Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 20
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Para cuando llegó la tarde del sábado, el robo ya había quedado prácticamente en el olvido. No se habían encontrado huellas ni rastros de ropa. Lo único que se habían llevado eran los documentos que contenían información sobre nuestra familia.

Como no tenía ni idea de lo que había en ellos, no había sido de mucha ayuda en la investigación. Eso no había impedido que Kieran me interrogara, pero no lo culpé por ello.

Lizzie estaba muy alterada y había acabado durmiendo en mi cama las últimas noches. Tendía a sobresaltarse cuando había ruidos fuertes, pero ya estaba mejor.

Ese día estaba usando la enorme parrilla exterior de Lolly para preparar un pecho de ternera a la brasa y otras cosas.

Me había dejado en nuestra cocina cortando verduras.

Si hablábamos de cocinar, era lo único que sabía hacer.

También había ayudado a limpiar la casa y a poner las mesas en el patio trasero.

Lizzie quería que fuera una auténtica fiesta al estilo tejano y el tiempo había colaborado. Hacía más calor de lo habitual en Shamrock Cove y el sol se asomaba entre las nubes. Era el día perfecto para una barbacoa.

Aunque había estado distraída durante la última semana, mi mente creativa se había puesto a trabajar a toda máquina. Había escrito más palabras en los últimos días que en todo el año anterior. Me sentía bien.

Pero lo había dejado todo a un lado para preparar un plan de ataque para esa noche.

Tenía preguntas que necesitaban respuestas.

Más o menos, le había prometido a mi hermana que me mantendría al margen de ahí en adelante.

Después del robo, me había dicho que ya estaba bien de jugar a ser Nancy Drew. No la culpaba.

La verja trasera se cerró con un chirrido y vi por la ventana a Rob y Scott llevando unos bancos por el camino del jardín.

—¿Necesitáis ayuda? —pregunté, abriendo la puerta.

—No hace falta —respondió Scott—. Le prometimos a Lizzie que le prestaríamos los bancos para una de las mesas.

En mi lista de sospechosos, había tachado a Rob porque estaba conmigo cuando alguien salió por la puerta trasera. Scott estaba fuera de la ciudad ese día. Y descarté a Lolly porque estaba en casa cuando me atacaron en el camino trasero la noche que entré en la casa del juez.

Eso dejaba a Linda, Matt y su madre como sospechosos. O podía estar totalmente equivocada y el autor era uno de los delincuentes del pasado del juez. Pero mi instinto me decía que era alguien del pueblo.

Colocaron los bancos a un lado de la larga mesa de pícnic que habíamos puesto en medio del césped.

Los hombres llevaban pantalones cortos caqui y camisas vaqueras a cuadros con broches de presión.

—¿De dónde habéis sacado esas camisas? —Sonreí.

—Somos gais —dijo Scott, como si eso respondiera a la pregunta, y nos reímos todos—. Vamos a por el otro banco y volveremos para ayudar con los preparativos.

—¿Lizzie os ha enviado a ver cómo estoy?

Los dos hombres se encogieron de hombros y se miraron el uno al otro de forma cómica.

—Da igual. Las cebollas son lo siguiente en la lista. Cuando volváis, os encargáis de ellas.

Se suponía que era una fiesta informal para despedir a Dave por todo lo alto, pero eso no significaba que no pudiera aprovechar la oportunidad para encontrar a un asesino.

Para cuando empezaron a llegar los demás, ya lo teníamos todo preparado. Lizzie y Lolly habían traído bandejas de aluminio humeantes con carne y guarniciones. Lo colocamos todo como si fuera un bufé en las mesas situadas más cerca de la casa.

Al más puro estilo de las fiestas tejanas, teníamos una gran cubitera plateada llena de hielo, cerveza, refrescos y agua. Bueno, técnicamente, en nuestra casa de Texas todo habría estado en una nevera portátil, pero aquí no teníamos ninguna. También había una selección de vinos.

Mi hermana estaba pasando una bandeja de jalapeños rellenos que tenían más queso que pimiento.

Los observé a todos como un halcón que persigue a su presa. Mi plan era lanzarme y atacar, sin que se dieran cuenta de lo que estaba haciendo.

Linda apareció con vaqueros y una camisa rosa con volantes. Nunca la había visto con un color tan vivo. Y aunque teníamos un tema para hoy, que era Texas, no esperaba que apareciera con algo tan llamativo.

—Me encanta tu blusa.

—Gracias. —Sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos—. A mi Dave le encantaba que me vistiera de rosa. Me la he puesto para él. —Se le quebró la voz y parpadeó como si intentara contener las lágrimas.

—Entonces, él diría que hoy estás preciosa —le dije—. Y, si todo esto te resulta demasiado, entenderemos que necesites irte a casa.

Se sorbió la nariz y luego se aclaró la garganta.

—Gracias.

—¿Qué te apetece beber? —le pregunté.

—Vino —respondió.

—¿De cuál?

—Tomaré tinto —dijo, dedicándome una sonrisa forzada.

—¿Cómo estás? No es demasiado pronto, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? —Parpadeó.

Le serví el vino.

—Es solo que quizá no estés precisamente de humor para fiestas después de todo lo que ha ocurrido. Y nos preocupaba que una celebración de la vida con temática tejana pudiera ser demasiado.

