22 #2
—¿Por qué? —quiso saber Lolly.
—Podríamos pedir pizza y revisar la lista de solicitantes del sorteo —respondí—. Entre todos, no nos llevará mucho tiempo.
—Solo hay un problema con tu propuesta —dijo Linda, frunciendo el ceño.
—¿Cuál? —pregunté.
—No hay ninguna pizzería en el pueblo.
—No te preocupes —intervino Rob—. Yo me encargo de satisfacer tu antojo de pizza . Solo dime qué ingredientes quieres.
Esa misma tarde, llevaba cinco capítulos de la segunda mitad del libro cuando llamaron a la puerta.
Abrí y me encontré a Rob con varias bandejas grandes, apiladas unas sobre otras y envueltas en papel de aluminio.
—Ostras, gracias. No me había dado cuenta de la hora que era —dije, mirando mi reloj—. Pasa.
—Scott ha ido a por bebida y estará al caer. Podemos cenar en nuestra casa si necesitas seguir trabajando.
—¿Qué? —Fruncí el ceño.
—Te he visto encorvada sobre el ordenador, con aspecto de estar poseída por el demonio.
—Ya he hecho tres cuartas partes y estoy llegando al final —dije riendo—. Probablemente parezco un demonio.
Después de hacerle un gesto para que entrara, lo seguí a la cocina.
El aroma de la comida me hizo querer comerme el aire.
—¿Cuántas pizzas has hecho?
—Unas ocho —respondió—. Llevaba mucho tiempo sin hacer y me lo estaba pasando muy bien.
Lo ayudé a colocar las bandejas en una larga encimera que, según Lizzie, sería ideal para un bufé.
—Vaya, tienen una pinta increíble —dije mientras mi estómago rugía—. Me pregunto dónde estará.
—¿Quién?
—Mi hermana —respondí—. Nunca llega tarde, sobre todo cuando tiene invitados. ¿Puedes quedarte aquí mientras voy a ver qué pasa?
Cuando abrí la puerta principal, allí estaba ella, con aspecto un poco aturdido.
—¿Qué pasa?
—Estoy enfadada conmigo misma, no encuentro las llaves para cerrar la tienda —respondió, arrugando el rostro—.
No tengo ni idea de dónde las he dejado.
Las tenía cuando he entrado para trabajar en el escaparate mientras la tienda estaba cerrada.
Las he buscado por todas partes, pero han desaparecido.
Normalmente, yo era la olvidadiza de la familia.
—Cogeré las mías y ya voy yo a cerrar. ¿Por qué no ayudas a Rob con las pizzas ? Scott debería llegar en cualquier momento con las bebidas.
—¿Han llegado Lolly y Linda?
Negué con la cabeza.
—Supongo que vamos todos con retraso —dijo, frunciendo el ceño—. No tardes mucho.
—Tranquila.
Después de coger las llaves, salí y vi a Lolly y Kieran viniendo por el camino frente a las casas.
—¿A dónde vas? —preguntó Lolly.
Les expliqué la situación.
—Kieran, ve con ella. Se está poniendo el sol. No quiero que las chicas estén fuera después de que oscurezca.
—No pasa nada —dije, negando con la cabeza—. Solo voy a cerrar las puertas con llave y volveré enseguida.
Pero el inspector me siguió a través de la verja.
—No hace falta —le dije.
—Si no hago lo que me ha pedido mi abuela, me lo estará recordando durante al menos un mes, quizá más.
Me eché a reír.
Cuando llegamos a la puerta trasera de la tienda, estaba abierta.
El inspector se detuvo y se quedó mirándola, y luego me miró a mí.
—Es una puerta vieja, quizá no la cerró bien —dije, encogiéndome de hombros—. Estaba nerviosa porque no encontraba las llaves.
Ladeó la cabeza, como si estuviera escuchando algo.
—Quédate aquí —susurró.
¿Nos estaban robando? Ojalá hubiera cogido mi paraguas de punta afilada. Esperé más de un minuto, pero no volvió.
—¿Inspector? ¿Kieran?
Me invadió una sensación de pánico cuando no respondió. Marqué el 999 y sonó un teléfono dentro de la tienda. Genial, era él quien atendía las llamadas. Colgué y blandí mi teléfono como si fuera un arma.
Dentro estaba todo a oscuras, pero dejé la puerta abierta para que entrara el último rayo de luz.
