10 #2
Abrí la boca, pero él levantó una mano.
—Por ahora, solo tengo los resultados parciales del análisis toxicológico.
Pero sí tenía niveles elevados de ciertas sustancias en el cuerpo.
Cualquiera de ellas podría haberlo matado.
El patólogo forense aún no ha terminado.
Podría tratarse de una mezcla de esos… elementos.
Así que la verdad es que no puedo decir con certeza qué lo mató.
Lo más probable es que tardemos unos días más en saberlo.
—Pero ¿me crees? —preguntó ella. Luego, se sorbió la nariz. No fingía nada. Le preocupaba ir a la cárcel.
—Sí. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Brenna. Sé que no lo mataste. Como ha señalado la señora McCarthy, podrías haber tirado la botella y no nos habríamos enterado. No has hecho más que ayudarnos con nuestra investigación.
Ella respiró hondo, temblando.
—Si las pruebas revelan algo sobre la alergia, sabremos que fue premeditado —señalé—. Y que alguien pretendía incriminar a Brenna.
—En efecto —coincidió él, reclinándose en su silla. Luego, se frotó el mentón.
—Entonces, puede que no esté segura. ¿Y si el asesino decide limpiar sus huellas? ¿O intenta hacer que parezca que Brenna se suicidó porque se sentía culpable?
—Oh, no —exclamó Brenna.
El inspector frunció el ceño y después me miró pensativo.
—Esta no es una de sus novelas —observó.
—Ojalá lo fuera —dije—. Entonces, sabría quién es el asesino. Y, para que conste, no deja de decirme que este lugar es seguro, pero ahora puede que tengamos a un asesino en la plaza.
Lizzie se estremeció.
—Esto es lo que vamos a hacer —decidió él—. Brenna, ve a Dublín y luego, a Bali. Por favor, no regreses hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?
Ella asintió.
Me pareció una actitud muy comprensiva por su parte. Tenía la sensación de que, si fuera yo quien estuviera en esas circunstancias, me encerraría y tiraría la llave.
—Ustedes dos deben guardar silencio sobre todo lo que han descubierto esta noche. —Nos señaló a mi hermana y a mí—. ¿Serán capaces?
—No se me da muy bien mentir —gritó Lizzie—. Perdón, perdón. Es que esto es… demasiado.
—Cierto —dijo él—. Pero, señora McCarthy, su vida y la de su hermana dependen de que guarden silencio sobre todo lo que han oído esta noche. No podemos revelar que sabemos lo de las gambas. El asesino no puede saber que le seguimos los pasos. ¿Lo entienden?
Lizzie asintió.
—Brenna, quiero que cierres la casa con llave y me des tu llave. Te llevaré a Dublín y te cuidaré las plantas y el jardín.
—Gracias —dijo, tragando saliva—. Me sentiré mejor así. Pero ¿no están en peligro todos los vecinos? Conozco a la gente que vive aquí desde hace años. ¿Por qué ahora?
El inspector miró a Lizzie, luego a mí y después a Brenna.
—Excelente pregunta.
Después de que se fueran a buscar las maletas de Brenna, volví a la cocina. Lizzie seguía limpiando el mismo sitio de la mesa.
—¿Estás bien? —le pregunté, y le quité el paño.
—Creía que al venir aquí las cosas serían… menos complicadas —confesó. Se le habían formado pequeñas arrugas alrededor de los ojos. Estaba agotada.
—Creo que lo complicado nos persigue —dije.
—Quizá te persiga a ti —dijo ella—. Mi vida era muy sencilla antes… Creo que no la apreciaba lo suficiente. Da miedo pensar que alguien de nuestro entorno pueda ser un asesino. —Se abrazó el estómago con un brazo.
—Al menos, Kieran no cree que seamos nosotras.
—Sé que la gente de la plaza no cierra con llave, pero ¿te importa que nosotras sí cerremos? —preguntó.
—Guapa, he vivido en Manhattan los últimos quince años, siempre cierro con llave. Pero no te preocupes, Lizzie. No permitiré que te pase nada.
—Lo sé. —Sonrió—. ¿Vas a dejar de investigar? Sea quien sea, va en serio. No quiero que nos pongas en el punto de mira.
—Estoy segura de que el inspector lo tiene todo bajo control.
—No has respondido a mi pregunta.
—No te voy a mentir, Lizzie. Cuanto antes descubramos quién ha sido, más seguras estaremos.
Ella abrió la boca, pero yo levanté una mano.
—Te juro que seré discreta y que no nos pondré a ninguna de los dos en peligro.
Además, estaré ocupada durante los próximos días después de la llamada de Carrie.
Tengo que quitarme el sombrero de detective aficionada y volver a ponerme el de escritora por ahora.
Aparte de eso, nos enfrentamos a una persona muy astuta.
Lo del aceite…, ¿a qué tipo de persona se le ocurre algo así?
—A un asesino. —Suspiró.
—A alguien que pensó en cada detalle de esa fiesta y utilizó a Brenna.
—Si sigo dándole vueltas, voy a…
La abracé con fuerza, y ella me devolvió el abrazo.
—No nos pasará nada. —Me aseguraría de ello.
—Bueno, me voy a la cama. ¿Te encargas tú de cerrar?
Asentí con la cabeza.
Lizzie se dirigió a la planta de arriba. Después de cerrar con llave y apagar las luces, me fui a mi despacho.
Estaba demasiado agitada para dormir, pero no conseguía concentrarme en mi novela.
Cogí el cuaderno en el que había volcado todo lo relativo al caso. Anoté todo lo que habíamos averiguado esa noche gracias a Brenna. En mi mente se arremolinaban las posibilidades de quién podría ser el asesino.
Entonces recordé que habíamos olvidado añadir a Matt a nuestra lista de sospechosos. Las rencillas familiares eran profundas. No podía imaginar al guapo pero poco sociable Matt matando a su abuelo, pero ¿quién sabe?
Y necesitaba ver esos informes sobre lo que había en el organismo del juez. Tenía amigos en Nueva York que eran expertos y podrían ayudarme a descifrarlos.
Debí quedarme dormida en mi escritorio, porque un ruido extraño me despertó varias horas más tarde. Después de despegar la cara del teclado, me dirigí a la ventana.
Afuera estaba oscuro, excepto por los focos solares del jardín, y no vi a nadie.
Quizá lo había imaginado o soñado. Había estado teniendo sueños extraños en los que me perseguían por un bosque.
Cogí mi teléfono de la mesa para mirar la hora. Eran las tres de la madrugada. Solo había dormido unas pocas horas. Fui a comprobar las puertas una última vez antes de irme a la cama.
No me molesté en encender las luces. No quería arriesgarme a despertar a Lizzie. Entonces resbalé sobre un trozo de papel que había en el suelo junto a la puerta principal. Debían haberlo introducido a través de la ranura del buzón.
Volví a revisar la puerta trasera y luego llevé el papel a mi despacho para leerlo con luz.
Estaba escrito a máquina y el papel era de buen gramaje.
Pero fue lo que estaba escrito lo que me dio que pensar.
Sé lo que hiciste. Te haré pagar por ello.
« Esto no pinta nada bien » .