3
Me senté en el banco del jardín, fuera de la casa del juez, mientras un agente de policía inspeccionaba la escena. Estaba aturdida, al menos mi cerebro lo estaba. Habían pasado muchas cosas en los últimos minutos, entre ellas, haber visto morir a un hombre al que apenas conocía.
Y me había culpado a mí. ¿Por qué?
Sentí un nudo en el estómago por los nervios.
Unos minutos más tarde, el agente hizo un gesto a los técnicos de emergencias médicas para que cubrieran el cuerpo. Mientras se llevaban al juez en camilla, el agente se acercó a mí.
—¿Señora McCarthy?
—¿Sí? —respondí con voz ronca. Me aclaré la garganta.
—Soy el inspector O’Malley. Si no le importa, vamos a su casa para que pueda entrar en calor.
—De acuerdo. —Me apetecía entrar en calor. Había dejado de llover, pero el aire era frío y tenía las manos heladas—. Un momento, ¿dónde está mi hermana? —pregunté, preocupada. Miré a mi alrededor en busca de Lizzie.
—Sus vecinos la han llevado a casa.
Salí corriendo en dirección a la casa para ver cómo estaba.
—¿Lizzie? —Las luces estaban encendidas, pero no la veía.
—Aquí atrás —gritó.
Corrí por el pasillo hasta la parte trasera de la casa.
Estaba vigilando la tetera en el fuego mientras Rob y Scott estaban sentados a la mesa, donde reposaba una bandeja con comida en el centro.
—Hola —dije, y me acerqué a ella—. ¿Estás bien?
Esbozó una sonrisa forzada.
—Estoy bien —susurró—. ¿Y tú?
Asentí con la cabeza.
—Los chicos nos han traído algo de comida —dijo con su voz cantarina—. ¿No es un detalle por su parte?
—Pues sí —respondí.
—Lizzie parecía un poco mareada, así que la trajimos a casa —explicó Rob—. Espero que no te importe.
Mi hermana era una de las mujeres más fuertes que conocía, pero, después de perder a su futuro marido y a la hija de este, a la que quería como si fuera suya, unos meses después de la muerte de nuestra madre, nunca estaba segura de cómo se tomaría cualquier contratiempo.
Hacía dos meses, había sufrido una crisis nerviosa total, de esas en las que te ingresan en el hospital hasta que te recuperas. Entonces juré pasar el resto de mi vida devolviéndole la alegría. Ella y mi madre siempre habían estado ahí para mí. Era mi momento de ser la fuerte.
Lizzie nunca dudó de que yo triunfaría. Ella fue quien me animó a seguir adelante en aquellos primeros años.
Incluso me envió dinero para pagar el alquiler, para que pudiera dejar de trabajar de camarera y dedicarme a escribir.
Le devolví el dinero con mi primer anticipo, pero nunca olvidé que ella había creído en mí.
Jamás podría corresponder a su amabilidad, pero esa mudanza era un intento de devolverle un poco a una mujer que siempre había velado por mis intereses.
El inspector O’Malley me siguió a la cocina y se presentó a Lizzie.
Se quedó mirándonos fijamente, como solía hacer la gente cuando nos veía juntas. No me importaba, ya que había sido así toda nuestra vida.
—Kieran —le dijo Scott al agente—. Siempre es un placer verte.
El inspector asintió con la cabeza hacia él y Rob.
—Me alegro de veros a los dos. Si no os importa, tengo algunas preguntas para todos.
Mientras Lizzie nos servía té, nos sentamos a la mesa de la cocina. Le temblaban las manos y no creí que estuviera preparada para responder a las preguntas del inspector.
—Imagino que esto no podría esperar hasta mañana, ¿verdad? —pregunté en nombre de mi hermana—. Ha sido un día muy largo.
—Me temo que necesito algunas respuestas ahora, mientras todo está fresco en su memoria.
Su lógica tenía sentido, pero yo estaba un poco molesta en nombre de mi hermana.
—Empecemos por el principio —dijo Kieran—. Se ha escuchado a la víctima decir que usted lo había matado.
Suspiré. Por supuesto que empezaría con esa línea de interrogatorio.
—Le diré lo que necesita saber —respondí—. He conocido a ese hombre esta misma noche. Sí, ha dicho que alguien lo había matado. Acababa de conocerlo, así que no, no creo que se refiriera a mí. Pasábamos por delante de su casa e intenté salvarlo.
Sin embargo, me preocupaba haber actuado de forma precipitada y haberlo matado. Pensé que estaba sufriendo un infarto, pero yo estaba agotada. Quizá me equivoqué y lo maté al presionar demasiado su cavidad torácica.
« Ruego por que eso no sea cierto ».
—Tengo varios testigos que dicen que él la ha señalado…
Levanté una mano. Había estado pensando en eso.
—Ha señalado hacia arriba, pero no necesariamente a mí. La mayoría de nuestros nuevos vecinos estaban detrás de mí mientras yo intentaba salvarle la vida. Podría haber sido cualquiera. Está tratando de acusarme de algo que no he hecho.
—Nadie la está acusando de nada. —Se pasó la mano por el pelo—. Solo intento averiguar los hechos. Ha muerto un hombre y estoy haciendo mi trabajo.
—Bueno, no puedo decirle nada más de lo que ya le he dicho —respondí.
Tenía los puños apretados—. Si cree lo que ha dicho el juez, que alguien lo ha matado, debería interrogar a alguien que lo conozca.
Existe algo llamado motivo. Aparte del hecho de que fue un poco maleducado conmigo en la fiesta, no tengo ningún motivo.
