7 #2
—Hace once años, sufrió una crisis nerviosa —intervino Scott—. No salió de la cama en tres meses, e intentó hacerse daño. Yo estaba muerto de preocupación…
¿Se refería a un intento de suicidio? Eso daba miedo y me tocaba demasiado de cerca. No a mí, sino a Lizzie. Observé su rostro con atención.
Ella no había intentado hacerse daño, pero había dicho las palabras «No quiero seguir aquí» .
Eso me había asustado más que cualquier otra cosa que hubiera dicho o hecho.
Por eso insistí en cambiar de aires y luego hice que pareciera que todo había sido idea suya.
Cuando llegó la carta del abogado sobre este lugar, fue como si el universo nos hablara a las dos.
—Fue una época aterradora. —Rob suspiró—. Sucumbí a la presión. Perdí mi amor por el arte de la cocina y mi mente se sumió en la oscuridad.
—Así que vendimos los restaurantes —apuntó Scott—. Me prometió que nunca más volvería a tener uno.
—Tiene razón. —A Rob se le sonrojaron las mejillas—.
Se lo prometí. Pero, después de mudarnos aquí, me inspiraron todos los alimentos naturales que se pueden conseguir en Shamrock Cove.
Aquí, el concepto «de la granja a la mesa» es una realidad.
Así que escribí mi primer libro de cocina y, como tuvo éxito, pues siempre quiero más.
»Me encanta cocinar para nuestros vecinos, pero, aparte de Brenna, a ellos no les gusta nada demasiado exótico. Solo necesito…
—Así es él y, por supuesto, quiere más —terminó Scott.
—Pero no se equivoca. —Rob resopló—. No quiero otro restaurante clásico. Es demasiada presión. Pero, con una gastroneta, podría probar nuevos platos y dar de comer a un montón de gente, que es uno de mis grandes placeres en la vida.
—Pensaba que yo era tu gran placer en la vida —dijo Scott, pero sonrió.
—Lo eres, amor, lo eres. Pero, con la gastroneta, podría trabajar cuando quisiera y no tendría que preocuparme por las noches y los fines de semana. Cuando estás en este negocio, es más que un trabajo a tiempo completo: es tu vida. Y Scott tiene razón, él es mi vida ahora.
—Y tú eres la mía —dijo Scott con cariño.
—Pero el juez echó tus sueños por tierra —señalé.
Todos se quedaron en silencio.
—Ese viejo desgraciado —dijo Scott—. No le gustaba ver a nadie feliz. Tampoco le gustaban los turistas que visitaban la costa y el castillo. Argumentó que, si permitían una gastroneta, tendrían que permitirlas todas en el pueblo. Y eso perjudicaría a los negocios que ya hay aquí.
—¿No necesitarían permisos esos negocios externos? —pregunté—. Me refiero a que tú vives aquí. Parece que tendrías más derecho a tener un negocio en Shamrock Cove.
—¿Lo ves? Eso es lo que piensan las personas lógicas y brillantes. El juez era un auténtico imbécil. Si tenía algún control sobre las cosas, utilizó su poder de la peor manera posible —dijo Rob.
Lizzie hizo un ruido.
—¿Qué pasa? —le preguntó Scott.
—No sé —respondió ella—. Parece que era un hombre horrible. No entiendo por qué nadie lo mató hace mucho tiempo… ¡Uy! —exclamó, poniendo los ojos como platos.
Todos nos echamos a reír.
—Bueno, el inspector no está seguro de que lo asesinaran. Así que tal vez el universo se hartó de su mal humor —comentó Scott.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Rob.
—Me encontré con Kieran de camino a casa desde la estación. Me preguntó si habíamos visto a alguien en el jardín trasero anoche o esta mañana. Yo me marché corriendo, pero ¿tú viste a alguien?
Rob frunció el ceño.
—Esta mañana estuve trabajando en el jardín de delante y luego pasé el resto de la tarde en la cocina.
—Y te lo agradecemos —dije—. No sé cuándo he comido mejor en mi vida.
—Técnicamente, no es una comida. Es una degustación —puntualizó Rob—. Pero gracias. Os invitaremos a comer y entonces notaréis la diferencia.
—Estoy deseando que llegue ese momento —dijo Lizzie—. ¿Me permitís ser un poco cotilla?
Los hombres se encogieron de hombros.
—¿Sabéis si el juez tenía a alguien que de verdad quisiera verlo muerto? A ver, no os culparía después de lo que os hizo. Pero no os veo como asesinos. ¿Hay alguien más?
Los dos hombres se miraron.
