8
El día de la inauguración de la librería fue muy agobiante para Lizzie y para mí. Me preocupaba más que ella se estresara demasiado que cómo nos aceptaría el pueblo.
—¿Y si lo estropeo todo? —dijo por quinta vez esa mañana mientras estábamos en la tienda preparando los últimos detalles—. No tengo ni idea de cómo llevar una librería. ¿Por qué se me ocurrió que podría encargarme?
Llevaba el pelo recogido en un moño desordenado y unas gafas grandes de montura negra, y vestía vaqueros y un jersey de mangas anchas. Yo la había llamado «bibliotecaria bohemia» en broma, pero le quedaba muy bien.
—Te va a encantar —le dije—. Y a ellos les encantarás tú. Además, sabes mucho más sobre libros de lo que jamás admitirías.
Era la verdad. Aunque ella siempre había sido más extrovertida, las dos pasábamos mucho tiempo leyendo cuando éramos más jóvenes. Era una pasión que compartíamos y que mamá había fomentado.
« A ella le habría encantado este lugar » .
Sonó la alarma del móvil de Lizzie, que la apagó y luego me miró como una loca.
—Falta un minuto para abrir —susurró mientras se alisaba el pelo—. Ay, Dios. Creo que no voy a ser capaz.
—Ya me encargo yo de abrir —dije—. Si es lo que quieres.
—No. —Enderezó los hombros—. Estás usando esto como excusa para no trabajar, pero te tengo calada. Tú escribes libros. Yo los vendo. Que no se te olvide. —Me señaló con el dedo y tuve que hacer un esfuerzo para no reírme.
Éramos competitivas de una forma que a algunas personas les resultaba impactante. Si le decía que podía encargarme de algo cuando ella dudaba de sus propias capacidades, se enfadaba. Había dicho a propósito que podía encargarme yo, y ella había picado el anzuelo.
—Puedes quedarte, pero solo si prometes comportarte. No asustes a los clientes. No juzgues sus gustos literarios. Lo digo en serio.
—Sí, capitana. —Le hice un saludo falso.
—Si vas a incordiar, lárgate. O quizá llama a Carrie. He visto sus mensajes en tu teléfono esta mañana.
—Cotilla.
—Le dijo la sartén…
No le faltaba razón. Me había pasado casi todo el día anterior husmeando en la vida de todos nuestros vecinos. Por internet, claro. Pero había empezado un cuaderno que me dejaba con más preguntas sobre ellos de las que tenía al principio.
—¿Cómo te atreves a mencionar el nombre de Carrie?
Ella se rio y la tensión abandonó sus hombros.
Carrie era mi maravillosa editora. Nos conocíamos desde hacía veinte años y llevábamos mucho tiempo trabajando juntas. Por suerte, o por desgracia, ella me conocía a mí y mis inseguridades mejor que nadie.
Le debía unas cuantas páginas. Y, si no le respondía pronto, empezaría a bombardear a mi hermana con mensajes.
—Y prometo que le enviaré un mensaje a la hora del almuerzo. —Había planeado quedarme ese primer día en la tienda, más como apoyo moral que como otra cosa.
Sabía que mi hermana podía encargarse de la parte comercial, pero me preocupaba que la gente pudiera hacer demasiadas preguntas personales sobre por qué habíamos venido aquí. ¿Era cierto que no conocíamos a nuestro abuelo? ¿Y por qué moría todo el mundo a nuestro alrededor?
Yo formularía esas preguntas. Sí. Pero esperaba mantenerla alejada de ese tipo de cosas.
Me quedé cerca de las escaleras mientras ella giraba la llave. Antes de abrir la puerta, respiró hondo para tranquilizarse.
—Hola —dijo mientras sostenía la puerta—. Pasen, por favor.
No me había fijado en la cola que había fuera de la puerta.
Entraron unas diez personas. Uno de los primeros fue Matt, el camarero del pub .
Lo habíamos conocido unos días antes, cuando fuimos a comer al Crown and Clover.
Habíamos conectado gracias a su afición por las novelas de misterio estadounidenses.
—Hola, ¡cuánto tiempo! —lo saludé.
—Buenas. No sabía que tú también trabajarías aquí.
—Solo hoy o cuando ella necesite tomarse un descanso para almorzar —respondí, encogiéndome de hombros—. No estábamos seguras de cuánta gente vendría.
—Tienes que llamar a Caro. Seguro que le encantará volver.
—¿Caro?
—La asistente de tu abuelo, o al menos así la llamaba él. Es maravillosa. Creo que ha estado trabajando a tiempo parcial en la tienda de Linda, pero esperaba volver cuando reabriera la librería.
—Me alegra saberlo —dije.
Me pregunté si Lizzie sabía algo de Caro. Era la primera vez que oía hablar de ella. Quizá podría contarnos algo más sobre nuestro abuelo. Habíamos registrado la casa, pero aún no habíamos encontrado la puerta secreta de la biblioteca que había mencionado, ni tampoco las cartas.
—¿Puedo ayudarte a encontrar algo? —le pregunté.
—Voy a la sección de misterio —respondió—. ¿Me recomiendas algo?
—Como te gustan los autores norteamericanos, ¿has leído la serie de Kate Burkholder que ha escrito Linda Castillo?
He visto que mi abuelo tenía una buena selección.
Incluso tiene los dos primeros. La protagonista es la jefa de policía de un pequeño pueblo amish . Me encantan esos libros y la autora.
—Ah, suena genial. Echaré un vistazo. He oído que tienes una Jura Giga 10. ¿Por eso no has venido a verme al pub estos últimos días?
—Culpable. No esperaba que el inspector fuera tan cotilla.
