23 #2
—Lo sé, es mucho menos aburrido de lo que pensaba.
—¿Todo esto no te ha asustado como para querer volver a casa? —pregunté, apartándome.
—Me ganaba la vida cultivando lavanda —respondió, encogiéndose de hombros—. Excepto por la preocupación por las plagas, los precios y el lanzamiento de nuevos productos…, estaba aburrida. Creo que no lo admití ante mí misma hasta hace unos días.
Asentí despacio, un poco sorprendida.
—No me malinterpretes. Era diferente cuando tenía a John y Audrey y podía concentrarme en construir nuestra nueva vida juntos.
Tenía mi pequeña familia, lo que hacía que todo allí fuera más divertido.
Pero sin ellos… es solo un lugar con buenos y malos recuerdos y poca cosa que ofrecerme.
¿Por qué? ¿Quieres volver a Manhattan? No te culparía.
—¿Estás diciendo que quieres quedarte? —le pregunté. Estaba sorprendida—. Tu negocio tenía mucho éxito. Quiero decir, todavía lo tiene, aunque tú no estés allí.
—Exacto, es una máquina bien engrasada. —Suspiró—.
Tengo a las personas adecuadas para llevarlo al siguiente nivel.
Pero aquí tengo una librería en apuros y un pueblo que la necesita con desesperación.
Por tonto que parezca, vuelvo a tener un propósito.
Hemos encontrado nuevas amistades incondicionales: Rob, Scott y Brenna, y viven justo al lado.
En este primer mes, he tenido más emociones que nunca.
Brenna me había enviado un mensaje; se había quedado impactada con la noticia. Ahora que todo estaba en orden, regresaría pronto.
—Aún puedes sorprenderme, hermanita —dije, negando con la cabeza—. Estaba segura de que tendrías las maletas hechas y estarías lista para salir en el próximo vuelo.
—Me encanta estar aquí —dijo—. A pesar de todos los problemas, siento que este es nuestro sitio.
Si alguien me hubiera dicho hace dos años que hoy estaría viviendo en un pequeño pueblo irlandés y que me encantaría, lo habría enviado al psiquiatra.
Pero me habría equivocado.
—Tienes razón. Es nuestra casa.
Me sonó el móvil en el bolsillo. Lo saqué y vi que era un mensaje de Carrie.
Lizzie dice que has resuelto un asesinato en la vida real. Ahora, ponte a trabajar en resolver el de tu libro.
—Supongo que es hora de volver al trabajo —dije riendo.
—Primero, hay que almorzar —replicó Lizzie.
—He oído que hoy tienen fish and chips en el pub —informé.
Ella se rio y nos dio la vuelta en la acera.
Cuando entramos en el pub , todos nos vitorearon y nos saludaron con la mano.
Lizzie y yo nos reímos.
—Ya ves, solo tuvimos que resolver un asesinato y ahora nos adoran —dijo ella.
—La comida de hoy corre a cargo de la casa —anunció Matt—. Y eso incluye café ilimitado para ti, Mercy.
—Gracias, pero puede que te arrepientas.
Todos se rieron.
Justo después de que nos trajeran el pescado y las patatas fritas, Kieran entró y se dirigió hacia nuestra mesa.
—Ay, no. ¿Y ahora qué pasa? —dijo Lizzie.
—Supongo que hemos tenido la misma idea —contestó sonriendo, y señaló con la mano nuestra comida—. He venido a buscar el almuerzo para todos los que están en la comisaría. Gracias a vosotras, esta tarde lo vamos a celebrar.
—Es el mejor fish and chips que he probado nunca —dije.
—Sí, la madre de Matt es una gran cocinera.
Se quedó allí de pie, incómodo.
—¿Pasa algo? —preguntó Lizzie.
Él se quedó mirándome.
—No. Es solo que… ¿Te gustaría tomar algo algún día, Mercy? Estaría encantado de ayudarte con cualquier trabajo de documentación que necesites para tu libro.
Mi hermana miró al inspector y luego a mí, y sonrió.
— Documentación , claro —dijo por lo bajo.
Intenté darle una patada, pero fallé.
—Estaría genial —¿Por qué hablaba como si me hubiera quedado sin aliento? Me aclaré la garganta—. Eh…, gracias.
—Todavía tengo una pregunta —intervino Lizzie.
—¿Qué? —respondimos Kieran y yo al mismo tiempo.
—¿Por qué el juez te señaló y te culpó de haberlo matado, Mercy? —¿Por qué preguntaba eso? ¿Estaba tratando de causar problemas?
—Creo que señaló al cielo, no a tu hermana —contestó Kieran—. La reacción química que se produjo en su organismo probablemente le afectó a la vista, que ya de por sí no era muy buena. Pero no creemos que señalara a nadie en particular.
—Tienes el pedido listo, Kieran —gritó Matt.
Él asintió con la cabeza.
—Bueno, tengo que irme. —Y se alejó deprisa.
—Le gustas —dijo Lizzie.
—Solo está siendo amable porque lo ayudamos con el caso.
—Claro —resopló—. Es muy guapo.
Suspiré. Tenía razón.
