2 #2
—No sabíamos nada de él —señalé—. Así que es posible que él no supiera nada de nosotras hasta el último momento.
—Aun así, resulta extraño que heredéis algo de un hombre que no sabía que existíais.
Yo era su mejor amigo y nunca os mencionó hasta que estaba a punto de morir.
Tenemos normas estrictas sobre cómo se transfieren las casas de la plaza.
Os advierto que lo investigaré. —Señaló con el dedo hacia el cielo.
« Bueno, bueno » .
—Estos son Linda y Dave O’Brien —dijo la señora O’Malley mientras nos hacía avanzar rápidamente.
La pareja se adelantó y nos alejó del hombre malhumorado.
—Estamos muy contentos de que volváis a abrir la tienda —dijo Linda. Su cabello rubio decolorado se rizaba alrededor de sus mejillas sonrosadas y tenía una sonrisa muy amable—. Pensé en comprarla yo misma, solo para tener acceso a todos estos maravillosos libros.
—Pero mi mujer ya está bastante ocupada con su tienda de costura y patchwork —explicó Dave con cariño.
Llevaba el pelo engominado hacia atrás, con un estilo que me recordaba a los hombres de los años cincuenta.
Vestía una chaqueta de tweed con parches en los codos.
Pero tenía una mirada inquieta. Nos miraba a nosotras y luego a los demás invitados, como si intentara estar atento a todo lo que sucedía a su alrededor.
Era extraño—. Está en la misma calle que la vuestra, un poco más arriba.
—Tienes razón, cielo. —Le dio una palmadita en el hombro a su marido—. La semana pasada tuve que ir en coche a Dublín para comprar mi último lote de novelas románticas y no me gusta el tráfico. ¿Cuándo creéis que abriréis?
—Acaban de llegar, cariño —dijo Dave.
—Claro, lo siento —dijo Linda, sonriendo a Dave.
—Espero que el miércoles más o menos —intervino Lizzie—. Antes de abrir, tengo que revisar la contabilidad y comprobar el inventario.
—Muy inteligente, muy inteligente —dijo Dave—. Soy contable y me encargaba de las declaraciones de vuestro abuelo, por si necesitas ayuda. Vivimos en el número uno. La casa pertenece a mi familia desde hace siete generaciones.
—Eso sí, la he renovado —añadió Linda—. La he sacado de los años cuarenta y la he traído a este siglo.
—Así es, cariño. —Dave le apretó los hombros.
Parecían una pareja encantadora, excepto por algo extraño en el comportamiento de Dave. O tal vez era solo mi mente de escritora de novelas de misterio, que buscaba sospechosos en crímenes inexistentes.
—Vaya, son muchos antepasados. —Lizzie sonrió con dulzura—. Espero que también podamos averiguar más cosas sobre nuestra familia.
—Adorábamos a tu abuelo —comentó Linda—. Era un hombre encantador.
—Me alegro de saberlo —dijo Lizzie—. Y gracias por el ofrecimiento para ayudarme con la contabilidad.
Mi hermana era un genio con los números. Había tomado el rancho que era el pasatiempo de mamá y lo había convertido en un próspero negocio de lavanda y hierbas. Tenía la sensación de que podía darle mil vueltas a Dave. Pero mi hermana siempre era amable.
Conocimos a varias personas más que no eran vecinos de la plaza, pero que vivían en Shamrock Cove. Yo me mantuve al margen del grupo, mientras que mi hermana se sumergía en el bullicio.
No importaba dónde estuviera, siempre veía al juez mirándome con el ceño fruncido. La gente como él no me molestaba. Yo solía salir con un montón de viejos escritores cascarrabias. Sin embargo, sentía curiosidad por saber por qué le resultábamos tan sospechosas.
—Eres como yo —dijo Scott—. ¿Te agobian las multitudes?
Puede que diera un pequeño salto cuando habló, y el vino que sostenía se me derramó sobre los dedos. Me pasó una servilleta de cóctel.
—Se podría pensar que vivir en Manhattan me habría curado de ese problema, pero no ha sido así.
—Yo siempre estoy buscando una salida, y eso que me gusta esta gente. —Sonrió.
—Son un grupo agradable, excepto quizá el juez.
—No le gusta nadie. —Scott hizo un gesto con la mano—.
Era el mejor amigo de vuestro abuelo, y discutían como un matrimonio de viejos en el pub .
No le hagas caso. Se dice que, hace años, su mujer le dejó por otro hombre con el que tuvo una hija.
No creo que lo haya superado nunca. O al menos eso es lo que dice Lolly cuando ha bebido demasiado jerez.
Todo eso fue antes de que Rob y yo llegáramos.
