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—A las ocho y media estaré durmiendo, pero ha sido un buen día —contestó sonriendo—.
La gente aquí es amable. Muchos de ellos son clientes habituales que vienen cada semana a por nuevos libros.
—Parecía muy satisfecha—. Hablando de nuestros nuevos vecinos, ¿te has fijado en cuánta gente hay por aquí con el pelo pelirrojo o castaño rojizo?
Es algo curioso que he observado hoy en los clientes.
A mí también me había llamado la atención. Imaginé que era un rasgo característico de los irlandeses.
—Por lo que tengo entendido, también hay una gran biblioteca —comentó—.
Es un pueblo muy lector. Y también tienen un montón de clubes de lectura.
Voy a hacer algo de marketing para atraer a esos clientes.
En una época en la que la mayoría de la gente lee en formato digital, es alentador que les guste tener libros en las manos, ¿no crees?
—Totalmente. —Estaba agradecida por las ventas de libros electrónicos, pero también por los que compraban mis libros de tapa dura y de bolsillo—.
Ah, eso me recuerda algo. —Dejé el tenedor, ya que tenía el estómago lleno, lo que significaba que había comido en exceso—.
Quizá quieras pedir más libros de la serie ¡Resuelve el misterio!
Nuestro abuelo solo tenía los dos primeros.
Supongo que mi nuevo amigo Liam volverá a por más.
—Claro. Quería preguntarte cómo sabías qué le gustaría leer.
—Es como yo. —Me encogí de hombros—. ¿Recuerdas aquellos libros de la colección En busca de tus pesadillas , en los que podías elegir tu propia aventura?
—Te encantaban cuando eras pequeña. Yo prefiero seguir una historia lineal. No me gusta saltarme partes —contestó.
—A mí me gustan las dos cosas —dije—. Pero también me gusta la idea de poder elegir la historia que quiero leer.
—Pero entonces volvías atrás y tomabas otras decisiones —apuntó—. Los leías de todas las formas posibles.
—Tienes razón —dije riendo—. Necesitaba conocer todos los desenlaces, que es una de las razones por las que escribo novelas de misterio.
Mi cerebro tiene que analizar todas las pistas y desenlaces antes de poder crear de verdad el libro que quiero escribir.
En todo caso, Liam necesita tener ese tipo de control sobre su destino. Aunque dudo que se dé cuenta.
—Ah, qué interesante. Déjame adivinar: su madre lo obliga a leer porque le preocupa que esté un poco atrasado.
—Lo has adivinado —dije, asintiendo con la cabeza.
—Entonces, has escogido libros en los que él pueda elegir la historia que quiera. ¿Y por qué libros con elementos fantásticos o fantasmales?
—Le encantan los videojuegos de fantasía y se le dan muy bien. Eso significa que le gustan la estrategia y la fantasía.
—Me encanta —dijo—. Tienes que enseñarme tus métodos.
—Te he oído hoy con los clientes. Ya lo haces —contesté riendo—. Les has preguntado qué género les interesaba y luego, cuáles eran sus otras aficiones.
—¿En serio? —preguntó, frunciendo el ceño—. No lo recuerdo.
—Eso es porque eres una persona amable y curiosa por naturaleza. —Sonreí—. Quieres saber cosas sobre los demás. Hoy parecías feliz.
—Supongo que sí. —Frunció los labios—. Me he dejado llevar por la emoción del momento. Estoy segura de que no será así todos los días, pero ha sido un respiro agradable de…
—La tristeza —terminé por ella.
Lizzie asintió y empezó a recoger los platos.
—Tú has cocinado. Ya friego yo.
Llamaron a la puerta.
Lizzie miró su reloj. Era uno de los antiguos Movado de mi madre, y le quedaba muy bien en la muñeca.
—Es tarde para recibir visitas. Espero que no sea el inspector, que vuelve para arrestarte. Ya me encargo yo de esto, ve a ver quién es.
Me dirigí a la puerta principal.
Había una pequeña ventana en la parte superior de la puerta que me permitía ver quién estaba fuera. La abrí. Era Brenna, y parecía preocupada.
—¿Va todo bien? —le pregunté mientras abría la puerta.
—Os traigo un regalo de bienvenida —dijo, y levantó una planta—. Y esto. —Mostró una botella de vino.