—No fue él quien me lo dijo. No tardarás en darte cuenta de que en este pueblo todo se sabe. Lo vería alguien llevando la caja a tu casa. Bueno, me consta que lo vieron, porque me lo dijeron.
Me eché a reír.
—¿Vas a revelar tus fuentes? —Intenté parecer seria, pero sonreí.
—Técnicamente, soy camarero —replicó, negando con la cabeza—. Va en contra de nuestro código.
Nos reímos.
—Prometo seguir yendo a tomar tu maravilloso café. Quizá nos pasemos a comer. ¿Qué hay hoy?
—Hoy es el día perfecto para que vengáis: mamá ha hecho su pastel de cordero y puré de patatas. No hay ninguno mejor en Irlanda.
—¡Hala! Eso sí que es presumir.
—Es la mejor. —Sonrió con aire burlón—. Por algo ya no la dejan competir en las ferias del condado.
Sonreí. Me encantaba que este tipo urbano y moderno quisiera tanto a su madre.
—Pues ya estoy deseando probarlo.
—Y su tarta de manzana de postre —añadió. Luego, cogió los dos primeros libros de la serie de Castillo y buscó una silla cómoda.
Estaba a punto de volver abajo cuando vi a un niño enfadado en la sección infantil. Estaba sentado en un puf, con la barbilla apoyada en las manos.
—¿Va todo bien? —le pregunté.
Me miró y frunció el ceño.
—No debo hablar con extraños.
—Me llamo Mercy McCarthy y trabajo aquí —dije, tendiéndole la mano.
Me miró la mano con recelo durante unos segundos. Luego, me cogió los dedos y me los estrechó ligeramente.
—Soy Liam.
—Bueno, no quiero entrometerme, Liam, pero no pareces muy feliz.
—Mi madre dice que tengo que elegir un libro y leerlo. —Suspiró dramáticamente—. Me obliga a que se lo cuente.
—Uf —dije—. Las madres. Siempre tan mandonas.
—Sí. Dice que se me va a hacer papilla el cerebro por los videojuegos. Pero se equivoca. Soy más rápido que todos mis amigos cuando jugamos a Deathlord . No sería tan bueno si tuviera el cerebro hecho papilla.
—Seguro que tienes razón —dije, conteniendo una sonrisa. No podía tener más de siete años. ¿Qué hacía jugando a videojuegos como ese?
Volvió a suspirar, y me costó muchísimo no sonreír.
—Los videojuegos son mucho más divertidos que los libros.
Me ofendió esa afirmación, pero me lo guardé para mí.
—Es un caso difícil, pero puede que tenga una solución. Vamos a echar un vistazo por allí.
Me siguió a regañadientes hasta la sección infantil.
Fruncí los labios y me toqué la sien con un dedo. Entonces encontré el primer libro que estaba buscando en la estantería. Cuando terminé, tenía tres libros para él y le di el primero.
—Este trata sobre unos niños que intentan resolver un misterio en una mansión encantada. Incluso hay acertijos que la mayoría de los adultos no entienden, pero a los niños se les dan genial.
Él le echó un vistazo y frunció el ceño.
—Es un libro en el que tú eliges el camino. ¿Qué significa eso?
—Que eliges tu propia aventura. Lee un poco y, después de las primeras páginas, ya sabrás si alguno de estos libros es para ti. —Dejé dos libros más junto a él en el puf—. Si no te gustan, avísame y buscaré otros.
—De acuerdo —aceptó, mirando los libros con tanta desconfianza como a mí.
Lo dejé allí y bajé las escaleras por si mi hermana necesitaba ayuda.
Había una cola de varias personas en la caja, pero todas parecían contentas de estar allí.
—¿Puedo echarte una mano? —le pregunté a Lizzie.
—Sí, Martha me acaba de contar que nuestro abuelo solía envolver las compras en papel marrón y cordel. Me preguntaba por qué no tenía bolsas.
—Así es —dijo Martha—. Él veía los libros como regalos que debíamos abrir una y otra vez.
Las personas que estaban detrás de ella asintieron con la cabeza.
—Me encanta —dijo Lizzie, emocionada—. ¿Me ayudas a envolver?
Asentí con la cabeza. Aunque no se me daba muy bien envolver regalos, hice un trabajo aceptable.
—Perdone —dijo una mujer.
Levanté la vista y vi que me señalaba.
—¿Puedo ayudarla? —Sonreí, pensando que quizá había visto mi foto de autora.
—No, bueno, solo quería darle las gracias. —Levantó los libros que le había dado a Liam antes—. Mi hijo quiere leerlos todos. Dice que se los ha recomendado usted.
—Ah, sí. Espero que no le importe.
—¡Para nada! Su profesora dice que va un poco retrasado en lectura y yo me sentía como una fracasada. No conseguía que se interesara por nada. ¿Cómo sabía lo que le gustaría?
—Es escritora —intervino mi hermana—. Conoce los libros y a la gente.
—Ah, entonces no me siento tan mal —dijo la madre.
—Mamá, ¿por qué tardas tanto? Necesito saber qué pasa después —dijo Liam mientras bajaba las escaleras. Llevaba el segundo libro de la serie ¡Resuelve el misterio!
Ella se rio y le dio los libros a mi hermana para que se los cobrara.
—¿Quieres que deje fuera ¡Resuelve el misterio! ? —le pregunté a Liam.
—Sí.
Su madre le dio un codazo.
—Por favor. —Suspiró.
—¿Y qué se dice? —Le dio otro codazo.
—Gracias, Mercy, por los libros.
—No deberías llamarla por su nombre de pila. Ya hemos hablado de este tema. —Su madre no estaba contenta.