10
Lizzie y yo nos miramos, y luego volvimos a mirar a Brenna. ¿De verdad había dicho que alguien intentaba inculparla de asesinato?
—¿Por qué no empiezas por el principio? —propuse—. Cuéntanos por qué crees eso.
—Os lo enseñaré —contestó, y sacó algo del bolsillo de su vestido. Era un pequeño frasco.
¿Era veneno?
—Creo que os dije que había estado trabajando en Dublín las últimas semanas. Regresé unas horas antes de vuestra fiesta.
—Recuerdo que lo mencionaste —confirmó Lizzie, mientras le rellenaba la taza de té y le pasaba la leche.
—Bueno, pues mañana tengo otra sesión fotográfica en Dublín, y no me dará tiempo a hacer las maletas para mi viaje a Bali, así que hoy he preparado el equipaje y la casa para mi partida.
—¿Y qué tiene eso que ver con tu viaje? —inquirí, señalando el frasco—. ¿Por qué crees que alguien pretende incriminarte?
—La versión corta es que me encanta cocinar cuando estoy en casa. Mi madre y mi abuela me enseñaron, y me encanta compartir esa comida con la gente.
—Hiciste el pollo piri-piri. Recuerdo que le pregunté a Lolly por él —dijo Lizzie—. Estaba buenísimo. Qué suerte tenemos de que a nuestros vecinos les encante cocinar.
Brenna le dedicó una sonrisa sincera.
—No hay mucho más que hacer aquí una vez que se pone el sol. —Levantó las manos—. No me malinterpretéis. Después de vivir tanto tiempo en grandes ciudades, me encanta estar aquí. Pero por eso conservé un pequeño apartamento en Dublín cuando me mudé a Shamrock Cove.
—No me estoy enterando —dije. Había sido un día largo y no era capaz de atar cabos.
—Hago aceites para cocinar. Mi abuela me enseñó que infusionar aceites con ciertos ingredientes ayuda a intensificar el sabor de los alimentos, sobre todo de las carnes.
—De acuerdo, hasta aquí te sigo —apuntó Lizzie—. ¿Usas aceite de oliva?
Brenna asintió.
—La cuestión es que pongo la fecha en las botellas porque los aceites especiales duran un mes, más o menos. Como me voy mañana, no quería que los aceites más viejos se estropearan mientras estoy fuera. Además, por motivos de higiene tampoco puedo volver a utilizar las botellas.
»Estaba a punto de tirar el aceite de ajo que utilicé para el piri-piri cuando me di cuenta de que algo no cuadraba. —Quitó el tapón del frasquito—. Oled esto.
Le pasó el frasco a mi hermana, pero yo me adelanté y se lo quité.
—¿Es tóxico? —pregunté.
—¿Sois alérgicas al marisco? —quiso saber Brenna.
Negamos con la cabeza.
—Huélelo. —Me hizo un gesto para que lo oliera, y lo olí rápidamente.
El ajo era tan intenso que me picaban los ojos, pero había algo más. Algo distintivo, como cuando alguien cocina gambas en casa.
—¿Qué te parece? —pregunté, pasándoselo a Lizzie.
Ella cerró los ojos y lo olió.
—Ajo y… gambas. Es una combinación extraña, pero ese pollo estaba delicioso.
—Excepto que se supone que solo debe llevar ajo —puntualizó Brenna.
Entonces me di cuenta.
—¿El juez era alérgico al marisco?
Brenna asintió con gravedad.
—Ay, no —dijo Lizzie—. Ostras…
Brenna se desplomó en su silla. Llevaba todo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Es posible que mi comida haya matado al juez —dijo—. Y no tenéis motivos para creerme. No me conocéis. Pero yo no lo hice. Os lo juro.
—Yo te creo —afirmé, reclinándome en mi silla.
—¿De verdad? —preguntaron Lizzie y Brenna al mismo tiempo.
—Lo siento —añadió Lizzie—. Pero, en realidad, no te conocemos. ¿Por qué has acudido a nosotras? Podrías haberlo tirado todo por el fregadero y haberte deshecho de la botella. Eso es lo que yo habría hecho.
Nos quedamos mirando a mi hermana.
—¿Qué? —Sonrió con aire burlón—. De hecho, es una forma brillante de matar a alguien si murió por la alergia. ¿Por qué iba a guardar las pruebas?
—Porque ella no lo mató y quiere descubrir quién lo hizo. ¿Verdad? —le pregunté a Brenna.
—Sí. Eso y que estoy segura de que alguien de la plaza lo asesinó.
No cierro la casa con llave cuando me voy.
Los vecinos me cuidan las plantas y el jardín.
Cualquiera podría haber puesto extracto de gamba en mi aceite.
Todos sabían lo que iba a preparar. Lolly envió por correo electrónico la lista para vuestra fiesta de bienvenida hace dos semanas.
—Entonces, fue premeditado, no un accidente. —Fruncí el ceño.
—Eso no se me había ocurrido —dijo Brenna, poniendo los ojos como platos—. Y, si alguien hubiera registrado mi casa, yo habría sido la culpable. El juez estaba convirtiendo mi vida en un infierno, y todos lo sabían.
Pensé en lo que Lolly había dicho sobre el jacuzzi de Brenna.
—Entiendo que estés disgustada, pero ¿no puedes explicárselo al inspector? —preguntó Lizzie—. Parece un hombre razonable. Bueno, excepto por el hecho de que sigue arrestando a mi hermana sin motivo, pero creo que eso puede ser porque le gusta.
—¿Qué? —preguntamos Brenna y yo al unísono.
—¿Por qué si no iba a esforzarse por pasar tanto tiempo contigo? —razonó Lizzie, encogiéndose de hombros.
