Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 7
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Hacia las cinco, nos dirigimos a la casa de Rob y Scott. Mi hermana estaba nerviosa, y le temblaron ligeramente las manos al abrir la verja de su jardín.

—Deja de darle tantas vueltas —le dije—. Solo estamos aquí para charlar un rato con amigos y probar algunas recetas.

—No estoy hecha para ser detective.

—No pasa nada —la tranquilicé—. En serio.

Pero eres una amiga maravillosa y se te da muy bien sacar información a la gente.

Solo queremos saber todo lo que podamos sobre nuestros nuevos amigos.

Es lo mismo que si estuviéramos en Estados Unidos y te marchases un puente al lago para ponerte al día con las chicas.

A diferencia de mi hermana, yo no tenía muchos amigos del instituto ni de la universidad. No es que fuera una paria social, pero en aquella época era bastante estudiosa e introvertida. Todavía lo era, pero mi trabajo a veces me obligaba a ser el centro de atención.

Ella tenía montones de amigos y mantenía el contacto con todos. No sabía cómo lo conseguía. Esa era una de las cosas más difíciles que había tenido que dejar atrás: su red de apoyo.

—Ahí estáis —dijo Rob desde la puerta—. Me preocupaba que os hubierais olvidado.

—Lo siento, no sabíamos muy bien a qué hora se toma el té —dije, saludándolo con la mano.

—Es que en Irlanda soléis llamar «la hora del té» a todas las comidas —intervino Lizzie, marcando su acento sureño con un tono más cantarín de lo habitual, como siempre que intentaba cautivar a alguien.

—Ay, me encanta ese acento. Aunque vosotras no tenéis un acento tejano fuerte.

Al menos, no es el que acostumbramos a oír en la tele —observó, mientras nos guiaba al interior de la casa—.

Vamos a empezar sin Scott. Ha tenido que ir a Dublín por trabajo, pero debería volver pronto. Bueno, eso si los trenes van puntuales.

—¿Hay tren a Dublín desde aquí? —pregunté.

—Sí —contestó.

El mobiliario se componía de hermosas antigüedades y alfombras que debían haber costado una fortuna. Las paredes estaban pintadas en tonos azules y verdes intensos. Parecía más un lujoso pabellón de caza que una casa tradicional, salvo por la ausencia de animales disecados en las paredes.

—Tenéis una casa muy bonita —dijo Lizzie.

—Cierto —coincidí.

Él sonrió alegremente y nos acompañó al comedor. La mesa estaba puesta con flores y vajilla de colores vivos.

—Vaya —susurré—, qué elegante.

—Quizá me haya pasado un poco —dijo, aplaudiendo—. Me encanta recibir invitados y cocinar para ellos.

—Es precioso —dijo Lizzie—. ¿Puedo hacer una foto con mi móvil? La decoración de la mesa parece sacada de una revista.

—Ojalá Scott te oyera decir eso —dijo—. No entiende por qué necesito tener tantos platos, manteles y jarrones.

—Es tu forma de expresar tu creatividad —señalé.

—Sí. Exacto. —Chasqueó los dedos—. ¿Veis?, vosotras dos lo entendéis. Solo aseguraos de repetir esos comentarios cuando mi marido llegue a casa.

—¿Ya estáis cotilleando sobre mí? —dijo Scott desde el pasillo.

—Estas encantadoras mujeres estaban admirando mi decoración de mesa —dijo Rob, y luego besó a su marido—. Les encanta lo que he hecho. ¿A ti qué te parece?

—Es precioso, cariño, como siempre. —Se rio—. ¿Se ha quejado de que digo que tiene demasiados platos? Porque es verdad.

—Pero ¿es posible tener demasiados? —preguntó Lizzie—. Soy una perfecta chica sureña, y es importante contar con la presentación adecuada para cada evento. —Volvió a hablar con un tono más cantarín que no era el habitual en su voz.

Los hombres se rieron, que era el efecto que ella buscaba. A mi hermana se le daba de maravilla hacer que la gente se sintiera cómoda. Y a mí se me daba igual de bien ponerla nerviosa.

«Todos tenemos nuestras cosas» , solía decir mi madre. Normalmente, cuando no me invitaban a una fiesta de cumpleaños a la que sí iba mi hermana. «Tu hermana tiene talento para atraer a la gente a su mundo . El tuyo es contar historias maravillosas. Al final, todo se equilibra».

No estaba segura de que esa última parte fuera cierta. Pero, cuando decidí dedicarme a escribir a tiempo completo, mi madre dijo que no tenía a nadie a quien culpar más que a sí misma. Llevaba años diciéndome que le encantaban mis historias.

Mi hermana carraspeó.

Levanté la vista y vi a Rob, que retiraba una silla para Lizzie, y a Scott, que hacía lo mismo para mí. Estaba ensimismada y no me había dado cuenta.

—Gracias —le dije a Scott.

—Cariño, ven a ayudarme a traer la comida —dijo Rob.

—¿Estás escribiendo historias en tu cabeza? —preguntó mi hermana.

—Estaba pensando en mamá —respondí sin pensar.

Ella palideció.

Uf. ¿Cuándo aprendería a pensar antes de hablar?

—Lo siento. Solo pensaba en cómo solía decir que tú tenías un don para hacer amigos y que a mí se me daba bien contar historias.

—¿Sabes?, me decía lo mismo cuando tú ganabas todos los premios de escritura y académicos en la escuela. —Respiró hondo y se estremeció.

—Todos tenemos nuestras cosas —dijimos al unísono, y luego nos reímos.

