13
Lizzie y yo estábamos en la sala de interrogatorios. Mi hermana abrió la boca, la volvió a cerrar y luego se giró hacia mí.
—Alguien dejó esto para nosotras, ¿y no me lo dijiste? —Estaba furiosa conmigo.
—Yo… Eh…
—Si estás intentando protegerme, deja de hacerlo. ¿Me oyes? —Su voz se volvió estridente—. Te dije que tenía la sensación de que alguien me estaba observando cuando volví a casa. Deberías haberme contado lo de la carta.
—Un momento, ¿alguien la estaba observando? —intervino Kieran.
—Sí —respondió ella—. Y nunca había visto ese papel antes.
—Se usa en su tienda —dijo él, y luego sacó el papel que había en la otra funda. Era una carta de mi abuelo a uno de sus proveedores. La sostuve a contraluz y encontré la misma marca de agua.
Lizzie se enrolló un rizo en el dedo. Solía hacerlo cuando meditaba sobre algo. Luego negó con la cabeza.
—A ver, tal vez sea el mismo tipo de papel, pero ¿por qué iba a escribirme a mí misma una nota amenazante? —inquirió.
El inspector se reclinó en su silla y nos observó con atención.
—Quizá porque ha cambiado de opinión sobre Shamrock Cove y echa de menos su hogar. —Dejó la frase en el aire. Luego nos miró alternativamente.
—Debe estar bromeando —dije, enfadada—. ¿Qué somos, niñas de doce años?
Si mi hermana quisiera volver a casa, y estoy planteándomelo seriamente ahora mismo debido a su constante acoso, diría: «Vámonos a casa».
¿Cómo se le ocurre acusarnos de andarnos con jueguecitos?
¿Y por qué iba a darle la carta si pensara que podría implicar a mi hermana?
Empiezo a dudar de sus habilidades como agente de la ley.
—Vale, eso no venía al caso, pero estaba furiosa.
—Quizá le gustaría intentar verlo desde mi punto de vista —dijo el inspector, inclinándose hacia delante—.
Desde que llegaron, el juez fue asesinado, alguien intentó entrar en la casa de la víctima y usted afirma que alguien les envió esto, pero es del papel que se usa en su tienda.
Si está intentando representar uno de sus pequeños misterios…
Odio cuando los hombres minimizan el trabajo de las mujeres llamando «pequeño» a lo que hacemos. Uf. Además, acababa de decirnos que el juez había sido asesinado. Yo ya lo sabía, pero estaba bien tener la confirmación.
—Un momento —dije—. ¡Cómo se atreve! ¿En serio? Tiene razón. No nos conoce. Mi hermana y yo no hemos hecho más que intentar ayudarlo con su investigación.
»No podemos explicar lo del papel porque no teníamos ni idea de que estuviera en la tienda. No matamos al juez. Le vuelvo a preguntar, ¿dónde está el motivo? Apenas conocíamos al hombre, y fui yo quien intentó salvarle la vida.
»No sabíamos que era alérgico al marisco ni que tenía problemas cardiacos. Va muy mal encaminado, inspector. Si vuelve a acosarnos a mi hermana o a mí, lo denunciaré a todas las autoridades posibles.
»Espere. ¿Cómo consiguió esa factura del proveedor? ¿Entró en la tienda sin una orden de registro? De verdad que va a costarle el puesto.
No podía creer que hubiera dicho eso. Era el tipo de cosas que decían las personas privilegiadas cuando hacían algo malo y no les gustaba que se lo recriminaran.
Pero ese no era el caso. Quizá estaba cansada, pero me fastidiaba que pensara que intentaríamos hacer algo así para llamar la atención.
Creía que habíamos hecho algunos progresos.
Para ser sincera, me caía bien. Pensaba que nos estábamos haciendo amigos.
Había que reconocer que el inspector mantuvo la calma.
—¿Ha terminado?
—Por ahora —refunfuñé.
—El papel era de otro incidente relacionado con su abuelo.
—¿Qué tipo de incidente?
—Un robo en su tienda —respondió.
—Me gustaría ver el expediente. ¿Es algo a lo que debemos prestar atención? ¿O alguien?
—Es un caso abierto…
—Tiene que estar… —gruñí. No pude evitarlo.
Lizzie volvió a ponerme la mano en el brazo.
—Kieran, ¿le importa que le llame así? —preguntó Lizzie.
—No, está bien —respondió.
—Mi hermana no escribe pequeños misterios.
Ha vendido millones de libros en todo el mundo.
Esa cifra podría estar acercándose a los miles de millones.
En los pocos momentos libres que tiene, se documenta, asiste a clases o colabora con los cuerpos de seguridad para que sus personajes sean lo más auténticos posible.
Es muy buena en lo que hace y es mucho mejor detective que la mayoría de los profesionales.
Vinimos aquí para alejarnos de una situación dramática.
Para alejarnos de los recuerdos dolorosos.
Y usted, señor, lo está dificultando con sus constantes juicios y acusaciones hacia mi familia.
—Lizzie… —intentó interrumpirla.
—Haga su trabajo. —Mi hermana levantó la mano—. Usted ha dicho que el juez fue asesinado. Encuentre al asesino, pero déjenos al margen. Llevamos aquí menos de una semana. No puedo explicar el papel, aunque mañana lo buscaré en casa y en la librería.
—¿Y qué hay de Brenna? —interrogué—. Le entregamos esa prueba. Iba a tirarla y largarse. Piense, hombre, piense.
