4 #2
—Supongo que es lo normal en un pueblo pequeño. —Lizzie se encogió de hombros, y yo asentí con la cabeza.
Y entonces Lizzie se marchó. Era bueno que tuviera tanto trabajo por delante para mantener la mente ocupada. Pero me preocupaba que se esforzara demasiado.
También me preocupaba que tuviéramos a un asesino entre nosotros.
Haría lo que fuera para proteger a mi hermana.
Dos horas más tarde, salí de casa. Saludé con la mano a Rob, que estaba recogiendo hierbas de su jardín.
—Pásate más tarde a tomar el té y trae a tu hermana. Quiero probar algunas recetas nuevas con vosotras.
—Gracias, qué amable. Nunca tienes que insistir cuando se trata de comida —le dije—. Aunque ya nos has preparado comida suficiente para un mes.
Nos reímos y me dirigí hacia la entrada secreta que había en el muro. Al abrir, me pareció ver algo por el rabillo del ojo. Parpadeé, pero había desaparecido. Habría jurado que había alguien en el jardín del juez.
«Necesito más café», me dije a mí misma.
Seguí el camino por detrás de los edificios de la calle principal hasta llegar a la puerta trasera de la librería. Estaba cerrada con llave.
Llamé a la puerta.
Tardó un poco, pero al final Lizzie fue a abrirme. Llevaba dos lápices detrás de las orejas y tenía el pelo revuelto.
—¿Va todo bien? —le pregunté.
—Acabo de encontrar sus libros de registros.
Los escondió en un secreter, y me ha llevado una hora averiguar de qué cosas debía tirar para abrir las puertas.
Estoy aprendiendo mucho sobre él gracias a esta tienda.
Era excéntrico y muy consciente de la seguridad.
Si consigo averiguar dónde están todas las cosas, lo tendré todo bajo control.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudar?
—Sí.
Se dio la vuelta y se dirigió al interior de la librería. Después de cerrar la puerta detrás de mí, la seguí.
Había un despacho a la derecha y ella estaba detrás del escritorio, una vieja puerta con una parte de cristal, sentada en una silla gótica que parecía sacada de un libro de magia.
Todas las paredes tenían cajas y libros apilados contra ellas, que llegaban hasta el techo, de tres metros de altura. Probablemente eso la molestaba, dada su necesidad de orden. Aunque yo no tenía su inclinación por la pulcritud, aquello era demasiado incluso para mí.
—Este lugar tiene muchos rincones ocultos y descubrimientos divertidos, y es precioso —dijo mientras rebuscaba entre una pila de papeles—. Anoche estuve tan ocupada socializando que me perdí muchas de las cosas que lo hacen tan especial.
—Me muero de ganas por descubrirlo.
—Mientras estabas echando un vistazo, he imprimido una lista de inventario dividida por géneros. ¿Puedes encargarte de las novelas de misterio y suspense y el young adult ? Si el libro está en la estantería, pon una marca en la columna que dice «en estantería». Si no está, déjala en blanco.
»Además, tiene un almacén en algún sitio con muchos más libros, pero no lo encuentro. Quizá haya un sótano. No he tenido tiempo de buscar. Si lo encuentras, avísame. —Me pasó los papeles y un bolígrafo, y me despidió con un gesto.
Tenía razón, la librería era magnífica.
La tienda estaba a oscuras, así que deslicé la mano por la pared, buscando un interruptor. Solo encontré unos pomos. Saqué el móvil y encendí la linterna. Los pomos eran de latón. Giré uno y se encendió una luz tenue en el techo.
Según las listas de Lizzie, las novelas de misterio y suspense estaban arriba, en la escalera de cobre.
Las paredes y estanterías, pintadas de un hermoso azul oscuro, le daban un aspecto elegante y, sí, casi místico.
El aire estaba impregnado de aromas de canela, vainilla y cuero.
Me encantaba todo y me sentí como en casa.
Era posiblemente la librería más perfecta en la que había estado nunca, y eso era decir mucho.
Me puse a trabajar enseguida en la lista de inventario, y puede que me sonrojara cuando me di cuenta de que tenía varios ejemplares de todos mis libros. Cuando regresé al despacho, Lizzie me dio una lista para la sección infantil.
Al terminar, era casi mediodía y mi estómago rugía.
La encontré empujando las paredes de la librería.
—Eh, ¿Lizzie?
Tenía lápices puestos en la coleta y en las orejas.
—Sé que parezco una loca, pero te juro que a este hombre le encantan las puertas secretas. Estoy tratando de encontrar el sótano. Si es que hay. He buscado por todas partes.
Me dirigí a la puerta trasera y luego me giré hacia la tienda. Había varios armarios alineados en el pasillo trasero. Uno de ellos se parecía más a un ropero. Abrí las dos puertas y estaba vacío. Me arriesgué y empujé el panel trasero: se abrió una puerta.
—Por supuesto, es como el ropero de Narnia —susurró Lizzie detrás de mí.
—¿Tienes una linterna? No encuentro el interruptor.
Ella negó con la cabeza.
—Voy a ver si encuentro una en el despacho. Aunque su capacidad de organización dejaba mucho que desear. Me ha sorprendido, ya que la casa estaba muy ordenada.
—Te olvidas de que Lolly envió personal de limpieza. Es posible que pusieran un poco más de orden. Y aunque los vecinos ayudaban aquí, no creo que se preocuparan por los asuntos del negocio.
—Cierto. —Se dirigió al despacho y yo casi me di una palmada en la frente—. No hace falta. Puedo usar el móvil.
Lo saqué del bolsillo y encendí la aplicación. La zona estaba tan oscura que no sirvió de mucho. Al atravesar el armario, pisé algo de madera que crujió.
—Esto tiene que ser un peligro para la seguridad.
Por fin encontré la luz y giré el pomo. Parpadeé cuando se encendió la luz del techo.
No era un sótano. Había leído que la mayoría de los lugares en Irlanda no tenían porque el suelo era demasiado húmedo.
Había un escalón que llevaba a un suelo de madera.
El espacio a mi derecha era estrecho y me di cuenta de que era un almacén que se extendía bajo las escaleras de la librería.
Lizzie me siguió mientras nos abríamos paso entre el laberinto de cajas. Parecía que se estrechaba aún más, pero al final de los paquetes apareció una pequeña habitación que quedaba hacia la parte trasera de la tienda, así que tenía que estar cerca del pequeño aseo al otro lado de la pared.
Vi un pequeño escritorio redondo con una lámpara de cristal antigua y encendí la luz. Nos quedamos sin aliento al verlo al mismo tiempo.
Los nombres en el sobre me hicieron parpadear.
«A mis queridas nietas, Mercy y Lizzie McCarthy».