9 #2
Por mucho que irritara a Carrie, se había convertido en una gran amiga. Era diez años mayor que yo y la mejor editora que había conocido nunca. Gran parte de mi éxito se debía a su capacidad para empujarme a ser mejor escritora.
—Sí. Nos estamos instalando y alucinarías con esta casa. Tiene una biblioteca increíble. Nunca había visto nada igual. Hemos tenido un comienzo un poco difícil, pero Lizzie ha abierto hoy la librería. Parece más feliz de lo que la he visto en mucho tiempo.
—Pues qué buena noticia. ¿Por qué dices que ha sido un comienzo difícil?
Le conté lo que había ocurrido con el juez. Incluso le conté que había intentado investigar.
—Interesante y sorprendente —comentó—. Sería una gran historia, aunque no es tu tipo habitual de misterio. Y yo que pensaba que ya te habrías aburrido.
—No. No he tenido tiempo para aburrirme.
—¿Y cómo llevas lo de escribir?
Suspiré. Lo hacía a menudo.
—Solo han pasado unos días. Ayer estuve con el portátil, documentándome sobre algunas cosas.
Se hizo el silencio al otro lado del teléfono. Vale, eso había sido sobre el juez y los demás vecinos de la plaza. « ¿Por qué siempre se da cuenta de cuándo miento? ».
—Pero me pondré a escribir, y sabes que, una vez que me pongo, voy rápido. —Al menos, eso era algo a mi favor.
De nuevo, silencio.
—Si no cumplimos el plazo y tenemos que retirar el libro en el último momento…
—Lo sé, lo sé —dije, y lo sabía—. Te prometo que no seré uno de esos autores.
—La gente lo entenderá —dijo ella—. Tú y Lizzie habéis pasado por lo peor.
Pero tengo que hacerlo ahora. Si seguimos adelante y no puedes cumplir la fecha límite, las dos estamos fritas.
¿Lo entiendes? Tus cifras de ventas son fantásticas y el marketing está centrado en este libro, pero debo avisar ahora si no podemos cumplir con la fecha.
Exhalé un suspiro. Aunque no era una persona complaciente, no me gustaba decepcionar a mi editora ni a mi editorial. Se habían portado bien conmigo todos esos años. Pero aquello era un negocio. Tenía un trabajo y llevaba meses sin aparecer.
Carrie tenía razón. Era hora de volver a la normalidad.
—Dame dos días y te enviaré la primera mitad. Con la salvedad de que quizá tenga que volver atrás y cambiar algunas cosas cuando llegue al final.
—Eres rápida, pero no tanto.
—Escribí la primera mitad antes de que ocurriera todo lo de mamá. Tengo que revisarla. Y cumpliré el plazo. Te lo prometo. A menos que el inspector me arreste por el asesinato del juez.
—Ni se te ocurra bromear con eso —dijo riendo—.
Aunque sería una publicidad estupenda: la escritora de novelas de misterio se convierte en la asesina.
A los de Marketing les encantaría. Pero ¿estás segura?
Soy tu amiga Carrie, no la editora Carrie.
Has pasado por muchas cosas y la gente lo entenderá…
—Lo sé —la interrumpí—. Pero puedo hacerlo. Yo… eh… necesito hacerlo.
Esa era la verdad. Temía que, si no me ponía a trabajar enseguida, quizá no sería capaz de hacerlo… nunca más.
Ese miedo me había paralizado durante meses.
—De acuerdo —dijo ella—. Dos días. En mi correo electrónico, o hablaré con la editorial.
—Entendido —respondí, tragándome el nudo que se me había hecho en la garganta.
Después de colgar, me tomé un café. No solía tomarlo después de las dos, pero lo necesitaba para cumplir lo que había prometido. Lo que le había dicho sobre el libro iba en serio.
Me senté en mi nuevo escritorio del despacho y miré a mi alrededor. Hacía un poco de calor, así que abrí la ventana que daba al jardín. Los pájaros cantaban y el aroma de las gardenias y las rosas plantadas cerca de la casa llenó la habitación.
Me acomodé y abrí el documento que contenía mi último trabajo. Pero, antes de empezar, cogí el cuaderno en el que había estado anotando cosas relacionadas con el juez.
Cuando empecé a escribir profesionalmente, solía volcar toda la información que tenía en la cabeza para poder escribir con libertad.
Hice una lista de todos los sospechosos, y eran demasiados. Anoté lo que había averiguado sobre cada uno de ellos y las cosas que quizá quisiera investigar más adelante. Todo lo que había estado pensando quedó plasmado en ese cuaderno.
Me llevó casi una hora, pero, cuando terminé, me sentí casi renovada, en cierto sentido. Cuando había hecho eso en Nueva York, mis notas se centraban más en cosas que tenía que recordar hacer o tareas que me preocupaba olvidar, como llevar la ropa a la lavandería o comer.
Cuando escribía, tendía a olvidarme de todo lo demás.
Una vez hecho eso, empecé por el principio del libro en el que estaba trabajando y me puse a revisarlo. Abrí las notas en mi ordenador y el esquema básico que había hecho. Lo completé sobre la marcha para no olvidar los detalles de la historia y los personajes.
Cuatro horas más tarde, el olor de la comida me alejó de mi trabajo.
Levanté la vista y vi que la ventana estaba cerrada y que fuera estaba oscuro. Alguien había encendido las lámparas de pie y la de mi escritorio.
