Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 14 #2
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—¿Estás diciendo que lo hizo alguien de la plaza? —Se rio a carcajadas—. Tienes razón en que lo más probable es que sea alguien a quien el juez conocía, pero no puedo imaginar que haya sido uno de nosotros.

—No he visto todas las pruebas, pero creo que el asesino quería que pareciera un accidente…

Por eso manipuló el aceite. Por eso y porque quería provocar una reacción en su cuerpo.

Una reacción contra la que el juez no podría luchar si tenía demasiada medicina en el organismo.

No cabe duda de que quien haya sido investigó a fondo.

Lizzie me miró extrañada. Había revelado demasiado y no era mi intención hacerlo delante de Lolly. Había estado pensando en voz alta.

Lo hacía mucho cuando escribía.

—¿Qué dices? —preguntó Lolly—. ¿Por qué crees eso? —Frunció el ceño.

—Eeeh… —Me encogí de hombros—. Ni idea. No he visto los informes del laboratorio. Pero, cuando intentaba salvar al juez, a su corazón le pasaba algo en esos últimos minutos. Un choque anafiláctico podría haberlo provocado.

—Quizá comió algo justo antes de irse —sugirió Lizzie.

—Estoy confundida respecto a todo lo que sucedió esa noche —dije. Intenté cubrirme las espaldas porque se suponía que no debía haber visto esos informes. No quería que Lolly le contara a Kieran lo que yo sabía.

Lizzie puso los ojos en blanco. Hice lo típico de hablar demasiado con extraños sobre un caso, algo que me volvía loca cuando lo hacían otros escritores.

—No me siento segura —interrumpió Lizzie—. Pensaba que este era el último lugar en el que tendríamos que preocuparnos por la delincuencia, pero…

—No, no, te prometo que estás segurísima —dijo Lolly. Y entonces se quedó dormida. Justo en medio de la conversación.

—¿Lolly? —Extendí la mano para tocarla, pero Bernard, que había estado junto a su silla, se incorporó y gruñó.

—¿Qué hacemos? —preguntó Lizzie, poniéndose de pie.

—Dejémosla por ahora —respondí.

Intentamos pasar junto a su silla para cruzar la casa, pero Bernard volvió a gruñir.

—Salgamos por la puerta lateral.

—¿Qué hacen? —preguntó una voz enfadada cuando salimos por la puerta que iba del patio trasero al delantero.

—Dejar a su abuela en paz —respondí—. Se ha quedado dormida mientras charlábamos.

—¿Por qué están aquí? —interrogó el inspector con las manos en las caderas.

—Para que conste, habíamos venido para ver si podíamos ayudar con el velatorio del juez —dijo Lizzie—. Estábamos tomando el té y Lolly se ha dormido.

—Entonces, ¿por qué no han salido por la puerta principal?

—Bernard no nos lo ha permitido —respondió Lizzie con brusquedad—. Y ahora, nos vamos. No debería acercarse a nosotras sin nuestros abogados.

El inspector dio un paso atrás, y mi hermana avanzó con firmeza frente a él. Nunca la había visto así, y me gustó. Por lo general, era la más tranquila de las dos.

Cuando pasé junto al inspector, abrió la boca y luego la cerró.

—Me ha decepcionado mucho. Pensaba que era usted de los buenos —le dije. No tenía ni idea de dónde habían salido esas palabras, pero las sentía de verdad—. Quizá debería intentar estar a la altura de las expectativas de su abuela.

El día siguiente fue agitado. Había enviado la primera mitad de mi libro la noche anterior y, cuando me desperté, Carrie ya tenía notas. Siempre tenía notas, incluso si le encantaba la novela.

Luego, me puse a trabajar en la segunda mitad. Las palabras me salían sin parar de la cabeza. Tanto era así que me sorprendió cuando mi hermana llegó a casa por la tarde y llamó a la puerta del estudio.

—¿Es eso lo que vas a llevar puesto al velatorio?

Fruncí el ceño y miré mi ropa. Seguía llevando la camiseta holgada y los pantalones de yoga que me había puesto al levantarme.

—¿Qué hora es?

—Las cinco —respondió—. El velatorio empieza dentro de una hora.

Guardé el documento y me levanté de la mesa.

—¿Has comido hoy? —Ella me siguió hasta mi habitación.

—Esta mañana he tomado una manzana y creo que algo de queso. Y café. He tomado mucho café.

—Te prepararé un sándwich —propuso ella—. Pero date prisa. Nunca he estado en un velatorio. No quiero perdérmelo.

Me duché rápidamente. Aunque tenía el pelo mojado, me lo recogí en un moño en la parte superior de la cabeza. No sabía qué había que ponerse para ir a un velatorio, y mis opciones de vestimenta eran limitadas hasta que llegaran las pocas cajas que habíamos enviado.

Me decidí por unos pantalones de vestir negros a juego con una blusa y me puse una americana.

Encontré a Lizzie en la cocina.

—Mejor —dijo—. Aquí tienes, cómetelo.

—¿No habrá comida en el pub ?

—Es un velatorio, Mercy. No creo que se espere que se dé de comer a los asistentes.

Lo he consultado en uno de los libros católicos de la tienda.

Es como los velatorios que hacemos en Estados Unidos.

La gente acude a expresar sus condolencias a la familia, pero el ataúd estará allí.

A nadie le apetece comer ni beber con un ataúd en la sala.

Me parece raro que no lo hayan hecho en la iglesia o en una funeraria.