—No te preocupes por esta noche —le susurré—. Sé tú misma.

—Eso puedo hacerlo. —Volvió a respirar hondo, aunque sus manos seguían temblando sobre la mesa.

Los hombres volvieron con varios platos y los colocaron en semicírculo sobre la mesa.

—¡Qué pasada! Nadie me había dicho que esta noche cenaríamos en un restaurante de cinco estrellas —dije. Los platos tenían una presentación exquisita y olían deliciosamente—. Pensaba que tomaríamos el té. Ya sabes, con bollos, tortitas y esas cosas.

Los hombres se rieron de nuevo.

—No os equivocabais al decir que llamamos té a todas las comidas, pero queríamos que esta noche probarais la cocina irlandesa —dijo Rob—. Esto es más bien una degustación de recetas para el libro de cocina, pero otras son para…

Scott puso su mano sobre la de Rob, que se encogió de hombros.

—¿Para qué? —pregunté.

—Un pequeño proyecto al que he estado dándole vueltas —contestó Rob—. Nada del otro mundo, una gastroneta.

Lizzie tosió. Le había contado lo que les había oído decir a Lolly y Kieran. Dejó la copa de vino con un poco de fuerza y casi se derrama sobre el mantel.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—¿Es el vino? —inquirió Scott—. Es un tinto un poco fuerte, pero el sumiller dijo que podría combinar bien con algunas de las especias. Yo no lo tenía tan claro.

Lizzie se secó la boca con la servilleta.

—Todo en orden. Solo tengo que aprender a tragar.

Scott y Rob se miraron y se echaron a reír, y yo los imité. Mi hermana se hizo la inocente, pero yo sabía que había entendido la broma involuntaria.

—¿De qué son los sándwiches? —preguntó Lizzie enseguida.

—De colcannon , que es un puré de patata irlandés —respondió Rob—.

Le he añadido cerdo. Ay, me olvidé de preguntar.

Algunos de estos platos llevan gambas y cerdo, además de ternera y varios tipos de verduras.

He tomado algunos de nuestros platos tradicionales irlandeses y les he dado un toque coreano. ¿Sois alérgicas a algo?

—No —respondimos mi hermana y yo al mismo tiempo.

—A Mercy y a mí nos encanta toda la comida —dijo Lizzie.

Nos reímos.

—Estupendo, me encanta la gente que no es quisquillosa —comentó Rob—.

Hace años que no puedo preparar nada con gambas o langostinos por culpa del juez.

Además del puré, tenemos un pan de patata.

También hay rollitos de col rellenos de beicon.

—Hizo un gesto para que le acercáramos los platos y luego nos sirvió una porción de cada una de sus creaciones culinarias.

»Los rollitos están rellenos de salmón ahumado —explicó— y el último plato es mi versión del estofado irlandés. Acabo de darme cuenta de que he preparado un menú degustación, pero no tengo entrantes ni sopas.

—¿Quién quiere perder el tiempo con eso? —Le quité el plato de las manos.

—Supe que seríamos amigos en cuanto vosotras dos entrasteis en la plaza —dijo Rob—. Y, por supuesto, normalmente no serviría estas cosas juntas. Tengo pensado hacer días temáticos en la gastroneta. Ofreceré dos platos principales, pero los demás serán diferentes cada vez que esté abierto.

No dejaba de mencionar la gastroneta. La que el juez había rechazado. Sin el juez por medio, quizá pensaba volver a solicitar el permiso.

Probé el primer plato.

—Mmmm. —No fingía mi deleite—. ¿Es kale lo que lleva el puré?

—Exacto.

—Si el kale siempre supiera así, comería mucho más —admití. El plato también llevaba mucho queso.

—Yo también —dijo Lizzie.

Probé un poco de todo lo que había en el plato.

—Cuando abras tu gastroneta, comeré allí todos los días —dije.

Rob sonrió.

—Para ser sincero, he estado intentando poner una aquí, en Shamrock Cove. Pero el juez…

—Cariño —advirtió Scott.

—Son amigas. —Rob hizo un gesto con la mano—. Lo entenderán.

—¿Qué pasó? ¿Qué hizo el juez? —preguntó Lizzie.

No importaba cuánto se quejara de lo que me gustaba husmear. Ella era tan curiosa como yo.

—Tumbó la solicitud ante el ayuntamiento —respondió Scott—. Fue brutal e inesperado. Quizá me lo tomé demasiado personalmente.

—Qué tontería —dije—. Sé que solo llevamos aquí veinticuatro horas, pero todos los sitios necesitan un restaurante como este. —Señalé los platos.

—Eso fue lo que dije yo —coincidió Rob—. Fue el único que votó en contra, pero como el muy canalla era el presidente…, en fin. Sé que es terrible que haya muerto, pero voy a intentarlo de nuevo. Echo de menos tener un restaurante.

Scott puso los ojos como platos.

—No es eso —dijo Rob, girándose hacia su marido—. Ya sabes a qué me refiero.

Scott le sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—¿Por qué no abres un restaurante clásico? —pregunté.

Los dos hombres se miraron de nuevo.

Entonces Rob se encogió de hombros.

—Más vale que se lo contemos nosotros antes de que se enteren por los cotilleos.

—Si quieres —dijo Scott.

—No era mi intención entrometerme —dije. «Sí que era mi intención » .

—No pasa nada. —Rob carraspeó y dejó el tenedor—. Tenía restaurantes clásicos en Glasgow y Dublín. Iban bastante bien, pero el estrés casi me mata.