—¿Cuándo os mudasteis aquí?
—Hmm. Debe hacer casi diez años. El tiempo pasa volando. Rob se retiró del negocio de la restauración y decidió escribir libros de cocina. Y yo soy programador, así que puedo trabajar desde cualquier lugar. Cuando su tío le dejó la casa, decidimos probarlo.
»No pensaba que me gustaría vivir en una ciudad pequeña, pero ahora no me imagino en ningún otro sitio.
Las palabras de Scott me tranquilizaron. Tenía muchas ganas de que ese fuera nuestro hogar.
—Hay algo que me intriga. Muchas cosas, en realidad —dije.
—Pregunta lo que quieras. Te ayudaré en lo que pueda.
—Entonces, ¿la única forma de vivir en la plaza es heredando una de las casas?
Él asintió con la cabeza.
—Una de las reglas para vivir aquí es que debes dejar la casa a un ser querido o a uno de los vecinos. Es su forma de mantener el control.
—¿Y es legal?
—Cuando firmasteis sobre la línea de puntos, estaba en vuestro contrato.
Había pedido a mi abogado y a mi agente que revisaran los contratos. Como no había intercambio de dinero, no había prestado mucha atención a lo que ponían.
—¿Qué pasa si no dejan la casa a nadie? ¿Por ejemplo, si mueren de repente y no habían hecho testamento?
—No ha ocurrido en unos cincuenta años. Si sucediera, habría un sorteo.
Solo se podrían apuntar las personas que llevan mucho tiempo residiendo en Shamrock Cove.
Luego, los vecinos de la plaza decidirían el ganador.
Algunos pensábamos que quizá tendríamos que organizar uno para la casa de vuestro abuelo.
No creo que le dijera a nadie, excepto a Lolly, que había estado intentando encontraros.
»El juez ya había organizado el sorteo cuando Driscoll, vuestro abuelo, murió, y luego no se alegró nada cuando…, lo siento. Es que se sorprendió de que existierais. Lolly dijo que el viejo perdió los papeles cuando se leyó el testamento.
»El juez es una excepción por aquí. —Scott carraspeó—.
No dejéis que os desanime. Nosotros teníamos pensado quedarnos solo un par de años y ahora no nos imaginamos marchándonos.
Para ser una ciudad pequeña, hay una increíble oferta cultural, desde teatro y arte hasta jardines, y el mejor café que he probado nunca, y eso que he vivido en todo el mundo.
—En el pub , ¿verdad? —Me reí. Habíamos hecho una salida rápida a la hora de comer para picar algo, y allí fue donde encontramos a Matthew, un barista que conquistó mi frío y oscuro corazón amante del café.
Su café era una delicia dorada, y el Crown and Clover era un local pintoresco, al estilo irlandés.
—Sí, ese hombre sabe de café. —Se rio—. Le he advertido a Rob que, si me enfada, lo dejaré por Mattie. Soy demasiado mayor para ese chico, pero me tomo el café muy en serio.
—Tenemos eso en común. —Empecé a hablarle de mi nueva máquina, que estaba de camino, y Scott se mostró muy impresionado.
—Iré a verte a menudo y te pediré azúcar, así me invitarás a tomar un café.
—Cuando quieras. —Y me sorprendió que lo dijera en serio. Era un alma gemela.
—Oye, estás acaparando a las invitadas —dijo una mujer negra alta con un vestido de flores y botas negras. Me recordaba a Lupita Nyong’o, a quien consideraba una de las mujeres más bellas del mundo.
Me tendió la mano y yo se la estreché.
—Soy Brenna Sullivan —se presentó.
Su acento irlandés era tan marcado que tardé un minuto en entender que acababa de decirme su nombre.
—Mercy McCarthy —respondí—. Mi hermana Lizzie está allí. —Señalé el lugar donde mi hermana estaba hablando con Linda y Lolly.
—Nos alegra tener caras nuevas —dijo—. Quería mucho a vuestro abuelo. Era un viejo cascarrabias, pero me hizo amar los clásicos. También he leído tus libros, son de los que te mantienen en vilo.
Sonreí. A un escritor siempre le gusta escuchar palabras amables.
—¿Vives en la plaza?
—Sí —respondió—. Estoy en el número cuatro. Aunque viajo mucho por trabajo. Pero es agradable tener un lugar en el que poder relajarme de vez en cuando. Me voy a Bali a finales de semana.
—¡Anda! —exclamé—. He estado una vez. Es una pasada. ¿A qué te dedicas?
—Soy fotógrafa. Voy a hacer una sesión de fotos de viajes para una revista.
—Qué glamuroso —dije.