—Y en el futuro, si necesita hablar con nosotras, puede hacerlo a través de nuestro abogado —intervino de nuevo mi hermana—.
Ya no es bienvenido en nuestra casa. La sola idea de que pudiera acusarme de tal cosa…
Necesita hacer mejor su trabajo. Los agentes como usted deberían tener instinto para juzgar a las personas.
Y es obvio que carece de talento en ese sentido.
Lo digo en serio. Con solo que me mire mal a mí o a mi hermana, le echaré encima no solo a un abogado, sino a varios.
Estoy harta. —Se levantó y me hizo un gesto para que nos fuéramos.
Nunca la había visto así. Me quedé boquiabierta por un momento, hasta que también me levanté.
La seguí fuera y no dijimos ni una palabra hasta que estuvimos dentro del número tres. Entonces se sentó en los escalones al lado de la puerta y se encogió sobre sí misma.
—¿Estás bien?
Sus hombros se sacudían arriba y abajo. Pensé que estaba llorando. Cuando levantó la cabeza, vi que estaba sonriendo.
—¿Has visto su cara? No creo que vuelva a meterse con nosotras.
—Se reía tanto que apenas podía articular palabra—.
¡Qué bien me ha sentado! Es como si toda la ira que llevaba meses acumulando dentro de mí hubiera salido de golpe.
Ah, y cuando ha dicho «pequeños misterios», casi le doy un puñetazo en la cara. Qué descaro.
Me senté y la rodeé con los brazos.
—Me alegro de que te rías. Sé que no quieres que te mime, pero te prometo que reservaré el próximo vuelo si quieres volver a casa.
—No. —Resopló—. No dejaré que ese hombre nos eche de aquí. No ganará. ¿Me entiendes? Cómo ha podido ocurrírsele que podríamos ser tan falsas, si le abrimos las puertas de nuestra casa. Bueno, está a punto de descubrir que no puede meterse con las McCarthy.
—Esta no es la reacción que esperaba —dije.
—Me ha sacado de quicio cuando ha dicho eso sobre tus libros y ha insinuado que estábamos intentando representar un misterio de la vida real. Retiro lo que dije.
—¿A qué te refieres? —Fruncí el ceño.
—A lo de investigar la muerte del juez. Ese hombre no va a ser capaz de resolverlo por su cuenta.
—A ver, no soy su mayor admiradora, pero tiene mucha experiencia. Ha trabajado con varias agencias policiales. Lo investigué.
—¿Y no te has preguntado por qué ha trabajado en tantas? —Arqueó una ceja—. Quizá no sea demasiado bueno en lo que hace y lo despiden continuamente.
No le faltaba razón.
—Yo no soy detective —observé—. Y tú tampoco.
—Es cierto, pero escribes sobre una muy inteligente. Así que seguiremos las pistas como ella. Tendremos que hacerlo si queremos limpiar nuestro nombre.
—No será para tanto —dije.
—Ya, ¿has visto las caras de nuestros vecinos? —Se mofó—. Qué bochorno. Hablemos mañana con Lolly y pongámosla de nuestro lado. Parece tener la cabeza bien puesta.
—Cierto. ¿Estás segura de esto? —Seguía teniendo mis sospechas sobre Lolly, pero decidí no expresarlas por el momento.
—¿De investigar? Sí, pero debemos tener cuidado, Mercy. No podemos dejar que la gente sepa lo que estamos haciendo. Ya has oído lo que ha dicho el inspector. Alguien ha asesinado al juez. Y lo ha hecho con mucha astucia. Debemos tener cuidado.
—De acuerdo —dije—. ¿Por dónde quieres empezar?
—Empecemos mañana por la mañana en la tienda. Tenemos que averiguar de dónde salió ese papel. He registrado cada rincón y no recuerdo haberlo visto. Pero podemos volver a mirar. Se supone que hay otra puerta secreta aquí, en la casa, que aún no hemos encontrado. Quizá esté guardado allí.
—Un momento, acabo de recordar algo.
La dejé en las escaleras y fui a buscar la carta que nos había escrito nuestro abuelo. La había guardado en el cajón de mi escritorio. Era tal y como sospechaba.
Llevé la carta a las escaleras.
—Es el mismo papel —dijo Lizzie.
Asentí con la cabeza.
—No lo entiendo. ¿Por qué iba alguien a tomarse la molestia de usar su papel?
—Porque están haciendo todo lo posible por señalarnos como culpables. Piénsalo. Tenían que saber que llevaríamos esa carta a la policía. A lo mejor sabían lo del robo y que la policía establecería la conexión.
—Eso es muy rebuscado —replicó, negando con la cabeza—. ¿Escribirías eso en uno de tus libros?
—No. Tienes razón. Pero no puedo evitar sentir que todos estamos siendo manipulados por los intereses de alguien. Lo que sea que esté sucediendo ha sido planeado desde hace mucho tiempo. Y nosotros somos peones.
—Estoy de acuerdo. He sido un poco borde con el inspector —dijo Lizzie.
—Si le pides disculpas, nunca te lo perdonaré. Está siendo ridículo. Sí, algunas cosas apuntan hacia nosotras. Lo único en lo que ha acertado ha sido en que intenté entrar en la casa del juez. Pero en realidad no lo conseguí, y esos vaqueros los tiré a la basura hace días.
Lizzie se rio.
—¿Estás segura de que no quieres regresar a Texas? —le pregunté—. Podemos hacer las maletas y marcharnos por la mañana.
—No —dijo, arrugando el rostro—. Me he dado cuenta de algo en el pub esta noche.
—¿De qué?