18
Antes de salir a gatas, me metí los documentos de mi familia en la parte trasera de los vaqueros, debajo de la camiseta y mi jersey grueso. Tenía que dejar de usar perfume y loción si pensaba andar por ahí jugando a ser detective.
Me quedé de pie delante del escritorio.
—Dígame por qué no debería arrestarla aquí mismo —planteó.
Encendió la luz y yo parpadeé.
—Porque parecerá aún más culpable cuando le diga a mi abogado que es el principal sospechoso. —Fue lo primero que se me ocurrió decir y, muy posiblemente, no fue lo más inteligente que he dicho nunca.
Si él era el asesino, yo corría un peligro considerable.
Se quedó boquiabierto. Y luego se echó a reír. Se rio tanto que se dobló y se apoyó con las manos en los muslos.
—¿Cómo?
—Mi hermana sabrá que ha sido usted si me mata —contesté, respirando hondo.
—Aunque esa idea se me ha pasado por la cabeza más de una vez desde que llegaron a la ciudad, ¿por qué iba a querer matarla? —interrogó, arqueando una ceja.
—Me sentiría mejor si mantuviéramos esta conversación con abogados y testigos —declaré—. Arrésteme, adelante.
—Primero, ¿por qué no me dice qué está haciendo en la casa del juez?
—Prefiero que me arreste.
Se enderezó y luego se apoyó contra la puerta del estudio y cruzó los brazos.
—Dígamelo.
—Me pareció ver a alguien que entraba aquí y decidí comprobarlo. Cuando entré, oí un ruido arriba.
—¿Y no se le ocurrió que llamar a la policía podría haber sido una mejor opción?
—No si el jefe de policía es sospechoso. —Imité sus gestos y crucé los brazos.
—No creo que de verdad piense que yo maté al juez. —Resopló—. Dígame la verdad y no la detendré… todavía.
—Ha heredado la casa del juez, lo que le convierte en el principal sospechoso, así que no confío mucho en que vaya a hacer todo lo posible por encontrar al asesino.
Mientras tanto, mi hermana y yo somos el objetivo de alguien que quiere incriminarnos.
Y usted parece querer culparnos por ello, así que decidí tomar cartas en el asunto.
—Parece muy interesada en los motivos —observó—. ¿Cuál sería el mío?
—Era quien tenía más que ganar. Bueno, Lolly. Puede que la haya ayudado a cargárselo.
Entonces se echó a reír, tan fuerte que volvió a doblarse por la cintura.
« Idiota » .
—Esa podría ser mi frase favorita de todo lo que ha dicho hasta ahora.
—Ha conseguido su codiciada casa —dije—. ¿Por qué se ríe?
—Yo no maté al juez —dijo entre risas sofocadas.
—Eso lo dice usted.
—En primer lugar, mi abuela y yo no sabíamos que ella estaba en el testamento hasta que el abogado la llamó para la lectura.
Por cierto, su abuelo era el testigo del juez.
Nadie se sorprendió más que ella al saber que era beneficiaria.
Luego, me llamó justo antes del velatorio y me preguntó si me interesaría mudarme a la casa del juez.
Así que no teníamos ningún motivo para matarlo.
—Eso es lo que le ha contado su abuela —alegué—. No prueba que no lo supiera. E incluso si no lo supiera, hay otras razones para querer matarlo.
—A mi abuela le encantará saber que era sospechosa. —Sonrió aún más—. Por favor, dígame la otra razón.
—Estoy haciendo el trabajo por usted, inspector, ya que parece incapaz de encontrar al verdadero asesino.
Eso borró su sonrisa.
—¿Cómo dice?
« Uy » . ¿Y si él era el asesino y acababa de enfadarlo?
—Dígame por qué sospecha de mi abuela. —Hizo un gesto con la mano—. Aparte de que herede la casa, de lo que le aseguro que ella no sabía nada hasta que se leyó el testamento.
—Amor no correspondido, venganza… Hay más de una razón por la que Lolly podría querer matar al juez. Si envenenaron al juez, es un método que las mujeres suelen usar para matar.
Señalé el cajón donde había encontrado los expedientes judiciales.
—Y aquí hay un cajón lleno de sospechosos.
Cada uno de ellos tenía un motivo para querer matar al juez.
Sin embargo, dejó todas las pruebas aquí.
¿Y si el asesino fuera la persona que vi entrar aquí y hubiera venido a robar los expedientes que podrían demostrar lo que había hecho, o al menos por qué lo había hecho?
—Mi personal ya hizo copias de todo el día del asesinato. Por eso los archivos están tan desordenados. No hemos tenido tiempo de devolverlo todo a su sitio. En la comisaría no tenemos suficiente espacio para guardarlo todo, así que subimos fotos de todas las pruebas a la nube.
Debía ser un proceso que llevaba mucho tiempo, pero parecía lógico, dado el tamaño de la pequeña casa en la que se encontraba la comisaría.
—¿Ha revisado todas las pruebas? Porque he visto algunas cosas en estos expedientes que me hacen dudar.
—Acabamos de empezar —respondió él—. Como puede ver, hay bastante trabajo.
—¿Va todo bien? —preguntó Lizzie, nerviosa, desde el pasillo—. Algunos de los vecinos están delante. Eh…, no sé qué hacer. Si va a arrestarla, hágalo de una vez —le espetó.
—Gracias —dije.
—Bueno, ¿qué más podría pasar? —replicó, encogiéndose de hombros—. Te han pillado ent…
—Comprobando la casa de un vecino, como le estaba diciendo al inspector —interrumpí—. Dice que Lolly también vio a alguien entrar.
