Asesinato en una librería de Irlanda (Mercy McCarthy 1) 3 #2
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—¿El camino trasero? —pregunté.

—El camino que lleva al castillo y que pasa por detrás de las casas —añadió Rob.

Una forma fácil para un asesino de ocultar su huida.

Entonces me di cuenta.

—Un momento, la única razón por la que creemos que es un asesinato es porque el juez ha dicho que alguien lo había matado.

Pero, sin pruebas forenses, ¿cómo podemos saberlo?

—pregunté—. No había nada aparente que hiciera pensar que lo habían golpeado o algo así.

Parecía que había sufrido un ataque al corazón hasta que comenzaron las convulsiones.

Podría haber muerto por causas naturales.

—Cierto —dijo el inspector—. Pero, dadas las circunstancias, es mejor preguntar a los que han visto lo que ha ocurrido antes de que lo olviden. Si hubo intención dolosa, necesitamos los hechos lo antes posible. Como fueron las primeras en llegar al lugar…

—Entendido —dije.

Parecía lógico. Estaba cansada y de mal humor, y aquel hombre me molestaba sobremanera, pero estaba haciendo su trabajo.

—¿Alguno de vosotros lo ha visto discutir con alguno de los vecinos en la fiesta?

Todos se miraron entre sí.

—Dejadme decirlo de otra manera, ¿hubo alguien que pareciera inusualmente molesto por el habitual comportamiento cáustico del juez?

—No estábamos molestas —dijo Lizzie—, pero nos ha dicho a mi hermana y a mí que no éramos bienvenidas.

No creía que nuestro abuelo nos hubiera dejado este lugar.

Ha dicho que lo iba a investigar o algo así.

Simplemente he pensado que era un viejo malhumorado.

No me llevo bien con la gente que decide ser maleducada, así que no he hablado mucho con él.

Sonreí. Mi hermana era una combinación perfecta de tejana y dama sureña.

Nadie se metía con ella. Si alguien confundía su sosiego con docilidad, aprendía rápido.

Y sí, se había roto, incluso la magnolia de acero más dura lo habría hecho, teniendo en cuenta por todo lo que había pasado el último año. Pero se estaba recuperando.

—Lizzie tiene razón. A mí me ha dicho lo mismo. Para ser sincera, me gustan los cascarrabias. Algunos de mis mejores amigos escritores son viejos gruñones. Estoy acostumbrada. Tengo tanta curiosidad como el juez por saber por qué nuestro abuelo nunca se puso en contacto con nosotras en vida.

—Lo he visto discutiendo con bastante mala leche con Linda, pero eso no es nada nuevo —apuntó Rob—. Y luego Dave ha intentado suavizar las cosas como siempre hace, y ya sabes cómo suele terminar.

Como no conocía a ninguno de ellos, no estaba segura de a qué se refería.

—¿Tienes idea de por qué discutían? —preguntó el inspector.

La pregunta estaba en la punta de mi lengua. Quizá el tipo no era tan malo en su trabajo.

Rob se encogió de hombros.

—Creo que ella estaba molesta porque el comité que él preside rechazó su solicitud de pintar la puerta de su tienda de color fucsia. Ella había pedido renovar completamente la calle principal, una vez más.

—Menos mal que se lo denegaron —dijo Scott, haciendo una mueca—. Eso no encajaría en nuestra combinación de colores.

—¿No se pueden pintar los edificios o las puertas sin permiso? —Lizzie frunció el ceño.

—No —respondió Rob—. A este pueblo le encanta la burocracia y no le gustan los cambios.

A menudo estoy de acuerdo con Linda, pero el rosa brillante habría destacado mucho.

A Linda no le gustaba que la tienda de vuestro abuelo estuviera pintada de negro por fuera, pero es toda una institución.

El juez no iba a permitir ningún cambio en el aspecto del pueblo, y él era el presidente del comité.