—Yo he estado en uno —dije—. De un amigo escritor. El ataúd estaba en el pub y había mucha comida y alcohol. —Había sido una auténtica celebración de la vida del hombre.

—Cómete el sándwich.

Hice lo que me pidió.

Un cuarto de hora más tarde, nos dirigimos hacia el pub . El viento del mar nos traía el aire salado. Era refrescante, aunque hacía un poco de frío.

—Todavía me sorprende que no lo hayan hecho en la iglesia —dijo Lizzie cuando pasamos por delante la librería. Había una hermosa catedral al final de la calle principal, a solo unas manzanas de la tienda.

—Me muero por saber la respuesta a una pregunta que me ha estado volviendo loca —solté sin pensar.

—No puedes interrogar a la gente esta noche —dijo, deteniéndose—. No es apropiado y es un riesgo demasiado grande con todo el mundo allí. ¿Y si el asesino te oye?

—Ya lo he pensado. Pero nunca hemos averiguado cómo es que Matt es nieto del juez. Podemos hacer preguntas superficiales y aun así obtener las respuestas que necesitamos.

—¿A qué te refieres? —preguntó, ladeando la cabeza.

—Lolly nos dijo que el juez estaba maldito y no podía tener hijos. Entonces, ¿cómo es posible que la madre de Matt sea su hija?

—Ah, aaah. Vale, eso puedes preguntarlo. Necesitamos una respuesta. Pero no provoques a la bestia.

—Como si fuera a hacerlo —resoplé.

—Pues claro, es lo que haces siempre —dijo ella.

Nos reímos.

Cuando llegamos, Matt nos hizo un gesto para que fuéramos hacia la parte trasera del pub . Había algunas personas en la barra, pero tenía la sensación de que eran turistas. Ninguno de ellos se parecía a la gente que dejaba de hablar y se quedaba mirándonos cada vez que entrábamos allí.

—Tenía muy mala leche —susurré—. ¿Crees que vendrá alguien?

Cuando doblamos la esquina, tuve mi respuesta. La mayoría de los residentes de Shamrock Cove debían estar en la sala de la parte trasera del pub : estaba abarrotada.

Afortunadamente, el espacio era enorme, con techos altos.

En el fondo de la sala reposaba un ataúd, pero costaba verlo entre el gentío.

Con independencia de lo que los residentes pensaran del juez, habían acudido a expresar sus condolencias.

Había un servicio de café y té cerca de por donde habíamos entrado, y nos desviamos para tomar una taza.

Aunque he vivido bastante tiempo en una gran ciudad, nunca me he acostumbrado a las multitudes. Lizzie y yo nos quedamos en la periferia de la sala por esa razón.

—No puedo creer que el intratable del viejo se haya ido —dijo un hombre al que no reconocí—. Aunque era el mejor jugador de póquer que he conocido.

Las personas que lo rodeaban levantaron sus vasos y dijeron «sí».

Se oyó un tintineo de vasos. La gente empezó a sentarse en las sillas que estaban alineadas en filas ordenadas en el centro de la sala. Como había unas cuantas personas de edad avanzada entre los asistentes, Lizzie y yo nos quedamos de pie con algunos otros.

Un hombre vestido con sotana se situó junto al ataúd.

—Amigos, gracias por venir a despedir al juez. Él no quería una ceremonia formal, así que haremos algo sencillo. Si alguien quiere acercarse y decir unas palabras, puede hacerlo.

Una mujer joven se acercó al frente de la sala.

—Hola, me llamo Susie Tennison —se presentó—.

El juez me ayudó a recuperar a mi hijo de mi horrible exmarido, aunque no era su caso.

Sé que podía ser cascarrabias, pero creía en la ley.

A mis ojos, era un buen hombre, y le estaré eternamente agradecida.

—Puso una mano sobre el ataúd y luego inclinó la cabeza.

Un anciano con un bastón, con la ayuda de un hombre más joven, se acercó al frente.

—Cuando era un joven abogado —relató el anciano—, el juez se ocupó de mi caso contra alguien que intentaba robarme mi negocio. No tenía ninguna razón para ayudarme, pero lo hizo. Creía en lo que era correcto y justo. Pueden decir lo que quieran de él, pero era un buen hombre.

Más de diez personas hablaron en favor del juez, y no hubo ni una sola palabra desagradable entre ellas. La mayoría expresaron lo agradecidos que estaban por su sentido de la justicia y por cómo les había ayudado. Vimos una faceta diferente del hombre a través de sus ojos.

Sin embargo, cada palabra que pronunciaron no tenía nada que ver con lo que habíamos oído de otra gente en el pueblo. Pensaba que ya no saldría nadie más a hablar cuando el inspector se dirigió al frente de la sala.

—Muchos de ustedes saben que estaba condenado a ser un delincuente —dijo, y todos se rieron.

¿Qué quería decir con eso? Parecía tan recto y estrecho de miras, tal vez.

—Si no hubiera sido por el juez, podría haber tomado un camino muy distinto. No era un hombre con el que fuera fácil llevarse bien, pero me enderezó. Le debo mi carrera y mi buena vida a sus sabias palabras. —Luego se sorbió la nariz y asintió con la cabeza.

»La muerte no es nada —dijo, levantando su vaso—. Solo me he ido a la habitación de al lado. Yo soy yo y tú eres tú. Lo que fuimos el uno para el otro, lo seguimos siendo. Sláinte .