómo los otros sufrían para coger las primeras olas.

La chica dejó que el mar los balanceara despacio. Desde aquella distancia mínima, lo observó con calma. Ethan no hablaba con nadie, no buscaba compañía ni la evitaba. Simplemente estaba solo, sin tensión, como si así fuera su estado natural. A Mila le resultó familiar esa manera de comportarse.

Ethan la miró apenas un instante y lo entendió sin esfuerzo. En ella había algo que no encajaba del todo. Sonreía, sí, y se movía con la seguridad de quien conoce el mar, pero por dentro quedaban restos de algo roto que no era tristeza ni miedo. Tal vez desgaste.

El agua subía y bajaba entre las tablas, y aquel vaivén acompasó el silencio de sus primeras miradas.

3

Peter entró con las últimas bolsas mientras Victoria ya colocaba los productos en las estanterías de la amplia cocina.

—¿Dónde guardo el tomate?

Victoria se incorporó y lo miró desde detrás de la puerta de la nevera.

—No toques nada. Acabo antes haciéndolo yo que indicándote.

—No, espera. ¿Es en la despensa?

Peter ya se dirigía con el bote hacia la puerta del fondo de la cocina, pero Victoria le cortó el paso.

—Trae. —Le arrancó el tomate de las manos—. Y vete. Ya me has ayudado bastante, te lo agradezco.

—¿No quieres que te ayude en nada? Si quieres, le doy un repaso al jardín .

—El jardín está bien. Ya lo has cortado hace unos días. Ahora vete. No te necesito aquí.

Peter cogió las llaves del coche y arrastró los pies hacia la salida.

—¿Nos vemos por la tarde?

—Tú duerme la siesta tranquilo y ya te llamo yo.

—Vale, espero tu llamada, cariño.

Victoria asintió y cogió dos bolsas de pasta.

—¿Qué haces ahí en medio como un espantapájaros? Ya nos vemos después.

Peter se fue sin decir nada más y Victoria se quedó mirando los muebles a su alrededor.

Con los años, se había acostumbrado a revisar si todo seguía en su sitio después de ausentarse de casa.

A veces, lo hacía sin darse cuenta y después era consciente de que algo no estaba bien en su interior.

Aun así, nunca intentó corregir esa costumbre.

Recorría con los dedos el borde inferior de las mesas, las repisas y las estanterías bajas, en busca de micrófonos.

Lanzaba vistazos rápidos a las esquinas, a los cables de las lámparas y a la parte superior de las baldas, por si alguien había escondido una cámara.

También comprobaba que los objetos a la vista conservaran la misma posición en que ella los había dejado.

«Ese hombre está dos minutos aquí y ya cambió algunas cosas de sitio», pensó.

Después midió el sentido de ese pensamiento.

De esa obsesión. Todo había empezado cuando Ethan robó millones en criptomonedas a la empresa del novio de Casandra.

Habían pasado casi diez años, y Victoria seguía sintiéndose orgullosa de la decisión de quedárselas, pese a las consecuencias.

Miró su mano mutilada, solo el pulgar y el índice se habían salvado.

Aun así, con el paso de los años, aquello le importaba cada vez menos.

Ahora su familia era multimillonaria y podía usar aquel dinero de manera anónima, mientras seguía revalorizándose gracias al alza continua de un intangible que ella nunca terminó de entender.

Si Raymond, su marido, siguiera vivo, estaba segura de que jamás habría permitido aquel robo; pero, por algún motivo, las circunstancias se habían dado cuando él ya no estaba.

A pesar del privilegio del que podían disfrutar, todavía había algo que la atormentaba.

Era aquella chica, Silvia, la compañera de clase con quien Ethan había investigado el funcionamiento de las criptomonedas cuando aquel mercado todavía era una promesa.

Fue una pena que la mafia no la hubiera matado cuando los acorralaron a todos.

Pero la dejaron con vida porque algo sacaron de ella, su confesión.

Después tuvieron otra oportunidad, cuando se cruzaron con ella en aquel pueblo casi mágico de Blue Valley.

La joven, ahora bella y segura, había seducido a Ethan para apoderarse de la mitad de las criptomonedas.

Tendría que haberla ahogado en el lago, pero su nieto la convenció para actuar de otra manera. Dejarla con vida fue un error.

