8 #2
Liam hizo una mueca.
—Somos amigos —dije—. Nos gustan los mismos tipos de libros. Y le dije que me llamara así, Mercy.
Liam levantó la cabeza y me lanzó una mirada que decía «Menos mal que estás de mi lado».
—Ah, vale. Gracias a las dos. Me alegro mucho de que estén aquí. Empezaba a preguntarme si este lugar volvería a abrir alguna vez. Es mi tesoro, una vez a la semana.
Ahí estaba esa palabra otra vez: tesoro . ¿Era eso a lo que se refería nuestro abuelo? A lo mejor consideraba la tienda un premio para el pueblo. Quizá había un poco de ego en esa idea, pero la gente parecía estar agradecida de que estuviéramos allí.
Para cuando atendimos a todos los que hacían cola, ya casi era la hora del almuerzo.
Lizzie se sentó en el taburete detrás de la caja registradora por primera vez esa mañana.
—No esperaba que hubiera tanto trabajo —comentó.
—Puedo quedarme yo si quieres tomarte un descanso —le dije—. O podríamos hacer una locura como cerrar e ir a comer al pub . Me han dicho que tienen pastel de cordero y tarta de manzana en el menú.
—Ñam, parece mejor que la macedonia que tengo en la nevera de casa. ¿Crees que no supone un problema cerrar durante una hora?
—Creo que en un pueblo como este es lo normal.
Después de comprobar que no quedaba ningún cliente en ninguna de las dos plantas, salimos.
Cuando cruzamos la puerta, se hizo el silencio en el pub , igual que había ocurrido en nuestra primera visita.
Me pregunté si eso cambiaría alguna vez.
¿Cuánto tiempo seríamos «las nuevas»? Vale que todavía hacía muy poco que habíamos llegado, pero resultaba extraño ser una curiosidad para la gente del pueblo.
Matt estaba detrás de la barra y se giró cuando se hizo el silencio.
—Ah, habéis venido. Estupendo. Os he guardado vuestra mesa habitual. —Asintió con la cabeza hacia la parte trasera del local, donde nos habíamos sentado cuando fuimos unos días antes.
Lizzie sonrió a la gente mientras nos movíamos entre las mesas hacia la parte de atrás.
—Es extraño, ¿verdad? —susurró mientras nos sentábamos.
—Sí —respondí—. Pero no todos los sitios son como Cheers .
Ella frunció el ceño.
—Ya sabes, la serie del bar.
—¿Esa vieja serie que le gustaba a mamá? —preguntó, ladeando la cabeza.
—Sí. Es el lugar donde todo el mundo sabe cómo te llamas. —Suspiré.
Ella se limitó a mirarme fijamente y luego sonrió.
—Aaah, entonces, entras y ya saben quién eres.
—Sí. Da igual. ¿Qué vas a pedir?
—Lo que dijiste —contestó, y colgó el bolso en el respaldo de la silla.
Entonces me di cuenta de que me había dejado la cartera en casa.
—Vas a tener que pagar tú —le dije—, o puedo ir corriendo a casa a buscar el bolso. Me lo he dejado.
Estaba acostumbrada a pagar yo. El negocio de mi hermana iba bien, pero yo había tenido la suerte de ganar con mis libros más dinero del que jamás gastaría.
Y me gustaba cuidar de ella. Me había encargado de todos los preparativos para mudarnos allí, de los visados y de otros trámites legales.
De hecho, pagué una cuantiosa suma a alguien para que lo hiciera por mí y acelerase todo el proceso.
Volvería a hacerlo todo de nuevo para que mi hermana pudiera tener esa nueva oportunidad.
—No te preocupes por eso. —Hizo un gesto con la mano.
Matt se acercó para tomar nota.
—¿Puedo preguntarte algo? —le susurré.
Él miró a su alrededor y luego se arrodilló junto a la mesa.
—¿Qué pasa?
—¿Qué sabías sobre el juez?
—Mucho. —Resopló—. Nada bueno. ¿Por qué?
—Eso es lo que dice todo el mundo y supongo que mi curiosidad es…
—Lo que mi hermana quiere decir es que es una entrometida —dijo Lizzie.
Intenté darle una patada por debajo de la mesa, pero fallé y le di a la pata de la mesa.
« Ay » .
—He oído que intentaste salvarle la vida —comentó Matt, y se incorporó, quedándose con los brazos cruzados. No parecía alegrarse.
Suspiré.
—Sí, lo intentó —confirmó Lizzie—. No paró hasta que llegaron los técnicos de emergencias. Estoy orgullosa de ella.
—Felicidades —dijo Matt—. Pero no tenías por qué esforzarte tanto. No merecía la pena. —Luego se dio la vuelta—. Voy a por vuestras bebidas.
Había recorrido la mitad del bar cuando oímos la última palabra.
—¿A qué ha venido eso? —pregunté.
—No lo sé, pero quizá deberías dejar de hacer de detective. Si queremos sobrevivir en este pueblo, necesitaremos algunos amigos.
—Lo sé. Es solo que…
—¿Qué? ¿Por qué no dejas que se encargue la policía? ¿Te sientes culpable porque murió? Las dos sabemos que no fue culpa tuya. Hiciste todo lo que pudiste, mientras que yo me quedé allí parada.
—Tú pediste ayuda —dije.
—Y tú le hiciste la reanimación cardiopulmonar como una profesional. Nadie te culpa. Y dijera lo que dijera, en fin, se estaba muriendo, ¿no?
Asentí con la cabeza.
—Es imposible saber qué le pasaba por la cabeza.
—Tiene razón —dijo el inspector mientras se colocaba junto a nuestra mesa.
Sentí que casi me daba un infarto. Ese tipo era un ninja con el poder de la invisibilidad.
—Aun así, necesito hablar con usted en la comisaría, señora McCarthy. Acompáñeme, por favor. —Clavó los ojos en mí.
Aquello no iba a acabar bien.