19 #3
Nos miramos con ojos desorbitados y luego corrimos hacia la parte trasera de la casa.
Rob iba delante de mí y no podía ver más allá de él.
—¿Has visto a alguien? —Lo seguí por el camino hasta la verja trasera.
—No —dijo, y se inclinó para recuperar el aliento—. No hay nadie aquí atrás.
—Pero lo has oído, ¿verdad? —jadeé—. No me he imaginado el portazo. Y sé que cerré la puerta trasera con llave cuando me fui.
—Sí, lo he oído. Está claro que había alguien aquí.
Cuando volvimos a entrar, Kieran estaba en la puerta principal con mi hermana.
—Lizzie dice que han tenido un intruso —dijo.
—Así es —respondió Rob, colocando el paraguas de nuevo en su sitio. El inspector lo observó con atención—. Voy a convocar una reunión del comité. Esto es inaceptable.
—Sí, es verdad —reconoció el inspector—. ¿Podrías llevar a Lizzie a tu casa y prepararle un té?
—Estoy bien —contestó Lizzie con voz temblorosa. Tenía los labios blancos—. Tenemos que ver si se han llevado algo.
—Ya me encargo yo de eso —dije—. Rob, me muero de hambre. Sé que es de mala educación, pero ¿podrías prepararnos algo de comer? —Mi hermana no necesitaba aquello.
—Con mucho gusto —contestó—. Estoy probando una nueva receta… —le dijo a Lizzie mientras la acompañaba hasta la verja delantera.
—¿Por qué iban a querer entrar en nuestra casa? —pregunté.
—Creen que sabe algo —respondió—. Me preocupaba esto cuando la atacaron anoche.
—¿No cree que fuera alguien que vino a robarnos? ¿Como un delincuente común?
—¿Un delincuente común? ¿No es escritora?
—Qué maleducado. Ya sabe a qué me refiero.
—Dadas las circunstancias, entiendo por qué le cuesta creerlo, pero en la plaza no se cometen delitos. Está demasiado bien protegida.
—Eso es lo que no deja de decir.
—La entiendo, pero es la verdad. El momento en que ha ocurrido todo esto, con su llegada, es desafortunado. Pero también es inusual.
—Tendré que creerle.
Ya había pasado por eso en Manhattan. Alguien había husmeado entre mis cosas y las había movido lo suficiente como para que me diera cuenta. Era más que desconcertante y había perdido mucho sueño y seguridad por culpa de mi acosador.
Había tenido la esperanza de alejarme de todo aquello. Pero ¿me había seguido hasta allí? Me lo había preguntado más de una vez.
Después de revisar la planta baja, lo seguí arriba.
—¿Ve algo fuera de lugar o que falte?
—Por ahora no —respondí.
Entonces recordé algo. Volví a bajar. Cuando abrí el armario de mi baño, contuve el aliento. Había guardado allí los documentos algo húmedos que había cogido de la casa del juez. Los que trataban sobre mi familia.
—¿Qué ocurre? —preguntó el inspector desde la puerta del baño.
—Eh…, algunos papeles que tenía han desaparecido.
—¿Del baño?
—Son documentos privados —respondí—. Los tenía en el armario.
—Parece un lugar extraño para guardar algo tan importante. ¿Para qué los querría el intruso?
No tenía ni idea. No había tenido oportunidad de revisarlos.
—No tengo ni idea —contesté.
—¿Falta algo más?
Fui a mi despacho y me aseguré de que mi portátil seguía allí. Por horrible que parezca, era lo único que me importaba en esa casa, aparte de mi hermana, claro, pero el trabajo de toda mi vida estaba en ese ordenador.
Y sí, tenía una copia de seguridad en la nube, pero, aun así.
—Tendrá que venir Lizzie para comprobarlo, pero no creo que falte nada más.
—Necesito saber qué eran esos papeles —dijo, y luego levantó una mano—. Solo una idea general para poder entender por qué alguien querría llevárselos.
Respiré hondo. No quería seguir mintiéndole, así que cambié de tema.
—¿Podría buscar huellas dactilares aquí y en toda la casa?
—Sí. Ya he avisado al equipo y enviarán a alguien pronto.
Me rugió el estómago.
—Necesito comer. Cuando me baja el azúcar en sangre, me siento un poco mareada. —Me llevé la mano a la cabeza. Estaba bien, pero lo del azúcar en sangre era cierto. Solía pasarme cuando se me olvidaba comer, lo cual solo ocurría cuando estaba trabajando y no había puesto nada para picar en la mesa.
—¿Por qué no va a casa de los vecinos? La avisaré cuando hayamos terminado aquí.
Asentí con la cabeza y cogí el portátil. No me gustaba la idea de dejarlo allí si iba a haber gente entrando y saliendo todo el rato. Lo metí en mi mochila.
—¿Le apetece un café? Voy a prepararme uno para llevármelo a casa de Rob.
—Sí.
Me siguió hasta la cocina. Llené mi taza de viaje y luego una taza para él.
—Antes de que se vaya, ¿qué pasa con esos papeles?
Suspiré. Confiaba en que mi maniobra de distracción hubiera funcionado.
No fue así.
—Eran documentos sobre mi familia… que encontré anoche en casa del juez. Me los traje para echarles un vistazo. Pero estaban un poco húmedos y necesitaban secarse, así que los guardé en ese armario porque los suelos tienen calefacción y esos armarios se mantienen calientes.
»Ahora bien, si va a arrestarme por robar pruebas, le pido que tenga la gentileza de dejarme almorzar primero. Le aseguro que no le interesa tenerme en la cárcel gruñendo porque estoy muerta de hambre.
Luego lo dejé allí plantado, con los ojos como platos y boquiabierto.