Mi hermana parpadeó y luego asintió.
—Ah. Nosotras también. Yo tenía miedo, pero Mercy insistió en echar un vistazo por la parte de atrás. No sabía que había entrado.
Me faltó poco para echarme a reír. Por primera vez en su vida, mi hermana había mentido. Y tampoco lo había hecho tan mal.
—Salga por donde ha entrado —dijo Kieran, pasándose la mano por el pelo—. Yo cerraré con llave detrás. Si vuelvo a arrestarla, probablemente perderé mi trabajo. Y no es porque tenga intención de chantajearme.
—¿Chantaje? —dijo Lizzie—. ¿Quién ha hablado de chantaje?
—Váyase. —Me hizo un gesto con la linterna—. Lizzie, quiero que me invite a tomar un café delante de todos. Tengo la sensación de que lo voy a necesitar.
No parecía que tuviera intención de arrestarme ni de matarnos. No hizo falta que me lo repitiera. Salí por la puerta trasera y luego por la verja.
Alguien apareció de un salto cuando pasaba por delante de la casa de Brenna y me empujó contra el manzano. Me golpeé la cabeza con fuerza y caí al suelo, torciéndome el tobillo al caer.
Intenté ver quién era, pero iba vestido todo de negro y se alejó demasiado por el sendero antes de que pudiera girarme para mirar. Me ayudé a levantarme con el tronco del árbol.
En efecto, había alguien en la casa, y me había estado esperando. ¿Qué significaba eso?
Temblé y la sensación de inquietud que me provocaba mi acosador en Nueva York se apoderó de mi cuerpo. Entonces, el cielo se abrió y descargó un frío aguacero sobre mí. Apenas podía ver unos centímetros.
—¿En serio? —grité al cielo mientras cojeaba hacia nuestra verja trasera.
Cuando llegué, Kieran y Lizzie estaban sentados a la mesa.
—Ey, ¿qué te ha pasado? —Lizzie corrió hacia mí.
El inspector se levantó para ayudarla, pero les hice un gesto para que se apartaran.
—Alguien me ha atacado junto a la casa de Brenna.
—¿Cómo? —gritó Kieran, y salió por la puerta trasera.
Todavía tenía los documentos en la parte trasera de los pantalones y estaba calada.
—¿Alguien te ha atacado? —preguntó ella, preocupada.
—No sé si fue un ataque o más bien me empujaron para apartarme del camino. Quizá pensaron que el inspector iba detrás de mí. Necesito cambiarme. Ahora vuelvo.
—¿Estás bien? ¿Por qué cojeas? Espera, ¿estás sangrando? —Me tocó la cabeza.
—Tengo que esconder estos documentos antes de que vuelva —respondí, encogiéndome de hombros.
—Creía que no ibas a llevarte nada. —Puso los ojos como platos—. Solo fotos, ¿recuerdas?
—Son documentos sobre nosotras y nuestro abuelo.
La puerta trasera se abrió y el inspector entró empapado, aunque vi que llevaba un impermeable, así que él en realidad no se había mojado.
Me había fijado en que mucha gente del pueblo llevaba impermeable casi todo el tiempo, probablemente porque Shamrock Cove era conocido por sus exuberantes paisajes y sus fuertes lluvias.
—¿Ha visto a alguien? —preguntó Lizzie.
—No. ¿Se encuentra bien? Está sangrando.
—Estoy bien —respondí.
Se quitó la chaqueta y la colgó en uno de los ganchos junto a la puerta trasera.
—Sécate y avísame si necesitas ayuda —dijo Lizzie—. ¿Por qué no se sienta, inspector? Tengo galletas. ¿Quiere café o té? O quizá algo más fuerte. Nuestro abuelo guardaba una buena cantidad de whisky …
Su voz se desvaneció mientras me dirigía a mi habitación.
Cuando llegué al baño, me dolía el tobillo y temblaba sin poder controlarlo. Me quité el jersey, que era tan grueso que los documentos solo estaban un poco húmedos.
Los escondí en un armario debajo del lavabo. Luego, me desnudé. Abrí la ducha y me lavé con el agua más caliente que pude soportar.
Cuando terminé, mi tobillo se había hinchado hasta alcanzar el doble de su tamaño habitual. Me puse unas mallas que me llegaban hasta las rodillas y una enorme sudadera de la Universidad Vassar. Era uno de mis conjuntos favoritos para escribir.
Caminé cojeando de vuelta a la cocina.
Lizzie negó con la cabeza mientras me daba una bolsa de hielo y dos toallas.
—Apoya el pie en la silla.
Hice lo que me pidió y luego siseé cuando me puso la bolsa de hielo en el tobillo.
—¿Cómo tienes la cabeza? —me preguntó.
—Bien —respondí mientras me la tocaba ligeramente. No había sangrado mucho, pero tenía un pequeño chichón.
—Deberían hacerte pruebas por si tienes una conmoción cerebral —dijo Lizzie mientras se afanaba a mi alrededor.
—Estoy bien. No tengo las pupilas dilatadas y creo que la sangre era de rasguñarme con la corteza del manzano.
—¿Por qué iba a estar alguien esperando para atacarte? —preguntó Lizzie.
—Esa es una buena pregunta —dijo el inspector.
—No sé más que usted. —Me encogí de hombros—. Me pareció oír a alguien arriba, en la casa del juez. —Recordé mi pobre coartada—. O sea, por eso estaba allí.
—Cualquier persona en su sano juicio habría salido corriendo —dijo mi hermana.
—Solo fue un golpe seco y luego nada más. Pensé que quizá lo había imaginado.