23
No estoy orgullosa de ello, pero chantajeé al inspector.
Tenía mis razones. Al fin y al cabo, me encargué de encontrar al asesino o, mejor dicho, asesina.
Bueno, técnicamente, la asesina me encontró a mí.
Pero evité que ella lo matara. Lo menos que podía hacer el inspector era dejarme escuchar la confesión de Linda.
Pero no fue como en las películas. El día después de que Linda intentase matarnos a los dos, vi el interrogatorio en el ordenador de su despacho, ya que fue lo más cerca que me dejó estar.
Dijo algo sobre seguir las normas y los procedimientos adecuados, por lo que no me permitió entrar en la sala con ella.
No es que quisiera estar tan cerca. Era una asesina a sangre fría y más retorcida de lo que cualquiera de nosotros podría haber sospechado.
Solo necesitaba saber por qué había intentado matarme y había asesinado al juez, y posiblemente a su marido. Mientras los dos clavaban la mirada el uno en el otro, abrí el portátil del juez. Allí había algo sobre ella que no quería que la gente supiera.
—¿Qué haces? No deberías tocar las pruebas —dijo Lizzie a mi lado. Estaba sentada junto a mí en el despacho de Kieran—. Ya has oído lo que ha dicho. Y no puedo creer que hayas chantajeado a ese hombre. En serio.
—Sigo ayudándolo —dije, apartándola con un gesto—. Además, tú tienes tanta curiosidad como yo.
Lizzie sonrió con aire burlón.
Los técnicos de emergencias me habían examinado la noche anterior.
Tenía algunos moratones y otro golpe en la cabeza, pero había sobrevivido a cosas peores.
Al inspector y a mí nos enviaron a casa poco después del terrible trance, pero Linda tuvo que pasar la noche en el hospital.
La habían dado de alta bajo custodia policial a primera hora de la mañana. Lolly fue quien me dio esa información.
Nadie de la plaza había dormido demasiado. Mientras yo me ponía hielo en la cabeza y las manos, repasamos todas las conversaciones con Linda. Ninguna de nosotras podía encontrar una razón por la que hubiera hecho todo eso.
No tenía sentido.
Se me había escapado algo importante en las cosas de la juez. Y aunque ella sería condenada por agresión como mínimo, teníamos que averiguar su motivo para el asesinato.
Había ido a la comisaría a primera hora de la mañana y había chantajeado a Kieran. Bueno, lo único que le dije fue: «Si no quieres que todo el mundo sepa que te he salvado la vida, me dejarás escuchar cuando interrogues a la sospechosa».
Es que ni siquiera me había dado las gracias por haber dejado fuera de juego a la lunática de Linda. Sé que no debemos usar nombres despectivos para referirnos a las personas con problemas de salud mental, pero esa bruja intentó matarme.
—¿Por qué se queda mirándola? —preguntó Lizzie—. ¿Y por qué ella se queda mirándolo a él? Al menos debería intentar limpiar su nombre.
—No es como en las películas —dije—. Kieran sabe lo que hace. Los policías utilizan el silencio como arma. Hace que la gente se sienta incómoda.
Había otro agente de Dublín allí, y Sheila también estaba en un rincón de la sala.
—¿Por qué necesitabas el ordenador del juez, Linda? —preguntó Kieran.
Ella miró a su abogado y luego cruzó los brazos.
—Sin comentarios.
Hubo otra larga pausa.
Ninguno de los presentes habló. Todos se limitaron a mirarla fijamente.
Abrí los archivos relacionados con Linda y su divorcio. Eso era lo único que el juez tenía contra ella, aparte de la remodelación de la calle principal.
—Te matará si descubre que estás husmeando. Un momento, ¿quién es ese? —Lizzie acercó la cara a la pantalla.
—¿Quién? —Observé el documento.
Ella señaló el nombre que aparecía en medio del tercer párrafo. El nombre no era Dave ni David. Se trataba de una sentencia de divorcio entre Linda y otro hombre: Darnell Jones . Con las prisas y en la oscuridad, se me había pasado por alto cuando me colé en la casa del juez.
—¿Crees que Linda estuvo casada antes? —susurró mi hermana—. ¿O tal vez ese es el verdadero nombre de Dave?
Y entonces todas las piezas encajaron en mi cabeza. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? Me sentí como una idiota.
—No. Es otro hombre —respondí—. Estos papeles de divorcio nunca se firmaron ni se presentaron, pero eso significa que Linda estaba casada con otro hombre.
Eso es. Ese es el secreto que no quería que nadie descubriera.
Pero el juez debió enterarse. Y es posible que su marido también lo descubriera —añadí.
—¿Crees que también mató al pobre Dave? —Lizzie se estremeció.
—No me sorprendería. Aún no han llegado los informes toxicológicos. Pero, si ella mató al juez, es lógico pensar que hizo lo mismo con su marido. Él debió descubrir la verdad. O tal vez el juez se lo contó antes de ser asesinado.
—¿De qué hablas? —preguntó Kieran desde la puerta—. ¿Y por qué sigues husmeando? —No se molestó en fingir sorpresa, pero era evidente que estaba molesto conmigo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté mientras echaba un vistazo a la pantalla donde Linda estaba sentada con su abogado.
