14
Después de que Lizzie cerrara la tienda para almorzar, nos dirigimos a la casa de Lolly. Llamamos varias veces a la puerta, pero no hubo respuesta. Entonces oímos un fuerte ladrido.
—¿Hay alguien aquí, chico? —le preguntó Lolly a su perro en voz alta.
Nos recibió con una gran sonrisa al abrir la puerta.
—Hola. Pasad, pasad —dijo, invitándonos a entrar.
—No te molestaremos si estás ocupada —dijo Lizzie—. Hemos oído que estás organizando el velatorio del juez y esperábamos poder ayudarte de alguna manera.
Después de insistir en prepararnos un té y servirnos un pequeño plato de sándwiches, nos sentamos con ella en el patio trasero. Había flores por todas partes y era uno de los jardines más bonitos que había visto nunca.
Lizzie comentó varias de las flores y arbustos, pero había uno que me interesaba especialmente: la dedalera.
También conocida como digital, contenía digitoxina, una sustancia letal si se ingería y que el juez tenía en exceso en su organismo cuando murió.
A menudo se encontraba en medicamentos para el corazón, pero también podía ser un veneno.
Conocía esas hermosas flores porque las había utilizado en una infusión para matar a alguien hacía años en uno de mis libros.
—No tenías por qué hacer todo esto —dijo Lizzie—. Solo hemos venido para ver si podíamos ayudar.
—Qué amables —dijo ella—. Pero creo que lo tengo todo bajo control para el velatorio. Espero que vengáis. Es mañana por la noche en el Crown. Lo conocíais poco, pero ahora formáis parte de la plaza.
—Allí estaremos —afirmé con demasiado entusiasmo.
Lizzie me miró de reojo.
—Pero, por favor, déjanos ayudarte —dije—. Y nos gustaría enviar flores. El juez tenía un jardín precioso. ¿Sabes si tenía alguna favorita?
—No es necesario enviar flores —aclaró—. Pero siempre tuvo debilidad por las rosas antiguas. No habéis visto su jardín trasero, pero pronto será una maravilla en flor. El aroma de algunas de sus rosas es legendario. Espero que quien se mude a la casa las aprecie.
No mencioné que lo conocía, pero había estado demasiado ocupada tratando de salvar el pellejo como para fijarme en las flores.
—Os diré en qué me vendría bien ayuda: en su jardín. Al menos, hasta que lleguen los nuevos inquilinos —dijo Lolly.
—Ah, ¿sabes quién vendrá? —pregunté.
—Ni idea —contestó, negando con la cabeza—. De hecho, me he estado preguntando si debería poner en marcha el sorteo. Algunos de los residentes ya me han preguntado si sé si el juez dejó la casa en herencia a alguien, pero no lo sé. El testamento se leerá mañana por la mañana.
Habría pagado por estar allí, pero no estaba muy segura de cómo conseguir la invitación sin parecer sospechosa.
—Una de las cosas que hemos oído es que era muy estricto con las normas —comenté—. Estoy segura de que se habrá encargado de todo con diligencia.
—Supongo que tienes razón —dijo ella.
—¿Estarás en la lectura del testamento? —inquirió Lizzie.
—Sí, aunque no sé por qué me lo han pedido.
—Pero tú y el juez erais amigos —apuntó Lizzie.
—Supongo que se podría decir que sí. —Lolly se rio.
—Sentimos curiosidad por él —confesé—. Hemos oído muchos rumores, pero esperábamos que tú nos dijeras quién era en realidad.
—Bueno, probablemente yo sea quien más tiempo lo conoció. No siempre fue tan…
—Gruñón —sugerí.
—No, siempre fue gruñón, incluso cuando éramos jóvenes —dijo sonriendo—. Era su forma de ver el mundo. A ojos del juez, siempre había algo que no estaba bien. Demasiada delincuencia. Demasiado de todo. Demasiada gente en el mundo.
—He oído el comentario de que habíais salido juntos —señalé, aunque me resultaba un poco incómodo sacar el tema. Lolly era una de las personas más amables que había conocido, pero teníamos que llegar a la verdad. Y ella tenía una larga historia con el juez.
—Sí, hace cien años, o eso parece. —Se rio a carcajadas—. Me rompió el corazón en aquel entonces, pero al mismo tiempo fue lo mejor que me ha pasado nunca.
—Lo siento —dijo Lizzie—. Mi hermana es especialista en sacar a la superficie los malos recuerdos.
La miré, pero ella solo se encogió de hombros. Probablemente no se equivocaba. Yo solía sacar de quicio a la gente.
—¿Por qué fue lo mejor? —interrogué, con la esperanza de demostrar que Lizzie se equivocaba.
—En aquel entonces, él creía que yo estaba corrompida por mis siestas. No quería tener hijos que pudieran tener una afección.
Seguramente se refería a la narcolepsia.
—Lo veía como una especie de defecto. Se fugó con mi mejor amiga.
¡Y se llevó una sorpresa cuando ella anunció que no quería tener hijos!
Aunque pensaba que había demasiada gente en el mundo, el juez quería formar una familia.
Nunca tuvo una propia. Y luego mi amiga lo abandonó porque la hacía sentir igual que a mí.
Que de alguna manera estaba rota. Resultó que el problema era él.
—Es horrible que fuera tan cruel contigo —dijo Lizzie.
