Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 13 #2
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—Nos lo hemos pasado bien, Mercy. Nos hemos reído tanto de Scott que no podíamos recuperar el aliento.

¿Cuándo fue la última vez que nos ocurrió eso?

Ahora, este es nuestro hogar; esta es nuestra gente.

Nadie nos va a quitar eso. Lo resolveremos —añadió—.

No hay nada que no podamos conseguir juntas.

Sonreí.

Tenía razón.

A la mañana siguiente, fui a la librería con Lizzie. Registramos el lugar a fondo, en especial el despacho y el almacén. Miramos en todas las cajas, pero no encontramos el papel. Ella revisó la impresora, pero solo había papel normal y barato.

—Quizá deberíamos buscar en casa —dijo, y luego miró su reloj—. Tengo media hora antes de abrir.

—Ya miro yo en casa. Tú quédate aquí y prepárate. Pon la oreja y avísame si oyes algún rumor sobre nuestros sospechosos.

—¿Que son…?

—Todos los que viven en la plaza.

—¿Incluso Scott y Rob? —preguntó.

—No quiero pensar que podrían hacer algo así, pero los dos son muy inteligentes. ¿Hasta dónde llegarías tú para protegerme de alguien?

—Me gustaría pensar que no llegaría al extremo del asesinato, pero, si te hicieran daño, ¿quién sabe? —respondió, frunciendo el ceño.

—Exacto —dije—. Hasta que tengamos pruebas definitivas, no podemos tacharlos de la lista. También deberíamos añadir a Matt y a su madre. Además, volveré a investigar a fondo los casos del juez.

—Si murió por la alergia, tendría que ser alguien que lo conociese —señaló Lizzie—. Pero eso no significa que alguien de su pasado no lo supiera.

—Correcto —dije—. Hagas lo que hagas, no presiones demasiado a nadie para obtener información. El asesino es inteligente y vengativo. Nadie debe saber que tenemos sospechas.

—Entendido.

Alguien aporreó la puerta y nos sobresaltamos. Entonces miramos a través del cristal y vimos al inspector.

—¿Qué hace aquí? —preguntó Lizzie.

Cuando me acerqué a la puerta, él puso un papel contra el cristal. En la parte superior se leía «Orden judicial» en letras grandes.

—¿Qué le pasa? —dije al abrir.

—Señora McCarthy, usted y su hermana deben abandonar el local. Tengo una orden de registro para su tienda y estoy tramitando otra para su casa.

—Nuestro abogado se pondrá en contacto con usted —le dije—. Pero adelante con el registro. Nosotras no hemos encontrado el papel. Quizá usted pueda.

Él echó la cabeza hacia atrás, sorprendido.

—Así es, inspector —intervino Lizzie—. Hemos pasado la última hora y media tratando de encontrar el papel. Pero adelante. Sin embargo, le advertí que, si intentaba algo más, iría tras usted.

Lizzie le entregó la llave.

—Más le vale no dañar ni un solo libro ni dejar nada fuera de su sitio —le advertí—. Cierre con llave cuando haya terminado. Vamos a empezar a registrar la casa. Y mi hermana tiene razón, nuestros abogados se pondrán en contacto con sus superiores.

El inspector palideció cuando nos dimos la vuelta y nos alejamos.

Bien. Se merecía que le bajasen los humos.

Durante el camino de vuelta, hice algunas llamadas. El abogado que se había encargado de la herencia de nuestro abuelo estaba horrorizado por lo que había sucedido, y puso a su mejor equipo a trabajar en el caso.

Mientras tanto, Lizzie y yo registramos la casa. El ático daba miedo, pero no encontramos nada, excepto un montón de cajas y muebles viejos. Algunas de las cajas contenían fotos, que revisaríamos más tarde.

Inspeccionamos todos los cajones de mi estudio y la biblioteca.

Incluso revisamos varios de los libros de su biblioteca personal.

Aunque encontramos algunas de las cartas que nuestro abuelo había mencionado, escritas por nuestro padre a nuestra madre, no vimos el papel.

Tampoco localizamos ningún tesoro ni ninguna puerta secreta.

Quizá habíamos malinterpretado su carta.

O tal vez el tesoro era algo más esotérico.

Sin embargo, era extraño que no encontrásemos el papel.

—Creo que el asesino se llevó el papel para inculparnos de alguna manera —le dije a Lizzie.

Nos sentamos en los sillones de la biblioteca de nuestro abuelo.

—Es algo muy extraño y específico —observó—. ¿Soy yo o nada de esto tiene sentido? ¿Y por qué el asesino intenta utilizarnos? Si llevaba tanto tiempo planeándolo, hasta hace unos meses nosotras ni siquiera habíamos entrado en escena.

