Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 2
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Capítulo 2

Casandra esperaba con los brazos cruzados a que la cafetera soltara los últimos borbotones, mientras Victoria observaba entre las cortinas cómo se comportaba el hombre sentado en el coche de la acera de enfrente.

—¿Qué miras con tanto interés, mamá?

—Ese hombre no da buena imagen ahí solo. Si ibas a dejarlo esperando ahí fuera, deberías haber desayunado antes.

Casandra sonrió con esa facilidad que había recuperado en los últimos meses.

Desde que su relación con Wade se había consolidado, y desde que había dejado atrás las terapias, la acusación de asesinato y el secuestro empezaban a pertenecer a una vida anterior.

Luego la sonrisa le curvaba los labios despacio, y el rostro se le iluminaba con una mezcla de calidez y fragilidad que a Victoria le resultaba igual de hermosa que de sospechosa.

—¿Quieres que lo haga pasar?

—Lo raro es que no lo subieras contigo al piso de arriba desde el primer día.

—Ya, pero esta vez lo estoy haciendo a tu manera. ¿Tampoco estás contenta?

—No me fío. Demasiado bueno para ser cierto. ¿Nunca te ha pedido entrar?

Casandra puso una taza delante de su madre y cogió la cafetera.

—Te tiene miedo, mamá .

—¿Es que no es un hombre? ¿O solo lo demuestra cuando vas a su casa?

—En ese terreno se defiende mejor —dijo, con una leve carcajada.

—Ya, tómate el café de una vez y largaos. No quiero que lo vean ahí plantado. La gente habla.

—La gente aquí es muy normal —dijo al sentarse con el café frente a ella—, y nadie habla mal de nadie.

—Eso es lo que tú te crees.

Casandra alargó el brazo para curiosear entre las galletas que quedaban en la caja. Victoria soltó la cortina y se volvió hacia ella.

—¿Y qué hay de Ethan?

—¿Qué le ocurre?

—¿No lo notas raro?

—Mamá… es un chico raro. De toda la vida.

—Ya no es un chico, es un hombre. Y me preocupan esas salidas a horas raras…

—Pues eso, hace cosas de hombres —dijo, llevándose una galleta a la boca—. Déjalo. Ya es mayorcito.

Victoria no la dejó refugiarse en aquella ligereza.

—No es normal que se pase tantas horas metido en el apartamento de arriba.

—Es su refugio. Ahí tiene intimidad. ¿Qué tiene de malo?

—No es normal, hija. Se pasa las tardes ahí arriba y, a veces, sale al anochecer, vuelve muy tarde o madruga demasiado para meterse en el mar.

—Habrá adoptado las tradiciones de la zona. Los surfistas son así, espíritus libres. Déjalo tranquilo.

Victoria llenó aún más la taza con café.

—Cuando va a ese bar que frecuentáis por las noches… ¿se sienta con alguna chica?

—No me fijo siempre. A veces está solo, otras noches se junta con los alumnos de Wade .

—¿En ese grupo hay chicas?

—Claro, mamá. El surf también es cosa de chicas. No te preocupes por él, ya sabes cómo es… Yo lo veo bien. Por fin hemos encontrado un lugar donde somos felices.

—Sobre todo tú…

Casandra apoyó una mano en el hombro de Victoria.

—¿Y tú? ¿No has encontrado también algo parecido al amor? ¿Qué pasa con Peter? Creo que le gustas mucho y es un buen hombre.

—Es flojo…

—¿Flojo?

—Sí. Echa de menos a su mujer.

—¿Y tú no echas de menos a tu marido? —dijo, apartándose de ella—. ¿Cómo va a olvidar la muerte de un ser querido?

—Yo nunca le hablé de tu padre. Él, sin embargo, se pone en modo viudo desconsolado. No me da pena…

Entonces el Toyota entró en el jardín y Ethan aparcó junto al garaje. Victoria y Casandra lo observaron en silencio tras las cortinas. El chico cogió la tabla de surf y la guardó dentro. Luego caminó hacia el coche de Wade.

