17
Al amparo de la oscuridad, me colé por una ventana trasera en la casa del juez. Mi pobre hermana estaba temblando cuando la dejé en el jardín. Me había rogado que tuviera cuidado, pero tenía que hacerlo.
La puerta trasera estaba cerrada con llave, pero había llevado mi kit para abrir cerraduras.
Hacía años, había tomado clases con un cerrajero, pero me faltaba práctica.
Antes de intentarlo, decidí comprobar la ventana de la cocina.
Me costó un poco, pero se deslizó lo suficiente como para que pudiera entrar a gatas.
Había el olor a humedad típico de un lugar que había estado cerrado durante demasiado tiempo, mezclado con el aroma a limón del limpiador.
Después de abrir la puerta trasera para poder salir deprisa, encendí la linterna.
Ya había decidido buscar un estudio o un despacho.
Estaba segura de que los archivos del juez me darían algunas respuestas.
Mientras avanzaba por el pasillo, me ayudó que la distribución de la casa fuera como la nuestra, con habitaciones grandes a la izquierda y las escaleras a la derecha.
Crucé la puerta que había debajo de las escaleras.
Su estudio estaba en el mismo lugar que el mío.
Sin embargo, esa habitación tenía un aspecto mucho más caótico que el resto de la casa, que estaba bastante ordenada.
Me temblaban las manos por los nervios y noté cómo la bilis me subía por la garganta. Me gustaba pensar que era valiente, pero allanar una vivienda era algo nuevo para mí. Si la policía me pillaba allí, no tendrían que buscar más al sospechoso.
Había un escritorio y una mesa contra la pared donde estaban las ventanas. Las pesadas cortinas estaban corridas, así que me sentí segura al usar la linterna para rebuscar entre los archivos que estaban apilados por todas partes.
Estaba a punto de sentarme cuando se oyó un golpe en el piso de arriba.
Me enderecé y me giré hacia el pasillo.
—¿Hay alguien ahí? —susurré con cautela.
No hubo respuesta. Esperé casi un minuto antes de volver a moverme, pero no oí nada más. Como las casas antiguas hacían ruidos, lo atribuí a eso.
Me senté en su silla y empecé con los archivos de su escritorio. Después de hojear varios, llegué al que se refería al Crown and Clover. Lo que Matt había dicho era cierto.
Según los documentos, el préstamo estaba cancelado, pero el juez no había hecho los trámites para transferir la propiedad. Aun así, tomé algunas fotos con el móvil, para no tener que robar nada.
Me sorprendió que el inspector no hubiera empaquetado y llevado todos esos archivos a la comisaría. El asesino podría haberse colado allí y haber robado las pruebas en cualquier momento.
Temblé.
No encontré nada más en las pilas de papeles del escritorio, así que revisé algunos de los cajones.
Pero, cuando giré la silla, tiré sin querer la balanza de la justicia que reposaba sobre un armario detrás del escritorio. Cayó al suelo de madera con un ruido espantoso.
Me quedé allí paralizada durante unos segundos, luego apagué la linterna y rogué por que nadie hubiera oído el estruendo.
No pasó nada.
Continué con mi búsqueda.
Me sorprendió encontrar solo un gran clasificador en el cajón derecho con la etiqueta «La plaza» .
Dentro de la carpeta había documentos individuales sobre varios de los vecinos de la plaza.
Primero, cogí el de Rob. Contenía pesquisas sobre gastronetas y una dura carta dirigida a Rob, explicándole por qué su proyecto no era deseable.
Estaba redactada en lenguaje jurídico, pero, en esencia, transmitía que la gastroneta sería una monstruosidad en su hermoso pueblo.
No era de extrañar que Rob se hubiese disgustado.
Hice algunas fotos y luego volví a guardar el expediente. Me sorprendió descubrir que había uno sobre Scott. En él había varias copias de cartas que el juez había escrito a diversos concursos de jardinería alegando que Scott no tenía ningún derecho sobre la rosa que había presentado.
También había varias cartas de respuesta al juez por parte de esos concursos. En todas ellas se afirmaba que, aunque habían investigado las alegaciones, se había determinado que carecían de fundamento.
Dado que el juez le había regalado la planta a Scott y que luego Scott había sido quien había injertado el nuevo rosal con otro, los derechos del juez sobre la rosa se declaraban nulos.
Yo no sabía nada de jardinería, pero parecía que Scott tenía razón y que el juez estaba resentido porque Scott se había llevado el mérito.
Como abogado, estoy segura de que el juez habría encontrado algún tipo de laguna jurídica, pero parecía que no había vuelto a responder. Volví a guardar el expediente. Seguro que Scott estaba al tanto de los tejemanejes del juez, pero me preguntaba si conocía todos los detalles.
A pesar de que el juez había sido mezquino y cruel, no creía que los chicos lo hubieran matado por una gastroneta o unas rosas. Sus caras cuando mencionamos que se había tratado de un asesinato lo decían todo.
Cuando abrí el expediente de Linda, me sorprendió descubrir que no tenía nada que ver con la calle principal. Era una sentencia de divorcio.
Parpadeé. Linda y Dave habían sido muy cariñosos y se habían apoyado mucho el uno al otro. Pero ¿se estaban divorciando? No tenía sentido.
Estaba a punto de hacer fotos cuando vi un expediente sobre nuestro abuelo y otro sobre mí y Lizzie. ¿Qué contendrían?
Una verja crujió fuera.
—¿Inspector? ¿Pasa algo? —preguntó Lizzie en voz alta desde el jardín.
Mecachis. Estaba tan absorta en los expedientes que no los había oído.
—Mi abuela ha oído un ruido. Tengo que asegurarme de que no haya entrado nadie en la casa —dijo él.
Y entonces se oyó un clic en la puerta principal.
No me daba tiempo de llegar a la cocina. Me habría visto pasar. Cogí los documentos relacionados con mi familia y me metí debajo del escritorio. Intentando hacerme lo más pequeña posible, tiré de la silla hacia dentro todo lo que pude.
Solo tenía que esperar a que se marchara y luego volvería corriendo a casa.
Los pasos crujían en el pasillo sobre el suelo de madera. Entonces la puerta del estudio se abrió un poco más.
Me faltó poco para no gritar, tenía los nervios a flor de piel.
« Contrólate, Mercy » .
« Por favor, no entres. Por favor, no entres » .
—Mercy, sé que está aquí.
Maldita sea. Contuve la respiración.
—Salga.
¿Cómo sabía que era yo?
—Puedo oler su perfume de vainilla. Sé que está debajo del escritorio.
Suspiré. Estaba en un buen lío.