18 #2
—Ya que parece decidida a investigar… —dijo él, sacando su libreta de policía—. ¿Por qué no empezamos por el principio y me cuenta lo que ha descubierto?
—No creo que debas decirle nada —objetó Lizzie.
—¿Es porque creen que soy sospechoso? —preguntó él.
Lizzie puso los ojos como platos.
Entonces él le explicó lo que me había contado. Hasta que pudiera confirmar con el abogado que leyó el testamento que nadie conocía su contenido, tenía que confiar en que nos había dicho la verdad.
—Si yo le doy a su hermana el beneficio de la duda, ¿no podría usted hacer lo mismo conmigo?
—Supongo —contestó Lizzie, mirándolo con recelo.
—Como he dicho, hemos estado revisando los expedientes del juez.
No es que tenga que dar explicaciones, pero empezamos con sus casos más antiguos.
Varios de los delincuentes que había encarcelado han sido puestos en libertad en el último año y medio.
Estamos avanzando hacia el presente. Así que no, no hemos revisado todas las pruebas.
—Ya, pero, como hemos comentado antes, alguien tenía que saber lo de la alergia a las gambas —señalé.
—Sigue dándole vueltas a eso —dijo—. Y tiene razón, lo que ocurrió con el aceite de Brenna hace pensar que es alguien de la plaza. Pero la alergia del juez es algo que todo el mundo en el pueblo conocía.
—Pero colarse en casa de Brenna…
—La mayoría de la gente en Shamrock Cove no cierra la puerta con llave —dijo, levantando una mano—.
No es algo que vayamos contando a los turistas, pero es un hecho de todos sabido aquí en el pueblo.
El asesino del juez es inteligente y lo más probable es que tenga antecedentes penales.
Por eso hemos comenzado a investigar por sus casos antiguos.
—Eso va en contra de todo lo que hablamos hace unos días —afirmé—. ¿Cómo iba el asesino a saber los movimientos de Brenna o lo que estaba preparando para la fiesta?
—La alergia solo agravó el problema —detalló él.
—¿Qué quiere decir? —Me incliné hacia delante sobre la mesa.
—Eso no fue lo que lo mató.
—¿Y qué fue? —inquirió Lizzie antes de que yo pudiera hacerlo.
—Tomó una dosis excesiva de su medicamento para el corazón —respondió—. Si no hubiéramos encontrado gambas en su organismo…
—¿Una dosis excesiva? Eso no tiene sentido —discrepé—. Solo lo conocía de nuestra fiesta, pero era muy inteligente. No parecía el tipo de persona que tomaría una sobredosis de manera accidental. ¿Podría alguien haber hecho que tomara una dosis excesiva? ¿Quizá habiéndosela administrado antes? O…
—¿O qué? —preguntó Lizzie.
—Hay dedalera en el jardín de su abuela —afirmé, y me quedé mirándolo.
—No lo entiendo. —Parpadeó—. Es venenosa… Aaah. —Sonrió—. Les aseguro que mi abuela no mató al juez.
—Eso lo dice usted —repliqué—. Quizá ella no se lo cuenta todo.
—Todo es posible —dijo—. Pero se equivoca con respecto a ella. No hay nadie más bondadoso en el mundo.
No se lo discutí. Lolly era la persona más hospitalaria de Shamrock Cove.
—Podrían ser dos asesinos —propuso Lizzie—. Uno se aseguró de que tomara una dosis excesiva de su medicina para el corazón. El otro, de que tuviera una reacción alérgica.
—¿Por qué no empieza por contarme lo que ha encontrado en los expedientes? —preguntó—. Las cosas que cree que se nos han pasado por alto.
Le hablé de las cartas sobre las rosas de Scott y de algunas otras cosas.
—Pero lo más impactante fueron los papeles del divorcio entre Linda y Dave. —Me había guardado esa última parte para ver su reacción.
No me decepcionó.
—¿Cómo? —Tosió.
—¿Nuestra Linda, la dueña de la tienda de patchwork ? —preguntó Lizzie—. Pero parecían muy unidos. —Estaba tan desconcertada como el inspector.