Cuando su hija viajó a España y fue acusada del asesinato de su novio empresario, la noticia trascendió y la obsesión de Silvia volvió a acercarla a ellos en silencio.

Actuó con tanto sigilo que, en cuanto Casandra quedó libre, la secuestró delante de sus narices.

Fue su moneda de cambio en el intento de hacerse con todo lo robado.

Ahora por fin habían encontrado la tranquilidad, y Victoria les había inculcado a su hija y a su nieto que un estilo de vida más sobrio podía darles la felicidad para siempre.

Por eso estaban en Prevelly, lejos de su país, Estados Unidos, y lejos de España, donde ella ya había olvidado sus raíces.

Australia estaba lo suficientemente apartado de todos y aquel rincón, en el lado occidental del país, era su escondite ideal.

Se asomó a la ventana. La brisa movía los árboles de la zona y los matorrales bajos de la urbanización le transmitían un orden dócil. Era un paisaje en el que se sentía en paz y alerta al mismo tiempo.

«Este sitio es bonito… y parece seguro. Pero tal vez no lo sea tanto si algún día nos toca huir.»

4

Ethan dejó el coche frente a la entrada de la casa, justo delante de la ventana de la cocina, como si quisiera cortarle la vista a Victoria. Cerró la puerta de un portazo y entró en la casa sin subir a su apartamento.

—No sé para qué tenemos un garaje. No me gusta tener el coche ahí delante…

—Mamá no viene a comer.

—¿Y eso?

Ethan no sabía el motivo, se limitaba a transmitir lo que Casandra le había dicho.

—¿Y no puede llamar para decírmelo? He cocinado de más.

—Se iba con Wade a mirar no sé qué.

—¿No sé qué? Hijo, últimamente no te enteras de mucho.

—Solo de lo que me interesa.

—¿Y qué es lo que te interesa? Porque si no estás surfeando, te echas horas encerrado en tu apartamento.

Ethan cogió dos platos y los puso sobre la mesa al tiempo que Victoria sacaba la carne del horno.

—Esta tarde iré a cazar.

—¿Cazar tú? ¿Con qué?

—Con la ballesta que me dio Peter. Hay plaga de conejos en Bramley. Está permitido cazarlos.

Victoria empezó a repartir la comida en los platos mientras Ethan descorchaba una botella de cabernet.

—¿Y vas a ir con él? ¿Sabréis dar con ese lugar ?

—Voy solo. Está a unas ocho millas de aquí.

—¿Y te ha enseñado a utilizar ese aparato?

—Claro, es un arma tradicional.

—¿Tradicional? Pero si aquí nadie caza.

Ethan cogió un trozo de pan, lo mojó en la salsa y probó un bocado.

—Pues no sabía que te interesara la caza.

—Ya ves… Si se me da bien, te traeré algún conejo para que cocines.

—No, gracias… —dijo, levantando la copa de vino.

El chico puso las noticias y comió impaciente.

—Qué prisa tienes. Te noto nervioso.

—Tengo hambre.

—Claro, tanto surf…

Ethan sonrió con la boca llena y se secó la comisura de los labios con la servilleta.

—Pues no me gusta esa nueva actividad tuya. Hablaré con Peter para que le devuelvas esa arma.

—Ni de coña. Me gusta la ballesta. Es como la tabla de surf, una prolongación de mi cuerpo. Ya he practicado y se me da bien.

—Pero a mí no me gusta.

—Pues a mí, sí.

Se quedaron en silencio un buen rato. Las noticias locales captaban la atención de Ethan:

— Los estudios acústicos y las capturas nocturnas en los matorrales que rodean las cuevas de Margaret River ayudan a los investigadores a conocer mejor las nueve especies de murciélagos endémicas del suroeste de Australia Occidental.

—Mira, igual dentro de nada sacan un permiso para matar murciélagos por las noches .

Victoria lo miró con la copa en la mano. Aún no había probado bocado.

—Hijo… matar no está bien. Lo sabes, ¿no?

Ethan levantó la vista y le sostuvo la mirada.

—A veces, sí es lo correcto.

—Ya lo hemos hablado. No compensa, a menos que seas un desalmado y aprendas a vivir con la sombra que deja.

—Tú has matado. Yo he matado. Y la sombra nunca nos ha molestado.

Ethan levantó la copa hacia ella, dio un sorbo y volvió a mirar las noticias.