¿Cuándo había sucedido eso?
Seguí mi olfato hasta la cocina.
—No te he oído llegar —le dije a Lizzie, que estaba trasteando con los mandos de la cocina mientras leía un folleto informativo.
—Llevo en casa un par de horas. He cerrado la tienda a las cinco. Estoy calentando los tamales, el arroz y las judías que Rob nos ha preparado. Tiene mucho talento, y toda esta comida latina hace que no eche demasiado de menos mi hogar.
—Ñam. ¿Qué estás leyendo?
—Nunca había usado una cocina AGA antes.
Así que me está costando un poco aprender.
Roguemos por que no lo queme todo. He aprendido a calentar cosas, pero tenía curiosidad por conocer otras funciones.
Me gustaría preparar algo especial para mañana.
¿Te imaginas tener algo así en Texas, que se mantiene caliente todo el tiempo? Moriríamos de calor.
—Cierto. —Me eché a reír.
Ayudé a poner la mesa y, al poco rato, nos sentamos a disfrutar de una cena maravillosa.
—Tengo que admitir que no es el tipo de comida que pensaba que comeríamos en Irlanda —dijo.
—Somos afortunadas por tener a un chef de vecino.
—Ya les tengo un poco de cariño —afirmó—. Confío en que no sean ellos quienes mataron al juez.
Mi tenedor cayó ruidosamente sobre el plato.
—He visto tu cuaderno en el escritorio —admitió, poniendo los ojos en blanco—. Puede que le echase un vistazo mientras trabajabas.
—¿En serio?
Debía estar muy concentrada, porque ni siquiera me había dado cuenta de que estaba allí.
—¿Has sido tú quien ha encendido las luces y ha cerrado la ventana?
—Hacía tiempo que no te veía trabajar así —dijo riendo—. Y he recordado que solías escribir tus ideas en unos diarios. Me encantaba leerlos cuando éramos más jóvenes.
—¡¿Cómo?! ¿Leías mis diarios cuando éramos pequeñas? Normalmente solo puedo entenderlos yo.
—Y yo. —Sonrió—. Debe ser cosa de gemelas. No hablabas mucho cuando éramos niñas, ¿recuerdas? Leer tus diarios era una forma de conectar contigo.
—Me siento agredida y manipulada —contesté, frunciendo el ceño.
—No es verdad. —Se rio.
—No —admití—. ¿De verdad era tan introvertida? Tengo la sensación de haber borrado gran parte de eso de mi cabeza.
—Pues sí. Por cierto, tengo que contarte algo sobre Matt. Una cosa más que añadir a tu libretita negra.
No me molesté en señalarle que antes me había pedido que dejara de investigar. Como sospechaba, solo estaba preocupada por mí.
—¿Matt, el del pub ? ¿Qué pasa con él?
—Cuando he regresado, se ha acercado a la mesa y se ha disculpado por haber sido un poco seco con nosotras.
—Ah, ¿sí? No lo recuerdo.
—Ha sido un poco seco contigo cuando has mencionado al juez —explicó, asintiendo con la cabeza—. El notición es que el anciano era el abuelo de Matt.
—¿De verdad? —dije, frunciendo el ceño—. ¿Y Matt estaba trabajando hoy? —Y había estado en la librería.
—No se llevaban bien —aclaró—. Matt despreciaba al anciano.
Bueno, no lo dijo exactamente así. Cuando su madre volvió a casa para criar a Matt sola, el juez se negó a ayudarla.
Al menos, hasta hace unos años. El juez compró su préstamo del banco para el pub , y luego intentó entrometerse en el negocio.
La obligó a cambiar el menú y quería que Matt dejara de servir cafés especiales.
»Pero Matt había ahorrado mucho dinero de su antiguo trabajo. Pagó el préstamo de su madre, pero el juez nunca terminó los trámites. Matt llevaba casi un año intentando conseguir la escritura de la propiedad, y el juez seguía dándole largas.
—Debería haberlo demandado. —Fruncí el ceño.
—Se quedó sin blanca después de pagar el préstamo —señaló, encogiéndose de hombros—. Tengo la sensación de que el viejo lo sabía.
Le di un bocado a los tamales. Con esos sabores, era como si estuviera en mi casa, en Texas.
Mi hermana puso los ojos como platos cuando también probó un bocado.
—Esto está…
—Delicioso. Me recuerda a los que servían en aquel viejo restaurante, El Fénix.
—Sí. —Cerró los ojos—. ¿Recuerdas a aquella señora del mercadillo a la que se los comprábamos los sábados cuando éramos niñas?
—Lo había olvidado. —Sonreí—. Mamá compraba dos docenas los sábados y el lunes ya no quedaba ninguno.
—¿Crees que Matt podría haber matado a su abuelo? —preguntó.
Su comentario me hizo parpadear.
—Eeeh… No lo sé. No parece el tipo de persona que cometería un asesinato. Pero hay gente que ha matado a otros por menos motivos. Diría que el juez era una buena pieza, y no le faltaban enemigos.
—¿Estás segura de que el inspector no te ha dado una pista sin querer?
—Ha sido más bien lo que no ha dicho. —Me encogí de hombros—. El juez murió en circunstancias sospechosas, de eso estoy segura. Añadiría a Matt y a su madre a mi lista. ¿Cómo ha ido el resto del día en la tienda? —le pregunté.