Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 9
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Me senté en la sala de interrogatorios con papel pintado de flores y esperé. Y esperé. La comisaría era una vieja casita que parecía haber sido decorada por última vez en los años cincuenta. Se parecía más a la casa de una abuela que a un lugar donde trabajaban las fuerzas del orden.

Por fin, el inspector entró con una pila de papeles. Y una bolsa de pruebas con el trozo de tela rasgado de mis vaqueros.

« Este tipo es más inteligente de lo que pensaba ».

—Al menos podría haber esperado a que terminara de comer —le dije con indiferencia—. Como se les acabe el pastel de cordero, presentaré una queja contra usted. Puede que lo haga de todos modos.

Hizo una mueca burlona, pero tuve la sensación de que era para ocultar una sonrisa. ¿El bueno del inspector había captado mi sentido del humor?

La mayoría de los hombres no lo captaban.

—Me gustaría que me explicara por qué se encontró el bajo de sus pantalones en la puerta trasera de la casa del juez. —Se reclinó en su asiento y cruzó los brazos.

—No sé de qué me habla —repliqué. Y luego me aclaré la garganta, ya que el final me había salido chirriante.

« Vaya manera de parecer inocente ».

—Si registro su casa, tengo la sensación de que encontraremos la prenda que coincide con este jirón. —Me miró fijamente.

—Como he dicho antes, no estoy al tanto de las cuestiones legales aquí. Pero en mi país se necesita una causa probable para obtener una orden de registro. ¿Funciona igual aquí?

—Sí —respondió.

—Incluso si fueran mis vaqueros, y no estoy diciendo que lo fueran, ¿qué delito habría cometido? Ha dicho que la tela apareció en la verja del juez. Bueno, excepto por la entrada, donde intenté salvarle la vida, puedo decir con toda sinceridad que nunca he estado dentro de la casa del juez.

Pareció sopesar esa información durante unos minutos.

—Vayamos al grano, inspector. ¿De qué me acusa esta vez?

—De saltar la verja de acceso al jardín del juez.

—¿Eso es un delito aquí? —repliqué, frunciendo el ceño—. Insisto, no digo que lo haya hecho. Solo tengo curiosidad.

—Entrar sin permiso en la escena de un crimen sí lo es. —Ladeó la cabeza.

—Ah, deben haber llegado los informes. Entonces, ¿es un asesinato? Jolines. De verdad esperaba que hubiera muerto por causas naturales. Menudo berenjenal.

Imitando sus gestos, me recliné y crucé los brazos.

—¿Menudo berenjenal? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Sí, ¿sabe qué veneno se utilizó?

—Yo no he dicho nada de veneno.

Mecachis. Había estado tratando de engañarlo para que me diera respuestas, pero el inspector era demasiado inteligente para picar.

—Cierto. Pero la reacción del juez… O fue veneno, o una reacción alérgica —dije con los ojos como platos.

El inspector ni siquiera pestañeó. Bien hecho, sabía mantener las cosas en secreto.

—Yo no lo maté —afirmé—. Aunque, si lo hubiera conocido desde hacía tiempo, quizá habría tenido motivos para hacerlo.

—¿Qué quiere decir? —Se inclinó hacia delante.

—Me han contado algunas cosas —respondí.

Él no era el único que podía tener secretos.

—¿Qué cosas?

—Solo rumores —respondí, encogiéndome de hombros.

—Podría denunciarla por obstaculizar una investigación —dijo con seriedad—. Dígame lo que sabe.

—No sé mucho, excepto lo que he leído en internet sobre el juez y su pasado. —Volví a encogerme de hombros—. Ah, y lo que se rumorea por aquí. Pero quién sabe cuánto de eso es verdad. No creo que los chismes deban ser una línea de investigación para la policía.

—Si no lo mató y no lo conocía, ¿por qué le interesa tanto su caso? —Suspiró.

—¿Me puede nombrar a algún escritor de novelas de misterio al que no le interesen los crímenes reales?

—En realidad, yo era la excepción a la que no le interesaban.

Normalmente. Pero él no necesitaba saberlo—.

Muchos de mis amigos basan sus libros, de forma aproximada, en crímenes reales.

Les gusta la autenticidad que eso aporta.

—Pero ¿usted no?

—Yo solo invento cosas, inspector. Intento asegurarme de que mis procedimientos sean correctos y me documento mucho.

Pero lo que más me gusta de escribir es la parte de fingir.

Sin embargo, todos vemos el mundo a través de nuestro propio prisma, y yo no soy ajena a los crímenes que ocurren a nuestro alrededor.

Simplemente no utilizo casos concretos. Como he dicho, invento cosas.

—Entonces, diría usted que es una mentirosa experta. —Arqueó una ceja.

Fingiendo estar dolida, me llevé una mano al corazón.

—Sus palabras me hieren, inspector. ¿Me está acusando de algo? ¿Tengo que llamar a mi abogado?

Se quedó mirándome durante un minuto entero. Yo le sostuve la mirada.

—Por el momento, no se le imputa ningún cargo. Al menos, todavía no.

—Entonces, me gustaría volver a mi almuerzo.

—¿No siente al menos curiosidad por saber cómo he averiguado que se trata del bajo de sus pantalones?

—No, la verdad es que no. —Uy, vaya si quería saberlo. Me moría de curiosidad.

Cuando pisé el umbral, me lo reveló:

—Su loción. Está por todas partes en las pruebas que encontré en la verja del juez.