»Vivía en Nueva York y soy escritora. Si matara a todos los que me critican, en fin… —Normalmente no era tan irritable, pero había sido un día muy largo, incluso habiendo dormido la siesta.
»Hay mucha gente antes que el juez en mi lista de personas a las que guardo rencor.
—Me encogí de hombros—. O sea, que si fuera propensa a ir asesinando a los que me irritan, empezaría por ese crítico de The Post .
El juez ni siquiera estaría en mi lista de las treinta personas que más me gustaría matar.
Los hombres alrededor de la mesa se rieron.
—Me alegra saberlo —dijo el inspector.
El té era de hierbas y probablemente tenía como objetivo que todos se relajaran. Le añadí varios terrones de azúcar y un poco de nata para que estuviera más sabroso.
—Señora McCarthy, a usted también necesito hacerle algunas preguntas —le dijo a mi hermana.
—Claro. —Sonrió—. Por favor, llámeme Lizzie. Pero, como ha dicho mi hermana, no tenía motivos para matar a ese pobre hombre. No ha sido muy amable conmigo en la fiesta, pero he tratado con gente peor.
El inspector suspiró.
—No creo que ninguna de las dos lo haya matado. Como su hermana ha señalado con gran acierto, no tenían motivos. Y el juez era conocido por su mal genio con todo el mundo. Lo que necesito saber es qué ha ocurrido exactamente cuando volvían a casa —dijo.
Mi hermana dio un sorbo a su té y luego cerró los ojos.
—Acabábamos de pasar por delante de su verja cuando el juez ha gemido. Ha sido un sonido terrible, y Mercy ha corrido hacia su casa.
—¿Han visto a alguien? Aparte del juez.
Ella negó con la cabeza.
—Estaba muy oscuro, incluso con las luces de su jardín. La puerta principal estaba abierta y Mercy ya lo estaba ayudando antes… de que yo pudiera comprender que estaba en el suelo. He encontrado las luces del vestíbulo. Y creo que he gritado pidiendo ayuda.
—Sí —confirmó Rob—. Estábamos entrando por la verja de la plaza y te hemos oído gritar.
Debía estar demasiado ocupada tratando de averiguar qué le había pasado al juez, porque no recordaba que mi hermana hubiese gritado.
—Mi hermana sabe reaccionar en situaciones de crisis. Yo me he quedado allí parada mientras ella intentaba ayudar al juez. —Abrió los ojos y me tomó de la mano—. Has estado increíble.
—Ha muerto —repliqué en tono seco, como si fuera culpa mía.
Para ser sincera, me sentía decepcionada. Era la primera vez que hacía una reanimación cardiopulmonar y me preocupaba haber hecho algo mal.
—No ha sido culpa tuya —dijo ella—. Lo importante es que lo has intentado. Yo era incapaz de moverme hasta que has gritado y me has dicho qué hacer. Rob y Scott han venido corriendo. Uno de ellos ha cogido una cuchara de algún sitio para evitar que se tragara la lengua.
—La teníamos nosotros —intervino Rob—, porque nos habíamos traído a casa algunos de los platos de la fiesta.
El inspector lo anotó en su libreta.
—Y luego, eeeh, se me ha olvidado su nombre —dijo Lizzie—. La que parece una supermodelo. Normalmente se me dan muy bien los nombres.
—Brenna —respondió Scott.
—Exacto. Brenna ha sacado su teléfono y ha llamado a emergencias. Rob y Scott han intentado ayudar a Mercy con el juez. No recuerdo haber visto a nadie más. Al menos… —Frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Mientras tú estabas con él, yo… no quería mirar. Estaba sufriendo mucho y me recordaba a… En fin, me ha parecido ver a alguien entre los arbustos. Solo por un segundo. Pero entonces has gritado que había que pedir una ambulancia y, cuando he vuelto a mirar, ya no había nadie.
—¿Recuerda cómo era? —preguntó el inspector antes de que yo pudiera hacerlo—. ¿Hombre o mujer?
—No, aparte de que tenía la cara blanca, no he podido ver ningún rasgo distintivo. —Cerró los ojos—. No. Solo un destello de piel blanca y luego nada. Puede que lo haya imaginado.
Abrió los ojos y se quedó mirándome.
Negué con la cabeza. Incluso en sus peores días, nunca había tenido alucinaciones. Estaba segura de que había visto a alguien.
—¿Y qué habéis visto vosotros? —preguntó el inspector, dirigiendo su atención a Rob y Scott.
—Acabábamos de entrar en la plaza… —dijo Rob.
—Cuando hemos oído un grito —terminó Scott—. Hemos corrido hacia la casa del juez y hemos intentado ayudar. Estaba claro que podíamos confiar en Mercy. Daba órdenes a gritos mientras intentaba mantener al juez con vida. Era evidente que sufría un dolor terrible.
—¿Habéis visto a alguien huyendo del lugar?
—No. —Rob se giró hacia Scott—. ¿Y tú? Llevábamos platos y yo estaba concentrado en no tropezar con los adoquines en la oscuridad. Tenemos que arreglar esa zona delante del número cuatro. Y poner algunas luces en el camino.
—Hablaré con Lolly. —Asintió Scott.
El inspector carraspeó.
—¿Has visto a alguien, Scott?
—No. Pero caminaba concentrado en el camino. No iba mirando hacia las casas. Si alguien ha huido del lugar, podría haberlo hecho por el lateral de una de las casas y luego por el camino trasero.