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—Para nada —respondió, haciendo un gesto con la mano—.
La mayor parte de lo que hago es para revistas especializadas, piezas de máquinas aburridas, fabricación y barcos, ese tipo de cosas.
Pero busco encargos como autónoma cuando necesito una escapada.
Por favor, no te lo tomes a mal, pero me encantaría hacerte fotos nuevas para las cubiertas de tus libros.
Las que están usando ahora no te hacen ningún favor. Eres preciosa.
—Eh… ¿Gracias? —Llevaba años usando la misma foto.
Ella y Scott se rieron.
—Hace años, cuando publiqué mi primer libro, necesitaban una foto rápidamente. No podía permitirme una profesional, así que le pedí a mi madre que me hiciera una con mi teléfono. —Era la pura verdad.
—Bueno, te ayudaré a actualizarla como regalo de bienvenida. Pero tendrás que esperar hasta que vuelva.
—Gracias —dije—. Te tomo la palabra.
Se oyó un tintineo de cubiertos contra cristal.
—La gran dama está a punto de hablar —anunció Brenna—. Me encanta Lolly, es lo mejor de vivir aquí.
—Oye —protestó Scott.
—Tú piensas lo mismo —replicó, dándole un codazo.
—Es verdad.
La señora O’Malley sonrió mientras todos se callaban.
—Me gustaría dar la bienvenida a nuestras maravillosas nuevas vecinas, Mercy y Lizzie McCarthy.
—Sacó algo de su bolsillo. Era un juego de llaves, que también tenían un llavero con forma de trébol, como las de la casa—.
Oficialmente, os paso el testigo de la tienda de vuestro abuelo —dijo, entregándole las llaves a Lizzie.
— Sláinte . —La gente vitoreó y levantó sus copas.
Aunque había dado discursos, aceptado premios y desempeñado otras funciones propias de una escritora que había triunfado en un negocio difícil, nunca me había sentido cómoda siendo el centro de atención.
Mi hermana, a quien todos consideraban la más callada, disfrutaba de ello. Sonreía tanto que pensé que se le iba a romper la cara.
Aquella decisión había sido acertada.
Mis hombros se relajaron unos centímetros. Lizzie iba a recuperarse. Yo me encargaría de que así fuera.
Varias personas se despidieron alrededor de las ocho. Debería haber estado cansada, pero la siesta me había ayudado.
—Déjenos ayudarla a limpiar todo esto, señora O’Malley —dijo Lizzie.
—Tonterías. Ya tengo suficiente ayuda. —Señaló a Rob y Scott—. Marchaos a casa a descansar. Habéis tenido un día largo. Y, por favor, dejad de llamarme señora O’Malley. Que Dios la tenga en su gloria, pero la señora O’Malley era mi querida madre. Yo solo soy Lolly.
—Gracias por todo, Lolly —dijo Lizzie.
—Sí, te estamos muy agradecidas —añadí.
Mi hermana me sonrió como si estuviera orgullosa de mí: no carecía por completo de modales sociales.
—Ah, ¿y cómo cerrarás?
—Tengo un juego de llaves extra —dijo Lolly, dándose una palmadita en el bolsillo del suéter—. Ya os las llevaré.
De regreso, nos llevó unos minutos localizar el acceso secreto que daba a la plaza, pero no nos costó tanto como la primera vez. Íbamos de camino a nuestra casa cuando se oyó un fuerte golpe y un gemido.
Mi hermana y yo nos miramos y corrimos hacia el ruido.
—Oooh —gimió alguien—. Me habéis matado.
Reconocí la voz.
Atravesamos la verja y subimos corriendo por la acera del número cinco. La puerta principal estaba abierta y el juez estaba en el porche, doblado por el dolor. Se agarraba el pecho como si sintiera un dolor horrible.
—Asesinos —gritó—. Sé que habéis sido vosotros.
—Tráele una almohada para la cabeza y otra para los pies —dije con rapidez.
Hacía tiempo había hecho un curso de reanimación cardiopulmonar para un libro y lo recordaba. Aunque antes no había sabido cómo ayudar a Lolly, sí que reconocí un infarto en cuanto lo vi.
—Juez, míreme —le ordené.
Se puso pálido en la oscuridad. Alguien encendió una luz y parpadeé.
—Me has matado. —Extendió una mano nudosa y me señaló, con su mirada vidriosa acusándome. Y entonces los ojos se le pusieron en blanco, mientras su cuerpo convulsionaba.
—Necesito algo para ponerle en la boca.
Alguien me dio un cucharón y le sujeté el mango entre los dientes.
—Llamad a un médico o a una ambulancia —grité. Por segunda vez ese día, me preocupaba que alguien muriera en mis brazos.
Me di cuenta de que Rob se había arrodillado a mi lado.
—¿Qué hacemos?
—Evita que se haga daño —contesté—. Sujeta el mango de la cuchara entre sus dientes. Creía que era un ataque al corazón, pero no lo sé. Nunca he oído que alguien tenga convulsiones con un ataque al corazón. Pero intentemos mantenerlo con vida.
Era mucho más frágil de lo que parecía. Cuando los espasmos cesaron, lo giré sobre su espalda para tomarle el pulso. No tenía. El novio ocasional de mi detective ficticia era técnico de emergencias médicas. El curso que había hecho para ese personaje no me dejaba lugar a dudas.
—Tengo que empezar con las compresiones. —Mi formación entró en acción y no paré hasta que un técnico me apartó.
—Déjalo —dijo uno de los técnicos.
El corazón me latía con fuerza en el pecho y me costaba respirar.
El juez no iba a sobrevivir. Se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Lo habían asesinado, como él había afirmado?
Y, si era así, ¿por qué me había acusado?