16
Al día siguiente, Lizzie y yo llamamos a la puerta de Linda. Llevábamos un montón de dulces que había preparado mi hermana y algunas flores. Pero fue Lolly quien nos recibió en la puerta.
—Que Dios os bendiga —saludó—. Pasad.
—No queremos molestar si Linda no se siente con ganas de recibir visitas —dijo Lizzie.
—No, pasad, estamos en la cocina.
La seguimos por la casa, que estaba decorada con un estilo muy formal pero acogedor.
Había colchas de patchwork colgadas en las paredes y muebles ornamentados de estilo Reina Ana.
La distribución de la casa se parecía a la nuestra, con la cocina en la parte trasera.
Pero la decoración era más elegante, al estilo de una abuela.
Linda estaba sentada en una vieja mesa de madera, con las manos alrededor de una taza de té. Llevaba una bata que parecía sacada de los años cincuenta. Su cabello, que solía llevar impecablemente arreglado, estaba revuelto, y tampoco se había maquillado.
Cuando levantó la vista, tenía los ojos y la piel enrojecidos. Nos dedicó una sonrisa llorosa.
—Lo sentimos mucho. —Lizzie la abrazó. Mi hermana siempre sabía qué decir en situaciones como aquella.
—No podemos imaginar por lo que debes estar pasando —dije, apretando la mano de Linda.
—Gracias —contestó Linda. Le temblaba la voz—. No puedo creer que se haya ido.
—Sentaos —ofreció Lolly.
—He oído que lo encontraste tú —declaró Linda—. ¿Te dijo algo antes de morir? ¿Tuvo unas últimas palabras para mí?
Negué con la cabeza.
—Me temo que… ya había fallecido cuando lo encontré. ¿Sabe la policía algo sobre lo que ocurrió?
Lizzie me dio una patada en la espinilla debajo de la mesa y tuve que hacer un esfuerzo para no gritar.
—Kieran vino anoche a hacer algunas preguntas, pero no. —Las lágrimas le corrían por la cara. Me sentí fatal por hacerla llorar—. No me han dicho nada. Dave tenía un problema de corazón: fibrilación auricular. Supuse que su mala alimentación le había pasado factura.
—Qué triste —lamentó Lizzie—. Era muy joven.
—Sí —añadió Lolly—. Estaba en la flor de la vida. Pero estas cosas pasan. El Señor le dio una buena vida a Dave.
—Gracias por tus palabras, Lolly —dijo Linda—. No puedo creer que se haya ido. No me lo creo. Sé que no dejo de decirlo —susurró, mientras las lágrimas le caían por las mejillas.
Lolly le acercó la caja de pañuelos.
—¿Hay algo que podamos hacer por ti? ¿O ayudarte de alguna manera? —preguntó Lizzie.
—Dave no quería ningún tipo de ceremonia.
Ni siquiera un velatorio —contestó Linda—.
No creía en esas cosas. Estaba deseando marcharse del velatorio del juez.
Yo… pensé que se había ido a casa. Había comentado que no se encontraba bien.
—Se sorbió la nariz—. Pero creía que era una excusa para librarse de ayudar a recoger después del velatorio.
Cuando Kieran me contó lo que había ocurrido, no me lo podía creer. Todavía no me lo creo.
Lolly le apretó el hombro.
—Una vez que nos entreguen el cuerpo, lo incinerarán —continuó Linda—. Dave quería que sus cenizas fueran arrojadas al mar que tanto amaba. Siempre quiso tener un velero. Hablaba mucho de eso. Era solo uno de los muchos sueños que tenía… —Volvió a sorberse la nariz.
Lolly le dio una palmadita en la mano.
—Al menos, tuviste su amor —dijo con voz queda—. Era un buen hombre y te cuidaba.
Linda asintió.
—Sé que no quieres hacer nada, pero Lizzie y yo creemos que deberíamos honrarlo de alguna manera.
Fue muy amable con nosotras —afirmé—. Se ofreció a ayudarnos con la contabilidad.
Estábamos pensando en organizar un pequeño encuentro.