Saqué mi teléfono.
—Jolines, me he olvidado de hacer una foto de eso.
El inspector frunció el ceño.
—Si a Linda no le gustaba demasiado el juez por sus opiniones sobre el pueblo, ¿por qué tenía sus papeles del divorcio? ¿Y por qué ella no se lo ha contado a nadie? Esta mañana parecía disgustada de verdad. —Me vinieron a la mente muchas preguntas.
—La mujer acaba de perder a su marido —dijo él.
—Así es. Y parecía estar en estado de shock , pero… —No podía explicarlo.
—¿Qué? —preguntó Lizzie.
—¿Nada de velatorio? —Me encogí de hombros—. Quizá sí que se estaban divorciando.
—O a lo mejor cambió de opinión —sugirió él—. Ella y Dave tuvieron una buena pelotera hace unos meses. Podría haber acudido al juez cuando estaba enfadada y luego haber cambiado de opinión.
—¿El juez era de los que chantajeaban a la gente?
—No. —Kieran negó con la cabeza—. Había una razón por la que era tan bueno en lo que hacía: creía en la ley y tenía un historial impecable.
—Me cuesta verla como una asesina —afirmó Lizzie—. Cuando estaba en la librería, se la veía tan feliz y positiva. Y adora este lugar y su gente. Además, le encantan las novelas románticas. Compró un montón.
—Entonces, ¿deberíamos buscar a alguien que lea thrillers o novelas de misterio? —pregunté.
—Solo digo que parecía estar enamorada de la vida —respondió Lizzie, encogiéndose de hombros—. Todo es maravilloso en su mundo. Admiro a las personas con esa perspectiva; a las personas que adoran los finales felices. Yo era así antes.
Mi hermana bajó la mirada hacia sus manos. Ese último comentario le había tocado un punto débil. Me acerqué y le cogí las manos.
—¿Puede decirme qué estatura tenía la persona que la ha tirado al suelo? —me preguntó el inspector.
—No. Me han atacado por un lado y la persona ya había desaparecido por el camino trasero antes de que me diera la vuelta. Y entonces se ha desatado la tormenta. Lo que no entiendo es: ¿por qué esperar? Podría haber corrido el riesgo de que usted lo viera —contesté.
—Eso es lo que más me asusta —intervino Lizzie—. Ahora saben que estabas en esa casa.
—Su hermana tiene razón —dijo Kieran—. Alguien cree que sabe algo o que vio algo. Ahora bien, ¿hay algo más que haya estado ocultándome, Mercy?
—No —respondí—. El juez era de la vieja escuela y guardaba los expedientes en papel, pero he visto una impresora en su despacho. ¿Tenía un ordenador portátil o de sobremesa? —inquirí.
—Tenía un portátil. Aún no hemos podido descifrar su contraseña. Estamos esperando a que venga uno de los técnicos de Dublín para que nos ayude. Tardará unos días más. Podría llevarlo allí, pero no serviría de nada. Ahora mismo, tienen mucho trabajo atrasado.
—Mercy puede ayudarlo. Es capaz de hackear cualquier cosa.
Puse los ojos en blanco.
—Ah, ¿sí? —preguntó el inspector.
—Nunca he hecho nada ilegal —respondí—. Pero he pasado bastante tiempo con hackers para documentarme y aprendí algunas cosas. En mis dos primeras novelas, antes de la serie en la que estoy trabajando ahora, mi heroína era una hacker.
—¿Siempre se documenta tan a fondo para sus libros?
—Sí —dijo Lizzie—. Por eso los personajes son tan creíbles. Así es como aprendió a hacer la reanimación cardiopulmonar. Así es como sabe sobre venenos y piratería informática.
Mi hermana no estaba ayudando. Sabía que estaba orgullosa de mí, pero a veces se pasaba de la raya.
—Sé un poco de muchas cosas —precisé—, pero me sumerjo por completo en las profesiones de mis personajes principales. Así me resulta más fácil escribir desde su punto de vista.