Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 1
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Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5)

Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5)

Por Jorge Caneda

© inepub.com

Capítulo 1

Ethan excavó un hoyo en la arena acumulada entre las rocas, en el mismo sitio donde Aaron Pike aparecería muerto dos días después.

Enterró la bolsa con el móvil y las llaves del Toyota Hilux. Luego cubrió el hueco como tantas otras veces. Cogió la tabla de surf y bajó hacia el agua. El sol no había asomado del todo. El horizonte se manchaba de naranja, pero la luz no alcanzaba el mar, oscuro y opaco.

La escuela de surf donde había aprendido dos años atrás quedaba en la playa siguiente, pero a Ethan le gustaba Surfers Point, no apta para novatos y sin espectadores a esa hora.

La espuma le lamió los pies. El viento volvió más fría el agua y, por un instante, Ethan se preguntó qué hacía allí a esas horas. Entonces pensó en Tania. Si la abogada española lo viera desde la orilla, él no retrocedería.

Avanzó hacia las olas que rompían entre lo perfecto y lo peligroso, justo donde el cuerpo despertaba de verdad.

Se tumbó sobre la tabla y remó hacia la primera embestida.

El agua golpeó el neopreno y le mordió la piel.

El primer contacto con las olas siempre le encendía la cabeza.

Allí se sentía fuerte y preciso. Giró la tabla hacia tierra, buscó posición y esperó el momento.

Una corriente silenciosa le tensó los músculos y allí, apartado del mundo, su vida parecía obedecerle.

Lejos de Silvia. Aunque algunas mañanas la notaba demasiado cerca.

Una ola lo empujó y Ethan remó cuando notó que lo levantaba. En el mar confiaba más en sí mismo. Bajó el pecho, clavó los brazos y eligió el momento.

«Ahora o nunca».

La tabla se alineó con la ola y se incorporó con un solo movimiento. De pie, dejó correr la tabla bajo sus pies y ajustó el peso con gestos mínimos. Sabía qué hacer y al deslizarse, todo se ordenó en su interior, como si el mar le hubiera concedido un permiso breve para olvidar el pasado.

Silvia aún pertenecía a ese pasado y los perseguía por unas criptomonedas que, según ella, también le pertenecían. Casi una década después, seguía reclamando su parte.

«Pero yo las robé, no ella».

El equilibrio se rompió y Ethan reaccionó tarde. Cargó mal el peso y la tabla se le escapó. El control desapareció y el mar lo engulló.

Bajo el agua oscura, la imagen de Silvia se acercó a pocos centímetros de su rostro. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y sonreía mostrando unos dientes ahora perfectos.

«Las robaste porque yo te enseñé a hacerlo», susurró ella dentro de su cabeza.

La sacudida del agua y la fuerza de la ola lo expulsaron a la superficie y el viento le golpeó la cara. Vio una sombra cerca, a punto de rozarle, y la agarró por instinto. Apretó con todas sus fuerzas, como si pudiera estrangular los recuerdos. Parpadeó y se quitó el agua de los ojos.

No era más que la tabla.

Se tumbó sobre ella con un solo impulso y remó de nuevo hacia las olas, en aquel rincón perdido del oeste de Australia. Allí Silvia jamás los encontraría.