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Podría hablar con Rob más tarde, durante el té, para averiguar por qué él y Scott habían discutido. Lo primero que tenía que hacer era entrar en la casa del juez. Si se trataba de un crimen, sentía que las respuestas podrían estar allí.
Eso si es que lo habían matado. No se sabía cuándo estaría listo el informe toxicológico, pero mi instinto me decía que lo habían asesinado. El juez se había sorprendido mucho por lo repentino de su infarto. Si solo hubiera sido su corazón, seguro que no habría gritado que era un asesinato…
Aun cuando su muerte no era asunto mío, no me gustaba la idea de que los demás vecinos pensaran que Lizzie y yo teníamos algo que ver, aunque no lo dijeran en voz alta. No sabía si era culpa por no haber podido salvarlo o solo morbosa curiosidad, pero tenía que saber qué le había sucedido al juez.
Y, si era sincera, deseaba con todas mis fuerzas que ese nuevo comienzo para Lizzie y para mí saliera bien. Eso no sucedería si la gente de Shamrock Cove pensaba que podíamos ser culpables.
Una vez que decidí cómo actuar, me resultó imposible hacer otra cosa. Solo quería entrar allí y echar un vistazo. Quizá encontraría algo útil para la policía.
«Vaya ego, ¿ no? ».
No sé por qué, pero tenía que intentar averiguar qué había pasado.
Quizá se debiese a que era curiosa por naturaleza —eso era lo que me convertía en una buena escritora de novelas de misterio— o a que quería proteger a mi hermana si un asesino andaba suelto.
Además, ella quería que investigara un poco.
Me quedé mirando la búsqueda en mi ordenador. Tenía una idea, pero a mi hermana no le iba a hacer demasiada gracia mi nuevo plan.
Media hora más tarde, estábamos en el jardín delantero.
—¿Por qué? —Me miró fijamente. Le expliqué lo que había oído y lo que había encontrado en internet—. ¿No se supone que deberías estar escribiendo?
—Solo voy a echar un vistazo —respondí.
—Se llama allanamiento de morada —dijo ella con toda razón.
—Nadie, excepto nosotras, cierra con llave las puertas por aquí. —Me encogí de hombros—. ¿Recuerdas? Esa es la razón por la que hay una verja secreta para acceder a la plaza.
Había comprobado el camino antes. Discurría por la parte trasera de las seis casas de la plaza.
—Esto es absurdo —susurró—. ¿Y si alguien te ve?
—No me verá nadie —respondí—. Cruzaré a escondidas por el camino que hay detrás de las casas.
—Si te pillan, no pienso sacarte del atolladero. —Cruzó los brazos.
—Sí que me sacarás. —Sonreí.
—Pues claro, pero no me hará ninguna gracia. Liquidemos el asunto lo antes posible. Tienes diez minutos como máximo. ¿Qué necesitas que haga exactamente?
—Solo finge que estás trabajando en el jardín y grita fuerte si algún policía se acerca a la casa del juez.
—No me gusta nada esto. Yo quería que investigaras en tu ordenador. Eso no incluye allanamiento de morada.
—Ya lo has dicho; tomo nota.
—Tengo que podar esas rosas. —Se puso unos guantes de jardinería. No tenía ni idea de dónde los había encontrado.
—Solo finge que estás trabajando en el jardín y recuerda hablar alto si alguien intenta entrar en la casa del juez. Es muy fácil.
—No tengo que fingir que estoy trabajando en el jardín. —Puso los ojos en blanco—. Hay mucho que hacer aquí.
—Genial, así no es una pérdida de tiempo para ti.
—Preferiría estar en la tienda —refunfuñó, pero se inclinó sobre unos rosales.
Atravesé nuestra casa y salí por la verja trasera.
El pequeño sendero que discurría por la parte de atrás de las casas no era muy ancho.
La verja del patio chirrió cuando la abrí, y eché un vistazo al camino.
No había nadie. Al pasar por delante de la casa de Brenna, que estaba al lado de la nuestra, me detuve para contemplar su patio trasero.
Lo había convertido en un oasis tropical.
No tenía ni idea de que las palmeras podían crecer en Irlanda.
Cuando estaba a punto de seguir adelante, Brenna se acercó a la puerta y la abrió.
Me agaché enseguida y me escondí detrás de un seto lleno de flores rojo brillante.
Gateé con las manos y las rodillas hasta el patio trasero del juez, que estaba al otro lado del de Brenna, y esperé detrás de un enorme manzano en la esquina.
Mis vaqueros estaban sucios, al igual que mis zapatillas. Y tenía pequeños cortes en las manos por las piedras del camino.
« Este trabajo de detective es doloroso » .
Cuando la puerta se cerró de nuevo, eché un vistazo a su patio. Parecía que había entrado en casa.
La verja del patio del juez tenía una cerradura con llave.
« Cómo no » .
Suspiré.
El muro trasero me llegaba hasta la cintura y no había nada que pudiera hacer.
A menos que lo saltara. Volví a mirar arriba y abajo del camino y subí la pierna al muro de piedra, tensando las costuras de mis vaqueros y haciendo que me diera cuenta de unos músculos en la ingle que no sabía que tenía.
« De perdidos, al río… ».
La siguiente parte de mi aventura fue una de las muchas razones por las que nunca se me había dado especialmente bien el deporte. Soy patosa. El pantalón se me enganchó en algo y el resto de mí cayó al suelo, aterrizando sobre el trasero con una pierna aún en el aire.