—Ay, cielo. —Lolly se rio—. Si no se hubiera ido a Dublín y se hubiera casado, podría haber acabado con él. Eso habría sido terrible. Después de culpar a las mujeres de su vida, resultó que estaba maldito y no podía tener hijos propios.
Ahora estaba confundida. ¿Cómo podía ser Matt nieto del juez?
—Gracias a que se marchó, conocí a Dougan y me enamoré de él, que era el mejor marido y compañero que una mujer podía tener. Tuvimos nuestros hijos y ahora tenemos nietos y bisnietos. Mi Dougan me amaba y teníamos una familia maravillosa. Todavía lo echo muchísimo de menos.
—Parece un hombre maravilloso —afirmó Lizzie—. Entonces, ¿al final perdonaste al juez?
Lolly sonrió.
—Los irlandeses podemos guardar rencor, pero, cuando él regresó para pasar la jubilación en la casa de su madre, ya éramos demasiado mayores para recordar aquellas heridas del pasado. Y creo que nuestro Señor ya lo castigó lo suficiente al no darle lo que más deseaba en el mundo: una familia.
»Tardamos unos años, pero, cuando regresó en los ochenta, volvimos a ser amigos.
Mi Dougan estaba muy enfermo entonces, y el juez nos ayudó.
Nos traía comida y cuidaba los jardines para que yo pudiera atender a mi marido.
Y estuvo ahí para ayudarme hasta el final, que sinceramente es una de las cosas más duras por las que he pasado.
Por aquí celebramos la muerte, pero perder a Dougan…
Si no hubiera sido por el juez, quizá me habría perdido a mí misma.
No era todo maldad. Por mucho que pudiera ser un verdadero fastidio, también hizo mucho bien en el mundo.
Como la mayoría de la gente, el juez parecía tener muchas facetas. Pero era la primera vez que oía algo bueno sobre él.
—¿Te importa si te pregunto algo muy grosero? —Sabía que estaba yendo demasiado lejos, pero necesitaba desesperadamente su opinión.
Ella arqueó las cejas.
—¿Sabes quién podría haber querido asesinar al juez? —pregunté, levantando una mano—. Tu nieto sigue intentando implicarnos.
—Mi nieto solo está haciendo su trabajo —contestó, frunciendo el ceño—. Debería estar enfadada con vosotras por llamar a sus jefes, pero entiendo por qué lo hicisteis.
—Técnicamente, solo llamamos a nuestro abogado —puntualizó Lizzie—. Él fue quien llamó a los jefes. Por alguna razón, Kieran nos tiene manía. No sé si es porque somos nuevas o qué. Lo siento, sé que os lleváis muy bien.
—Sí. No hay mejor chico en el mundo. Pero es de los que siguen las normas al pie de la letra. Eso es lo que le hace bueno en su trabajo. Y, al contrario de lo que podáis pensar, es un excelente agente de policía.
Yo no compartía su opinión, pero no era su abuela.
—¿Por qué tenéis tanta curiosidad por lo que pasó? Como habéis dicho, el juez no tenía nada que ver con vosotras.
—La culpa la tiene Kieran —señaló Lizzie—. Como no deja de molestarnos con lo del juez, creemos que es necesario armarnos de información.
Era cierto.
—Bueno, yo no lo maté, si es eso lo que estáis pensando —replicó, pero luego sonrió.
—Ah, no, no creemos que fueras tú —intervine—. Por eso hemos venido. Tú sabes todo lo que pasa aquí. —Seguía teniendo mis sospechas, pero necesitábamos a Lolly de nuestro lado.
—Sí, siempre tengo la oreja puesta. El juez era un entrometido y se metía en los asuntos de todo el mundo —dijo ella—. Y no le gustaban los cambios. Estaba decidido a mantener el pueblo tal y como era. Yo solía estar de acuerdo con él en ese aspecto. Pero algunos vecinos discrepaban.
—¿Como Rob con su gastroneta y Linda y su propuesta de remodelar los edificios de la calle principal? —indagué.
—Veo que has estado ocupada. —Sonrió—. Sí, pero todo eso lleva sucediendo desde hace mucho tiempo. La gastroneta es una buena idea. Pero imponer colores pastel a edificios de cuatro siglos de antigüedad, no.
—Ya, entiendo tu opinión —coincidí.
—Es extraño que su muerte ocurriera el día que llegasteis. Imagino que por eso mi nieto ha estado siguiendo vuestros movimientos tan de cerca.
—Pero nosotras no tuvimos nada que ver —objetó Lizzie—. No lo conocimos hasta esa noche. Y Mercy intentó salvarle la vida.
—Creo que no he llegado a darte las gracias por eso, Mercy. Es evidente que hiciste todo lo que pudiste.
Asentí con la cabeza. Aunque todavía sentía una punzada de culpa. Ojalá hubiera podido hacer más, aunque no fuera el tipo más agradable. Había sufrido una muerte dolorosa.
—Lo he dicho antes y lo volveré a decir: creo que mi nieto debería investigar el pasado del juez.
Era implacable con la ley y algunas personas lo odiaban por ello.
Imponía la pena máxima para la mayoría de los delitos.
Supongo que es mera coincidencia que todo esto haya sucedido después de la fiesta de bienvenida.
—Podría estar de acuerdo contigo —dije—, si no fuera porque parece que alguien de por aquí está tratando de cargarnos el muerto. Creemos que el asesino es alguien a quien él conocía muy bien.
Ella frunció el ceño.