Maldita sea mi adicción a la verbena y al coco de Spongellé. Tenía razón, me encantaba ese aroma porque me recordaba a la primavera.

—¿Mi loción? Es muy popular en Estados Unidos. Seguro que aquí también. Aunque es extraño que haya notado la similitud. No le tenía por alguien con olfactofilia.

Seguía de espaldas a él, pero lo oí arrastrar la silla.

—¿Olfactofilia? Se lo ha inventado.

Me giré y le sonreí con dulzura.

—Qué va. No es nada de lo que avergonzarse, inspector. A muchos hombres les excitan sexualmente los aromas. Es bastante común. Adiós.

Me di la vuelta y me marché. Fui lo bastante inteligente como para esperar a salir para reírme.

Me rugió el estómago.

¡Caramba con el inspector! Me había hecho saltarme el almuerzo.

Regresé a la tienda, que ya había vuelto a abrir.

—Menos mal —dijo Lizzie—. Estaba preocupadísima. ¿Qué has hecho esta vez?

—Me sorprende que no aparecieras por allí para pagar la fianza —dije.

—Para que conste, te seguí —contestó, poniendo los ojos en blanco—. Pero el inspector me aseguró que solo necesitaba hacerte unas cuantas preguntas, así que volví y almorcé. Te he traído algo. Está en el despacho.

—Excelente. Gracias. —Me froté las manos.

—¿Has averiguado algo? —quiso saber Lizzie.

—No. Excepto que el juez fue asesinado. Aunque no sé si fue con veneno o por una alergia. El inspector hace su trabajo mejor de lo que pensaba.

—Bien, entonces, puedes dejarle a él la investigación.

Estaba a punto de discutir cuando se abrió la puerta de la tienda, y mi hermana me hizo un gesto para que me fuera mientras saludaba al cliente.

El pastel de cordero olía muy bien, pero se había enfriado. Aun así, estaba bueno.

Unos minutos más tarde, mi teléfono vibró en mi bolsillo.

Era un mensaje de mi hermana. ¿Por qué no había ido a verme al despacho?

Vete a casa y escribe. Yo estoy bien. Pero recuérdame que te cuente lo que ha dicho Matt.

¿Matt, el del pub ?

Empecé a dirigirme hacia la parte delantera de la tienda, pero ella estaba ocupada charlando con unas personas en la caja. Entonces me di cuenta: estaba feliz. La sonrisa en su rostro llegaba hasta sus ojos. Estaba en su elemento. Exhalé un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.

Para no perturbar la paz, salí por la parte trasera. Comprobé dos veces que la puerta se cerrara detrás de mí y luego me giré deprisa para mirar a mi izquierda. Juraría que había visto a alguien por el rabillo del ojo. Pero no había nadie allí.

Temblé.

No era de las que se dejaban llevar por la imaginación. Al fin y al cabo, Shamrock Cove era un lugar seguro. Pero habría jurado que había visto a alguien. Mi acosador en Estados Unidos me había vuelto más que un poco paranoica.

¿Me había seguido hasta allí?

No. Había mantenido nuestro traslado a Irlanda en secreto para la prensa y el público. Nadie sabía que estábamos allí, excepto nuestros nuevos vecinos.

Aún no me había acostumbrado a localizar la entrada secreta a la plaza, pero me resultó más fácil que la última vez.

Cuando llegué a casa, estaba sin aliento y con los nervios de punta.

En Manhattan había tenido esa sensación de que la gente me observaba muchas veces, porque siempre había personas por todas partes.

Cuando me di cuenta de que tenía un acosador en Nueva York, estaba hiperconsciente de todo lo que me rodeaba. Incluso había contactado con la policía, pero no podían hacer nada. Que desaparecieran unas cuantas cartas y cosas de mi apartamento no les parecía alarmante. Pero a mí sí.

En parte, se debía a que quienquiera que fuese era muy hábil. Nunca había huellas en mi casa y nunca se dejaba ver. Pero yo lo sentía. Por eso había aprendido a confiar en mi intuición de que me estaban observando. Miré por la ventana, pero no vi a nadie.

« Deja de ser tan paranoica » .

Estábamos en Shamrock Cove y, aunque había bromeado con el inspector, había visto las estadísticas. La mayoría de los delitos se cometían en verano y solían involucrar a turistas. Borracheras y alteración del orden público, hurtos en tiendas y ese tipo de cosas.

El juez podría haber tenido una reacción alérgica. Kieran no se había pronunciado al respecto. Sin embargo, si se trataba de una reacción, ¿por qué no lo decía y acababa con el asunto, en lugar de dar la impresión de que era otra cosa?

« Porque es otra cosa » .

E incluso si había muerto por una reacción alérgica, alguien podría haberlo hecho a propósito.

Mi teléfono vibró en el bolsillo.

Eché un vistazo al número que llamaba y luego pulsé el botón de apagado. La vibración se detuvo, pero luego sonó un pitido.

Carrie, mi editora, me había enviado un mensaje.

Llámame ya.

Era muy insistente, y no dejaba de enviarme mensajes y llamarme.

Marqué su número.

—Ya era hora. —Así fue como respondió—. He estado preocupada por ti y por Lizzie. ¿Os habéis instalado ya y es como esperabais? ¿Cómo está de los nervios? ¿Ya estás escribiendo?

—Hola, has madrugado —le dije.

—Vale ya. Aquí son las ocho de la mañana. La diferencia horaria no es tan grande. ¿Estás bien?