—Creo que es maravilloso que hagáis esto —dijo en voz baja—. A Dave siempre le gustaron las fiestas temáticas en el jardín. Y le habría encantado que fuera de estilo tejano.

—Ah, qué bien. Vosotros dos siempre parecíais muy felices juntos. Mencionaste que leías muchas novelas románticas, ¿es ese el secreto de una relación feliz?

Linda se atragantó con el vino y le di unas palmaditas en la espalda.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —contestó, haciendo un gesto con la mano—. Se me ha ido por donde no debía. Y, para responder a tu pregunta, sinceramente no sé cuál es el secreto de las relaciones. Tuve suerte con Dave, pero incluso con él…

—¿Iba todo bien? —inquirí.

—Cosas de casados —dijo—. La mayoría de los días son maravillosos. Y otros quieres echarlos a la basura. Pero, al final, nos sentíamos agradecidos el uno por el otro. Lo echo de menos.

—En Estados Unidos, la gente se divorcia por cualquier motivo —dije.

Linda palideció.

—Lo he pensado en alguna ocasión. Una vez incluso me lo planteé en serio.

—¿Qué ocurrió?

—Hablé con el juez al respecto.

« Un momento. ¡¿ C ómo ?! ».

—Estoy confundida. Pensaba que vosotros dos no os llevabais bien.

—Solo en lo relativo a remodelar la calle principal.

Era una persona… difícil, pero se preocupaba por la gente de la plaza.

Nos cuidaba a su manera. En fin, resulta que habló con Dave a mis espaldas.

Al principio, estaba furiosa. Si hubiera podido, habría arruinado su carrera, pero ya se había jubilado.

¿Quién hace algo así? Fue una traición enorme.

Eso sí que era un motivo para matar al juez.

—Pero vosotros dos seguíais juntos hasta… Parecíais felices.

—Éramos felices. Después de que el juez hablara con él, Dave empezó a comportarse como un hombre diferente.

Era atento e intentaba encontrar formas de hacerme feliz.

Y yo hacía lo mismo por él. Por eso leía tantas novelas románticas.

Siempre buscaba nuevas formas de mantener la relación bien encauzada.

Lo curioso es que el juez salvó nuestro matrimonio.

En cierto modo, fue un héroe. Aunque Dave nunca me contó lo que le dijo. —Se colocó el pelo detrás de la oreja.

—Bueno, vosotros dos sois un ejemplo. Espero que no te resulte demasiado doloroso hablar de él.

—Esto es una celebración en su honor, ¿no? —Me dedicó una débil sonrisa—. ¿De quién más íbamos a hablar?

—Cierto. Bueno, espero que hoy le hagamos justicia.

—Gracias —dijo sonriendo—. ¿Cómo estáis tú y Lizzie? Lamento mucho lo que os ocurrió el otro día. ¿Os robaron algo?

Negué con la cabeza.

—No —mentí—. Supongo que interrumpimos a quienquiera que fuera.

—Qué raro. En todos los años que llevo aquí, nunca habíamos tenido tantos problemas en la plaza.

Aunque no lo dijo exactamente, se refería a desde que Lizzie y yo habíamos llegado.

—Eso es lo que dice la gente, pero no ha sido nuestra experiencia.

—¿Estáis pensando en marcharos? —preguntó, arqueando una ceja.

—No, al menos por ahora. Queremos darle un poco de tiempo. Mi hermana ha pasado una etapa difícil y espero que las cosas se calmen para que pueda seguir adelante con su vida.

—¿Y tú? ¿Es esto lo que quieres? Me refiero a que te mudaste de una gran ciudad a este lugar.

—Añoro un poco la ciudad. —Sonreí—. Más que nada, echo de menos poder pedir comida china las veinticuatro horas del día. Vivo de eso cuando escribo. Y echo de menos los dónuts americanos.

Linda se rio.

—Nunca he probado un dónut americano. Pero Paisley casi ha terminado la reforma de su pastelería. Te encantarán sus pasteles. Son de los mejores que he probado nunca. Aunque la tienda lleva cerrada varios meses. Necesitaba un local más grande.

—¿Hay más de una panadería? Lizzie trajo a casa algunos dulces la primera semana que estuvimos aquí.

—Sí. Eran de la de John. Él se dedica sobre todo a hacer pan y se le da muy bien.

Si probaste algún pastelito de su tienda, lo hizo Paisley.

Desde que tiene la pastelería cerrada, él la ha dejado vender allí sus productos.

E incluso cuando ambos negocios estaban abiertos, ella vendía su pan en su tienda y él vendía algunos de sus pasteles.

—Pero ¿no se hacen la competencia? —pregunté.

—Estuvieron casados y descubrieron que eran mejores amigos y socios comerciales —respondió, encogiéndose de hombros—. Juntos son propietarios de la panadería y la pastelería. Son encantadores. Tienen tu edad. Me sorprende que aún no los conozcas.

—Probablemente Lizzie sí. Ella es la gemela más sociable. Cuando tengo un plazo que cumplir, que es casi siempre, tiendo a ser una ermitaña.

—¿Es muy emocionante ser escritora? Todavía no he leído tus libros, pero el otro día compré uno con mi pedido. No suelo leer novelas de misterio.

—Has sido muy amable al comprarlo —le dije.

—Bueno, me gusta apoyar a los artistas locales. —Era como si hubiera ensayado tanto esa frase que se la había acabado creyendo—. ¿Qué se siente al ser tan famosa?