—Bien visto. Quizá no sea algo específico para nosotras. Podrían haber planeado utilizar a cualquiera que ganara el sorteo de la casa y se mudara aquí.

Lizzie puso los ojos como platos.

—Si es así, la verdad es que me hace sentir mejor.

—No lo entiendo. —Fruncí el ceño.

—Piénsalo. Podríamos ser cualquiera. Por lo tanto, los ataques contra nosotras no son personales. Solo somos una herramienta.

Sonó mi teléfono y contesté.

—No volverá a molestaros, chicas —dijo el abogado antes de que pudiera responder—. Se ha informado a sus superiores del acoso. Y se ha suspendido la orden de registro. No tocarán vuestra casa.

Sonreí.

—Gracias. —Solté un gran suspiro.

—Siento todas las molestias —continuó—. A vuestro abuelo le encantaba Shamrock Cove. Os aseguro que las cosas no suelen ser así. Le encantaba porque era muy tranquilo. Y normalmente son mucho más amables con los forasteros.

—Te agradezco que te hayas ocupado de esto —dije—. Y supongo que tendremos que creerte cuando dices que son tolerantes.

Después de colgar, le conté a Lizzie lo que me había dicho.

—Menos mal. Sé que tienes que trabajar en tu libro, pero ¿puedes volver a la tienda conmigo? Por si acaso tengo que hacer una limpieza rápida.

—Claro.

Cuando salimos, nos encontramos a Sheila, la segunda al mando de Kieran, junto a la verja.

—Tengo vuestra llave —dijo en voz baja.

—Gracias —replicó Lizzie, quitándosela.

Sheila se dio la vuelta para marcharse, pero luego se detuvo.

—El inspector es buena persona —afirmó—. No había motivo para llamar a sus jefes. Solo estaba haciendo su trabajo.

—Sheila, entiendo que quieras defenderlo —intervine—, pero nos ha estado acosando.

Si estuviera haciendo su trabajo, investigaría a los sospechosos que conocían al juez.

Lee el expediente. Creo que descubrirás que la naturaleza sospechosa de la muerte de ese hombre tiene poco que ver con nosotras, porque acabábamos de conocerlo.

—Salvo por que nunca tuvimos ningún problema hasta que llegasteis vosotras al pueblo —puntualizó. No era una acusación, sino más bien una constatación de un hecho.

—Puede ser —dijo Lizzie—. Pero creemos que el asesino está intentando tendernos una trampa. Nos está difamando. Y, mientras tanto, sigue en libertad.

—Esto no tiene nada que ver con nosotras. Gracias por la llave. Tenemos que irnos.

Cuando entramos en la librería, Lizzie se alegró al ver que estaba tal como la habíamos dejado.

—¿Quieres que me quede?

—No, vete a trabajar —respondió, negando con la cabeza—. Estaré bien.

—Estoy demasiado inquieta —dije—. ¿Necesitas que reponga alguna estantería?

—Eso hace falta siempre. —Rio.

Me dio una lista y subí las escaleras con una caja.

No llevaba mucho tiempo allí arriba cuando llegaron las mujeres que habían venido con Lolly el otro día.

—¿No está la señora O’Malley con ustedes? —preguntó Lizzie.

—No, está organizando el velatorio del juez —respondió una de las mujeres—. La policía finalmente ha entregado el cuerpo. Qué asunto más desagradable. Hemos oído que lo asesinaron.

—Uy, eso es terrible —dijo Lizzie, como si acabara de enterarse—. Un momento, ¿ha dicho que la señora O’Malley está organizando el velatorio? ¿El juez no tenía familia?

—Nadie que se preocupe lo suficiente como para darle una despedida digna —comentó otra mujer—.

Se casó hace años. De hecho, esa otra mujer fue la que hizo que el juez rompiera su relación con Lolly.

Se casó con la mejor amiga de Lolly de forma totalmente inesperada.

Ya falleció. —Se santiguó—. Que Dios tenga en su gloria el corazón de esa zorra.

—Beth —dijo la otra mujer.

—Bueno, es verdad. Fue hace cincuenta años, pero no estoy segura de que Lolly se lo perdonara nunca al juez. Claro, fingían ser amigos, y ella está organizando su velatorio. Es una persona decente. Pero él no se merecía su amistad.

—¿Qué se dice cuando las cosas te vuelven? —preguntó una de las mujeres.

—¿Karma? —sugirió Lizzie.

—Exacto —dijo la mujer—. Aunque eso tendría que contarlo Lolly.

Bueno, un amor despechado siempre era un buen motivo.

Incluso si el asesinato ocurría décadas después del hecho.

Me costaba aceptar esa posibilidad, pero ¿podría Lolly haber asesinado al juez? ¿Y acaso su nieto la estaba encubriendo?