Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 19
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Al día siguiente, me desperté con el estridente sonido de mi móvil. Me había costado horrores conciliar el sueño. Y luego Lizzie me había despertado cada dos horas porque le preocupaba que pudiera tener una conmoción cerebral, pero yo estaba bien.

Creo que se acabó rindiendo alrededor de las cuatro. Quizá porque le solté una enorme grosería.

Eché un vistazo a mi teléfono y me sorprendió la hora: eran casi las diez.

Era Carrie quien llamaba.

—¿Cuánto has avanzado con el libro? —me preguntó Carrie antes de que pudiera saludarla.

Se me encogió el estómago. No había estado muy concentrada mientras intentaba escribir. Quizá me había salido un desastre.

—¿Está muy mal? —pregunté.

« Mecachis » . Debería haberles hecho esperar antes de entregar la primera mitad. Las notas de Carrie no habían sido malas, pero siempre encontraba más cosas después de revisarlo varias veces.

—No. Es una de las mejores cosas que has escrito. Quiero que te des prisa y me lo mandes. Tenemos que mandárselo a algunos influencers . Y se lo he enviado a Marketing, te han reservado una gira aquí y ahí, programas de entrevistas, grandes eventos. La gira más completa que hayas hecho nunca.

—¿Le has enviado a Marketing un libro a medio escribir? —Parpadeé.

—Sí —respondió ella—. Seré sincera: en parte, fue para que me dejaran en paz; pero sobre todo porque es un libro estupendo. Todos son estupendos, pero este tiene más carga emocional. Es el mejor, sin duda.

«¿De verdad?». No podía juzgar los libros que escribía ni compararlos con otras novelas que había escrito. Estaba demasiado involucrada en las historias.

—¿Podemos acordar ahora mismo que no volverás a hacerlo?

—Nunca hago promesas. —Suspiró—. Necesitaba demostrarles que este libro merecía la espera. Ya sabes lo competitivo que es este negocio. Y, aunque los jefes entienden por lo que estás pasando y que eres una de nuestras autoras superventas…

—Necesitamos que nos respalden con una buena campaña de marketing .

—Exacto. Vale, cuéntame, ¿cómo estás?

Estaba en el baño mirándome al espejo. Tenía un enorme moratón en la frente, donde me había golpeado con el árbol.

—Estoy bien.

—No lo parece. ¿Qué ocurre?

—Nada. Me pondré a trabajar en la segunda parte. Cumpliré el plazo. —Me haría falta mucho café, pero lo conseguiría.

—Oye, sabes que solo hago esto porque te quiero.

—No es justo. —Resoplé.

Era verdad. Carrie había estado a mi lado desde el principio. Y aunque no era el tipo de persona que lo diría, era ella quien me había convertido en lo que era como escritora. Había aprendido mucho sobre el oficio gracias a Carrie.

También nos había apoyado a Lizzie y a mí después de todo lo que pasó. Nos había ayudado a planificarlo todo y se había quedado con nosotras varias semanas después de los funerales. Carrie era una editora maravillosa, pero aún mejor persona.

—Como te dije, cumpliré el plazo sin importar lo que pase.

—Te creo. —Se rio entre dientes—. Venga, ponte manos a la obra.

Tenía pensado hacerlo, pero le había dicho al inspector que iría a la comisaría a primera hora. Así que, después de tomarme un café y darme una ducha, me dirigí hacia allí.

Aunque se acercaba el verano, hacía frío. Volví a entrar y cogí la chaqueta. Lizzie y yo tendríamos que comprar impermeables en algún momento.

En la comisaría había un hombre que no había visto antes atendiendo la recepción. Esperé mientras hablaba por teléfono.

—¿Puedo ayudarla, señora? —me preguntó cuando terminó.

—Vengo a ver al inspector —le dije—. Me ha pedido ayuda con algo.

—¿Es la señora McCarthy? —No era mucho más joven que yo, pero la forma en que pronunció mi nombre me hizo sentir vieja.

—Sí —respondí.

—El inspector la esperaba antes, pero le ha dejado la información en la sala de interrogatorios. Ha salido a atender una emergencia.

—De acuerdo. ¿Le importa si voy tirando hacia la sala?

—He oído que sabe dónde está. —Sonrió.

—Pues sí —dije, riendo entre dientes.

—¿Le apetece una taza de té?

Levanté la taza de viaje llena de café que había llevado conmigo.

—No, gracias —contesté.

En la sala de interrogatorios, ignoré el papel pintado con motivos florales y me concentré en la carpeta y el ordenador portátil que tenía delante.

Había una nota pegada en la parte delantera del expediente.

Esta es la información personal del juez. Por si la necesita para identificar la contraseña.

Supuse que provenía del inspector, aunque no había ninguna firma.

Habían pasado unos diez años desde la última vez que había hecho algo así, y estuve a punto de llamar a uno de mis amigos para que me ayudara.

Había trabajado con un par de grandes hackers, de los que había aprendido mucho; dos de ellos se habían pasado al lado legal y trabajaban para agencias gubernamentales.

Pero primero quería poner a prueba mis habilidades.

Eché un vistazo al expediente sobre el juez. Era un hombre inteligente que creía en la ley. Pero también tenía una edad. Las generaciones mayores solían utilizar contraseñas sencillas.

El nombre de usuario ya estaba allí, pero, sin la huella digital del juez, el acceso a la contraseña era imposible.