—¿Por qué guardas la tabla? ¿No vienes a surfear con los chicos?

—No me van a enseñar nada —dijo, y chocó la mano con Wade en un gesto rápido—. Todo lo bueno ya lo aprendí de ti.

—¡Vamos! Ven con nosotros. Me servirás de ayuda. Tengo dos alumnos nuevos que van de listos, son un poco marrulleros. Siempre es bueno que los acompañe un veterano como tú, alguien que imponga un poco de respeto.

—Te las apañarás perfectamente sin mí. Además, las olas se encargarán de ponerlos en su sitio.

—Ya, hombre, pero así me ayudas con el grupo. ¿Sabes? Deberías plantearte lo de ser monitor.

Ethan levantó la vista por encima del vehículo y buscó los cristales de la cocina .

—¿Por qué no entras?

—¿Con tu abuela dentro?

—¿Te impone tu suegra?

—Esa mano de dos dedos me aterra. A veces sueño con ella.

Ethan sonrió por primera vez aquella mañana. Se despidió con una palmada en el hombro de su antiguo monitor y caminó hacia el apartamento independiente que ocupaba encima del garaje.

En la cocina, Casandra miraba orgullosa a sus chicos, mientras Victoria observaba cada gesto de su nieto hasta que lo perdió de vista.

—Sabe que estamos aquí, pero ya ni viene a saludar.

—Se irá a duchar, mamá. Ya has visto que tenía el pelo mojado, viene de surfear.

—¿Qué se le pierde en esa playa, surfeando tan temprano? Él solo…

—Es feliz, mamá. Nunca estás conforme.

—Ya verás que se va a encerrar ahí arriba toda la mañana. Deberías hablar con él.

Casandra apuró el café y cogió el bolso.

—Sí, mamá. Luego hablo con él —dijo, besándola en la mejilla. Después salió apresurada, casi dando pequeños saltos—. Te llamo luego.

Victoria se quedó sola y observó como su hija sonreía de una manera que nunca le había visto, junto a un hombre que, por fin, también a ella le inspiraba cierta confianza.

Cuando el coche arrancó y se alejó, escuchó la calma de aquel lugar y el silbido leve de la brisa que movía las copas de los eucaliptos alineados a lo largo de la calle residencial.

Después, fue hasta la nevera y, al abrir la puerta, recordó que tenía que hacer la compra.

2

Aunque aquel recorrido se había convertido en una rutina, Casandra no acababa de acostumbrarse a la conducción por el lado contrario y por eso nunca quería coger el volante.

Eso le permitía prestar más atención a su hombre.

Lo admiraba de verdad y le encantaba aquel aire despreocupado, la mirada alegre que se le encendía al ver el mar y esa forma suya de habitar la libertad que le daba aquel lugar.

Era un hombre del pueblo, de toda la vida.

Cargaba con sus fracasos amorosos, como todo el mundo, y según él no había tenido la suerte de tener hijos.

La vida era su lema, y entre la alimentación saludable y el ejercicio diario conservaba un estado físico envidiable, a pesar de haber pasado ya los cincuenta.

Casandra le acariciaba el brazo durante el trayecto hacia la primera parada.

A él le gustaba aquel gesto, y a ella le bastaba verlo sonreír para sentirse feliz.

No necesitaban decirse nada más. Aquel avance lento por las calles de la zona residencial donde vivían se había convertido en uno de los mejores momentos del día.

El todoterreno rodaba por una carretera limpia, recién asfaltada. Los arcenes estaban impolutos, las líneas nítidas y los jardines bajos, cuidados sin exceso, parecían pensados para no llamar la atención. Árboles jóvenes, setos recortados y casas discretas adaptadas al paisaje.

Todo estaba en calma, en su sitio, y nada parecía urgente. El día brillaba con una claridad tranquila y eso les hacía creer que allí las cosas siempre serían así.