—Tiene una forma muy curiosa de demostrarlo. —Me giré hacia nuestra nueva amiga—. Pero en una cosa coincido con Lizzie: no entiendo qué es lo que quieres de nosotras.
—He cambiado algunas cosas en el trabajo y he adelantado mi billete a Bali. —Suspiró Brenna—. Mi vuelo sale en seis horas. Os pido que guardéis el frasco y se lo deis al inspector cuando me haya ido. No sé qué pensará la policía, me preocupa que me culpen.
—Nos estás convirtiendo en cómplices. —Lizzie soltó un grito ahogado.
—No, no os haría eso —replicó Brenna, negando con la cabeza. Voy a dejar el frasco en un sobre en vuestro porche con instrucciones para que se lo entreguéis al inspector. Él no tiene por qué saber que hemos hablado. En la nota diré que vosotras dos erais las únicas en las que podía confiar.
—Pero, si nos pregunta si hemos hablado contigo, no podré mentir —objetó Lizzie—. Se me da muy mal mentir, pregúntale a mi hermana.
—Tiene razón. Y creo que lo mejor que puedes hacer es decirle la verdad.
Podrías haberte ido sin decirnos nada. Podrías haber tirado la botella en cualquier lugar de Dublín y nadie se habría enterado.
El hecho de que hayas decidido dar un paso al frente demuestra tu inocencia.
Además, estoy bastante segura de que pueden extraditarte desde Indonesia.
Y, si te vas sin decírselo, solo conseguirás parecer culpable.
—No se me había ocurrido verlo así. —Se frotó la frente—. Soy una mujer negra en Irlanda, debéis entenderlo. En Estados Unidos es aún peor, y…
—Te entiendo y te creo, Brenna —dije—. Pero creo que dar un paso al frente es la única opción.
Piénsalo. Si no hubieras sido tan cuidadosa con tus botellas, la policía podría haber encontrado ese aceite.
El verdadero asesino probablemente contaba con eso.
Y apuesto a que planeaba incriminarte de alguna manera para que registraran tu casa.
Al menos, si yo fuera el asesino, eso es lo que haría.
—Espera, espera —dijo Lizzie, levantando una mano—.
Ni siquiera sabemos si asesinaron al juez.
Nadie ha dicho nada al respecto ni sobre cómo murió.
Esa es otra razón por la que debes dar un paso al frente ahora.
Si fue por una reacción alérgica, entonces no anunciarías que tenías el aceite que podría haberlo matado, ¿verdad?
Brenna se frotó la frente con más fuerza. Debía estar muerta de preocupación.
—No sé qué hacer —reconoció.
—Podrías llevarte el frasco y fingir que nunca hemos tenido esta conversación, si eso es lo que quieres —dije, arrugando el rostro—. Nos has confiado algo y no nos conoces, pero te creemos. Haremos lo mejor. Pero no podemos mentir por ti. Lizzie tiene razón en eso.
—Pero, si tiro el aceite, la policía podría no saber que alguien lo colocó allí o que fue premeditado, como tú dices. ¿Y si el asesino viene a por mí? No sé, tal vez su intención era culparme, pero si lo estropeo…
—¿Podría intentar matarte?
Ella asintió.
Pensé que tenía razón.
—¿Estás segura de que fue alguien que vive en la plaza? —le pregunté.
—¿Quién más sabría de mis aceites o de que yo usaría el aceite de ajo para preparar el plato? Tiene que ser alguien de aquí.
—No me gusta la idea de que uno de nuestros vecinos sea el asesino —dijo Lizzie, haciendo una mueca—. Tenía muchas esperanzas de que fuera alguien a quien el juez hubiera puesto entre rejas.
Yo también, a decir verdad.
—Tengo una idea —dije—. ¿Confías en mí?
Brenna dudó, pero luego asintió con la cabeza.
Media hora más tarde, el inspector Kieran llamó a la puerta. Llevaba una caja con un pastel y una botella de vino.
—¿Lo ha visto alguien? —le pregunté.
—No creo. —Me miró con extrañeza—. ¿Piensa explicarme por qué me ha pedido que traiga un pastel?
—En un momento. Sígame.
Cuando entró en la cocina, se detuvo.
—¿Brenna? ¿Qué haces aquí? O sea, hola.
—Hola —dijo ella con voz queda.
—¿Alguien puede explicarme qué está pasando? ¿Y por qué he tenido que comprar un pastel?
—Queríamos que su visita pareciera informal —dije—. Como si se estuviera disculpando por no dejar de arrestarme.
—Nunca la he arrestado —objetó—. Solo la llevé a comisaría para interrogarla.
—Claro —dije—. Por eso tiene que creer que lo que voy a contarle es la verdad.
—Será mejor que se siente para escuchar esto —apuntó Lizzie—. ¿Quiere un poco de tarta o té?
Frunció el ceño y luego negó con la cabeza. Después de dejar la caja del pastel sobre la mesa de la cocina, se sentó.
—Díganmelo ya.
Se lo expliqué todo. Incluyendo por qué pensaba que Brenna había sido muy valiente al dar un paso al frente. Y que queríamos estar allí como testigos para ella.
Luego, le hizo a Brenna preguntas muy directas, que ella respondió.
—¿Eso es lo que queda? —preguntó, señalando el frasco.
Ella asintió.
—Vertí el resto en el fregadero —aclaró—. Hasta entonces no me di cuenta de que no olía como era debido. ¿Maté al juez? Necesito saberlo. Aunque no estoy segura de poder vivir con la culpa.
Una lágrima resbaló por su mejilla, y me impactó. Técnicamente, no era culpa suya. Pero yo me sentiría culpable si me hubiera pasado a mí.
—No puedo decirlo —respondió él.