—¿Kieran? —susurré.
Entré en el despacho. Alguien me empujó por detrás. Tropecé con algo y caí con fuerza contra la silla, golpeándome el lado de la cabeza contra el respaldo. Me di en el mismo sitio que el otro día con el árbol.
¿ Qué estaba pasando ?
Me sentía mareada e intenté levantarme, pero entonces alguien me golpeó en la nuca y caí de rodillas. Miré hacia abajo para ver qué había provocado mi caída.
Kieran yacía tendido en el suelo.
Al levantar la vista, vi una figura que se alzaba en la oscuridad.
—¿Dónde está? —gruñó Linda—. Dímelo; si no, os mataré a los dos.
—Linda —dije, confundida—. ¿Qué pasa? ¿Por qué quieres matarnos?
—No has hecho más que entrometerte. Lo estabas ayudando con la investigación. ¿Dónde están los expedientes? Debo borrar el pasado para que nadie más descubra lo que ocurrió.
Me aclaré la garganta. Linda era la asesina.
Pero no, ella había perdido a su marido.
Me costaba seguir el hilo de lo que estaba sucediendo.
Me dolía mucho la cabeza, pero tenía que concentrarme.
Tenía que mantenernos con vida a Kieran y a mí.
Pero Linda no tenía ningún motivo para matar al juez ni a su marido.
Por lo visto, las apariencias engañaban, y nos había embaucado a todos.
—No lo entiendo —dije, tratando de decidir cuál sería mi siguiente movimiento—. ¿De qué hablas? ¿Te refieres a los papeles del divorcio?
—No tengo tiempo para responder a tus estúpidas preguntas —gritó—.
Tengo que ir a tu casa para tener una coartada.
¿Nunca te han dicho que eres escritora? No tienes por qué ir por ahí como un detective salido de tus libros.
Pero no eres muy buena. Tenías la prueba delante de tus narices y no la viste.
—No lo entiendo —dije. Estaba de verdad confundida.
—Dime dónde está el expediente y no mataré al inspector. Él no me ha visto.
« Mecachis » . Estaba claro lo que quería decir.
Yo sí la había visto.
Fue entonces cuando vi el abrecartas en su mano, apuntando directamente a la yugular del inspector.
—De acuerdo —dije—. No le hagas daño.
Ella se quedó inmóvil, blandiendo el abrecartas. Yo seguía de rodillas, pero no tenía ningún deseo de averiguar cómo pensaba matarme con eso.
Si le decía lo que quería saber, no tendría motivos para mantenerme con vida. Me ayudó el hecho de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando.
—¿Dónde están los expedientes? —Pasó por encima del inspector.
—Están guardados en la caja fuerte. —Le seguí el juego—. Pero necesitarás mi huella dactilar para abrirla —añadí, aclarándome la garganta.
—Perfecto. Te cortaré la mano después de matarte. ¿Dónde está la caja fuerte? —Volvió a apuntar con el abrecartas hacia el inspector. Cuando se giró levemente, salté sobre ella.
Le di un cabezazo en el estómago. Tropezó con Kieran y se inclinó hacia atrás.
Fue como a cámara lenta: sus brazos giraban como molinos de viento.
El abrecartas salió volando hacia mí, pero logré esquivarlo justo a tiempo, y entonces se estrelló contra un archivador de madera.
Agradecí que Lizzie no hubiera cambiado los muebles de sitio.
Pero el golpe no logró derribar a Linda. Se tambaleó un poco y luego gruñó mientras se abalanzaba sobre mí.
Mi antiguo entrenamiento en krav maga entró en acción y le di un puñetazo en la garganta con la mano derecha; luego la golpeé en la sien con la pesada grapadora que había cogido del escritorio.
Un equipo de expertos me había enseñado a utilizar las herramientas a mi alcance.
Volvió a caer hacia atrás, pero esta vez no logró ponerse derecha.
Se desplomó en el pasillo trasero contra el armario que ocultaba la puerta secreta.
La pesada figurita de plata con forma de búho que había encima se volcó y le golpeó la cabeza con un ruido sordo.
Parpadeó y luego cayó de lado.
—¿Qué narices está pasando? —preguntó el inspector, incorporándose del suelo y sujetándose la cabeza.
Me dolía todo el cuerpo. La mano, la cabeza, la espalda, todo. Lo único que podía hacer era mantenerme en pie.
—He encontrado a tu asesino.