Al llegar al Coast Garden Café, se besaron deprisa y Wade bajó del vehículo con la alegría de quien entra en el templo social del pueblo.

Allí había algunos coches aparcados con las tablas sujetas a las barras del techo.

Una patrulla de policía estaba estacionada cerca de la entrada y tapaba parte de la terraza, todavía vacía, con las mesas expuestas al sol y a la brisa salada a lo largo de la fachada.

—¡Buenos días! —dijo en voz alta, camino de la mesa alta donde dos agentes tomaban un café de pie— Deberían multar al que dejó el coche parado en la entrada del local.

—Señor Carter —respondió el más veterano, de su edad—. ¿Acaso quiere que lo llevemos detenido a comisaría? Tenemos sospechas de que ha delinquido esta noche —añadió, y le guiñó un ojo a Casandra, que caminaba detrás.

—Delinquir no, pero pecar sí. Debería confesarme un cura, no un policía.

—Sí, pero a nosotros tendrás que darnos los detalles.

—Ni de coña. No me atraparéis jamás.

—Solo tenemos dos carreteras por las que huir en este pueblo. Nos resultará fácil cortarte el paso.

Chocaron las manos y se dieron unas palmadas en los antebrazos.

—Estás fuerte. ¿No quieres incorporarte al cuerpo policial?

—¿Y dejar de surfear? Estás loco.

Wade se adentró hacia el interior, repartiendo saludos con la mirada. Casandra lo acompañó, devolviendo sonrisas a unos y a otros, y luego ocupó una mesa cerca de la ventana mientras Wade pedía los desayunos en la barra.

En la mesa de al lado, un jubilado sentado a solas ojeaba el periódico con las gafas de lectura descansando en la punta de la nariz. Vestía ropa cuidada, aunque algo pasada de moda.

—Peter, no te entretengas demasiado con la prensa. Creo que mi madre necesitará tu ayuda hoy.

El hombre levantó la vista y tardó unos instantes en reaccionar, como si no hubiera terminado de reconocerla.

—¿En serio? Pues no sé si le prestaré mis servicios hoy. Parece que solo le intereso para cargar con la compra.

—Deberías cobrarle. Prueba un día a ver …

Peter sonrió abiertamente. Casandra se sentó junto al ventanal, de cara al mar, y no se dijeron nada más.

Por las mañanas, los más viejos del lugar frecuentaban el local, y Wade bromeaba con algunos de ellos en la barra mientras su amigo, el propietario, preparaba los cafés.

—No te preocupes, ya los sirvo yo —dijo el surfista, y sostuvo las dos tazas en la misma mano con la destreza de un camarero veterano.

—¿Seguro? No voy a pagarte por ello.

—No se me caen los anillos. Pásame también los cuencos de fruta, anda.

—¿Les pongo granola a los dos?

Wade miró a su chica, que seguía pendiente de él desde la mesa, y ella asintió con una sonrisa.

—A los dos.

Casandra pensó que, por fin, estaban en un lugar parecido al que su madre siempre había imaginado desde aquel robo que lo cambió todo.

Prevelly era un lugar ordenado, luminoso, alejado del ruido de las grandes ciudades y de ciertas autoridades que convenía no tener demasiado cerca.

No había lujo excesivo, pero sí mucha calma, cerca de la localidad de Margaret River.

Aquel lugar, junto a Wade, había calmado las voces del pasado.

Todos los errores, los malos años de soledad y aquella distancia abierta con su madre, mientras cargaba con un niño al que no sabía muy bien cómo proteger ni criar, parecían ahora un mal sueño a punto de borrarse.

Allí la vida parecía posible.

Se dejó llevar por esa sensación unos segundos, consciente de su fragilidad y, al mismo tiempo, de la fuerza extraña que acababa de encontrar en ella. Miró a Wade, tranquilo, presente, y sintió algo parecido a la esperanza.

Quizá esta vez… sí.