Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 4
17%

4

Al día siguiente, me desperté con alguien aporreando la puerta. Me llevó un minuto darme cuenta de dónde estaba. No soy una persona madrugadora. Necesito varias horas y grandes cantidades de café antes de estar lista para afrontar el día.

En mis más de treinta años en este planeta, eso nunca había cambiado. Me volví adicta a la cafeína cuando era adolescente. Las personas que me rodean lo saben. La persona que estaba en la puerta, no tanto.

—¿Hola? —dijo alguien desde detrás de la caja.

—Uy, pase, pase. Todo recto. ¿Puedo ayudarlo?

—Solo asegúrese de que no me tropiece con nada —dijo la voz con un suave acento irlandés.

Un momento. Conocía esa voz.

—¿Inspector?

—Sí, ¿estoy demasiado cerca de la mesa del pasillo? —Parecía estar sin aliento.

No tenía ni idea de por qué había venido él a entregar la caja, pero era obvio que pesaba mucho.

—Un metro más y gire a la derecha. Puedo ayudarlo.

—No hace falta —dijo.

Llegamos a la cocina, dejó la caja sobre la mesa y estiró la espalda.

—Nunca había visto una en persona —dijo—. ¿Quiere que la ayude a montarla?

Si no me equivocaba, parecía estar casi tan emocionado como yo.

Su actitud era muy diferente a la de la noche anterior.

Me había hecho pensar que era sospechosa de asesinato.

Sin embargo, con un poco de perspectiva y después de dormir un poco, suponía que estaba haciendo su trabajo al hacerme esas preguntas.

—¿Montar cafeteras forma parte de las funciones de un inspector?

Se rio. Me alegré de que lo tomara como yo pretendía.

—En este pueblo, probablemente sea una ley. Para que lo sepa, no se permiten entregas en la plaza antes de las diez de la mañana. Si llega algo, se suele entregar en la comisaría, y alguien la llamará para que vaya a recogerlo.

—No recuerdo todas estas normas en los contratos.

—Algunas son leyes no escritas de la plaza. —Se rio entre dientes—. Bueno, ¿quiere que la ayude?

—Claro. —Me encogí de hombros—. Gracias por traerla hasta aquí.

Tardamos casi una hora, la mayor parte de la cual la pasé diciendo: «Debería irse, ya me las apañaré». Pero al final conseguimos que se encendieran las luces y me ayudó a programarla.

Después de dejar correr el agua por el interior, eché los granos.

El expreso estaba en un lado y mi mezcla norteamericana favorita en el otro.

Los había metido en mi maleta. Bueno, técnicamente, los había introducido de contrabando.

Pero esperaba que el hombre que estaba en mi cocina no se hubiera dado cuenta.

—¿Cortado? —le pregunté.

—Sí, perfecto —respondió.

Pulsé el botón. La máquina cobró vida con un gorgoteo y pronto la cocina se llenó de un aroma delicioso.

—Impresionante —dijo mientras le tendía una taza.

—Debería serlo —respondí—. Pero vale su precio. Habríamos ido a recogerla.

—Venía de camino a ver cómo estaba mi abuela. Me preocupaba que hubiera hecho demasiado anoche con la fiesta y luego todo lo que pasó con el juez. Ella era la única del pueblo capaz de manejarlo en cierta medida.

Me senté a la mesa y le indiqué que hiciera lo mismo.

—¿Alguna noticia de toxicología o de la autopsia?

—No nos movemos tan rápido como en Estados Unidos —dijo—. Y no soy de los que hablan de casos en curso con desconocidos. —Sonó tajante, pero había un brillo en su mirada.

—No lo decía en ese sentido. —Levanté las manos en señal de rendición—. Para que conste, en Estados Unidos no nos movemos rápido, al menos donde yo vivo. La oficina del forense suele estar sobrecargada y con falta de personal. Solo tenía curiosidad por saber si lo habían envenenado.

—¿Por qué dice eso? —inquirió, frunciendo el ceño.

—Bueno, anoche estuve investigando un poco.

Encontré un libro en la biblioteca de mi abuelo.

Al principio pensé que había sufrido un infarto, pero luego tuvo convulsiones.

No pude pegar ojo hasta que conseguí hacerme una idea de lo que podría haber ocurrido.

Tenía las pupilas muy pequeñas y parecía confundido con lo que veía.

»Y me di cuenta de que los jardines de por aquí son muy variados, con muchos tipos de flores.

Sería muy fácil para alguien preparar una tintura con dedalera, adelfa, cicuta o incluso azaleas, que pueden ser peligrosas.

No era precisamente una persona amable y cariñosa, así que…

—Dejé de hablar cuando vi que el inspector me miraba de forma extraña.

—Ha estado dándole muchas vueltas —dijo. Su voz no sonó acusadora, sino más bien sorprendida.

—Me dedico a escribir sobre asesinatos. Me he formado y he entrevistado a todo tipo de agentes de los cuerpos de seguridad, médicos y científicos. Una va aprendiendo cosas. No tenía ninguna lesión externa que pudiéramos ver, así que… —Bajé la mirada hacia mi taza.

—Veneno —dijo, como si lo estuviera meditando.

—O causas naturales. Internet ha hecho que sea facilísimo matar a alguien sin dejar apenas rastro. Por eso le he preguntado antes por los resultados de toxicología. Si el médico forense o el juez de instrucción esperan demasiado, puede desaparecer del sistema.

Levanté la vista hacia él. Seguía mirándome.

