Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 12
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Mi hermana no solía ser muy dramática, y yo estaba preocupada. Me levanté de un salto. Abrí la puerta para salir corriendo hacia la librería y choqué con Lizzie. La golpeé tan fuerte que tuve que agarrarla para evitar que se cayera.

La cogí de la mano y la llevé dentro.

—¿Qué pasa? —le pregunté mientras la miraba de arriba abajo.

Ella cerró la puerta y luego hizo un gesto con la mano.

—Estoy bien, estoy bien. Te he enviado un mensaje cuando iba a marcharme y luego he sentido que alguien me observaba al salir. Por eso he vuelto corriendo.

Yo había tenido la misma sensación.

—Como cuando se te erizan los pelos de la nuca, pero no hay nadie cerca. Es extraño. Creo que me he asustado después de todo lo que nos contó Brenna.

No quería asustarla diciéndole que yo había sentido lo mismo antes.

—Sí que da miedo. ¿Estás segura de que no había nadie por allí?

Ella negó con la cabeza.

—Hasta que he llegado a nuestro jardín no he dejado de tener esa sensación. ¿Crees que tal vez hay más puertas o ventanas secretas o algo así? ¿Quizá alguien me estaba vigilando? Parezco una loca.

—Para nada. —Me reí entre dientes—. Conociendo este lugar, probablemente haya varios accesos secretos. Pero estás sana y salva y en casa. Cuéntame a qué te referías con tu mensaje, ¿qué ha pasado?

Me siguió a la cocina, donde se lavó las manos y se puso el delantal. Luego empezó a preparar la comida. Iba sacando los ingredientes y cortando verduras; no tenía ni idea de cómo lo hacía de forma tan automática. Era algo natural para ella.

—Scott se ha ido a Dublín, pero antes se ha pasado por la tienda. Quiere que vayamos al Trivial del pub esta noche. Ha dicho que no hay ningún evento más importante en el pueblo y que es una forma estupenda de conocer a la gente.

No me gustaban demasiado ese tipo de juegos, aunque no se me daban mal. Sabía un poco de muchas cosas diferentes. Pero no era una experta en nada.

—Tu mensaje daba a entender algo más que eso.

—Bueno, cuando se marchaba, se ha encontrado con Linda. Se estaban señalando con el dedo y gritando muy fuerte en medio de la acera.

—¿Has oído lo que decían?

Lizzie negó con la cabeza.

—Tenía algunos clientes a los que atender antes de cerrar. Lo único que he oído ha sido comida y secretos . ¿Crees que tiene algo que ver con el juez?

—Ni idea —respondí, encogiéndome de hombros—. ¿Necesitas ayuda con algo?

Echó las verduras que había estado cortando en una olla grande y me miró por encima del hombro, poniendo una cara graciosa.

—No te ofendas, pero sin ti voy más rápido.

—Qué cruel.

Nos reímos.

—Estoy haciendo una sopa de verduras. Es una receta de mamá.

—Me encanta la comida casera —dije—. Pero ¿a qué le estás dando vueltas en realidad?

Después de añadir el caldo, las especias y el agua, removió el contenido de la olla. Mi hermana cocinaba las recetas de nuestra madre cuando estaba disgustada por algo, por eso había engordado unos cinco kilos en los últimos seis meses.

—Todo este asunto de que uno de nuestros vecinos pueda ser un asesino me está afectando —dijo en voz baja—. No tanto como para querer dar media vuelta y volver a casa, pero lo suficiente como para sentirme incómoda.

»Seguro que tú estás acostumbrada a mirar por encima del hombro y prestar atención a todo lo que hay a tu alrededor en la ciudad.

Y, a decir verdad, es conveniente ser así.

Pero yo me siento incómoda. Como un poco inquieta.

Aquí todo es diferente. Incluso el idioma, hasta cierto punto.

Asiento mucho con la cabeza en la tienda, pero a veces no acabo de entender lo que dicen los clientes…

Eso es algo que ni siquiera se me había ocurrido.

Estoy haciendo eso de lo que siempre hablas cuando escribes…

—¿Vomitar palabras? —Sonreí.

—Es una expresión asquerosa, pero sí. Te cuento todo esto porque mi terapeuta me dijo que tenía que contártelo cuando me sintiera mal, y así es. Me siento muy mal. Pero no estoy…

—Como antes —terminé yo.

Trazó una marca de visto bueno en el aire con el dedo.

—Abrumada. Así es como me siento. Creía que las cosas serían mucho más fáciles una vez que nos instaláramos, pero supongo que todavía nos estamos adaptando. Necesito recordármelo.

Finalmente, mi hermana había empezado a tomar conciencia de la mudanza. Antes solo estaba ansiosa por dejar atrás sus recuerdos en Texas. Me preguntaba si le llevaría un tiempo darse cuenta de la enormidad de lo que significaba dejar el hogar que amaba para emprender una nueva aventura.

—Podemos volver a casa en cualquier momento —le dije en voz baja—. Solo tienes que decirlo y yo me encargaré de todo.

—No. —Se dio la vuelta y se recostó contra el fregadero—. No me lo pongas tan fácil. Necesito que dejes de hacer eso. Tomé esta decisión contigo, y no me arrepiento. Eso es lo que intento decirte.

»Por muy aterrador y diferente que me parezca todo ahora mismo, sigo sin arrepentirme de haber venido.