Parecía que le encantaba la plaza y apreciaba que su familia hubiera vivido aquí durante tanto tiempo.
Si los demás pudieran contarnos historias sobre él, tendríamos la posibilidad de conocerlo mejor, que es algo que nos gustaría, si a ti te parece bien.
Me sorprendió lo plausible que sonaban mis palabras.
Linda parpadeó varias veces.
—¿Queréis organizar una fiesta para él?
—Una fiesta no me parece apropiado —carraspeó Lizzie—. No, sería más bien un encuentro para recordar los viejos tiempos. Pero, por supuesto, solo si te parece bien.
Se quedó sentada allí durante un minuto entero sin decir nada y no conseguí interpretar su rostro. Ni siquiera Lolly parecía entender lo que Linda podía estar pensando.
—Qué detalle —dijo Linda—. A Dave siempre le encantaron nuestras fiestas en el jardín.
Lolly arqueó las cejas, pero no dijo nada.
—Entonces, está decidido. ¿Quizá el próximo fin de semana? A menos que sea demasiado pronto —propuso Lizzie.
—No, está bien. Gracias.
—Nosotras nos encargaremos de todo —dije—. Lo único que tienes que hacer es venir.
—Sois muy amables, gracias.
Llamaron a la puerta principal.
—Nos vamos. Tienes más visitas —dijo Lizzie—. Pero avísanos si necesitas algo.
Nos cruzamos con Rob y Scott en el pasillo. Llevaban aún más comida de la que nosotras habíamos llevado.
Los vecinos de la plaza sabían cuidar los unos de los otros. Excepto por el hecho de que uno de ellos podría ser un asesino.
Se detuvieron.
—¿Cómo está? —susurró Rob.
—Creo que en estado de shock —respondió Lizzie—. Solo para que lo sepáis: como no habrá velatorio, hemos pensado en organizar un encuentro para honrar a Dave.
—¿No habrá velatorio? —preguntó Scott, frunciendo el ceño.
—Linda ha dicho que él no creía en esas cosas y que no quería velatorio. Pero ha accedido a que organicemos un pequeño encuentro en su honor el próximo fin de semana.
—Bueno, decidnos en qué podemos ayudar —ofreció Rob—. Lo que sea.
—Gracias —dijo Lizzie—. Hablamos luego.
Siguieron avanzando por el pasillo. Nos habíamos detenido frente a lo que parecía el despacho de Dave, y asomé la cabeza al interior de la habitación.
—No —susurró Lizzie con firmeza—. No vamos a husmear en estos momentos.
—Vale. —Suspiré—. Pero esta noche vamos a la casa del juez. No vale rechistar. Tenemos que averiguar qué está pasando. ¿Y si Dave fue asesinado como el juez? —musité—. Tienes que admitir que dos infartos tan seguidos son muy sospechosos.
Me sacó fuera antes de que pudiera decir nada más.
—Esa mujer acaba de perder a su marido, Mercy. No es el momento.
—¿Y si fue ella quien lo mató?
Lizzie puso los ojos en blanco.
—Ya viste lo unidos que estaban. Se querían mucho.
—La mayoría de los asesinatos los cometen las personas más cercanas a la víctima —alegué.
—Pero ¿Linda? ¿En serio? Mercy, eso es demasiado incluso para ti. No voy a hablar de esto contigo ahora. Vete a casa y escribe. —Se marchó furiosa.
Fui a casa, pero en mi mente se arremolinaban con todas las posibilidades. No conseguía calmarme. Entré en la biblioteca privada de nuestro abuelo y busqué la puerta secreta. Al no encontrarla, empecé a revisar sus libros en busca de más cartas. Estaba desesperada por saber más de nuestro padre.
Horas más tarde, cuando sonó la alarma de mi teléfono, estaba hojeando con delicadeza la primera edición de una novela de Thomas Hardy. El molesto timbre me indicó que era hora de explorar la casa del juez. Tenía que encontrar respuestas.
O tal vez, si me pillaban, acabaría en la cárcel.