—Todo el mundo —contestaron al unísono.
—En serio —dijo Rob—. Aunque hemos oído que era un tipo decente en su época de juez y abogado, a todos nos caía mal.
Scott le envió una carta horrible diciéndole lo imbécil que era.
Nos preocupa que, cuando la policía la encuentre entre sus cosas y la lea, piense que podríamos haber intentado matarlo.
—Rob —dijo Scott.
—¿Qué, cariño? Es verdad. Si encuentran esa carta…, y somos gais. Seremos los principales sospechosos . ¿Es eso lo que dicen? —Me miró.
Asentí con la cabeza.
—¿Qué decía exactamente la carta?
—La escribí cuando estaba muy enfadado —relató Scott—. Rob estaba llorando después de que nos enteráramos del resultado de la votación en la reunión del consejo municipal. Había trabajado mucho en sus ideas, utilizando alimentos de producción local.
»Escribí una carta escueta y áspera, y la dejé pegada en su puerta.
Al día siguiente, fui a disculparme y le pedí que me la devolviera.
El juez no quiso ni oír hablar del tema.
Me dijo que me largara, que ya era suficiente con que «los de nuestra clase» hubiéramos invadido la plaza.
No toleraría más nuestras ideas de forasteros.
Lizzie y yo nos quedamos boquiabiertas.
—No puede ser —dije. No podía soportar ninguna injusticia, sobre todo cuando se dirigía a aquellos que luchaban por ser escuchados.
—Amenazó con utilizar la carta para echarnos de la plaza —intervino Rob.
—Así que era homófobo, además de un cretino —dijo Lizzie—. Desprecio a la gente así.
—Y posiblemente podamos añadir racista a la lista de sus atributos no tan buenos —dijo Scott—. Pregúntale a Brenna. Hemos estado intentando convencerla de que presente cargos contra el juez por acoso. Se puso como loco cuando ella hizo cambios en su jardín trasero y añadió un jacuzzi .
Uy, hablaría con Brenna. La tenía en la lista.
—Lolly dice que no tiene nada que ver con nuestra sexualidad ni con el color de la piel de alguien en concreto; simplemente no se llevaba bien con nadie.
Incluso se había peleado con ella —aclaró Rob—.
Se suponía que eran amigos, bueno, más o menos.
Sucedió algo en su pasado, al menos eso es lo que hemos oído.
Pero ella lo cuidaba, a pesar de que el juez se comportaba como un maleducado con ella incluso en sus mejores días.
—Sin embargo, la única persona a la que odiaba más que a nosotros era a Linda —apuntó Scott.
—Es cierto —añadió Rob.
—¿Por qué?
—A Linda se le ocurren ideas —dijo Scott—. Es, eh…
—Apasionada —completó Rob, y los dos se echaron a reír.
—No es de buena educación lo que estamos haciendo —dijo Scott—: chismorrear sobre los vecinos.
—¿Y cómo si no vamos a conocerlos? —preguntó Lizzie—. ¿O cuidarlos?
Los hombres se rieron de nuevo.
—Cierto —dijo Scott—. Os conviene saber que Linda tiene muchos proyectos. Está en todos los comités del pueblo y tiende a meterse donde no la llaman. La mayoría de las veces, cuando la gente dice eso, luego añaden: «Su intención es buena».
—Pero le falta tacto —añadió Rob—. Puede ser bastante tajante con sus ideas. Simplemente no os pongáis a malas con ellas, como hizo el juez.
—¿Podría haberlo asesinado? —inquirí.
Los dos hombres rieron a carcajadas.
—El juez siempre daba al traste con sus proyectos —dijo Rob.
—¿Daba al traste? —intervino Scott.
—Es la palabra del día en el calendario —respondió Rob—. A Linda le puede salir el lado mezquino a veces, pero no es una asesina. Apenas sabe organizar una fiesta de cumpleaños. ¿Te acuerdas de las palomas?
—Se cagaron en toda la comida —se rio Scott—. Pobre Dave. Se moría por probar el pastel. Los dos son majos. Tienen buenas intenciones, aunque no siempre acierten con sus ideas.
Aun así, no la descartaría. Mi lista de sospechosos crecía por momentos.
Lizzie me miró y sonrió. Seguro que se había dado cuenta de que mi mente estaba trabajando.
—Para que estemos prevenidas, cuéntanos el último proyecto de Linda, ¿así es como lo has llamado?
—Sí —dijo Scott—. Os afecta, así que mejor que lo sepáis. Ya lo he mencionado antes, pero quiere renovar la calle principal.