Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 12 #3
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—Soy un poco obsesiva con lo que hago en mi tienda.

Tengo problemas de control en los temas relacionados con el trabajo, por eso lo mejor es que sea mi propia jefa.

Pero no tengo nada en contra de los gais.

De hecho, este mes de junio sí que prepararé un arcoíris de lana.

He pedido colores especiales solo para el escaparate.

Rob es de esa clase de personas que guardan rencor y, además, le gusta salirse con la suya.

Te prometo que no hay ningún mal rollo entre él y yo, ni entre tú y yo.

Me gusta ser amiga de todo el mundo. El mundo ya es lo bastante duro.

—No podría estar más de acuerdo. Es solo que… alguien te vio discutiendo delante de la librería y… Lo siento, Linda.

—No hace falta que te disculpes, querida. Eres nueva. Pronto descubrirás la verdad sobre nuestro grupo. Hazte un favor y nunca te pongas a malas con Rob. Es un hombre rencoroso.

Tenía que admitir que había visto ese comportamiento en Rob. Linda, sin embargo, no había sido más que amable conmigo.

—Espero que, cuando vea lo que he diseñado para mi escaparate de junio, me perdone por lo del año pasado. Ven, te invito a unas patatas fritas —dijo. Y así lo hizo.

—Apuesto a que te alegras de tener a Dave en casa —le dije mientras esperábamos la comida.

—Siempre —respondió ella—. Sin embargo, viajar es una parte necesaria de su trabajo. Tiene que ir donde están los clientes. A veces me siento sola cuando se va unos cuantos días, pero tengo mis novelas románticas para entretenerme.

—¿Se lleva bien con todo el mundo? —Era una pregunta atrevida, pero tenía que hacerla.

Sin embargo, ella se rio.

—Mejor que yo —respondió—. Ayudó al juez con sus impuestos y a toda la gente de la plaza en algún momento con sus temas económicos. Es fácil llevarse bien con mi Dave, y es un encanto. —Sonrió con cariño a su marido.

Pero Dave le dirigió una mirada extraña.

« Qué raro ». Y desde luego no era una mirada cariñosa. Quizá estuviera enfadado con su mujer por algo, pero era evidente que no estaban en la misma onda. Si estaba en lo cierto sobre Dave, esperaba que Linda no estuviera también en peligro.

En la siguiente ronda quedamos segundos, pero obtuvimos la mayor puntuación global. Nuestro premio fue una cesta gratuita de patatas fritas y pintas para la mesa.

Eran alrededor de las nueve y media cuando por fin nos dirigimos a casa. Ya no bebo mucho, así que estaba algo achispada. Sentía como si mis hombros hubieran bajado varios centímetros. Eso no era necesariamente algo malo. El último año había sido muy estresante y no había tenido mucho tiempo libre.

Cuando llegamos a la verja del número tres, encontramos al inspector en el porche.

—¿Ha pasado algo? —le pregunté.

—Señora McCarthy, necesito que me acompañe a la comisaría —dijo.

—Sea lo que sea, puede preguntármelo aquí —repliqué.

—Mercy, no estoy hablando con usted —dijo—. Lizzie, ¿me acompaña, por favor?

A mi alrededor se oyeron exclamaciones de sorpresa y, al mirar, descubrí que nuestros vecinos nos observaban.

—No sé qué cree que ha pasado, pero Lizzie no tiene nada que ver —argumenté.

Estaba enfadada con ese tipo. En un abrir y cerrar de ojos pasaba de ser amable a acusarme.

—Estoy bien, Mercy —dijo Lizzie, poniéndome la mano en el brazo—. Solo quiere hablar. ¿Verdad, inspector?

—Sí, señora McCarthy.

—¿Seguro que no quiere entrar a tomar un café? —le preguntó.

—No, tendremos que hacer este interrogatorio de manera un poco más formal.

—Vaya usted delante —dijo Lizzie, frunciendo el ceño.

—Voy a llamar a nuestro abogado. No digas nada hasta que hable con él.

Lizzie se encogió de hombros, pero siguió al inspector.

—¿No puedes hablar con él? ¿Por qué nos acosa a mi hermana y a mí? —le pregunté a Lolly, que seguía en la calle. Ella le lanzó una mirada fulminante a su nieto, por lo que le quedé muy agradecida.

—Seguro que tiene sus razones, pero prometo hablar con él. —Lolly le frunció el ceño a su nieto—. Lo que quiera de ella podría haber esperado hasta mañana por la mañana. Es muy tarde.

Dejé al grupo boquiabierto detrás de mí y seguí a mi hermana hasta la comisaría. El abogado aún no había contestado, así que le dejé un mensaje. Después de los últimos días, lo más probable era que se hubiera hartado de mis llamadas desesperadas.

Le dejé un mensaje a voz en grito en el que puede que mencionara que las autoridades locales nos habían estado acosando sin parar.

—Mercy, para —rogó Lizzie.

Estaba con ella en la sala de interrogatorios. El inspector entró con unos papeles dentro de fundas de plástico.

—Seremos rápidos —dijo—. Pero hay algo que necesito que me aclare.

—Haré todo lo que pueda para ayudar —contestó Lizzie.

—Aunque ella responderá «sin comentarios» hasta que hable con nuestro abogado —añadí.

—Está en su derecho, y quizá sea bueno que estén aquí las dos. No me gustan demasiado los juegos y creo que han estado intentando jugar conmigo desde que llegaron. Tienen suerte de que no las haya arrestado a las dos por interferir en una investigación policial. —Su voz era áspera, casi enfadada.

—Ninguna de las dos está jugando a nada. —Resoplé—. Quizá debería empezar por decirnos de qué está hablando.

Puso dos hojas de papel en fundas de plástico sobre la mesa.

—Quizá, Lizzie, podría explicar por qué esta carta amenazante, la que su hermana dice que metieron en el buzón de madrugada, fue escrita en papel que se usa en su tienda.

Mi hermana dio un grito ahogado y se puso muy pálida.