Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 5 #2
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—Sin duda, es un tesoro para nosotras. —Me encogí de hombros—. Quizá él también pensaba lo mismo de nosotras. Siento curiosidad por nuestro padre. Es extraño que el Gobierno nunca le diera a nuestro abuelo ninguna información sobre él.

—¿Tal vez era espía o algo así?

—Has leído demasiadas novelas de Mick Herron.

—Cierto. Pero nuestro abuelo nos ha dejado una búsqueda del tesoro y un misterio sobre nuestro padre.

—Cierto también.

—¿Sabes? Los libros podrían ser el tesoro. —Mi hermana era increíblemente sentimental y parpadeó para contener las lágrimas—. A las dos nos encanta la literatura, y a él también. Esperaba que su colección fuera un poco más clásica, pero no lo es. Este lugar es mágico y él tenía muy buen ojo.

—Es verdad.

—Y a lo mejor la puerta secreta es la del hobbit que conduce a su biblioteca personal. Deberías buscar por allí. Tengo que volver a la tienda. ¿Puedes recoger aquí? —preguntó.

—Por supuesto. ¿Seguro que no quieres que te acompañe?

—Siento que es como mi bebé, y quizá sea hora de que te organices un horario de trabajo y el despacho aquí —contestó, apretándome el hombro—. Cuando termines de escribir, a lo mejor puedes investigar un poco para ver si encuentras esos diarios de los que hablaba.

—Dicho de otro modo: deja de procrastinar, es hora de que vuelvas a escribir.

—Yo no he dicho eso. —Sonrió—. Solo quiero que dejes de reprimirte por culpa de todo mi drama.

—Nuestras vidas están entrelazadas —dije, levantando una mano—, y es normal que nos apoyemos.

Las dos hemos necesitado tiempo para sanar.

Pero tienes razón en que debo empezar a trabajar.

Prometo que, como mínimo, instalaré el portátil en el despacho.

Puede que incluso lo encienda. El resto de mi equipo informático no estará aquí hasta dentro de un par de semanas.

Y puede que me ponga a buscar otra puerta secreta en la biblioteca.

—Es un plan estupendo —dijo ella—. Y, si te aburres mucho, quizá puedas investigar un poco sobre el juez.

—¿Qué? —La miré con sorpresa.

—No me gusta que la gente pueda pensar que tuvimos algo que ver con su muerte —declaró Lizzie, encogiéndose de hombros—. Tú escribes sobre una inspectora muy inteligente. ¿Qué haría ella si estuviera en nuestra situación?

Encontraría al verdadero asesino. Aunque sabía cómo hacerlo en la ficción, no estaba tan segura de cómo hacerlo en la vida real.

—Ya veremos —dije, pero ya tenía planes de hacer al menos algunas búsquedas en internet.

Normalmente conectaba el portátil a un monitor más grande para cuidarme la vista, pero tendría que apañármelas hasta que llegara. Rogué por que hubiéramos traído los adaptadores adecuados.

Lizzie se marchó. Después de recoger la mesa y guardar las sobras, cogí mi mochila de mi habitación y me dirigí al estudio. Lizzie estaba muy preocupada por el despacho, pero a mí me encantaba. El espacio era exactamente como uno se imagina un estudio en una casa de campo irlandesa.

Puse el portátil sobre el escritorio y enchufé el cargador en el adaptador. Luego, me aparté. Cuando no explotó, aplaudí y lo encendí. Apenas tenía batería, pero se encendió. Sin embargo, no abrí el documento en el que estaba mi libro.

Busqué el post-it que Lizzie me había dado con la contraseña del wifi. Una vez conectada a internet, escribí «juez Michael Pierce». Aunque sentía curiosidad por nuestro padre y quería investigar sobre él, sentí que era algo que debía hacer con Lizzie.

Los primeros artículos que aparecieron sobre el juez eran algunos de los casos de gran repercusión que había llevado a juicio cuando era fiscal general. El sistema legal era bastante diferente aquí, pero tenía un historial de casos difíciles y precedentes sentados.

De forma directa o indirecta, había sido responsable de enviar a cientos de delincuentes a la cárcel durante años. Por lo que había leído, también tenía fama de ser duro pero justo con los agentes de la policía irlandesa, la Garda, y sus procedimientos.

Como juez, defendía un estricto cumplimiento de la ley. Ese tipo de hombres se ganaban muchos enemigos, aunque fueran respetados en su comunidad.

Si bien había cientos de nombres de personas puestas en libertad condicional o liberadas, cotejé algunos de los delincuentes que habían salido recientemente de prisión.

Si no fue alguien de la plaza, ¿por qué esperar hasta ayer? ¿Y cuándo habrían tenido la oportunidad? Los misterios de la vida real eran mucho más complicados.

Con el sol entrando en el despacho, el ambiente estaba cargado.

Me acerqué al asiento de la ventana y abrí el pestillo. La brisa fresca trajo el aroma de las rosas y las hortensias, junto con una discusión. Tardé unos segundos en reconocer las voces de Rob y Scott.

—¿Te vas otra vez? —Rob parecía enfadado.

—Te dije hace semanas que tenía esta reunión. ¿Por qué te enfadas? —Scott parecía molesto, pero no tanto como Rob.

—Después de lo que pasó, prometiste llevarme contigo cuando tuvieras que ausentarte más de un día. Y, sinceramente, ¿no crees que será sospechoso que te vayas tan pronto después de la muerte del juez?

—¿Por qué? Yo no he tenido nada que ver —alegó Scott.

—Pero ¿y si encuentran esos papeles? —inquirió Rob con un tono un poco más suave.

¿Qué papeles? ¿Qué estaban ocultando?

—Ni siquiera han registrado su casa todavía. Además, no hemos hecho nada que pueda levantar sospechas —dijo Scott—. Ni siquiera sabemos cómo murió. A menos que lo envenenaras con uno de tus brebajes.

—No puedo creer que digas algo así. ¿Y si alguno de ellos te escucha? —Se oyó un portazo.

Scott murmuró entre dientes.

« Dios mío. ¿ Qué estarán tramando estos dos?». La verdad es que me caían muy bien.

Rogué por que no fueran ellos quienes habían matado al juez.