—El juez también ha debido sacar de quicio a Brenna esta noche. Le ha hecho la peineta —añadió Scott—. Incluso tu abuela lo ha señalado con el dedo y le ha dicho que se comportara. —Se giró hacia mí—. Lolly es la abuela del inspector.

Asentí con la cabeza en señal de agradecimiento, preguntándome si veía algún parecido familiar.

—¿Alguno de vosotros recuerda algún otro ruido antes de oír gemir al juez o gritar a Lizzie? —preguntó el inspector.

Todos negamos con la cabeza.

Las manos de Lizzie temblaban sobre la mesa.

El inspector las miró y luego la miró a ella. Había una expresión amable en su rostro.

—Estoy seguro de que están agotadas —dijo—.

Voy a visitar a los demás vecinos. Señora McCarthy, gracias por sus esfuerzos por salvar al juez.

Con independencia de lo que haya sucedido, usted ha hecho todo lo posible.

Por lo que han dicho los técnicos, nada de lo que hubiera podido hacer habría cambiado el resultado.

Sabremos más cuando el forense y el juez de instrucción lo examinen.

—Eh, gracias. —Esa amabilidad había sido inesperada.

—Nosotros también deberíamos irnos —dijo Rob—.

Sé que lo que ha pasado esta noche ha hecho que sea un día horrible.

Pero… os prometo que Shamrock Cove suele ser un lugar estupendo para vivir.

Tenemos nuestros dramas, como todos los pueblos, pero la gente aquí es buena.

Y estamos encantados de que estéis aquí.

—Gracias, chicos. —Sonreí—. Por todo. Y nos creeremos lo que decís, al menos por ahora.

—Buenas noches a todos. Voy a dormir durante veinticuatro horas. —Lizzie se despidió con la mano.

Después de que se marcharan, cerré las puertas con llave. Lizzie se había sentado en los escalones de la entrada.

—¿Hicimos lo correcto al venir aquí? —preguntó en voz baja.

—Sí —respondí con más determinación de la que sentía—. ¿Seríamos las McCarthy si nuestra llegada no hubiera sido tan agitada?

—Supongo que tienes razón. —Sonrió—. Todo parece…

—Un poco demasiado —terminé yo—. No podría estar más de acuerdo. Pero piensa en el material que me proporcionará para el libro. Un juez cruel. Una mujer que se queda dormida en los momentos más extraños.

Lizzie se rio.

—Y piensa en la librería —dije.

—Es de ensueño. —Suspiró, feliz—. Casi como un lugar donde podrían vivir las hadas. Y nos divertiremos con nuestra búsqueda del tesoro para descubrir más cosas sobre nuestro abuelo. Y quizá sobre nuestro padre. Me pregunto si tendría alguna foto por aquí.

—Estoy segura de que encontraremos unas cuantas. —Asentí.

Mi hermana se inclinaba más por lo fantasioso, mientras que yo estaba firmemente anclada en el lado oscuro. Pero, en ese momento, si ella necesitaba que yo creyera en cosas como las hadas para superar el día, lo haría.

—El juez no parecía un hombre muy agradable, pero ojalá no hubiera muerto —dijo—. ¿Crees que lo han asesinado? ¿Y estás segura de que no lo ves como una especie de presagio?

—No —respondí—. Era un anciano. Por lo que sabemos, podría haber muerto de viejo. Pero, si alguien le ha hecho daño, no ha tenido nada que ver con nosotras.

Al menos, eso creía yo. Me habían pasado cosas extrañas en Nueva York durante los últimos dos años: desaparecían objetos de mi apartamento, me enviaban fotos varias por correo. Y sentía como si alguien me estuviera vigilando cada vez que salía.

En su mayoría, lo había atribuido a mi olvido y a mi imaginación paranoica, pero tenía que admitir que había dejado de sentirme segura en mi propia casa.

¿Me había seguido ese problema hasta allí?