Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 7 #3
33%

7 #3

—No parece tan mala idea, excepto que Shamrock Cove ya es precioso. De hecho, no estoy segura de haber visto un pueblo más cuco —dijo mi hermana.

—Exacto —intervino Rob—. Hace unos años lo repintaron todo, pero a ella no le gusta la combinación de colores. Cree que todos los edificios deberían ser de tonos pastel, por dentro y por fuera.

—¿Quería que nuestro abuelo cambiara su tienda? —Parpadeé.

Era uno de los pocos edificios que no era de color pastel. Pero sería una aberración pintarlo. El hermoso azul interior era acogedor y relajante. Y lo mejor: era misterioso.

—Sí —contestó Rob—. Cuando Linda mencionó la posibilidad de pintar el ladrillo de trescientos años de antigüedad, todo el pueblo se volvió en su contra.

El juez la llamó de todo menos bonita en plena reunión del ayuntamiento.

La hizo llorar delante de todo el mundo.

No sé si se habrá recuperado de la vergüenza que pasó.

—Bueno, es cierto. Estamos poniendo todas las cartas sobre la mesa con nuestras nuevas amigas, que seguro que creen que somos lo peor por contar chismes.

—No, como ha dicho mi hermana, estamos agradecidas por las advertencias —dije, levantando una mano—. Mudarse a un lugar nuevo puede ser un poco desconcertante en el mejor de los casos. Es bueno saber qué obstáculos pueden surgir por el camino.

¿Había muerto nuestro abuelo de cáncer? Que yo supiera, no le habían hecho la autopsia. Quizá también lo había asesinado alguien. Esperaba que no.

—Es cierto —coincidió Lizzie.

—Le doy una semana a Linda —dijo Rob.

—¿Antes de qué? —pregunté.

—Antes de que os pida que os planteéis pintar vuestra librería, por dentro y por fuera —respondió Rob.

—Si cedéis a sus presiones, nunca os lo perdonaremos —añadió Scott—. Esa tienda es perfecta tal y como está.

—Estamos de acuerdo contigo —dije riendo.

—Tiene razón. Aparte de actualizar su sistema de inventario a uno de este siglo, no pienso cambiar nada. Pero me alegro de que nos hayáis hablado de Linda.

—Yo también —dije.

—Aseguraos de llevaros bien con ella. Es buena persona, solo que a veces se le ocurren ideas extrañas.

Vuestro abuelo habría estado encantado con vosotras —afirmó Scott—.

Era el mejor de la plaza. Nunca lo vi levantarle la voz a nadie.

Era un irlandés con clase, y no puedo decir lo mismo de muchos de nosotros.

—Era un hombre estupendo y nos aceptó muy bien cuando vinimos a vivir aquí —añadió Rob—. Hizo escaparates para el mes del orgullo. Aquí no hacemos tanto como en Estados Unidos, pero, aun así, significó mucho para nosotros.

Sentí cómo se me desataba un nudo en el pecho que ni siquiera sabía que tenía.

—Me alegra saberlo —dije.

—Tampoco aguantaba las payasadas del juez —añadió Scott—. No tenía miedo de bajarle los humos si el juez hablaba fuera de lugar o se comportaba de forma odiosa. Nos defendió a Rob y a mí más de una vez. Y marcó la pauta para el resto de los vecinos. Lo queríamos.

—¡Cuánto me alegro! —exclamó Lizzie—. Se está haciendo tarde, pero me encantaría que nos contarais más cosas sobre él. No hemos encontrado ninguna foto en la casa. Ni recuerdos, en realidad. Excepto sus libros.

No había mencionado la carta, y se lo agradecía. Era demasiado personal.

—Seguro que tengo algunas fotos de eventos en el pueblo en mi teléfono —dijo Rob, frunciendo el ceño—. Hasta hace pocos años, participaba en todo lo que tenía que ver con el pueblo. Solía bromear diciendo que era uno de los antepasados, pero era cierto.

—¿Sabíais que vuestra familia ha formado parte de esta plaza durante más tiempo que cualquier otra?

—No lo sabía —respondí—. ¿Vosotros sabíais de nosotras? ¿Sabíais que nos estaba buscando?

—Cuando se enteró de que era terminal, mencionó que había contratado a un investigador de herederos —contestó Rob, encogiéndose de hombros—.

Aunque podría haber dejado la casa a alguien de la plaza, creo que sintió que era el momento de incorporar sangre nueva.

Estaba bastante abierto a la idea de organizar un sorteo en el pueblo y de que viniese gente nueva a vivir.

—Pero entonces supongo que os encontró a vosotras —dijo Scott—. Qué suerte hemos tenido. —Se acercó y nos cogió de la mano—. Os adoramos a las dos. Os lo vais a pasar genial aquí.

Los dos eran tan monos que no podía imaginármelos matando a nadie.

Aun así, si alguien hubiera hecho daño a Lizzie como le había hecho el juez a Rob, no sé cómo habría reaccionado yo. El anciano parecía un viejo odioso. Y ese tipo de cosas me enfadaban.

Algo en la muerte del juez gritaba premeditación, lo que significaba que no podíamos descartar a nuestros nuevos amigos. Sin embargo, no podía precisar por qué. Era viejo, pero, si no había muerto por causas naturales, tenía la sensación de que alguien había pensado mucho en cómo asesinarlo.

Y cómo irse de rositas.

Por desgracia, había demasiada gente en Shamrock Cove y en la plaza con motivos para hacerlo. Y apenas habíamos arañado la superficie.

Según todos los indicios, el juez había sido un hombre horrible.

Pero ¿merecía morir?