Más tarde, cuando salíamos del pub , nos encontramos con Liam y su madre. El niño lloraba mientras sostenía una caja.
—¿Qué sucede? —pregunté.
Su madre suspiró.
—Encontramos este cachorro y Liam quería quedárselo. Pero empezó a estornudar y el médico dice que es alérgico. Ahora tenemos que buscarle un nuevo hogar y el niño está disgustado.
—No es justo —sollozó Liam—. Siempre he querido tener un perro.
—¿Puedo verlo? —preguntó Lizzie con delicadeza.
Alzó la caja para que lo viéramos. Dentro había un pequeño bultito de pelo negro con unos ojos muy tiernos. Inclinó la cabeza y luego levantó una pata, como si quisiera saludarnos.
—¿Has visto eso? —susurré—. Es listo.
—Sí —coincidió Liam—. Es el perro más listo del mundo.
Lo saqué de la caja y se acurrucó en mi cuello.
—Qué monada —dije.
—Déjame cogerlo —pidió Lizzie.
Se lo entregué a regañadientes. También se acurrucó con ella, pero no sin antes lamerle la barbilla. Era una adorable bolita de peluche y yo ya estaba enamorada.
Lizzie y yo nos miramos, y ella asintió con la cabeza.
—Podríamos quedárnoslo —dije—. Siempre he querido tener un perro, pero he vivido en apartamentos la mayor parte de mi vida adulta. Te prometo, Liam, que le daremos un buen hogar.
—Y puedes venir a visitarlo al número tres cuando quieras. A veces, cuando se tiene alergia, es más fácil en pequeñas dosis —añadió Lizzie—. Siempre y cuando a tu madre le parezca bien; no queremos que te pongas enfermo. Y lo llevaré a la librería para que también puedas visitarlo allí.
El cachorro ladró suavemente, como si estuviera de acuerdo.
Ella sonrió.
No la había visto sonreír así en un año.
—¿Estáis seguras? —preguntó la madre de Liam—. Las dos habéis sido muy amables, no queremos ser una carga.
—El cachorro no será ninguna carga —respondí—. Y prometo que lo querremos.
—¿Lo prometes de verdad? —preguntó Liam, entregándome la caja.
—Sí. De verdad, de verdad.
—Vale. —No parecía muy contento, pero asintió con la cabeza—. ¿Cómo lo vas a llamar? —preguntó.
Tenía algo parecido a un bigote y, por alguna razón, me recordaba a Edgar Allan Poe.
—Me gusta la idea de ponerle el nombre de uno de mis escritores favoritos, Edgar Allan Poe. ¿Qué te parece, Liam?
—Podría llamarse señor Poe —dijo Liam.
—Me encanta. Y será nuestro perro —dijo Lizzie—. Lo cuidaremos hasta que puedas venir a jugar.
—Siempre y cuando te tomes la medicina para la alergia antes —dijo su madre—. El médico ha dicho que solo visitas cortas.
—Gracias —dijo Liam.
—Tenemos algo de comida y una camita que podemos traeros más tarde, si os va bien —dijo su madre.
—Perfecto —dije—. O puedo pasar a recogerlas.
—Ya sabes lo que esto significa —le dijo Lizzie a Liam.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nos has dado un nuevo miembro de la familia, y eso significa que te voy a deber muchos libros.
Él se animó, pero luego la miró con recelo.
—¿Del tipo que me gusta leer?
—Sí, tus preferidos, sin duda.
Él asintió con la cabeza.
Unos minutos más tarde, dejamos al señor Poe en el jardín trasero y observamos cómo olfateaba la hierba y las plantas. Lo seguimos mientras exploraba el jardín de las hadas. Se detuvo frente a la pequeña puerta al pie del árbol e inclinó la cabeza como si pudiera oír algo.
—¿Crees que oye a las hadas? —preguntó Lizzie, y luego se echó a reír.
El cachorro ladeó la cabeza hacia el otro lado y ladró suavemente. Luego se dirigió hacia la puerta trasera.
—Tenemos un perro —declaró Lizzie—. Y es adorable.
—Pues sí —dije sonriendo—. Quizá sea él quien al final encuentre la puerta secreta de nuestro abuelo y sus diarios. Ya encaja de maravilla, así que supongo que hemos encontrado un hogar. —La cogí del brazo.
—Sí, Shamrock Cove es todo lo que no sabíamos que necesitábamos. —Estaba relajada y feliz.
—Estoy de acuerdo.
Puede que nuestro nuevo comienzo hubiera tenido algunos baches en el camino, pero habíamos encontrado nuestro lugar en el mundo. La tensión que no sabía que había estado acumulando en mis hombros desapareció, y respiré hondo.
El aire allí era muy fresco y estaba impregnado del aroma de las flores. Tan diferente de lo que había dejado en Nueva York.
—¿Estás bien? —Me miró.
—Sí. Encendamos la chimenea del salón. Puedo ponerme a escribir.
—Y yo puedo jugar con nuestro amigo el señor Poe —propuso Lizzie.
—Es el plan perfecto para pasar la tarde —afirmé.
Venir a Irlanda había sido la mejor decisión que habíamos tomado nunca.