—El abogado ha pedido un descanso de diez minutos. ¿Podría pedirte, si no es molestia, uno de tus cortados? Tengo un dolor de cabeza terrible.
—Claro, voy a buscarlo, y uno para ti, Mercy —dijo Lizzie—. ¿A usted también le apetece un cortado, comisario? —le preguntó al otro hombre que había acompañado en la sala al inspector y que estaba detrás de Kieran.
—No sé qué es un cortado, pero, si lleva café y quizá un poco de expreso, me apunto —contestó—. ¿La ayudo con las tazas?
—Oh, sería estupendo —dijo mi hermana.
Se marcharon. Como ya he mencionado, Lizzie puede cautivar a casi cualquiera sin siquiera intentarlo.
—Hay algo que tengo que enseñarte. —Le mostré la sentencia de divorcio en el portátil.
—Ya me lo habías contado —dijo él.
—Sí, pero mi hermana se ha dado cuenta de algo que a nosotros se nos había pasado por alto. Mira los nombres.
Puso los ojos como platos y luego se desplazó hacia arriba hasta las fechas.
—Esto no tiene sentido. Ella y Dave solo llevan casados…
—Diez años —dije. La fecha del documento era de hacía más de quince años—. ¿Crees que el verdadero nombre de Dave es Darnell?
—No —respondió—. ¿Por qué iba a ser diferente su apellido? —Se reclinó en la silla de su despacho—. Caramba.
—Esto significa que ella sigue casada con otra persona —señalé.
Él asintió con la cabeza.
—¿Y si su marido no sabía que ella seguía casada con otro? No creo que ella le llevase los papeles al juez para que los revisara. Creo que el juez encontró estos documentos y se dio cuenta de lo que estaba pasando.
»Puede que él amenazara con contárselo a su marido. Dijiste que era un hombre justo y que odiaba la injusticia. ¿Y hasta dónde estaría dispuesta a llegar ella para evitar que se supiera la verdad? Echaría por tierra su reputación y su matrimonio. Además, la bigamia es ilegal en Irlanda, ¿verdad?
—Sí.
—Esto te ayuda a relacionarla con el juez. No tienes muchas pruebas para su asesinato. Y técnicamente, en este momento, nosotros, quiero decir tú, solo puedes acusarla de agresión y tentativa de asesinato.
—Pero ese documento le da un motivo —concluí, señalando el ordenador—. Y sabemos que tuvo la oportunidad. Y si Dave se enteró…
Kieran se giró hacia mí y sonrió.
—Eres realmente brillante y guapa.
¿ Me había llamado guapa ? Se me sonrojaron las mejillas.
Era un hombre muy atractivo. A veces lo olvidaba, ya que pasaba la mayor parte del tiempo completamente frustrada con él.
—La tenemos —dijo—. Y todo gracias a ti y a tu hermana.
Una hora más tarde, Linda empezó a cantar como un pájaro, con la esperanza de conseguir una leve reducción de la pena. Cuando el inspector le presentó unos cuantos hechos, ella se derrumbó. Entre sollozos, lo contó todo.
Cómo había matado al juez triturando sus pastillas para el corazón en su bebida y asegurándose de que probara el plato con gambas por si eso no funcionaba. Luego, cómo había entrado en nuestra casa en busca del ordenador del juez.
Incluso admitió haber cambiado las pastillas para el corazón de Dave, para que no tomara la medicación adecuada.
El juez le había contado la verdad a Dave, pero su marido no le había dado mayor importancia.
Estaba dispuesto a decirle a todo el mundo de la plaza que Linda era bígama.
Y ella no podía permitir que eso sucediera.
Entre sus sollozos, descubrimos que se había casado nada más terminar el instituto y que el matrimonio solo había durado unos meses.
Su ex había huido y ella había intentado solicitar el divorcio, pero no había conseguido localizarlo para que firmara los papeles.
Al final, se había rendido y había dado por hecho que estaba muerto.
El juez había estado indagando cuando ella acudió a él diciendo que estaba pensando en divorciarse de Dave, y así descubrió la verdad. Le había dado dos semanas para contárselo a Dave, antes de que se lo dijera él. Pero el juez había actuado a sus espaldas.
Cuando Dave supo la verdad, no se enfadó. Creía que todo el mundo lo entendería. Incluso se ofreció a ayudarla a encontrar a su exmarido. Pero ella no quería que nadie descubriera lo complicada que había sido su vida ni que había infringido la ley.
Todo había llegado a un punto crítico antes del velatorio del juez. Cuando Dave sugirió que hablaran con un abogado para arreglarlo, ella se enfureció. Lo último que quería era que alguien más se enterara de lo que había hecho.
Para evitar la humillación, mató a Dave esa noche de la misma manera que al juez: envenenándolo con sus propias medicinas.
La satisfacción de atraparla y saber que estaría encerrada durante mucho tiempo me hizo sentir bien. Y, al mismo tiempo, estaba agotada. Linda era una mujer atormentada y, aunque el juez ciertamente no merecía ser asesinado, la había llevado al límite.
—No puedo creer que hayas resuelto el caso —dijo Lizzie de camino a casa.
—Lo hemos resuelto, hermanita. —Me detuve y luego la abracé—. Siento que este lugar no haya sido como esperábamos.
Ella me abrazó con tanta fuerza como yo a ella.