Me tapé la boca con la mano libre para ahogar un gemido.
—¿Qué ha sido eso? —Oí preguntar a alguien. Parecía Lolly, que vivía al lado del juez.
—No he oído nada —contestó el inspector.
« Vaya, genial » .
Se me hizo un nudo en el estómago. Lo último que necesitaba era que el policía me encontrara en el jardín del juez con la pierna enganchada en la verja.
Estaban en el patio trasero.
Seguía con la pierna en el aire. Los pantalones se me habían enganchado en el pestillo. Intenté soltar la pierna, pero fue en vano.
—Quizá deberías ir a ver. Hacía años que no teníamos una muerte sospechosa. La gente sentirá curiosidad —dijo ella—. Puede que haya algunos niños fisgando.
Bernard gruñó.
Oh, no.
—Seguro que no pasa nada, abuela. Acabamos de sentarnos a tomar el té. Serán las ardillas otra vez.
« Mecachis » .
—Son una plaga en esta época del año —dijo Lolly—. Ven aquí, chico, y cálmate.
Por más que intentaba alcanzar la pierna con la mano, no servía de nada. Finalmente, me tumbé en el suelo. Después de desabrocharme los botones de los vaqueros, me los quité. Hacía frío, pero no tenía más remedio que desnudarme.
Por suerte, los laterales del jardín estaban rodeados por un gran seto de tejos que había crecido casi hasta la altura del tejado de la casa. Los tejos eran tóxicos. Su presencia me recordaba al juez, que no parecía caer bien a todo el mundo y que era un poco venenoso él mismo.
—De acuerdo —dijo Lolly—, pero prométeme que irás a echar un vistazo cuando terminemos. No quiero que vengan unos gamberros a robar las cosas del juez o a causar problemas en la casa.
—Claro, cuando terminemos, echaré un vistazo.
Me volví a poner los pantalones y los zapatos mientras hablaban. Como el inspector iría a la casa del juez después de tomar el té, no quería intentar colarme dentro. Además, si la verja estaba cerrada con llave, probablemente la puerta también lo estuviera.
Hasta que no se alejasen del patio trasero de Lolly, no podía arriesgarme a volver a trepar por el muro. Encontré un lugar cerca del enorme tejo y me quedé allí.
—Tú lo conocías mejor que la mayoría —dijo Kieran—. ¿Sabes si tenía problemas con alguien?
Hubo al menos un minuto de silencio. Luego, Lolly suspiró.
—Era un viejo cascarrabias problemático con más secretos de los que nadie tenía derecho a tener. Siempre estaba metiéndose en la vida de los demás. Lo sabes tan bien como yo.
—Es verdad, pero ¿alguien con problemas suficientes como para matarlo? ¿Especialmente en la plaza?
—¿Me estás preguntando si lo mató uno de los vecinos?
—Sí —respondió Kieran con demasiada rapidez.
—No vengas a sembrar cizaña en la plaza. Investiga su pasado. Ahí es donde encontrarás el mal, si es que lo hay. ¿Estás seguro de que alguien lo ha asesinado?
—No —contestó—. Pero fue más que un ataque al corazón, así que no voy a esperar para investigar. Sus vecinos no estaban contentos con él. Lo oí cuando hablaban de él después de tu fiesta en la librería.
—¿Estás seguro? —preguntó ella—. ¿Y qué hacías espiando?
—No estaba espiando. Estaba entrevistando a testigos. No me vengas con jueguecitos, abuela. Tú lo oyes todo. ¿Qué pasa?
—¿Me estás diciendo que espío a los vecinos?
—Eso es justo lo que te estoy diciendo, sí. Siempre lo has hecho, y todos lo sabemos.
Ella se rio, lo cual no era lo que yo esperaba.
—Alguien tiene que estar atento, muchacho.
—¿Entonces?
La respuesta me interesaba igualmente.
—Tenía problemas con todo el mundo. Aunque yo no prestaría atención a las recién llegadas. Las miraba mal, pero no iba en serio. Driscoll no habría contactado con esas chicas si no hubiera sido pariente suyo. Michael siempre se quejaba y ponía a la gente en su sitio.
Bueno, al menos Lolly estaba de nuestro lado.
—Es extraño que muriera el día que ellas llegaron —comentó el inspector—. Y una de ellas está entrenada para matar.
¿Qué le había dicho mi hermana? Tenía entrenamiento en krav maga , pero solo lo había hecho para un libro y para sentirme más segura cuando vivía en Nueva York.
—Estoy segura de que te estaban tomando el pelo —dijo ella—. Mercy no haría daño ni a una mosca, aunque he leído artículos sobre sus viajes y cómo se documenta a fondo. Quizá podría matar a alguien.
« Gracias, Lolly » .
—¿Alguien más?
—Michael fue el voto decisivo sobre la gastroneta de Rob, y al resto de los vecinos no les sentó nada bien.
Todos queríamos que Rob cumpliera su sueño.
Necesitamos traer diversidad gastronómica y cultural a Shamrock Cove, tú lo sabes tan bien como yo.
Así es como mantenemos nuestro pueblo sano y próspero.
Puede que Scott haya amenazado al juez por eso.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el inspector.
—A principios de semana, Scott intentó hacer entrar en razón al juez y tuvieron una fuerte discusión en el jardín de delante de la casa. Brenna tuvo que apartar a Scott antes de que se pelearan.