—Oh, gracias —dije—. Por favor, pasa.
Me costaba creer que fuera fotógrafa y no modelo. Era alta y guapa. Llevaba un vestido esmeralda y sandalias doradas de tacón alto.
Hacía un poco de fresco por la noche para llevar sandalias, así que la invité a pasar.
—Gracias, pero no me quedaré —dijo—. Es solo que…, no me conocéis, pero creo que necesito vuestra ayuda.
—Por supuesto —respondí. Mi curiosidad se despertó—. ¿Te apetece un té o un café? ¿O una copa de vino? —Levanté la botella que me había dado.
—No, gracias —dijo—. Pero ¿tienes tiempo para hablar un poco?
—Sí, pasa. —La llevé a la cocina.
—Oh, Brenna, qué alegría verte —dijo mi hermana cuando entramos en la cocina.
Se secó las manos con el paño que había junto al fregadero.
En el poco tiempo que había tardado en abrir la puerta, ya había recogido todo lo que había sobre la mesa—.
Estaba a punto de cortar un poco de tarta de manzana que nos ha hecho Lolly.
Me sentía llena después de la cena, pero también entendía la necesidad de mi hermana de dar de comer a la gente. Era parte de su forma de expresar amor. Ella y nuestro vecino Rob tenían eso en común.
—He traído esto para vosotras dos. Es de la que tengo en mi casa y que me está invadiendo la cocina. —Le entregó la maceta a mi hermana.
—También nos ha traído vino. —Le mostré la botella.
—No hacía falta que trajeras nada —dijo Lizzie.
Puso unos platos pequeños de postre sobre la mesa y sacó la tarta del horno. Luego cogió helado de vainilla del congelador.
No sabía que teníamos nada de eso en casa, o quizá ya me habría comido el helado. Soy terrible cuando me pongo a picotear mientras escribo.
—Nosotras comemos la tarta de manzana con helado. ¿Quieres tú también? —preguntó Lizzie.
—Nunca he probado la tarta así, pero sí —respondió Brenna. Había una alegría forzada en su voz.
Nos sentamos a comer.
Lizzie y yo observamos las manos temblorosas de Brenna mientras intentaba comer. Entonces mi hermana me lanzó una mirada.
Como gemelas, siempre habíamos tenido nuestro propio lenguaje y expresiones faciales. A mi madre la volvía loca.
Pero mi hermana solía ser la que se adentraba en conversaciones que podían resultar un poco delicadas, así que asentí en dirección a Brenna.
Lizzie negó con la cabeza.
Puse los ojos en blanco.
—¿Va todo bien? —le pregunté—. Es que te tiemblan las manos.
Brenna levantó la vista y se dio cuenta de que la estábamos observando con la máxima atención.
—Esperaba que no os dierais cuenta.
—Hace poco que nos conoces, pero puedes contarnos cualquier cosa —dijo mi hermana, poniéndole una mano en el brazo a Brenna. Tenía ese tono tranquilizador que hacía sentir a la gente que todo iba a salir bien.
—Creo que tengo un problema —dijo Brenna—. He acudido a vosotras porque, si me pasa algo, quiero que alguien lo sepa.
—¿A qué te refieres? —Fruncí el ceño.
—Voy a parecer una loca —respondió, hundiendo la cabeza entre las manos—, lo sé. Pero he oído que el inspector te ha interrogado y he pensado que quizá…
—¿Quizá qué? —pregunté.
—Que lo entenderíais. No me conocéis. Solo nos conocemos desde hace unos días, pero yo nunca haría daño a nadie. Soy incapaz. No me importa lo capullo que pudiera ser el juez.
—Hemos oído que no era precisamente un hombre agradable —apuntó Lizzie.
—Eso es decirlo con suavidad. Era un viejo cretino y yo tenía muchas razones para desearle mal. —Levantó las manos—. Pero yo no lo maté. El caso es que no sé a quién más acudir. Ya no sé en quién puedo confiar.
—Te ayudaremos en todo lo que podamos —afirmé, y lo decía en serio.
No la conocía bien, pero Brenna me había caído bien al instante en la fiesta. No me solía pasar eso con la gente. Aunque sentía lo mismo por Scott y Rob.
—Me alegro —dijo ella—. Porque creo que alguien está intentando inculparme de asesinato.