Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 19 #2
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—Nuestro matrimonio no siempre fue perfecto, pero nos queríamos. No sé qué voy a hacer sin él.

—¿Te quedarás en la plaza?

—Por supuesto, este es mi hogar —replicó, poniendo los ojos como platos—. No puedo imaginarme viviendo en otro sitio.

Asentí con la cabeza.

—Solo llevo aquí un par de semanas y coincido plenamente. Tengo que ir a la tienda a echarle una mano a Lizzie. Pero, si necesitas algo, avísanos.

Linda sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Gracias. ¿Has podido ayudar al inspector?

Parecía tener curiosidad, pero yo también la tendría.

—Espero haber ayudado —contesté, encogiéndome de hombros—. Kieran no parece tener buena opinión de mí. Creo que más bien está vigilándonos a Lizzie y a mí.

Linda sonrió.

—He enviado a Caro a hablar con tu hermana. Aunque pronto habrá más movimiento gracias a la temporada alta, no la necesito demasiado en la tienda estos días.

—Bueno, muy amable por tu parte. —Quería sacar el tema de los papeles del divorcio, pero no había forma de hacerlo sin que cantara mucho.

—No hay problema. ¿Qué te ha pasado en la cara? —Señaló los moratones.

—Me peleé con un árbol, y ganó el árbol.

Linda se rio.

—Ah, ¿has recibido la invitación para la cena del sábado? —Lizzie me había enviado un mensaje diciendo que había hablado con Lolly esa misma mañana y que ya estaba organizado.

—Sí. ¿Seguro que no puedo llevar nada? Así es como solemos hacer las cosas aquí.

—Gracias, pero no. Esto es para Dave. Queremos invitaros a todos a una barbacoa tejana, especialmente a ti. A mi hermana le encanta organizar fiestas y a mí se me da bien seguir órdenes.

—Bueno, es muy amable por vuestra parte hacer esto por mi pobre Dave. Habéis tenido un comienzo un poco difícil aquí, en nuestro pequeño pueblo, y es muy amable por vuestra parte pensar en él y en mí.

—Ha sido interesante —dije sonriendo—. Y, por supuesto, pensamos en ti. Este debe ser uno de los momentos más difíciles de tu vida.

—Así es. —Suspiró—. No sé qué hacer con mi vida. Por eso estoy aquí, en la tienda. Manteniéndome entretenida con el inventario y ocupándome de cosillas.

—Bueno, te dejo que sigas. Lizzie me está esperando.

—Venga, vete. —Me hizo un gesto para que me marchara—. Nos vemos el sábado.

Linda era más de lo que parecía a primera vista, de eso no cabía duda, pero era bondadosa y servicial. Creo que quizá formar parte de tantos comités y tener tantas ideas era su forma de encajar. Me dio la impresión de que necesitaba sentirse importante, aunque se sintiera como una forastera.

Podía entenderla.

Eso no explicaba por qué Rob y Scott la detestaban tanto, pero hay personas que simplemente no están destinadas a llevarse bien. Había aprendido esa lección por las malas años antes con un grupo de amigos escritores.

Aun así, Rob y Scott la habían apoyado con comida y compañía. Eran buenos chicos y estaban ahí cuando importaba.

—Gracias —dijo Lizzie cuando me coloqué junto a ella detrás del mostrador—.

Tu pequeño amigo Liam está arriba. Su madre está en la sección de libros de cocina.

Te prometo que no tardaré mucho. Caro ya está preparándonos un té en la parte de atrás.

Parece un encanto. Estoy deseando saber cómo fue trabajar con nuestro abuelo.

Me hubiera gustado participar en esa conversación.

—Tómate tu tiempo —le dije. Sí, tenía que escribir un libro, pero tenía un plan sólido en mi cabeza.

Unos minutos más tarde, Liam bajó cargado de libros.

—Menuda pila —dije sonriendo.

—No me dijiste lo divertidos que serían los libros —afirmó con seriedad—. Mamá dice que estos son los últimos por un tiempo. Fuimos a la biblioteca, pero los que quería leer estaban prestados.

—Vaya, qué rabia cuando pasa eso.

—¿Has visto a mi mamá?

Le quité los libros y los dejé sobre el mostrador.

—Creo que está por aquí. Ven.

Su madre tenía un montón de libros sobre repostería en los brazos.

—¿Has estado viendo las reposiciones de Bake Off: Famosos al horno ? —le pregunté, tras reconocer algunos nombres de pasteleros que participaban en el concurso de televisión.

—¿Cómo lo has sabido? —inquirió, abriendo los ojos como platos.

—No me he perdido ninguna temporada. No cocino ni hago repostería, pero me encanta el programa. Siempre acabo comprando libros sobre el tema, pero no tengo ningún talento en ese sentido. Soy la última persona que debería acercarse a un horno.

—Es mi hobby desde hace años —dijo sonriendo—. Pero en el programa lo llevan a otro nivel.

—Sí, es verdad. Creo que la creatividad es parte de lo que más me atrae.

—Son buenísimos todos. Se acerca mi cumpleaños y el padre de Liam me ha dicho que me compre lo que quiera.