Ni siquiera lo del juez me ha desanimado.

Me encanta estar aquí. ¿Es más difícil de lo que pensaba?

Sí. Pero la gente, en su mayoría, es encantadora.

Y el lugar… Me encantan nuestras amplias llanuras de Texas, pero no hay comparación con la belleza de Shamrock Cove.

»Me encantan nuestra casa y el jardín. Esta mañana he dado un paseo hasta el mar. El mar. ¿Te lo imaginas? He estado tanto tiempo alejada del mar que no tenía ni idea del poder que ejercía sobre mí.

—A mí me pasa lo mismo con el agua —le dije.

—Y me encanta la librería, de verdad. No sé cómo expresar lo mucho que me gusta. Desde el jardín de hadas hasta las puertas secretas, este lugar es mágico. No podría sentirme más feliz de estar aquí. Hoy me he dado cuenta de que nosotras…

Se abrazó el estómago. Quería acercarme a ella y darle un gran abrazo, pero tenía la sensación de que necesitaba expresar lo que fuese que tuviera dentro.

—Nos marchamos de allí, pero los recuerdos siguen aquí. —Se llevó la mano al corazón—. Ha entrado en la tienda una chica joven que se parecía a Audrey. Tanto que me ha dejado sin aliento.

Ahora era yo quien sollozaba. Audrey era la hija de su prometido, John. Era una chica brillante y hermosa, y yo la adoraba. Todavía no podía creer que ya no estuviera en este mundo.

—Estoy triste y lo siento. Has hecho mucho para que llegáramos hasta aquí.

—Basta —le dije—. Tienes derecho a sentir lo que sientes, Lizzie.

Citando a tu médico: has pasado una guerra.

Y siempre habrá algo que nos transporte a los peores momentos de nuestra vida.

Y esas heridas pueden tardar mucho tiempo en sanar.

No puedo imaginarme no echar de menos a mamá.

Todavía cojo el teléfono para llamarla por tonterías.

Y tú has perdido al hombre de tus sueños.

Un tipo tan perfecto que me hizo creer que quizá haya hombres buenos en el mundo.

—Los hay, Mercy. Pero no los que tú eliges. —Sonrió para suavizar sus palabras, pero no se equivocaba.

Nos reímos.

—Le estás predicando a una conversa, hermana. Pero lo digo en serio. Si te hace más feliz volver a casa, eso es lo que haremos. A partir de ahora, ese será nuestro objetivo. Nuestra felicidad es lo que importa.

—No —dijo, negando con la cabeza—. El objetivo debería ser seguir adelante con la vida, no huir cuando las cosas se ponen difíciles. Recordar y amar a aquellos que hemos perdido, pero sabiendo que ellos querrían que siguiéramos adelante.

Tenía razón.

—Entonces, dime qué quieres.

—Quiero que dejes de tratarme como si fuera de cristal, pero también quiero que dejes de buscar al asesino del juez. Mis nervios no pueden soportarlo. No puedo perderte, Mercy. Eres todo lo que me queda. Ya está. Lo he dicho en voz alta.

No le recordé que había dicho lo mismo antes.

—Puedo decir con toda sinceridad que ahora mismo no estoy investigando activamente la muerte del juez —afirmé—. Estoy ocupada escribiendo.

No le hablé de la carta ni de que las pistas y las pruebas seguían llevando a nuestra puerta. Ni del hecho de que, por proceso de eliminación, había reducido la lista de sospechosos a Dave, Linda, Mattie y su madre, Lolly y Rob. Dave era el sospechoso más probable; había algo raro en él.

De hecho, solo había hablado con él unas pocas veces, pero las personas desprenden vibraciones, y las suyas eran de falta de sinceridad y algo más que no podía definir.

No podía explicar exactamente por qué, pero era lo que me decía mi instinto.

Por suerte, en ese momento se encontraba fuera de la ciudad, así que sentía que estábamos seguras.

—Uf, genial. Ahora, voy a lavarme y cambiarme. Iremos al pub después de cenar.

—No recuerdo haber aceptado ir al pub . Todavía tengo que escribir esta noche.

—Venga, solo serán un par de horas —dijo, poniendo morritos—. Es una oportunidad para conocer a gente que no sea de la plaza. No quiero ir sola. Porfa, no me dejes colgada.

—Vale. —Suspiré—. Pero solo porque he terminado de revisar la primera mitad del libro y estoy escribiendo nuevas páginas.

—¡Yupi! —Aplaudió—. Voy a prepararme. La sopa estará lista en media hora.

Después de cenar, nos dirigimos al Crown and Clover. El local estaba abarrotado, pero Rob y Scott nos hicieron señas para que nos sentáramos en su mesa, donde también estaba Lolly. A unas mesas de distancia, Linda y su marido, Dave, discutían sobre algo. Estaban sentados con otro grupo de personas.

Se me encogió el estómago cuando vi a Dave. «Supongo que ha vuelto de Dublín » .

—¿Qué queréis? Voy yo a buscaros las bebidas —se ofreció Scott.

Mi hermana y yo pedimos Black and Tan, una pinta con la mitad de cerveza rubia y la mitad de cerveza negra.

—¿Qué le pasa a Linda? —le pregunté a Rob—. He oído que antes se había peleado con Scott.