—Probablemente piense que soy un estorbo y que le estoy contando cosas que ya sabe.

—En absoluto. —Sonrió—. Pensaba que era agradable conversar con alguien que sabe de crímenes y que aporta una visión externa de la comunidad de la plaza.

Arqueé una ceja.

—No está siguiendo el guion, inspector. —Sonreí.

—¿A qué se refiere?

—En una novela de misterio, la policía nunca está de acuerdo con los detectives aficionados y les dicen constantemente que no se entrometan.

—Nunca le he visto mucha utilidad al ego. —Se encogió de hombros—. He trabajado con la Policía Metropolitana de Londres, Scotland Yard y la Garda Síochána. Mantener una actitud abierta ayuda a resolver los casos más rápido.

Más tarde investigaría al inspector. ¿Por qué había trabajado con tantas agencias? ¿Y por qué se había instalado en un pequeño pueblo como Shamrock Cove con toda esa experiencia?

—En fin, he de irme ya. Tengo que pasarme a ver cómo está mi abuela; además, ha hecho bollos de arándanos. Necesito llegar antes de que le dé mi parte a Bernard. Lo mima horrores. Supongo que, si se encuentra bien, vendrá a verlas.

—Bueno, yo no soy buena cocinera, pero, gracias a usted, puedo ofrecer un café estupendo.

Antes de que le diera tiempo a levantarse, la puerta principal se cerró.

«¿ Quién ser á ?».

—¿Hola? —grité.

El inspector se giró hacia la puerta de la cocina.

—Qué bien, ya te has levantado. Te he traído… Ah, hola, inspector. —Lizzie le sonrió y luego me miró de forma extraña. Entonces vio la cafetera—. No es tan grande como pensaba —dijo con voz totalmente inexpresiva.

Me eché a reír.

Lizzie vestía vaqueros y un jersey azul claro con botas. Llevaba varias bolsas de la compra en las muñecas y dos tazas en la mano.

—Te he traído café del pub . El supermercado estaba abriendo cuando venía de vuelta, así que he parado a comprar algunas cosas para el desayuno y el almuerzo. Tenía una increíble variedad de frutas y verduras preciosas.

—Siento que estoy molestando. Me ha alegrado verlas a los dos —dijo el inspector, y luego se despidió con la mano.

Lizzie esperó hasta que hubo cerrado la puerta.

—¿Qué hacía aquí?

Le conté lo de la entrega y que habíamos estado hablando del juez.

—¿Cómo te encuentras esta mañana? —le pregunté mientras la ayudaba a guardar la compra.

—Bien. —Suspiró—. Tuve unas pesadillas horribles, pero luego me desperté y contemplé el patio trasero. Acompáñame. —Me tomó de la mano y me arrastró hacia la puerta trasera.

El día anterior habíamos salido a la terraza, pero esa vez me llevó al centro del jardín.

—Hay un columpio de dos plazas debajo de ese árbol y un banco en medio de los rosales, que necesitan una buena poda. Hay dos bebederos para pájaros, y luego hay que pasar por aquí, por este camino.

La seguí entre los árboles. No me había dado cuenta de que el jardín era tan grande.

Detrás de algunos árboles había un círculo de flores y arbustos en flor. En el centro se erguía una pequeña fuente de agua, y a un lado había un banco curvo. Incluso mi ojo inexperto podía ver que era extraordinariamente hermoso.

—Mira la puerta en el árbol. Es un jardín de hadas —susurró, como para no molestar a las hadas—. Todas las casas tienen uno. Lo he visto esta mañana y le he preguntado a Matt en el pub . Me ha dicho que los jardines de hadas son muy populares aquí.

Sonreí. No creía en las hadas, pero me encantaba que mi hermana hubiera encontrado algo de magia. Cualquier esperanza que ella tuviera era algo positivo.

—Qué chulo —dije—. Y muy irlandés.

—Sé que piensas que soy tonta —dijo, dándome un golpecito en la mano—, pero me encanta que nuestro abuelo tuviera uno. Me hace sentir…

—¿Conectada?

—Sí, y que quizá heredé un poco de mi fantasía de él. Tú y mamá sois muy prácticas, y no conocimos a nuestro padre. Siempre me he preguntado por qué soy tan diferente a vosotras dos.

—No sé hasta qué punto soy práctica. —Me reí—. Me gano la vida escribiendo novelas policiacas. Pero esto es precioso y bastante inesperado.

—Estoy de acuerdo. ¿Puedo dejarte sola para que desayunes? Tengo muchas ganas de ir a la librería.

—Claro. Incluso vendré a ayudarte. Pero necesito una ducha y un par de cafés más.

—Tómate tu tiempo. Estoy deseando conocer el lugar. Ah, y echa un vistazo al despacho y dime si necesitas algo. Estoy planeando un viaje a Dublín a finales de semana para comprar algunas cosillas que no estoy segura de que encontremos aquí.

—¿Es raro que el inspector haga entregas a domicilio?

—Sí.

Se detuvo en el camino y se giró hacia mí.

—Este lugar es un poco extraño, pero eso es lo que me gusta. Y respira este aire. En Texas tenemos aire fresco, pero aquí es diferente. Es como respirar felicidad.

—Así que Irlanda es mágica y feliz —dije riendo—. Qué bien.

—Excepto por lo que pasó anoche, es un lugar maravilloso. ¿Ha comentado algo el inspector sobre el juez? —susurró como si alguien pudiera estar escuchando.

—Ninguna novedad todavía. Ha dicho que aquí las cosas van más despacio.