—La mayoría de las mujeres elegirían ropa o bolsos. —Reí—. Quizá unos zapatos.

—Vivo en Shamrock Cove y puedo ir andando a todas partes, así que no necesito coche —dijo con una risita—. Y necesito zapatos cómodos, y como madre, ando tan cargada siempre que no podría vivir sin mi mála droma . —Señaló la mochila que llevaba al hombro—. Los libros son mi tesoro.

Era curioso, mi abuelo sentía lo mismo, y yo también. Quizá eso fuese lo que en realidad quería decir con su misteriosa carta.

—¿Has encontrado más libros? —le preguntó a Liam.

—Sí, mamá. —El pequeño era adorable—. Muchos.

—¿Y vas a hacer tus tareas si te los compro?

—Sí, mamá.

—Buen chico —dijo ella. Era muy tierna con él.

—¿Quieres que me los lleve a la caja? Y Liam puede esperar conmigo mientras sigues comprando.

—Oh, qué amable. No tardaré mucho.

Después de sentar a Liam en el taburete detrás del mostrador con uno de sus libros, registré sus compras y decidí envolverlas.

Para cuando mi hermana y Caro salieron de la trastienda, ya había terminado de atender a Liam y a su madre, y se habían marchado.

Lizzie hizo las presentaciones.

—Gracias por hablar con Linda —dijo Caro—. Es una mujer encantadora, pero no me necesita mucho. He estado echándole una mano con la limpieza, pero prefiero trabajar aquí.

Era algo mayor que nosotras, probablemente rondaba los cincuenta, tenía el pelo castaño y un mechón gris que le bajaba por la frente.

—Estamos encantadas de poder contar contigo —dijo Lizzie con una amplia sonrisa—. Caro ha prometido contarnos sus historias sobre nuestro abuelo.

—Lo habríais adorado. Era tranquilo, estudioso y muy inteligente. Tenía un don para saber qué tipo de libros necesitaba cada persona. No los que quería, sino los que necesitaba.

—Creo que mi hermana tiene ese mismo don —señaló Lizzie—. Ese niño que acaba de salir no estaba interesado en los libros hasta que Mercy se hizo cargo de él.

Se rieron.

—Tú tampoco te subestimes en ese aspecto —le dijo Caro a mi hermana—. Te he visto con los clientes. Tú también lo tienes.

—Estoy de acuerdo —coincidí.

Lizzie se sonrojó.

—Bueno, será mejor que me vaya. Tengo que avisar a la gente para la que he estado limpiando de que vuelvo a la librería. La he echado de menos. Me encanta este lugar —dijo Caro con nostalgia.

—A nosotras también.

Después de que se cerrara la puerta, me rugió el estómago.

—Parece que necesitamos un descanso para comer —dijo Lizzie mientras guardaba el dinero de la caja registradora en una bolsa del banco—. ¿Has ido a la comisaría? ¿Qué ha pasado?

—Te lo cuento de camino a casa.

Cerré la puerta principal con llave y giré el cartel a «Cerrado » . Estaba a punto de dirigirme a la trastienda cuando sentí que alguien me observaba. En el borde de la ventana había una sombra. Corrí hacia allí, pero no vi a nadie.

Podría haber sido solo alguien que echaba un vistazo a la tienda. Pero sentí un escalofrío en la nuca.

—¿Dónde estás? —gritó Lizzie.

—Ya voy.

Cuando llegamos a casa, la puerta principal estaba abierta.

—¿La dejaste sin cerrar con llave? —preguntó Lizzie.

—No. Sí que la cerré, me acuerdo… Ah.

—Ah, ¿qué?

—Volví a por una chaqueta y quizá no pasé la llave, pero no la dejé abierta.

—Deberíamos llamar al inspector —propuso, parada en la puerta.

Bajé la mirada y vi que le temblaba la mano.

—Seguro que no sucede nada —dije—. Déjame echar un vistazo.

—No. —Sacó su teléfono—. Me sentiría más segura si llamáramos a la policía.

—Ya de por sí tienen poco personal —dije, poniéndole una mano en el hombro—. Lo más probable es que no la cerrase bien. Quédate aquí. Si veo algo, gritaré fuerte y tú podrás correr a buscar ayuda.

—No sé…

Discutiría conmigo todo el día si no lo hacía y punto.

Entré y cogí uno de los paraguas puntiagudos del paragüero.

Lo blandí como si fuera un arma.

—¿Hay alguien ahí?

—¿Qué pasa? —preguntó Rob desde detrás de mi hermana.

Lizzie y yo gritamos y luego nos reímos.

—Nos has dado un susto de muerte —dijo ella—. Nos preocupa que haya entrado alguien en la casa.

—La que está preocupada es ella. Creo que quizá se me olvidó cerrar bien la puerta o que el viento la abrió.

—Me encargo yo —dijo, quitándome el paraguas, y me apuntó con él—. Te tenemos rodeado. Sal con las manos en alto. —Su voz era fuerte, dramática y completamente creíble.

Lizzie soltó una risita nerviosa detrás de mí.

Entonces se cerró de golpe la puerta trasera.