Después de probar varias combinaciones que no funcionaron, intenté entrar por la puerta trasera y me bloquearon enseguida. El software de cifrado, incluso para los portátiles más sencillos, había avanzado mucho en la última década.

Probé otra forma de entrar, pero tampoco funcionó.

Antes de llamar a mis amigos en Estados Unidos, volví a revisar su expediente.

—¿Ha habido suerte? —preguntó el inspector.

Di un pequeño respingo. Más que nada porque estaba tan concentrada que no lo había oído entrar.

Entonces se me ocurrió una idea.

—¿Cuándo es el cumpleaños de su abuela?

—El 20 de junio —respondió, frunciendo el ceño—. ¿Por qué?

Escribí LollyO’Malley206 y, ¡bum!, entré.

Quizá el juez todavía sentía algo por ella.

—Ya estoy dentro —anuncié.

Él acercó una silla.

—¿Cómo lo ha hecho?

—Pura chiripa —respondí—. No ha tenido nada que ver con mis habilidades. Hasta ahora, la mayoría de los archivos son los mismos que los que hay en papel en su despacho.

—Revise sus mensajes de texto y fotos. No conseguimos encontrar su teléfono. Y todavía estoy esperando el permiso de la compañía telefónica para acceder a sus registros.

No había muchos mensajes de texto. Parecía que el juez los había borrado todos o que no le gustaba enviar mensajes.

Sin embargo, había cientos de fotos que habían sido subidas.

Las revisamos juntos. De vez en cuando, me pedía que marcara alguna para imprimirla.

Cuando terminamos con ellas, me preguntó si podía acceder a los correos electrónicos.

—Puedo intentarlo. Pero la mayoría de los sitios están bastante bien protegidos contra los hackers corrientes, y yo ni siquiera llego a ese nivel. Seguro que hay niños de cinco años que son mejores que yo en esto. ¿Sabe qué servicio utilizaba?

—Espere. —Sacó su teléfono—. El juez me enviaba muchos correos electrónicos cuando no estaba contento con alguien.

Me dio la dirección de correo electrónico.

Probé con la misma contraseña, pero no funcionó.

—Imprimía muchos de los correos electrónicos —señalé—. Los vi en los archivos. Era de la vieja escuela en ese sentido. No creo que confiara en nada digital.

—Sí, es probable que tenga razón.

—Un momento.

Probé un par de cosas y, cuando no funcionaron, utilicé la aplicación «Buscar mi teléfono».

—He localizado su teléfono —dije—. Después de todo este tiempo, me sorprende que aún tenga batería.

—¿Dónde está?

Hice clic para ampliar el área de búsqueda.

—Podría estar equivocada, pero parece que está en su casa.

—Hemos registrado la casa un par de veces. —Frunció el ceño.

—Ahí es donde está la señal. —Me encogí de hombros.

—Volveré a registrarla.

—Puedo ayudarlo.

—No hace falta. Ya nos ha ayudado mucho al abrir esto.

Anoté la contraseña en la nota del expediente.

—¿Puedo preguntarle por qué ha etiquetado estas fotos en concreto?

Algunas eran de flores y jardines. Otras eran de personas en eventos. Algunas incluían a los vecinos de la plaza.

—La verdad es que no tengo una respuesta. Solo quería estudiarlas un poco más —contestó.

—Entonces, ¿ha cambiado de opinión y ahora piensa como yo?

—¿A qué se refiere? —preguntó, volviéndose hacia mí.

—A que se trata de alguien cercano. Las fotos que ha seleccionado son de jardines y personas de la plaza.

—Estoy barajando todas las posibilidades. —Se encogió de hombros—. Sheila y James están investigando pistas del pasado. Yo me he centrado en aquellos de Shamrock Cove que podrían haber tenido problemas con el juez. Como usted ha dicho, aquellos que tenían motivos.

—Y la oportunidad. Si hubiera sido alguien de fuera, necesitaría alojarse en algún sitio, ¿no? Llamaría la atención por ser un forastero.

Él asintió con la cabeza.

Nunca admitiría que yo había estado en lo cierto, pero al menos me había escuchado.

—Bueno, voy a ponerme a trabajar en mi libro. Avíseme si necesita algo más.

—Señora McCarthy —dijo. Se situó delante de mí, bloqueándome el paso.

—¿Sí?

—Gracias —dijo—. Sé que hemos tenido un comienzo un poco accidentado.

—Un poco —confirmé.

—Le agradezco su ayuda esta mañana. —Sonrió—. Buena suerte con su libro.

—Buena suerte con su investigación.

Cuando me marchaba, sonó mi teléfono.

—Necesito tu ayuda —dijo Lizzie antes de que pudiera saludarla.

—¿Pasa algo?

—¿Cómo? No, no. Necesito que te encargues de la tienda mientras hablo con Caro, la mujer que ayudaba a nuestro abuelo en la librería. ¿Te importa? No tardaré más de media hora, una hora como mucho.

—Vale. Voy enseguida. —Crucé la calle y, al pasar por delante de la tienda de Linda, ella salió.

—¿Cómo estás? ¿Te han vuelto a arrestar? Eso podría ser un récord para una vecina de la plaza —dijo sonriendo.

—Por una vez, estaba ayudando. ¿Cómo estás tú? No puedo creer que estés trabajando.

—No, qué va. La tienda no está abierta, pero no podía seguir sentada en casa. Soy más feliz entre mis telas y colchas.

—Linda, siento mucho lo de Dave. No puedo imaginar por lo que estás pasando. Parecíais muy unidos.

Se mordió el labio.